Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas

28/6/11

Novena sinfonía de un viejo poeta

Se respalda contra la silla y mira hacia la ventana. El cielo, plagado de nubes, le trae a la memoria aquellas camelias blancas de su juventud. Respira profundamente y el olor a incienso que desprende la vieja biblioteca invade por completo sus pulmones. Baja la vista hacia la mesa y sus ojos se posan sobre la última hoja en blanco que le queda. Coge la pluma y plasmando las mínimas curvaturas de un alfabeto efímero compone un adagio. Aquella hoja en blanco es ahora un campo de batalla cuyo escenario es un piano invertido en el que las teclas negras –sus grafías- luchan por vencer en número a las blancas –el propio papel-. Vencen las negras.



Tras la contienda entre negras y blancas, el viejo poeta da por terminado el último poema de su, también último, poemario. Y, entonces, su mente se nubla y vuelven a aparecer las sombras. En esta ocasión le ha dado tiempo a rubricar lo que ha escrito.


Nadie podrá robarle, esta vez, sus palabras… Salvo, quizás, él mismo. Si el último brote de su locura trae consigo una nueva batalla en la que los bárbaros –esas sombras que nublas su razón- devasten todo cuanto encuentren a su paso…


8/10/09

El Duende del Jardín de los Dulces

-¡Despierta dormilona! –dijo de pronto una voz-.

Ariadna abrió los ojos lentamente, se incorporó y se dio cuenta de que estaba sentada sobre hierba y que a su alrededor había un montón de flores. Tras bostezar pensó que, mientras jugaba, se habría quedado dormida sin darse cuenta en el jardín de la señora Amapola, su vecina.

-¿Ya te has despertado? –dijo de nuevo aquella voz-.

La pequeña miró a su alrededor y tras no ver a nadie, preguntó:

-¿Es usted, señora Amapola?

-¡De ningún modo podría ser una señora y mucho menos una amapola! –dijo un pequeño hombrecillo que, dando un salto, se colocó justo delante de la niña- Mi nombre es Elliot y soy el Duende del Jardín de los Dulces. Encantado de conocerte Ariadna…

-¿Un duende?, ¿Ariadna?, ¿Cómo es que sabes mi nombre?

-¿Por quién me tomas pequeña humana? Sé tu nombre, sé que tienes tres años y también sé que te encantan las galletas de chocolate y que no soportas el agrio sabor de esos caramelos de limón que tanto le gustan a tu hermano Erick, que tiene seis años y el pelo más rizado de lo que yo jamás me podría haber imaginado. Como tú, tiene el flequillo como un cepillo y casi más pecas que las muñecas…

-¿Conoces a Erick?

-¡Por supuesto! Yo conozco a todos los niños y a todas las niñas… Pero dime, ¿he acertado?, ¿son las galletas de chocolate tu dulce preferido?

-Sin lugar a dudas… -respondió Ariadna-.

Y tras decir esas cuatro palabras, en el centro del jardín apareció un árbol enorme. Lo primero en aparecer fue un robusto tronco al que siguieron centenares de ramas, a continuación vinieron las hojas y por último, decenas y decenas de galletas de chocolate.

-Vamos coge una, no seas tímida… -le dijo Elliot a la niña-.

Ariadna siguió el consejo del pequeño duende y cogió una galleta de la única rama a la que, poniéndose de puntillas, alcanzaba. Tras darle varios mordiscos pensó que aquella era la galleta más rica que había comido jamás…

-¡Arriba dormilón, arriba dormilona! –volvió a escuchar Ariadna-.

En esta ocasión, la niña identificó inmediatamente la voz de su madre y tras abrir los ojos supo que estaba en su dormitorio y que todo aquello no había sido más que un sueño. Y lo habría sido de no ser por aquellas migajas de galleta de chocolate que había sobre su almohada.

Ariadna corrió a la habitación de su hermano para contarle que había estado en el Jardín de los Dulces, que había conocido a Elliot y que éste le había dado una galleta, pero Erick ni siquiera le dejó terminar de hablar. Le interrumpió diciendo que estaba muy feo contar mentiras y la echó fuera para, acto seguido, cerrar la puerta.
La niña no entendía nada. ¿Cómo era posible que Erick no conociera a Elliot si él si lo conocía a él? ¿Acaso no era capaz de recordarlo una vez que se despertaba?

La noche siguiente la niña volvió a viajar al Jardín de los Dulces y tras preguntarle al duende qué era lo que pasaba con su hermano, Elliot le respondió lo siguiente:

-Aquí únicamente basta con creer, pequeña, y Erick no cree…

Y así, noche tras noche, la niña continuó yendo al jardín, hablando con el duende y comiendo sus galletas favoritas. Pero una noche, el duende no notó la niña tan alegre como de costumbre y tras preguntarle lo que le ocurría, supo de qué se trataba…

-Estoy triste porque Erick no pueda pedirle su dulce favorito al Gran Árbol –dijo la niña-. Me gustaría poder cambiar y pedirle que en lugar de galletas me diese esos caramelos de limón que tanto le gustan a mi hermano para así poder llevarle uno…

-Puedes hacerlo –dijo el duende-, sólo que no sabemos qué pasará después. Es posible que puedas volver a pedirle galletas como siempre, pero también puede suceder que continúe dándote caramelos de agrio limón o, incluso, que no puedas volver a visitar el jardín.

-No me importa –dijo Ariadna-, yo quiero llevarle uno de sus caramelos favoritos a mi hermano.
A la mañana siguiente Ariadna se despertó y descubrió que bajo su almohada estaba un caramelo de limón. Dando un salto se levantó de la cama y fue hasta el dormitorio de su hermano para dárselo. Tras ver el caramelo, el niño dijo:

-¿Entonces es cierto? ¿No sólo es un sueño? ¿El jardín existe?

-¡Sí! –respondió su hermana- y también Elliot, todo es real… ¿No vas a comértelo?

-Es que… no me atrevo, nunca me he atrevido. He ido muchas veces al Jardín de los Dulces y cada vez he cogido un caramelo, pero nunca he sido capaz de quitarle el envoltorio y comérmelo. Siempre me he despertado antes de poder hacerlo…

-¿Y si has estado porqué me llamaste mentirosa cuando te lo conté?

-Porque estaba convencido de que sólo era un sueño y tenía miedo de que si lo ibas contando por ahí te llamasen loca –dijo el niño con los ojos llenos de lágrimas-.

-Sólo te lo quería decir a ti y porque Elliot me dijo que también te conocía… ¿Es que no vas a comerte el caramelo o qué? He renunciado a una galleta de chocolate por traértelo, así que espero que este sí que te lo comas…

El niño se comió el caramelo que su hermana le había traído y muchos más, ya que a partir de esa noche ambos continuaron yendo al Jardín de los Dulces para que el Gran Árbol les diese cada noche uno de sus dulces favoritos.

Y es que… gracias a su hermana pequeña, Erick por fin fue capaz de creer en que la magia está ante los ojos de quién sea capaz de creer y sepa dónde mirar…

3/9/09

La chica del vestido azul - Capítulo I - El paraguas

La chica del vestido azul ama la lluvia y odia los paraguas. Precisamente por eso, cada día lluvioso sale de casa sin olvidarse de coger un paraguas que poder colocar estratégicamente en algún árbol sobre el que descanse un pequeño nido.

La chica del vestido azul - Capítulo I -El paraguas


Para ver la imagen más grande, pinchar AQUÍ.

21/5/09

Los duendes de la lluvia

La tormenta llegó de pronto y sin previo aviso. De su mano vino también la lluvia, inundando y calando hasta los huesos todo cuanto encontraba a su paso y, junto a ellas el viento, encargado de cerrar a cal y canto puertas y ventanas.

Bajo esa tormenta, una pequeña casa más antigua que las piedras y más pobre que el hambre. Y dentro de la casa, la familia de un anciano poeta de postguerra, fabricante de sueños y vendedor de ilusiones a bajo coste. En la habitación principal duermen él (el poeta) y su mujer, a quién el reuma no da tregua. Al fondo del estrecho corredor, a la derecha, duerme Ofelia, hija del poeta y a quién la guerra convirtió en viuda prematura, dejando también sin padre a Adela, de cinco años, hija del héroe de guerra y nieta del anciano poeta. En el sofá del salón duerme Claudio, a quién un asma crónica le ha regalado la fortuna de librarse de toda batalla y puesto de trabajo.

