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25/4/09

Ella y él (I)

Ella escribe historias que no entienden de razón, historias de esas que carecen de argumentos y porqués, y que plasma con cada una de sus lágrimas, con cada beso que se le escapa y con cada suspiro que derrama. Encierra su alma en un sinfín de páginas cuya única función será afirmar que la suya no pasará a engrosar una eterna lista de relaciones suicidas. Y las guarda, guarda todas y cada una de las páginas que escribe por temor a que puedan perderse. Pero no las esconde, ya que (para ella) son demasiado importantes como para hacer que nadie fuese a encontrarlas jamás.

Noche tras noche, sin que ella lo sepa y una vez que se ha dormido, él las lee una vez tras otra hasta que consigue almacenarlas en lo más hondo y profundo de su ser.

Y una noche cualquiera (supongamos que fue ayer), él decide contarle su pequeño secreto consiguiendo así que ella logre por fin escapar de los temores de veinticuatro horas grises y regalándole (a ella y sólo a ella) un perfecto amanecer teñido de azul.

amanecerteñidodeazul

Y quizás (tal vez y sólo tal vez) a partir de ahora vayan a ser dos las caligrafías que continúen llenando las páginas de una historia que, en realidad, no ha hecho más que empezar…

17/3/09

¿Por qué y desde cuándo? En 65 palabras

Por qué te quiero en 65 palabras
Desde cuando te quiero en 65 palabras

Este post nace a raíz de un post de Laura que leí hace unos días. Desde que vi ese video le he estado dando vueltas al asunto y este es el resultado (65 + 65). Me ha costado resumirlo tanto, pero... podéis contarlas si no os fiáis, jejeje.

8/2/09

Tardes de rosas en el parque (Segunda versión)

Los últimos días no habían sido precisamente fáciles para ninguno de ellos que, tras lo ocurrido esa tarde, estaban muy agotados. A pesar de ello, la pequeña Laia se negaba a irse a dormir, algo a lo que terminó accediendo cuando su madre le prometió que le contaría una historia que le haría entenderlo todo.

La niña se despidió de sus tíos, demás familiares y amigos, besó a su padre y dio las buenas noches. Apenas diez minutos más tarde ya se había cepillado los dientes, puesto el pijama y, metida en la cama, esperaba a su madre.

-¿Te has lavado los dientes? –preguntó su madre nada más entrar en la habitación de Laia-.

-Sí, me los he lavado. Siéntate y cuéntame esa historia…

-Voy a contarte desde el principio como pasó todo: su historia de amor empezó, como tantas otras, en verano. Era una calurosa tarde de Junio, como la de hoy, cuando él la vio por primera vez y se enamoró perdidamente de ella. En ese preciso instante ya supo que quería compartir el resto de su vida con ella, porque era la cosa más bonita que había visto en toda su vida.

-Pero…

-¿Pero qué? Me habías prometido que no me interrumpirías –increpó- A ver… dime.

-Pues eso, que cuando pasó, es decir, ¿cuántos años tenían?

-Él tenía once años y ella apenas acababa de cumplir los nueve.

-¿Nueve años?, pero mamá si yo ya tengo doce y a mí no me dejas tener novio.

-Ya Laia, pero eso fue distinto. Ellos se enamoraron desde el primer momento, desde el preciso instante en que se vieron y tú… pues tú los lunes te enamoras de un compañero de clase, los martes de uno de los niños que van a clases de inglés contigo, los miércoles de uno de clases de natación, los jueves vuelve a gustarte otro niño de tu clase y los fines de semana te gusta uno de tus amiguitos del pueblo de los abuelos. Y eso no es enamorarse Laia, eso es simplemente que te caen bien o que te resultan graciosos tus amigos. Además, aquellos eran otros tiempos y ahora las cosas son muy distintas a cómo eran entonces.

-Vale mamá, pero ahora no empieces con una de tus charlas y dime qué pasó después.