Fuera sigue lloviendo y a la noche la decoran truenos, rayos y relámpagos. Dentro también llueve pero, por fortuna, de manera menos intensa. Las goteras se reproducen más rápido que los chinches, pasando de la veintena a la cuarentena en tan sólo unas horas.

Todos duermen, o al menos lo intentan, resguardados del agua bajo las mantas y haciendo oídos sordos al ruido que producen las pequeñas gotas de agua al caer en los cubos, cuencos, ollas, tarros, botes y demás recipientes que Ofelia y su madre han colocado estratégicamente por todas y cada una de las habitaciones de la casa.

En todas ellas llueve, salvo en una: el pequeño despacho en el que Ramón, el anciano poeta, inventa utópicos versos que narran barbaries pasadas e inventa esperanzas futuras. O, cuando menos, así fue hasta cierta noche…

… cierta noche y como la tormenta (de pronto y sin previo aviso), aparecieron varias goteras en el despacho del poeta. Eran diez, tantas como dedos con los que, en su destartalada y antigua máquina de escribir, tecleaba Ramón...

A la mañana siguiente, un poema apareció escrito en la hoja en blanco que, la noche anterior, el poeta había dejado en la máquina de escribir. Y a la mañana siguiente otro, y a la siguiente otro, y otro, y otro más… y así día tras día.

Adela, a pesar de no acudir a la escuela era una niña muy lista y despierta a quién su madre y su abuelo habían enseñado a leer y escribir, creía profundamente en la idea de que, como en aquel cuento que tantas veces le había contado su abuela acerca de unos duendecillos que, por la noche y mientras él dormía, ayudaban a un zapatero a fabricar zapatos, botas y sandalias, eran unos pequeños duendes los que, noche tras noche, venían de puntillas a dejar poemas escritos en la máquina de su abuelo…

Ofelia, sin embargo, estaba convencido de que (desoyendo todo consejo) era su padre quién se levantaba cada noche a escribir puesto que las musas hacía tiempo que, según él mismo decía, habían dejado de visitarle.

Y Ramón… él simplemente sonreía. Tal vez a causa de ser testigo directo de la imaginación que su nieta había desarrollado, tal vez de manera irónica a causa de la incredulidad de su hija o… quizás porque tan sólo él supiera algo que los demás desconocían…


15/4/09

To drink or not to drink, that is the question

El siguiente relato contará con dos personajes principales (el to drink y el not to drink) que el lector deberá diferenciar e identificar a su criterio, opinión y juicio.

Por un lado tenemos a Rafael Sánchez Díez, comercial de cuarenta y siete años de edad. Abnegado esposo y padre de tres hijos, Juanjo de doce años y las gemelas, Paula y Andrea, de ocho. Por el otro lado está Guillermo Pérez Gómez, quién recientemente ha cumplido la mayoría de edad y emplea una tercera parte de su tiempo en hacer que estudia.

Es sábado por la tarde y Rafael, vistiendo sus mejores galas, acude con su familia al enlace de Cayetana, la hija mayor de su jefe. A pesar de haberse tenido que gastar el equivalente a su sueldo de dos meses entre ropa y regalo, sabe que esa boda es una cita imprescindible y que no haber ido supondría perder puntos con su jefe de cara a ese ascenso con el que sueñan tanto él como tres de sus compañeros de trabajo.

Al mismo tiempo, Guillermo (a quién sus colegas apodan el bocas), como cada sábado se va de botellón, con la diferencia de que esta vez no tiene que volver a casa a determinada hora ya que es mayor de edad.

Rafael decide que las dos copas de vino que ha tomado con la comida será la única cantidad de alcohol que va a ingerir. Pero lo decide sin saber que el padre de la novia, su jefe, querrá hacer un brindis a base de cava con todos sus empleados. También desconoce que no podrá negarse a los múltiples ofrecimientos del señor que da de comer a su familia para que de buena cuenta de ese whisky tan caro y bueno que ha reservado durante varios años para ese día.

Guillermo el bocas bebe un par de litros de calimocho, otro de vodka con limón, ocho cervezas y varios chupitos sin que nadie le obligue ni ponga empeño en ello, sino por propia elección.

Rafael no nota que el alcohol que ha ingerido haga efecto en su organismo, así que decide que puede coger el coche y llevar a su familia de vuelta a casa una vez finalizado en convite. Guillermo camina de vuelta a casa haciendo eses, con algún que otro resbalón y un encontronazo con una farola que en la última década no ha cambiado de ubicación.

En la carretera, Rafael se ve obligado a detener su coche y realizar un control de alcoholemia. Da positivo. Y tras el positivo llega la multa, la pérdida de puntos y la retirada de su permiso de circulación.

En la acera, Guillermo se encuentra con su vecino y tocayo. De buenas a primeras, para él su vecino deja de ser una persona y se convierte en un sudaka. Le insulta y lo empuja. Su vecino ni siquiera se defiende con la esperanza de que se canse y lo deje tranquilo. Por el contrario, esa actitud pasiva cabrea más a Guillermo, quién tira al suelo a su vecino y comienza a darle patadas hasta que se cansa o deja de parecerle divertido.

Las historias de Rafael y Guillermo, que empezaron un mismo sábado por la tarde, terminan también ambas un lunes a primera hora de la mañana.

Dicho lunes a primera hora, y tras contarle a su jefe lo acaecido tras salir del restaurante en el que había tenido lugar el convite de la boda de su hija, Rafael (comercial de cuarenta y siete años de edad, abnegado esposo y padre de tres hijos) pierde su trabajo ya que sin permiso de conducir no puede desempeñar sus funciones y obligaciones.

Al mismo tiempo, y tras contarle al juez que recuerda perfectamente lo que bebió la tarde-noche del sábado pero no el haberse encontrado con su vecino y mucho menos el haberle dado una paliza que casi acaba con su vida, Guillermo es puesto en libertad sin fianza ni cargos.

Y si en algo se asemejan las historias de Rafael y Guillermo es en que en ambas el alcohol actuó como eximente. Guillermo no tendrá que ir a la cárcel y Rafael tampoco tendrá que ir más a trabajar gracias al alcohol que ambos ingirieron aquel sábado…

4/4/09

Destiny & coffee

-Yo sólo quería un café ¿y ahora resulta que su destino está en mis manos? –dijo la joven con incredulidad-.

-Exacto –le respondió el hombre de la chaqueta de cuadros-. El destino de mi protagonista depende de ti pero, a cambio, al café te invito yo.

De lunes a viernes la vida de Maira era muy monótona. De casa al metro, del metro al trabajo, del trabajo al metro y del metro vuelta a casa. Los fines de semana por fin podía alejarse de ese trabajo que últimamente ya no le aportaba nada y que, poco a poco, estaba logrando que se sintiera más vacía (si eso era posible), pero aún así, rutina y monotonía la acompañaban mientras iba a hacer la compra; cuando leía un nuevo libro en el Parque de los Olmos; en la sesión matinal de teatro de los sábados; en la cafetería dónde desayunaba (siempre un zumo de naranja y una tostada con doble de mantequilla y muy poca mermelada de arándanos)… Incluso el dolor de ese corazón que, si bien ya estaba roto, se le rompió en mil trozos más el día en que su historia con Víctor llegó a su punto y final, también se había acomodado plácidamente a su día a día y ya no es que no pareciera que fuese a remitir, sino que a Maira se le antojaba que era algo que ya la acompañaría de por vida y de casa al metro, del metro al trabajo, del trabajo al metro y del metro vuelta a casa…

Estaba cansada de hacer siempre lo mismo pero, por el contrario, no parecía tener la mínima intención de hacer que eso cambiara. Sin embargo, una primaveral mañana de domingo Maira decidió que su vida iba a cambiar radicalmente aunque de manera progresiva. El primero de los cambios tendría lugar en ese mismo instante y consistiría en caminar doce pasos más.

Esos doce pasos hicieron que la joven no entrase en la cafetería de siempre a pedir su desayuno de costumbre, sino que lo hiciese en otra que estaba situada en la misma acera de la misma calle dónde estaban situados tan el piso de Maira como la que hasta el momento había sido su cafetería de siempre.

Entró decidida y pidió un café con leche al señor que se encontraba tras el mostrador. Acto seguido, se dispuso a sentarse en uno de los taburetes de la barra (cosa que antes no acostumbraba a hacer) y, sintiéndose observada, se giró hacia su derecha para saludar de manera cordial al hombre que no dejaba de mirarla.

Tras devolverle el saludo, el hombre continuaba mirándola aunque no de manera fija, sino que sus ojos (como si de un partido de tenis se tratase) iban de Maira a un puñado de papeles garabateados con la que presumiblemente era su letra y, de dichos papeles, a Maira de nuevo.

-Disculpe, señor… -le dijo Maira-, ¿nos conocemos?

-No, no… no nos conocemos. ¿Verdad que no nos conocemos?

-A mí su cara no me suena, pero… como veo que no deja de mirarme, he pensado que tal vez usted a mi sí o que nos conozcamos y yo no caiga en este momento en quién es usted

-No, joven. Yo estaría dispuesto a jurar que es la primera vez que la veo. Le pido mil disculpas por mi actitud y mis formas hacia usted, pero lo que me acaba de ocurrir es tan insólito para mí que no he sabido reaccionar de una forma correcta y normal… Si tuviese a bien aceptar mis disculpas y dejarme que me explique

Maira aceptó de buen grado las disculpas del hombre y, además, también accedió a conocer esa explicación que tanto parecía necesitar darle.

El hombre (que vestía un pantalón marrón de pana, camisa blanca y una chaqueta de cuadros, también de tonos marrones) le contó a Maira que era un escritor (y ella descubrió, tras que éste le dijese su pseudónimo, que había leído dos libros suyos. Dos libros que realmente le habían gustado). Le dijo que tenía por costumbre desayunar en esa cafetería porque el dueño era amigo suyo, así como fiel lector y crítico de sus obras, y que muchos fragmentos de sus libros los había escrito sobre esa barra y sentado en el mismo taburete que ahora ocupaba. Por último le contó que esa mañana, antes de que ella entrase en la cafetería, él había estado trabajando en el desarrollo del personaje que protagonizaría su próxima novela.

En los papales que el hombre tenía delante se narraban los rasgos físicos de una joven que era exactamente igual a Maira. Coincidían los rasgos faciales, el color de los ojos y de su tez, la forma de su corte de pelo, su estatura… hasta el mínimo detalle conducía a la mejor descripción que pudiera hacerse de la chica. Y, por si esto fuera poco, el asombro de Maira superó al que sintió el escritor cuando la vio aparecer en la cafetería, cuando esta continuó leyendo y supo de qué manera había descrito la personalidad de su protagonista…

No sólo coincidían los rasgos físicos de Maira con los del personaje del escritor, sino que su personalidad también aparecía minuciosamente detallada en aquellos papeles.

Maira y el escritor charlaron largo y tendido acerca de aquella casualidad, de ese personaje que él había creado y que ella, sin pretenderlo, interpretaba a la perfección. Y, al final de la conversación, él le dijo que aquello no podía quedarse así y que quería que ella decidiese acerca del destino de su protagonista, que ella tendría que decidir si del personaje que les había unido partiría una historia de amor, un drama o, tal vez, una aventura fantástica de ciencia-ficción…

La joven sólo tenía que elegir algo, una sola cosa, que quisiera que le ocurriese a la chica de la novela y, a partir de ahí, el escritor tejería el resto de la trama, escogería a los demás personajes y le daría forma a la historia, pero Maira sabía cómo se las gastaba ese hombre escribiendo y no quería escoger una tontería que pudiese fastidiar su novela.

Primero pensó que podría encontrarse un boleto de lotería premiado, algo que haría que su vida diese un giro de ciento ochenta grados y algo que a Maira le gustaría que le ocurriese a ella, pero descartó la idea. Después pensó que “la Maira de papel” podría que vivir un amor real, verdadero y eterno, uno de esos que sólo existen en las películas o en los propios libros, pero de verdad y sólo para ella, y también descartó la idea. Al final, puso los pies sobre el suelo de la cafetería (para levantarse y marcharse) y eso le hizo volver a la realidad y decirle al hombre que quería que contase en su libro cómo “su clon” se encontraba una mañana cualquiera con un escritor y la manera en la que ese encuentro había cambiado su vida…

Y una vez dicho eso, la joven le dio un beso en la mejilla al hombre y salió de la cafetería. De camino a casa, una sonrisa nada monótona la acompañaba y, al mismo tiempo, un pensamiento ocupaba su cabeza: ¿le cambiaría a ella la vida aquel encuentro con el escritor?

Lo que Maira no sabe (ni sabrá nunca) es que cinco minutos antes de que ella saliera de la cafetería, a un hombre se le cayó un boleto de lotería premiado justo delante de la puerta pero, por suerte para él, se dio cuenta y lo recogió. Tampoco sabe que un joven moreno, alto y guapo, estuvo a punto de entrar en la cafetería tres minutos antes de que ella saliera, pero no lo hizo porque, por suerte para él, un amigo lo llamó desde el otro lado de la acera y terminó cruzando la calle para reunirse con él. Y no tiene ni remota idea de lo que ese encuentro va a significar realmente en su vida, que ya no volverá a ser la misma…

22/3/09

Alquimia de invierno

El invierno trae el gris de un cielo húmedo y una ciudad hastiada que parece tener la potestad de traspasar las cuatro paredes de su habitación inundando cada uno de sus rincones. El tiempo, por su parte, ejerce de juez y verdugo. Sentimientos sentenciados, lágrimas degolladas y tristeza aniquilada no son ya más que los pocos retazos que quedan de una primavera de dolor en la piel y un corazón que pasa de latir a demasiadas pulsaciones por minuto a estar casi a punto a pararse por completo.

El frio del invierno deja atrás lo cálido de la primavera, congela, aísla y paraliza. Sella las heridas de los meses que le precedieron y solidifica lágrimas creando improvisadas estalactitas de las que resulta más sencillo deshacerse. La nueva estación es la alquimia capaz de devolverle el brillo que, meses atrás, tuviera su mirada. Un brillo que para él no pasa desapercibido durante la primera ocasión en que sus ojos se cruzaron con los de ella. Un brillo que, por desgracia, no afecta de igual modo a su corazón (que continúa congelado, aislado y paralizado).

Mil y una excusas urde su cabeza para no permitirle aceptar que él le hace falta. Trescientas excusas tan sólidas como los muros de un castillo de naipes. Decenas de razones inventadas y centenares de odiosas generalizaciones con invitación directa a mirar hacia el pasado…

Los días continúan pasando y, por tanto, el tiempo vuelve a entrar en escena colocando cada cosa en su lugar y a él (quién poco a poco ha ido tatuándose en su alma) en su vida.

Sus ojos gritan más que las palabras de cualquiera y su sonrisa se dibuja una vez tras otra en los sueños de ella. Sueños de los que él se reconoce como protagonista y ella lo sabe (y no pudiendo esconderlo, se sonroja). Pero a causa de que el miedo es el inquilino de más peso en la maleta de su vida, hay veces en las que ella no llega y otras en las que se obliga a frenar en seco para no pasarse de largo.

De nuevo, regresa la primavera. Esa que (como es sabido) se encarga de descongelar (corazones heridos) y hacer florecer (sentimientos que permanecían dormidos en absoluto estado de hibernación).

Y, con ella… un primer beso (más consentido que robado) a media luz. Una mano en la cintura de ella. Sus labios en su cuello de él. El sonido de dos corazones que, por fin, no laten a contratiempo. Un pasado olvidado. Infinitas páginas en blanco de un diario de vida conjunto que escribir…


Imagen: Gold Country Artists Gallery.

14/3/09

Caeli passer

-¡Buenos días, Caeli!

-¡Buenos días, Señor!

-¿Cómo está el chico nuevo?

-Ha recuperado la consciencia y se ha despertado…

-¡Magnifico! Sabía que ocurriría…

-Sí, pero…

-¿Pero…? ¿Qué ocurre, Caeli?

-Verá, Señor, al principio estaba muy desorientado y no recordaba nada, como les ocurre a todos los recién llegados…

-Es un chico fuerte, no debes preocuparte por él. Ve junto a él y cumple con tu cometido. Dile quién era, qué le ocurrió o qué es ahora. Además de fuerte parece listo, no tendrás problemas para que lo comprenda.