-Bueno, pues como te decía. Él nada más verla se enamoró. Corrió al puesto de flores que había en aquel parque y se gastó todos sus ahorros en comprarle una rosa roja. Se la dio y ella a cambio le dio un beso. El que fue el primer beso de ambos. Y desde ese no ha pasado ni un solo día en que tu abuelo no le compre una rosa roja a tu abuela, ni tampoco uno en que ella no le dé a cambio un beso como aquel primero que le dio cuando eran unos niños.

-Entonces…

-Entonces… por eso tu abuelo se ha ido esta tarde al parque, ha comprado una rosa roja y ha decidido volver al mismo banco donde cada tarde esperaba a tu abuela. Por esa razón se sentó en ese banco y dejó que Morfeo le atrapara en su último y más profundo sueño. Un sueño que justo antes de arrebatarle el último aliento de vida, así como el último suspiro, le permitiera recordar todas y cada una de aquellas tardes en el parque. Aquellas tardes de inocencia, de rosas rojas y besos cargados de una pureza que ya pocas cosas tienen en este mundo en el que vivimos.

-Pero cuando el abuelo se fue al parque todavía no sabía que la abuela había muerto en el hospital…

-No, no lo sabía, pero quizás lo presentía. Tal vez supo que ya nunca más podría volver a recibir un beso del amor de su vida a cambio de una simple rosa, y tal vez por eso compró esa última rosa…

-Pero no lo entiendo mamá. Si presentía que la abuela se iba a morir, ¿por qué la compró si sabía que no podría dársela?

-¿Y tú por qué estás tan segura de eso? Tal vez los dos así lo pactaron, tal vez quisieron encontrarse por última vez en un sueño en el que recordarían todos y cada uno de sus días de rosas rojas y besos en el parque.

-Así que… ¿en eso consiste el amor?

-No lo sé, el amor no es algo que podamos ver, tan sólo podemos sentirlo. Yo puedo sentir el amor que tengo hacia tu padre, el que tengo hacia mis padres y también el que te tengo a ti, pero no el que tus abuelos se tenían el uno al otro. Las personas somos distintas y también por eso hay distintos tipos de amor y de cariño. Y por todo esto que te acabo de contar es por lo que no debes estar triste, porque tus abuelos han vivido muchos años juntos y no querían separarse, por eso decidieron irse juntos. Sé que los vamos a echar mucho de menos, pero tenemos que tratar de entenderlo y de respetar su decisión, porque ellos decidieron estar juntos todo este tiempo y no sería justo que nadie más decidiera por ellos el momento en que deberían separarse.

-Vale mamá, lo he entendido.

-Claro, porque tú eres una niña muy lista.

- Mamá.

-Dime Laia.

-¿Y tú crees que yo voy a tener un amor como el de los abuelos o como el que tenéis papá y tú?

-No cariño, tú tendrás un amor que será mucho más especial para ti, porque será el tuyo. El tuyo y el de la persona que tú elijas.

-Vale.

-Bueno, y ahora duérmete que ya es muy tarde y mañana será un día muy largo para todos.

-Sí, pero antes una cosa más.

-Dime…

-¿Tú crees que a los abuelos les importará que yo sueñe con ellos esta noche?

-Seguro que están esperando a que te duermas y así puedas soñar con ellos y verles en el parque, como cada tarde.

-Buenas noches mamá.

-Buenas noches y dulces sueños Laia, hasta mañana.


Tardes de rosas en el parque


Escribí Tardes de rosas en el parque hace tres años y ahora, tras haberle hecho algunas modificaciones y correcciones, he querido publicarlo en este blog simplemente porque... es una historia a la que le tengo un cariño especial.

2/1/09

Lo 1º del año:

Lía

Se llama Lía y hoy, 2 de Enero de 2.009, cumple cuatro años. Su madre siempre fue mi prima favorita, pero ahora ella le ha quitado el puesto. En el colegio, le han enseñado a escribir su nombre y a hacer perfectamente el número uno, pero juntas hemos logrado dominar al dos y al tres en apenas dos tardes. Ayer, como primera tarea del año, nos propusimos lograr que Lía aprendiese el número cuatro porque, a partir de hoy, lo iba a necesitar y… ¡lo logramos!