-De eso se trata, Señor, con él no sé cómo hacerlo…

-¿No sabes cómo llevar a cabo una tarea que llevas desempeñando desde hace más de dos siglos? Me tomas el pelo, ¿no es así?

-Ayer me acerqué a él para explicárselo todo, pero antes de que pudiera hacerlo me dejó sin palabras, sin saber qué decirle. Me aseguró que ya podía recordarlo todo, que sabía lo que le había pasado y que ya estaba mucho mejor. Y sin darme opción a abrir la boca, se alejó volando y no volví a verle hasta pasadas varias horas.

-Eso no debe preocuparte, Caeli, ya habíamos hablado de que este chico parecía incluso más especial que los demás y con esto que me cuentas estamos comprobando que no nos equivocábamos.

-Usted no lo entiende. El chico está muy confundido, nada de lo que dice recordar es real. Él cree que es un pájaro al que un gato callejero quiso atrapar. Dice que resultó malherido de su encuentro con ese gato, pero que ahora que se ha recuperado ya puede seguir volando libremente como siempre. Sé que he de cumplir la misión que en su día me fue encomendada, pero esta vez es distinto. En esta ocasión no tengo que contarle la realidad a un chico que nada recuerda, sino que tengo que desengañarle de su error y sacarle de esa ensoñación que lo hace ser un pájaro.

-Comprendo… Siendo así las cosas, no se lo digas. Al menos no de momento.

-Pero, Señor, si no lo hago estaré incumpliendo la…

-Escucha, Caeli, cada día vemos llegar a un nuevo niño que, habiendo muerto de manera anticipada, nos es entregado para que lo instruyamos para su futura misión. Con este último la situación es diferente, los dos somos conscientes de ello y, precisamente por eso no se lo diremos todavía. A este niño le dejaremos que siga jugando, como jamás tendría que haber dejado de hacer, durante unos cuantos días más.

-De acuerdo, Señor, así lo haré.

28/2/09

Colors (cc. 118)

Su nueva vida, por llamarla de alguna manera, estaba vacía. A nivel laboral había cumplido todas y cada una de las metas que se había propuesto, así como muchas otras con las que ni siquiera había soñado. Su empresa, esa que él mismo había creado de la nada, despuntaba entre las demás del sector y se afianzaba en el Top 1 tras haber experimentado varias fusiones con otras de menor presupuesto y recursos. Desde la azotea del rascacielos en el que se ubicaban sus oficinas centrales y, también, su despacho, Rafael observaba (con mirada desafiante y siempre por encima del hombro) como las empresas de la competencia, cuyo único e inevitable destino era la quiebra o el cierre, no eran capaces de sostenerle el pulso a la suya.

Al principio, todo eso bastaba para convertir a Rafael en un hombre feliz, radiante, completo y pletórico. Tenía todo cuanto quería y lo que no tenía era, bien porque no le interesaba, bien porque le era desconocido. Pero esa situación pronto cambió.

Al día siguiente de que doña Julia, la que había sido secretaria del abuelo de Rafael durante muchos años y hasta la fecha también suya, se jubilase, llegó a la empresa una joven dicharachera y parlanchina, de pelo negro y ojos enormes y profundos, para ocupar su lugar. El jefe de personal se había encargado de su contratación y Rafael no supo que existía hasta el tercer o cuarto día cuando, tras una reunión, una pregunta que le formuló a uno de los miembros de la junta directiva le llevó a saber de su existencia:

-Oye, Julio… ¿desde cuándo utilizamos folios de color rosa en los dossiers? ¿Es que se nos han terminado los blancos? –preguntó con ironía-.

-Esos folios son rosa porque es el dossier de finanzas, los del dossier de marketing y publicidad son verdes, amarillos los de gráficas y estadísticas… Ya sabes, cosas de Elisa… -sonrió-.

-¿Elisa? ¿Quién es Elisa?

-¿Cómo que quién es Elisa? ¿No me dirás que has olvidado el nombre de tu secretaria?

-¿Mi secretaria? Mi secretaria ha sido siempre Julia…

-Sí, siempre… hasta el pasado viernes en que se jubiló. Deberías echarte una siesta, se ve que has dormido poco esta noche… En fin, yo me marcho que tengo que coger un avión. Nos vemos el lunes, Rafael, espero que no me te olvides de mí –espetó con sarcasmo-.

-¿Eh? No, no, claro… ¡hasta el lunes, Julio!

La llegada de Elisa había revolucionado unas oficinas a cuyos ocupantes había transmitido su buen rollo y positividad así como su método de clasificación por colores en folios, carpetas, dossiers, bolígrafos, rotuladores y pegatinas identificativas.

Su tono de voz pausado, su sonrisa perenne y sus buenas maneras hicieron que todos la acogiesen de buen agrado. No tardaron en hacerla sentir como uno más y ella en seguida supo que había encajado, que esta vez esa pieza perdida que ella representaba, había encontrado el puzle al que completar.

Con todos fue así, a excepción de con Rafael, quién primero ni se percató de su existencia y, después, la catalogó como una persona estrambótica que sólo pretendía llamar la atención y ser el centro de todas las miradas.

Un mes después de su llegada, el jefe de personal llamó a Elisa para, con tono apesadumbrado, decirle que no había superado el periodo de prueba. Quince días más tarde, la joven se despedía de los que habían sido sus compañeros durante ese breve periodo de tiempo.

Elisa salía por la misma puerta por la que cuarenta y cinco días atrás había entrado y lo hacía con su maletín rojo y un pañuelo del mismo color sobre la cabeza y anudado en el lado derecho, igual que en su primer día a excepción de por la cantidad de ojos llorosos que, esta vez, había dentro de aquellas oficinas…

Rafael quiso ser una vez más la excepción y no quiso despedirse de ella. Consideraba que aquella muchacha ya le había hecho perder demasiado tiempo con sus velitas, su incienso, sus pañuelos de colores, su buen rollo, sus métodos de clasificación, sus cactus y su larga lista de demás excentricidades.

Tras Elisa, varias aspirantes a ocupar el puesto de secretaria de Rafael pasaron por las oficinas y ninguna pasó la prueba. Para los demás, ninguna era tan simpática, atenta, eficiente y agradable como lo había sido ella. Para Rafael, todas eran demasiado eficaces para su gusto, “demasiado robóticas” –que decía él-.

Una noche, cuando Rafael caminaba hacia su casa tras un largo y productivo día de trabajo en el que había cerrado la fusión con la última de las empresas importantes que todavía quedaban en el sector, la voz de una joven que llamaba a un taxi llamó su atención. Esa joven era Elisa y a pesar de los gritos y aspavientos de Rafael por atraer su atención, esta vez fue ella la que no se percató de la presencia de él.

Rafael, que no estaba seguro de porqué había pretendido que Elisa lo viera, continuó caminando hacia su casa. Una vez dentro, dejó su maletín sobre la mesa del comedor y se dirigió hasta su habitación para coger ropa limpia y, después, darse una ducha.

Al abrir el armario cayó en la cuenta de lo que allí había y se sintió totalmente vacío. Corbatas, camisas y pantalones clasificados en base a su color. Abrió los cajones y encontró más de lo mismo en lo que a bóxers, calcetines y camisetas se refiere. Completamente abatido, se sentó sobre la cama y la imagen de un rostro ocupó su pensamiento. Era el rostro de una mujer joven de cabello negro, ojos grades, profundos y oscuros, tez suave y sonrisa perenne. Era un rostro enmarcado por un flequillo y un pañuelo rojo, con un nudo en el lado derecho. Era el rostro de Elisa.


A Sara, por todo ese universo de pequeñas cosas que le hacen ser lo que es y cómo es, que nos unen y nos acercan...

8/2/09

Tardes de rosas en el parque (Segunda versión)

Los últimos días no habían sido precisamente fáciles para ninguno de ellos que, tras lo ocurrido esa tarde, estaban muy agotados. A pesar de ello, la pequeña Laia se negaba a irse a dormir, algo a lo que terminó accediendo cuando su madre le prometió que le contaría una historia que le haría entenderlo todo.

La niña se despidió de sus tíos, demás familiares y amigos, besó a su padre y dio las buenas noches. Apenas diez minutos más tarde ya se había cepillado los dientes, puesto el pijama y, metida en la cama, esperaba a su madre.

-¿Te has lavado los dientes? –preguntó su madre nada más entrar en la habitación de Laia-.

-Sí, me los he lavado. Siéntate y cuéntame esa historia…

-Voy a contarte desde el principio como pasó todo: su historia de amor empezó, como tantas otras, en verano. Era una calurosa tarde de Junio, como la de hoy, cuando él la vio por primera vez y se enamoró perdidamente de ella. En ese preciso instante ya supo que quería compartir el resto de su vida con ella, porque era la cosa más bonita que había visto en toda su vida.

-Pero…

-¿Pero qué? Me habías prometido que no me interrumpirías –increpó- A ver… dime.

-Pues eso, que cuando pasó, es decir, ¿cuántos años tenían?

-Él tenía once años y ella apenas acababa de cumplir los nueve.

-¿Nueve años?, pero mamá si yo ya tengo doce y a mí no me dejas tener novio.

-Ya Laia, pero eso fue distinto. Ellos se enamoraron desde el primer momento, desde el preciso instante en que se vieron y tú… pues tú los lunes te enamoras de un compañero de clase, los martes de uno de los niños que van a clases de inglés contigo, los miércoles de uno de clases de natación, los jueves vuelve a gustarte otro niño de tu clase y los fines de semana te gusta uno de tus amiguitos del pueblo de los abuelos. Y eso no es enamorarse Laia, eso es simplemente que te caen bien o que te resultan graciosos tus amigos. Además, aquellos eran otros tiempos y ahora las cosas son muy distintas a cómo eran entonces.

-Vale mamá, pero ahora no empieces con una de tus charlas y dime qué pasó después.

-Bueno, pues como te decía. Él nada más verla se enamoró. Corrió al puesto de flores que había en aquel parque y se gastó todos sus ahorros en comprarle una rosa roja. Se la dio y ella a cambio le dio un beso. El que fue el primer beso de ambos. Y desde ese no ha pasado ni un solo día en que tu abuelo no le compre una rosa roja a tu abuela, ni tampoco uno en que ella no le dé a cambio un beso como aquel primero que le dio cuando eran unos niños.

-Entonces…

-Entonces… por eso tu abuelo se ha ido esta tarde al parque, ha comprado una rosa roja y ha decidido volver al mismo banco donde cada tarde esperaba a tu abuela. Por esa razón se sentó en ese banco y dejó que Morfeo le atrapara en su último y más profundo sueño. Un sueño que justo antes de arrebatarle el último aliento de vida, así como el último suspiro, le permitiera recordar todas y cada una de aquellas tardes en el parque. Aquellas tardes de inocencia, de rosas rojas y besos cargados de una pureza que ya pocas cosas tienen en este mundo en el que vivimos.

-Pero cuando el abuelo se fue al parque todavía no sabía que la abuela había muerto en el hospital…

-No, no lo sabía, pero quizás lo presentía. Tal vez supo que ya nunca más podría volver a recibir un beso del amor de su vida a cambio de una simple rosa, y tal vez por eso compró esa última rosa…

-Pero no lo entiendo mamá. Si presentía que la abuela se iba a morir, ¿por qué la compró si sabía que no podría dársela?

-¿Y tú por qué estás tan segura de eso? Tal vez los dos así lo pactaron, tal vez quisieron encontrarse por última vez en un sueño en el que recordarían todos y cada uno de sus días de rosas rojas y besos en el parque.

-Así que… ¿en eso consiste el amor?

-No lo sé, el amor no es algo que podamos ver, tan sólo podemos sentirlo. Yo puedo sentir el amor que tengo hacia tu padre, el que tengo hacia mis padres y también el que te tengo a ti, pero no el que tus abuelos se tenían el uno al otro. Las personas somos distintas y también por eso hay distintos tipos de amor y de cariño. Y por todo esto que te acabo de contar es por lo que no debes estar triste, porque tus abuelos han vivido muchos años juntos y no querían separarse, por eso decidieron irse juntos. Sé que los vamos a echar mucho de menos, pero tenemos que tratar de entenderlo y de respetar su decisión, porque ellos decidieron estar juntos todo este tiempo y no sería justo que nadie más decidiera por ellos el momento en que deberían separarse.

-Vale mamá, lo he entendido.

-Claro, porque tú eres una niña muy lista.

- Mamá.

-Dime Laia.

-¿Y tú crees que yo voy a tener un amor como el de los abuelos o como el que tenéis papá y tú?

-No cariño, tú tendrás un amor que será mucho más especial para ti, porque será el tuyo. El tuyo y el de la persona que tú elijas.

-Vale.

-Bueno, y ahora duérmete que ya es muy tarde y mañana será un día muy largo para todos.

-Sí, pero antes una cosa más.

-Dime…

-¿Tú crees que a los abuelos les importará que yo sueñe con ellos esta noche?

-Seguro que están esperando a que te duermas y así puedas soñar con ellos y verles en el parque, como cada tarde.

-Buenas noches mamá.

-Buenas noches y dulces sueños Laia, hasta mañana.


Tardes de rosas en el parque


Escribí Tardes de rosas en el parque hace tres años y ahora, tras haberle hecho algunas modificaciones y correcciones, he querido publicarlo en este blog simplemente porque... es una historia a la que le tengo un cariño especial.

2/2/09

Powder

Carla observa desde el ventanal del salón como el pequeño Óscar se aleja pedaleando en su bicicleta roja. Desde que ha descubierto el pequeño lago artificial ha cambiado, parece otro. Ahora es un niño sonriente, feliz. Nada indica que, en los pocos días que llevan instalados en su nuevo hogar, haya conocido a otros niños. Su madre sólo sabe que, tarde tras tarde, coge su bicicleta roja para ir al lago y que cuando vuelve, siempre antes de que anochezca, una enorme sonrisa lo acompaña. Carla está decidida a seguirle un día para saber qué hace allí, pero eso será más adelante, cuando haya terminado de adecentar la casa.

Escasos minutos después de que Óscar lo haga, Sara también se marcha. Ella no es que también haya cambiado, es que directamente no es la misma. Pocas horas le bastaron para dejar atrás el monumental enfado que le habían causado el viaje, el traslado y el tener que dejar atrás a sus amigos. Si bien es cierto que durante sus primeras cuarenta y ocho horas de estancia en su nueva residencia apenas había salido de su habitación, ni despegado la nariz de sus libros, ni apartado los auriculares de su reproductor de música de sus oídos, ahora, por el contrario, apenas pasaba tiempo en casa. Ella sí que había hecho nuevas amistades. El poco tiempo que pasa con su familia lo emplea para hablar de sus nuevos amigos, de los geniales que son y de lo contenta que está de no haberse quedado con la tía Enriqueta, como era su intención cuando se enteró del inminente viaje…

Rodrigo, por su parte, es ahora más feliz de lo que nunca se podría haber imaginado. Él y su nuevo puesto de trabajo son los culpables del traslado y, a pesar de que llevaba años soñando con ello, la realidad es incluso mejor de lo que la había soñado. Su sonrisa lo inunda todo. Hasta ha vuelto a tararear inconscientemente como hacía años atrás, cuando Carla y él todavía eran novios.

Pero las leves sonrisas que Carla esboza son como consecuencia de ver felices a su marido y sus hijos, algo que por primera vez en su vida no parece ser suficiente para ella. Está cansada y se siente sola. Ella no tiene un trabajo maravilloso, no ha hecho nuevas amigas y ni siquiera ha tenido tiempo de visitar el lago. Tras cada hora que transcurre, Carla está más triste. Poco a poco se deprime más y más.

Carla se pasa el día limpiando y adecentando la casa. Esa puntualidad que siempre ha sido una de sus características más notables, le hace tener la cena lista para cuando su familia llega a casa. Los tres entran irradiando alegría y bienestar. Charlan de manera distendida, ríen, comentan lo que les que pasado durante el día y se van pronto a dormir porque están agotados. Ella también está agotada, pero antes de acostarse friega los platos y pasa el plumero por enésima vez.

El tiempo pasa y a medida que aumentan la alegría y la felicidad de Rodrigo y de sus hijos, aumenta la tristeza de Carla, la cual está a punto de convertirse en verdadera desesperación.

Es domingo por la mañana y tal y como Rodrigo prometió días atrás, los cuatro harán un picnic a orillas del lago.