Durante el último mes, casi hemos pasado más ratos juntas que en todo el año y, durante la última semana, nos hemos hecho “más favoritas” si cabe. Hemos coloreado dibujos de Pocoyo y de Princesas de Disney; pegado la nariz a la tele viendo el Disney Channel y PlayHouse Disney; merendado; jugado a mil cosas (aunque es un poco tramposilla, las cosas como son…); reído a carcajada limpia; hecho mil cosquillas (aunque parezca increíble, ella tiene más que yo…) y, también, hemos llorado un poquito (pero muy, muy poquito…).

Dice que cuando sea una niña grande va a ser escribidora de cuentos y yo le he contestado que en cuanto consigamos que escriba su primera carta a los Reyes Magos, después… podrá escribir lo que se le antoje, porque imaginación, creatividad y capacidad inventiva le sobran. Aunque para eso vamos a esperar, como mínimo, hasta el año que viene, porque el haber llegado hasta el número cuatro nos tiene agotadas…

Aún así, hemos hecho un pacto juntas: yo escribiré una carta a los Reyes Magos, de parte de las dos, para decirles que lo único que vamos a pedirles este año es que la mamá de Lía se ponga buena prontito, salga del hospital y pase el día de Reyes con ella.

¡Felices cuatro añitos mi peke-bruja
y que se nos cumpla muy pronto nuestro deseo!

22/12/08

21/12/08

Una Iglesia tan fría como grande. Una ceremonia oficiada por un sacerdote de ochenta y tres años aquejado de Alzheimer, desorientado, que se pierde y cuyos libros no le brindan respuesta a lo que precisa para poder continuar. Silencios incómodos. Miradas cómplices. Los que esperan desesperan. Bromas a media voz. Nerviosismo e incertidumbre ante lo que pueda haber tras una puerta que chirría y se abre un sinfín de veces para dar paso a quienes no entienden la puntualidad como un requisito indispensable. Transcurren veinte minutos y, por fin, llega la brújula del perdido sacerdote. Una de esas religiosas a las que no les está permitido oficiar misa, guía al párroco y todo sigue su curso. Nuevas miradas cómplices. Pies y manos se congelan. Ojos que empiezan a inundarse. Todo marcha bien, nadie incomoda a nadie. Sermón que reconoce los cincuenta años de unión de quienes renuevan sus votos. Intercambio de alianzas. Indicaciones susurradas por los padrinos. Un beso es el sello y, al primero, le siguen todos los demás. Abrazos. Fotografías que inmortalizarán lo sucedido. Arroz. ¡Vivan los novios! Más fotografías. Más besos. Más abrazos.

Un sol de mediodía que decide sumarse a la celebración. El tiempo acompaña: entremeses, vermut y refrescos al aire libre. Charla distendida. Presentaciones de rigor de quienes todavía no se conocen. Una mañana de primavera en pleno mes de diciembre. Al calor de una familia se suma el de los amigos cuya presencia ni la más espesa nieve pudo impedir.

*El banquete


El banquete va a dar comienzo. Entran los invitados. Los protagonistas han de esperar hasta el final. Suena la marcha nupcial. Un par de manos entrelazadas cortan el primer trozo de la tarta nupcial. Brindis de Bohemia y Oro. Aplausos. ¡Vivan los novios! Sentimientos a flor de piel. Torrente de lágrimas. Más fotografías. Más besos. Más abrazos.

*La tarta


En el lavabo de señoras, numerosos ojos de mapache que hacer desaparecer [¡Madre mía que estropicio! ¿No se suponía que esta máscara de pestañas era water proff?]

El convite comienza. La charla distendida continúa. Bromas, risas y complicidad. Guiño de ojos, pulgares hacia arriba, toda está bien, realmente bien. Diversos paseos alrededor de las mesas. [“¡Qué guapas estáis niñas! Gracias por todo”. “Gracias a vosotros por venir…”]. Más risas. A alguno hasta se le da por cantar. ¡Vivan los novios! ¡Qué se besen! ¡Vivan los padrinos! Aplausos, risas y alguna nueva lágrima que quiere salir.