Carla apenas ha dormido más de un par de horas. Se acostó tarde preparando y envasando el almuerzo que llevarán al lago. Además, y como de costumbre, pasó el plumero antes de irse a la cama. Se ha levantado la primera y se ha duchado. Mientras está en la ducha, se jura a sí misma que irá directamente a la cocina, cogerá la comida y las bebidas del frigorífico, las meterá en la cesta y saldrá al patio a esperar a su familia. En ningún caso se parará a mirar los muebles, no quiere ver ni una mota de ese polvo que todo lo invade de manera constante y que la mantiene esclavizada dentro de casa.

Cumple su juramento a rajatabla y se dispone a salir de casa cuando se da cuenta de que se ha dejado la chaqueta. De manera inconsciente, se gira para ir a por ella y lo ve. Hay polvo en el pasamano, sobre el mueble del recibidor, en los jarrones, por los cuadros y las fotografías… Carla se rinde, ya no puede más. Se desploma sobre el sillón y un par de lágrimas comienzan a descender por sus mejillas.

En ese preciso momento, escucha como su familia empieza a bajar las escaleras. Óscar, que baja saltándolas de dos en dos, es el primer en llegar a la planta baja:

-¡Buenos días, mami! –dice Óscar el tiempo que pasa corriendo por delante de su madre y pasando los dedos índice y corazón sobre el empolvado mueble del recibidor-.

-¿Qué se supone que acabas de hacer? –le grita Carla de manera desaforada-.

-Darte los buenos días y salir fuera. Hoy vamos de picnic al lago, ¿o es que no lo recuerdas?

-No me refiero a eso. Hablo de tus dedos, los de la mano izquierda, ¿qué acabas de hacer con ellos? ¿Por qué los has pasado por encima del mueble?

-Para llevarme algo de polvo al lago, claro…

-¿Para llevarte algo de polvo al lago? –vuelve a gritar Carla- Como esto parece una pocilga, ensuciemos también el lago para sentirnos como en casa, ¿no?

-Cariño, ¿se puede saber qué te ocurre?, ¿por qué le hablas así al niño? –dice por fin Rodrigo, quien hasta el momento había permanecido, al igual que Sara, como un mero espectador de la conversación-.

-¿Qué me ocurre, dices? A buenas horas lo preguntas… Llevo aquí encerrada desde que hemos llegado, me paso el día entero limpiando para nada, para que al día siguiente todo vuelva a estar sucio y cubierto de polvo…

Las carcajadas de Rodrigo, Sara y Óscar interrumpieron las palabras de Carla, quién no pudo hacer otra cosa que echarse a llorar.

-Mamá… -le dijo Sara al tiempo que se agachaba a su lado y le acariciaba una mano-, ¿es que has olvidado dónde vivimos ahora? Aquí las cosas no son como lo eran antes…

Sara pasó dos dedos sobre el sillón que ocupaba su madre, extendió su mano delante de su cara y sopló. Las lágrimas de Carla desaparecieron al instante y una enorme paz interior la invadió.

-Cielo, aquí no hay que eliminar el polvo, sino disfrutarlo –dijo Rodrigo-. El polvo lunar es la base de los deseos, sin él no podrás soñar y si no sueñas nunca podrás alcanzar todo aquello que se esconde detrás de tus sueños…

26/1/09

Destino, casualidad, algo fortuito y aburrimiento

Sentada en la cafetería de la zona de Urgencias del considerado mejor hospital de la ciudad, Laia sostiene una pequeña cucharilla con la que da vueltas a un café con poco azúcar para su gusto, demasiado caliente para ser bebido y lo suficientemente cargado como para que tenga la certeza de que esa noche tampoco dormirá.

Ensimismada en la simple tarea que cumple su mano derecha, piensa, tal vez con demasiado patetismo poético, en lo fácil que le resultarían las cosas si esa cucharilla fuese una varita mágica con la que poder dar vueltas al mundo y hacerlo girar a su antojo.

La batería de su mp3 se quedó sin carga hace horas, su móvil se apagó durante la vigésima llamada del día y ya ha leído más de una decena de veces la dedicatoria que su hermano le escribió en la primera página del libro que terminó de leer hace ya demasiados minutos.

Sin querer o, tal vez, como mera distracción, comienza a escuchar la conversación que dos (que parecen ser amigas) mantienen en la mesa que hay a su espalda. Laia saca sus propias conclusiones de las palabras que intercambian ambas mujeres. No va a girarse, no quiere mirarlas. Sabe que hacerlo sería algo demasiado descarado y, además, la entretiene ese juego de hacer hipótesis sobre ellas que mantiene consigo misma. Sabe que todavía le queda por delante un considerable tiempo de espera, así que aguardará a que se marchen y entonces sí que las mirará y sabrá si son amigas como ella supone, si en realidad son madre e hija o si su parecido físico es lo suficientemente notable como para aseverar que son hermanas.

Veintisiete minutos y medio después, las ocupantes de la mesa a la que Laia da la espada, deciden que ya es hora de marcharse. La primera en pasar delante de los ojos de Laia es una joven de unos veinte años, morena, de pelo liso y flequillo extremadamente corto. Se dirige a la barra para pagar lo que ambas han tomado mientras la segunda termina de ponerse el abrigo, coger el bolso, etc. Antes de que pueda mirarla, a la segunda desconocida se le caen unos cuantos papeles que porta en un gran sobre de color blanco con el anagrama del centro hospitalario, justo a la altura de dónde Laia se encuentra sentada. Estira su brazo izquierdo hacia el suelo, los recoge y se los entrega.

-Muchas gracias… -dice cortésmente la segunda desconocida-.

-No, gracias a ti… -responde Laia-.

La respuesta de Laia sorprende a la segunda desconocida, una mujer de unos treinta años que se encuentra en avanzado estado de gestación. Se miran y la cara de sorpresa de ambas les hace regalarse mutuamente una sonrisa cómplice (tan cómplice como pueda ser la sonrisa de dos que no se conocen y a quienes une un hecho meramente fortuito).

La mujer embarazada se aleja sonriendo y pensando que la amable desconocida que recogió del suelo los papeles que se le habían caído, estaba tan absorta en sus pensamientos que, sin percatarse de lo que decía, le había respondido de manera automática.

A Laia la ocupa el mismo pensamiento.

-No les quedan caramelos de eucalipto, Raquel, ¿te valen de menta? –le dice la primera desconocida a la mujer embarazada-.

En ese preciso instante, y tras escuchar el nombre de Raquel, la mente de Laia es invadida por un sinfín de imágenes de su adolescencia. Son imágenes de sus diecisiete años, de su primer amor, de una larga lista de promesas de futuro y amor eterno, de riñas y disputas de novios y de la primera vez que su corazón se rompió (de verdad) en mil pequeños pedazos.

Pero también son imágenes de Raquel. Quisieron el destino, la casualidad, un hecho fortuito y el aburrimiento, que la segunda desconocida fuese en otro tiempo Raquel, la novia del mejor amigo del novio de Laia, de la que él (el primer amor de Laia) siempre estuvo secretamente enamorado.Comenzó a rebobinar en su cabeza la conversación que había escuchado, ató cabos y, además de comprender la alegría de que en su estado todo estuviese yendo bien y las lágrimas por quién le hacía daño, le rompía el corazón y secretamente la engañaba, también entendió el verdadero significado del “No, gracias a ti…” que le había respondido a la mujer embarazada (a esa que comenzó siendo la segunda desconocida y terminó siendo Raquel).

12/1/09

Puede... ¿puede?

Puedo andar descalzo, saltar sobre los charcos y decidir yo sólo cómo, dónde y cuándo hacer lo que se me antoje. Puedo decidir que quiero entrar en los lugares dónde siempre pensé que tenía prohibido el paso, puedo hacer rafting, puenting y paracaidismo si me da la gana. Puedo buscarla, acercarme y decirle que llevo años enamorado de ella en secreto, que al principio fue por cobardía pero que ahora es por elección propia, porque no pienso darle el gusto de que me haga pedazos el corazón. Puedo viajar, entrar, salir y no volver jamás. Puedo, en definitiva, ser absolutamente libre por primera y única vez. Y puedo, porque ya no te quiero en mi vida, porque ya no voy a dejar que sigas engañándome. No más falsas promesas, no más compasión, no más esperanzas que se desvanecen como el humo, no más… ¡Mamá! –dijo al tiempo que se giraba- ¿Cuánto tiempo llevas ahí?