*Los novios


Después de que suene un vals, la música no para. [¡Madre mía, niña… aquí baila hasta el apuntador! Unos con otras, otros con unas y mi chico con todas. “Alto y guapo es el mozo, pero no hace falta que lo jure: no sabe bailar…”]. Detalles para los invitados. Palabras de cariño. Gestos de afecto. Palmadas en la espalda. Ahora toca disfrutar y relajarse porque todo ha salido bien. Somos los que estuvimos y estuvimos los que realmente teníamos que estar…

Al final: un padrino (mi padre) que se derrumba para decirle a sus hijas lo orgulloso que está de ellas y de cómo han sabido estar; una novia (mi abuela) que abraza a sus dos nietas a la vez y que las besa y vuelve a besar porque, a pesar de todos los besos que ha dado y recibido a lo largo del día, así lo necesita; un novio (mi abuelo) realmente emocionado y una madrina (mi madre) contenta, feliz, pero que no logra dejar de emocionarse y parar de llorar…

Y todo por ellos, por mis abuelos, por ese par de incansables jardineros que a lo largo de cincuenta años de vida en común han llenado el árbol de nuestras vidas de infinitas ramas de amor, ternura, afecto, comprensión, sabiduría,… ¡Por estos cincuenta años y por los que vengan!

13/12/08

Hasta en las pupilas...

Hasta las pupilas...


... de dónde nacen lágrimas pero también sonrisas...



Y ya veremos que pasa hoy, porque al enemigo siempre hay que temerle, porque un día David pudo con Goliat y además, porque no se puede vender la piel del oso antes de cazarlo.

Pero, de todos modos... no estaría de más cobrarse la vendetta de tener que hacerles el paseillo la temporada pasada, ¿no? ;P

14/11/08

Estoy bloqueada...

… y no es que no sepa cómo seguir,
es que no sé cómo empezar…

De un folio en blanco a...



Nunca me ha dado miedo una página en blanco. Respeto sí, y en base al cómo y al con qué, pero no al mero hecho de tener que llenarla.

Es algo que me viene pasando ya desde el colegio: mis profesores siempre han dicho de mí que puede ser que no memorice todos y cada uno de los datos, nombres y fechas clave, pero que siempre soy capaz de contrarrestar lo que no sé con la forma que tengo de contar lo que sí sé. Por eso, siempre se me han dado peor las Ciencias que las Letras. De las primeras siempre se dice que son exactas, pero las segundas resultas más subjetivas. Y yo, siempre he pensado que la vida (todo lo que nos rodea) es algo subjetivo que depende de quién la vive y del modo que tiene de hacerlo, de los ojos con los que la mira y de la manera que tiene de contarla.

En base a esto, no me impone el tener que llenar un paquete de quinientos folios en blanco (mejor o peor y, seguramente, no sólo con una única historia, no tardaría mucho tiempo en hacerlo), lo que realmente me asusta es tener un único folio para llenar o pequeños espacios a completar. Y es, precisamente de ahí, de dónde viene mi bloqueo…

Mis abuelos paternos están a punto de celebrar sus Bodas de Oro y sin bien con las Bodas de Plata de mis padres todo fue mucho más fácil (ahí estábamos mi hermana pequeña y yo, mano a mano y con un montón de posibilidades a poder seguir. Dado que, supuestamente, yo soy la que escribe y ella la artista, una vez escogida la idea principal y a pesar de que nos llevó su tiempo, el resultado fue realmente bonito, original y emotivo. O al menos eso piensa nuestra familia…)

Ahora es diferente, muy diferente. Ayer mismo fuimos a elegir una bandeja de plata (de precio, a mi juicio, desorbitado) sobre la que, además de “lo típico”, hemos decidido grabar un texto. Y, una vez solventado el tema económico que para mí y contra todo pronóstico ha resultado ser el más fácil, ¿hace falta que os diga en quién recae la responsabilidad de darle contenido, forma y emotividad a dicho texto?

Y no me malinterpretéis, no es que “no pueda” escribir algo sobre mis abuelos y sus cincuenta años de vida en común a pesar de que la extensión de mis palabras esté delimitada por el tamaño y las proporciones de la bandeja, la cuestión es que… no he sido yo la que ha dicho “voy a hacerlo”, sino que es una idea de otros que se me encarga a mí. Además de eso, no me siento cómoda con tener que asumir el protagonismo de haber escrito un texto que, conociendo a mi abuela, estará expuesto en el salón y será mostrado a toda persona que respire y se acerque a las proximidades de su casa.