-El suficiente como para haber oído buena parte de lo que has dicho. ¿Con quién hablas Jonás?

-¿Con quién hablo? Esa es una buena pregunta, madre, y como buena pregunta que es, también tiene su buena respuesta. Pensarás que hablo solo, ¿verdad? Pues no es así, hablo con ella

-¿Con ella? Jonás, hijo, pero si estás solo. Ni siquiera tienes el teléfono ahí…

-¡Buena apreciación: estoy solo! Pero eso no implica que hable solo. Hablo con ella, madre, con elladijo mostrándole a su madre un frasco de pastillas-.

-¿Hablas con el bote de pastillas?

-No, madre. Un bote no pertenece al género femenino. Si hablase con el bote te hubiera dicho que hablaba con él, pero no creo haberlo hecho…

-Entonces… ¿hablas con una de las pastillas?

-Ummm… es más complejo de lo que creía… ¿Tú no sabes que es de mala educación escuchar detrás de las puertas? Normal que no lo comprendas, porque no hablaba contigo. De todos modos voy a tratar de explicártelo: objetivamente es cierto que hablaba con el bote de pastillas. Visto desde fuera (cómo lo has hecho tú) es lo que pensaría cualquiera, pero resulta que se trata de algo subjetivo. Cuando digo ella me refiero a un conjunto. A un conjunto al que decidí llamarle ella porque es igual de malo y despiadado que una mujer. ¿Entiendes? Utilizo el término ella para referirme a la medicación, a la quimioterapia, a la radioterapia y a todo lo demás. ¿Te das cuenta de que todas pertenecen al género femenino? Es por eso, porque son tan crueles como las mujeres. Y si en lugar de decir ellas dije ella fue para evitar que cualquiera que me pudiese estar escuchando, como en efecto has hecho tú, pensase que soy un mujeriego y no tratase de ir más allá, como también has hecho tú al pensar que hablaba de una chica, ¿o me equivoco?

-Pero… ¿entonces…?

-No, no me equivoco, no hay peros que valgan y el entonces se refiere a que voy a dejar de medicarme, tratarme y auto-convencerme de que me voy a curar.

-Pero Jonás…

-¿No acabo de decirte que no hay peros que valgan, madre? Sí, sí… ya sé lo que me vas a decir, que si interrumpo el tratamiento moriré. Pues… ¿sabes una cosa, madre? Eso también lo he decidido, he decidido ser valiente para morir en lugar de continuar alargando la vida del cobarde que he sido siempre. Y ahora, si me disculpas, tengo mucho que hacer y muy poco tiempo que perder –dijo dando un portazo y dejando a su madre al otro lado de la puerta con los ojos llenos de lágrimas-.



Para Aleix.


La primera frase (en negrita) pertenece a la canción de Tontxu "Dejar de quererte".


Safe Creative #0901192432771


17/12/08

Autumn

Corría el 23 de Septiembre de 1.976 cuando Marcos vino al mundo. Era un día oscuro y frio, en el que tanto el verde de la hierba como el gris del asfalto eran cubiertos por los diferentes tonos de marrón de la majestuosa alfombra a la que daban forma las miles de las hojas que, por temor al frio, se veían obligadas a abandonar las ramas que hasta el momento les habían servido de hogar y sustento.
.
Eso era algo que entristecía a los demás niños del barrio, quienes veían como morían las hojas sin poder hacer nada para evitarlo. Sin embargo, a Marcos le encantaba y, desde que al cumplir los tres años lo hiciese por primera vez, siempre pensó que el mejor de sus regalos de cumpleaños era que el señor Gómez, el vecino de al lado, le dejase zambullirs en la montaña de hojas que había tardado horas en juntar.
.
Tal vez fuese el destino o quizás tan sólo una mera casualidad, pero la realidad era que todos los momentos, tanto buenos como malos, dignos de recordar para él, habían tenido lugar durante el otoño.
.
En Octubre de 1.983 sus padres decidieron comprarle ese perro que siempre quiso tener. Años después, aunque también durante el mismo mes, conocería al que tiempo después se convertiría en su primer amor. Era Noviembre, cuando aprendió a andar en bicicleta sin ruedas de apoyo; cuando su tío Alfonso le regaló el vespino que éste había conducido cuando joven y también cuando su abuela le compró su primer coche. A principios de Diciembre había muerto Golfo, ese perro al que tanto quiso. También por esas mismas fechas, sufrió su primer desengaño amoroso para, un par de años después, y a últimos de Septiembre, volver a enamorarse y hacerlo del que fue y sería por siempre el amor de su vida…
.
El paso de los años hicieron de Marcos un joven muy inteligente. Ordenado, metódico, independiente, muy sensible y terriblemente pesimista. Amante del cine clásico y de la literatura, entre sus títulos preferidos destacaban películas como Casablanca y Desayuno con diamantes y obras de Schopenhauer y Jorge Manrique. Se declaraba ateo y apolítico. Tampoco confiaba demasiado en la ciencia y prefería buscar la explicación a las cosas del mundo que le rodeaba en antiguas culturas, pueblos y leyendas, aunque éstas últimas tampoco le ofreciesen demasiada credibilidad.
.
La noche del 20 de Diciembre de 1.997 y sin razón aparente, decidió marcharse. No tenía problemas de ningún tipo; su familia, amigos y pareja, le adoraban; su trabajo le encantaba y la estabilidad económica que le proporcionaba el sueldo que recibía le había llevado a dar la entrada del que iba a ser su piso; unos días antes había recibido la llamada de una de las editoriales más prestigiosas del país, que estaba más que interesada en publicar esa novela que tantas noches en vela había pasado para poder escribir… Aún así, se fue. Lo hizo sin más y sin pensar en el dolor de todas y cada una de las personas a las que quería y que también le querían a él.
.
Ahora, diez años después de su marcha, volvía a ser 23 de Septiembre una vez más y Marcos pensaba, más si cabe, en sus seres queridos y con tristeza era consciente de que en la última década no habría habido ningún niño que se fuese a zambullir en la montaña de hojas del señor Gómez, ni tan siquiera un joven que la fuese a derrumbar a base de manotazos y patadas como él había hecho las últimas veces…
.
Pensó, por primera vez, en volver y ni siquiera tuvo que pedirlo, ya que los demás no entendían como no había querido hacerlo antes dada la cantidad de cosas y personas que había dejado atrás.
.
Y lo hizo. Sin pensárselo dos veces volvió a su antiguo barrio. El viaje no fue fácil y para poder realizarlo habría precisado de una preparación de la que no pudo disponer dado que quiso emprender el viaje el mismo día en que decidió que lo haría.
.
A pesar de ello, pronto se vio en la que tiempo atrás había sido su calle y sus pies, que todavía recordaban el camino, le llevaron hasta la casa de su vecino. No podía creer lo que sus ojos estaban viendo, el señor Gómez no había recogido las hojas de la decena de árboles que decoraban su patio, sino que todas se encontraban desperdigadas por el suelo. Pensó en que le bastaría con entrar a decírselo, pero cuando entró y llamó al anciano, nadie le respondió. Fue hasta el salón y allí estaba su mujer, vestida de negro de los pies a la cabeza y llorando abrazada a una fotografía de su marido que siempre había decorado la mesita del centro. Marcos se dispuso a acercarse a ella para tratar de calmarla y preguntarle lo que había pasado, pero el periódico que reposaba ahora sobre la mesita se lo impidió. Estaba abierto y en la página de la derecha rezaba cuatro veces el mismo nombre propio: Andrés Gómez Varela, de quien se decía que había fallecido en el día de ayer tras recibir los Santos Sacramentos. No fue capaz de decir nada, simplemente salió de allí con los ojos llenos de lágrimas todo lo deprisa que pudo.
.
Se sentó durante unos minutos, para intentar calmarse un poco, en uno de los escalones que conducían al porche de la casa y, cuando se disponía a ir a la que había sido su casa, pensó en apilar él mismo las hojas, pero en seguida se lo quitó de la cabeza.
.
Entró en la casa y, de nuevo, se dirigió al salón. Una sonrisa pobló sus labios cuando vio a sus padres en él y al darse cuenta de que, en su ausencia, el tiempo les había castigado únicamente con unas cuantas arrugas más. Eso era lo que el chico pensaba pero la realidad, de la que no tardó mucho en darse cuenta, era bien distinta. Su madre, trataba de vencerle la batalla al temblor que dominaba sus manos y le impedía proseguir con la labor de calceta que estaba realizando. Su padre, trataba en vano de agudizar su vista para llenar las casillas vacías de ese crucigrama para el que antes le habrían bastado veinte minutos para completar.
.
La estampa que sus ojos estaban contemplando hizo sentir a Marcos que le faltaba el aire, que se ahogaba, así que volvió a salir a la calle para nuevamente sentarse en las escaleras.
.
No pudo evitar el llanto y con los codos apoyados sobre sus rodillas y las manos sobre el rostro, permaneció durante horas. De pronto, una conversación en la que participaba una voz que se le antojaba muy familiar le hizo salir del estado de shock en el que se encontraba.
.
-¡Venga papá! ¿A qué no me pillas? –decía una niña de unos cuatro años de edad-.
.
-¡Sólo te estoy dando ventaja canija, ya verás cuando te coja! -respondía esa voz tan familiar para Marcos, al tiempo que comenzaba a correr detrás de la niña-.
.
-Eso, eso… corred y dejadme sola. Como sabéis que yo no puedo… ¡Anda que ya os vale! –les increpaba a ambos una chica muy guapa, morena y de pelo rizado que se encontraba en avanzado estado de gestación-.
.
El chico al que pertenecía la voz, daba captura a la niña y la cogía en brazos al tiempo que volvía sobre sus pasos y le decía:
.
-Venga cariño, volvamos a por mamá que no puede correr con el pequeño Marcos dentro de la tripita…
.
Marcos, quien escuchaba y observaba atónito como éstos se alejaban, comenzó a atar cabos y a comprender. Carlos, el que una vez fuera su gran amor, no sólo había vuelto a rehacer su vida, sino que lo había hecho con una mujer y además era padre…
.
Y, por fin, se dio cuenta del error que tantos años le había costado reconocer que había cometido.Con veintiún años de edad, el joven se encontraba en su mejor momento en todos los sentidos posibles y, simplemente por ello, decidió caminar hasta el paseo marítimo de su pueblo y arrojarse al mar para terminar así con su vida.
.
El que una vez había nacido durante un Equinoccio de Otoño, decidió dejar de vivir instantes antes de que comenzase un Solsticio de Invierno, dado que una vez alcanzada la plenitud de su vida, lo que restaba era que ésta declinase hacia la vejez, comenzando así el otoño de su vida, que era el único que Marcos no quería vivir.