Además, para mí no existe el miedo a la hoja en blanco porque los folios son susceptibles de ser partidos en mil pedazos, lo que te permite el volver a empezar de nuevo una y cien veces, pero… una bandeja de plata (y maciza, porque pesar pesa…), ni yo la puedo romper ni creo que nadie, en su sano juicio, me fuese a permitir que lo hiciera.

Así pues, como a la inmensa mayoría de los que entráis aquí os gusta escribir y, además, lo hacéis infinitas veces mejor que yo… ¿hace falta que os diga que se aceptan e-mails o (y esto va para mis cuentistas) mensajes privados con ideas, ayuditas o pequeños empujones?

13/11/08

UnTuristaEnTuPelo...

... y UnArtistaEnMiBlog.

UnTuristaEnTuPelo porque ese es su nick, el nombre que aparece en su perfil y como queráis decirlo y UnArtistaEnMiBlog porque basta con echarle un ojo al banner o cabecera de mi blog para darse cuenta de que lo es.

Carlos (que así se llama) apareció un día en este blog y, además de venir para quedarse (al menos de momento y espero que por mucho tiempo...) me brindó la posibilidad de conocer su blog y sus fotos. Y yo, no contenta con poder disfrutar de todo aquello que se le ocurre crear y fotografiar, quise ir más allá y cometí la osadía de proponerle un reto que no dudó en aceptar.

El reto consistía en que hiciese una foto cuyo título fuese el mismo que el de mi blog y creo que es más que evidente que lo ha superado con creces...

Los que ya lleváis mucho tiempo conmigo, sabéis que este es mi tercer blog y que tanto en este como en los anteriores he cambiado innumerables veces la plantilla y demás componentes y, hasta ahora, continuaba diciendo que todavía no estaba conforme; que yo quería que mi blog tuviese algo diferente, que fuese como una de esas cosas que ni se compran ni se venden, que sólo las tienes tú y porque alguien las ha hecho para tí y sólo para tí.

Creo que todos estaréis de acuerdo conmigo en que nuestro blog es una parte más de nosotros mismos. Una pequeña tarjeta de presentación de cara a esa galería que nos ofrece Internet. Bueno pues yo ya tengo la mía propia, la que hasta ahora no había podido encontrar...

Y, sin más, sólo me queda abriros las puertas del Blog de Carlos y de su Galería de Fotos.


¡Pasad, ponéos cómodos y disfrutad!
Que yo os aseguro que merece la pena...

3/11/08

Una mañana de domingo

Amanecía sin amanecer. Frio, oscuro y desierto. Un bostezo subía la reja, otro abría la puerta, el tercero desconectaba la alarma, el cuarto saludaba al repartidor de la prensa y el quinto pedía a gritos un café doble, bien cargado, con poca leche y mucho azúcar.

Mientras colocaba la prensa del día [junto a sus respectivos suplementos y añadidos] por riguroso orden establecido: en la primera fila los diarios, en la segunda la prensa deportiva y, un poco más al fondo, la prensa extranjera, veía a través de la cristalera del escaparate cómo los adolescentes más remolones volvían a sus casas dibujando una carretera poblada de curvas sobre el improvisado lienzo en que se había convertido la acera.

Un nuevo camión de reparto le trajo el olor del pan recién horneado y, tras el primer sorbo de café [doble, bien cargado, con poca leche y mucho azúcar] la necesidad por darle sucesivas caladas al primer cigarrillo del día.

Salió a la puerta y el frio de esa mañana de abrigo obligado se introdujo en sus huesos. Un escalofrío recorrió su espalda al tiempo que, del bolsillo derecho, sacaba un mechero y encendía el ansiado y lento veneno. El humo que invadía sus pulmones se le antojaba como el placebo perfecto para curar sueño, frio, oscuridad y silencio.

Tras apagar la colilla, levantó la mirada y pudo presenciar como los primeros rayos del Sol derrocaban a la despótica alba que a regañadientes abandonaba su trono. El azabache del cielo dio paso a un gris cada vez más leve, y éste a un azul que poco a poco se iba afianzando y dando color celeste al cielo, su color.

Apenas había nubes cuando una melodía la sacó del estado de ensimismamiento en el que estaba. Sacó su teléfono móvil del bolsillo izquierdo de su abrigo y tras desplegar la tapa del mismo, la melodía cesó dando paso a una voz conocida, agradable y cálida. Escasos minutos de conversación bastaron.

Iba a volver a entrar cuando un suspiro la hizo volver a mirar al cielo. En él, una única nube se convertía en cómplice de ese momento. En su cabeza, volvía a sonar la misma melodía: Flor de Luna.

Y tal vez tan sólo fueran imaginaciones suyas, consecuencia de que todavía estuviese adormilada o, tal vez, delirios de una boba enamorada, pero… aquella nube [al menos para ella] tenía forma de guitarra. De esa única guitarra que basta para suene esa misma melodía.


29/10/08

El castaño más triste del mundo

Pinceladas de Otoño (1)


Érase una vez que se era, el castaño más triste del mundo. O, cuando menos, así pensaba él de sí mismo. Cuando no medía más de un par de palmos, unas recias manos lo arrancaron sin escrúpulos ni miramientos del bosque en el que había nacido y en el que vivía junto a sus hermanas y hermanos, para depositarlo a orillas de una carretera comarcal.

Él, que había nacido libre, tenía ahora un dueño que, a cambio de su fruto, se encargaba de sus cuidados. Jamás lo trató mal, pero el castaño echaba de menos el trinar de los pájaros durante el día (sustituido ahora por el sonido de motores, cláxones y demás), así como el ulular del viejo búho por las noches (y es que, por más que lo intentaba, no conseguía encontrar nada agradable en el estridente maullido del gato sarnoso y callejero que, día tras día, se afanaba en limar sus afiladas uñas en su tronco).

Y a pesar de que su amo parecía estar contento con las castañas que de él nacían, el triste castaño se sentía tremendamente culpable porque éstas pinchaban una vez tras otra las inocentes manos de los niños que por allí pasaban, así como los curiosos hocicos de visitantes ocasionales.

Por si no fuera poca su tristeza, todo empeoró el día en que una anciana golondrina le trajo noticias del bosque en el que había nacido. Según contaba la parlanchina ave que a ella le habían contado, pocos días atrás, todos sus hermanos y hermanas habían estado regalando a todo el que se les acercara castañas asadas y calentitas.

A pesar de que al principio no creyó las palabras de la golondrina, tras pensarlo detenidamente llegó a la conclusión de que podía ser cierto y que él… simplemente era un inútil porque no sabía cómo hacerlo.

Tras aquella visita, la tristeza el castaño aumentó notablemente y cuando antes tan sólo aprovechaba para llorar cuando podía camuflar sus lágrimas con las gotas de lluvia de los días grises, ahora lloraba día y noche, estuviese nublado o hiciese sol.

Lo que nunca supo el castaño más triste del mundo es que aquellas castañas asadas y calentitas provenían de sus hermanos y hermanas, a causa del devastador incendio que arrasó el bosque en el que él había nacido. Incendio del que, esas recias manos que un día lo eligieron para trasplantarlo, lo habían salvado.

Y colorín colorado,
el cuento del castaño más triste del mundo,
aquí se ha terminado.


Hacía mucho tiempo que no publicaba (lo que no implica que no continúe escribiéndolos) un Cuento Infantil, pero hoy… he querido permitirme el lujo de hacerlo, simplemente porque acabo de volver del cole, de aprender muchísimas cosas de dieciocho personajillos de cinco años.


En este mundo, tenemos que estudiar de todo y aprender de todo (lo que queramos ser o hacer o lo que tengamos que ser o hacer porque no nos queda otro remedio). Hasta las profes tenemos que ir al “cole de profes” pero, sin embargo, a ser niño no se aprende, nadie te enseña. La infancia no es una asignatura que se imparta en colegios, institutos o facultades. ¿Os lo habíais planteado alguna vez?