4/12/08

Mejor que vivir...

A pesar de contar con la buena posición económica que le proporcionaba un trabajo sencillo y altamente remunerado y vivir rodeado de su familia y un buen grupo de amigos, Ramón se sentía vacío. Sabía que había algo que, aún sin saber qué era, faltaba en su vida y que hasta que diera con ello no podría ser feliz. Ramón buscaba sin saber qué, pero con la certeza de que lo reconocería en cuanto lo viese.

Hasta que el alcohol entró a formar parte de su día a día, su vida se basaba en la monotonía y la rutina. Tras el falso sentimiento de bienestar que le produjo la primera borrachera, entre las siguientes Ramón intercalaba la monotonía de su trabajo, la rutina de comidas, cenas y reuniones con familia y amigos y el tiempo preciso para que los que lo conocían de siempre no descubriesen que se veía (a escondidas) con su nuevo amigo el alcohol.

Una noche (y tras haber asistido a una cena de empresa en la que sólo bebió agua), escogió un nuevo bar en el que encontrarse con su recién estrenado compañero nocturno. Después de haberse pasado tres horas vaciando el contenido de un sinfín de vasos de tubo, Ramón volvía a casa cuando se encontró con una joven sorprendentemente amable y cariñosa que parecía estar dispuesta a pasar la noche con él...

La jaqueca que Ramón tenía a la mañana siguiente era la peor de cuantas había sufrido (que no habían sido pocas...) y la resaca que parecía no tener ganas de desaparecer, le impedía recordar con claridad lo sucedido unas horas antes.

Ocho horas después y tras haber cumplido con su jornada laboral, regresaba a casa cuando se cruzó con una chica alta, rubia y delgada que lo saludaba guiñándole un ojo. Y de no haber sido porque verla le bastó “para recordar”, habría pensando que el guiño iba dirigido a otro.

Subió a casa a toda prisa y se apresuró en acercarse al balcón para verla. Parecía ser una joven muy vital y amable que ofrecía su mejor sonrisa a todo aquel que la saludaba. Continuó mirándola hasta que dobló la esquina de la calle y la perdió de vista. Y lo mismo al día siguiente, y al otro, y al otro...

Ahora Ramón vivía para verla y, a su vez, anotar en una pequeña libreta todas las innumerables sensaciones que aquella joven (cuyo nombre no sabía o no recordaba) le producía. Sensaciones que nunca antes había experimentado.

A la pequeña libreta le siguieron tres más, hasta que una noche decidió revisar todo cuanto llevaba escrito y comenzó a “pasarlo a limpio” utilizando para ello una arcaica máquina de escribir y el papel de la mejor calidad del que disponían en la librería de su calle.

Ramón leía y releía todo aquello una vez tras otra hasta que cayó en la cuenta de que todos aquellos papeles se habían convertido en un poemario, a su juicio, bastante bueno. Entonces, pensó en acercase a la joven desconocida y ofrecérselo como obsequio. Pero... ¿y si lo rechazaba? ¿y si se burlaba de él y de sus sentimientos? Era un riesgo que Ramón estaba dispuesto a correr...

Salió a la calle y esperó durante varios minutos a que ella llegara. Estaba nervioso y le sudaban las manos, pero en el preciso momento en que la joven pasaba por su lado y le regalaba un nuevo guiño, Ramón aunó toda la valentía de la que disponía y la invitó a salir esa misma noche. La joven le respondió que esa noche tenía un compromiso pero que le encantaría salir con él a la noche siguiente.

El recién estrenado poeta volvió a casa sintiéndose más feliz que en toda su vida. Se esmeró en adecentar su mejor traje y envolver en papel celofán el poemario, pero continuaba estando nervioso... Trató de dormir pero fue inútil, así que como no era capaz de conciliar el sueño, salió a dar un paseo.

Empezó a escuchar gritos e insultos que provenían del portal de un edificio cercano al suyo, se acercó para ver qué sucedía y vio a la joven desconocida salir a toda prisa. “No sabe que soy yo” -pensó- “ha salido tan rápido que no le ha dado tiempo a verme”.

-¿Es qué no te da vergüenza? Si tu pobre madre se entera la matas del disgusto...

-¿Qué ha pasado don Anselmo? -le dijo Ramón al panadero del barrio, que era quien gritaba y daba manotazos a su sobrino-.

-¿Qué ha pasado? El desvergonzado de mi sobrino, que no tiene nada mejor que hacer que magrearse con una fulana.

-¿Una fulana...?

-Sí, Ramón sí... una de esas prostitutas que deambulan desde hace un par de meses por el barrio. ¿No la has visto salir? Corría como alma que lleva el diablo, la muy descarada...

Ramón se marchó sin dar respuesta alguna a las palabras del panadero. Una vez en su casa, se disponía a romper el poemario en mil pedazos cuando, de pronto, lo pensó mejor y cambió de idea.

Salió al balcón y se sentó a esperarla durante horas. Cuando la vio aparecer, con un silbido llamó su atención y con un gesto frío la hizo subir.

Nada más entrar por la puerta, le dio un golpe en la cabeza con una espantosa figura de mármol (regalo de su madre cuando se independizó) y la joven perdió el conocimiento. La ató, amordazó y sentó en un sillón.

Ramón se sentía ahora más vacío que nunca, mucho peor que antes de haber intimado tanto con ella como con el alcohol.

Sentía que aquel montón de poemas que tenía entre sus manos era lo mejor que había hecho en la vida, pero ahora que había descubierto que su musa no era más que una prostituta que le había vendido su cuerpo a cambio de un determinado número de billetes que la resaca de aquella noche no le había dejado recordar, todo había acabado...

Esperó, sentado en una silla y con los poemas entre sus manos, a que la joven se despertase y una vez que recobró el conocimiento le dijo: “Mejor que vivir es inmortalizar estas palabras con nuestra muerte”.

Un grito desesperado
en medio de la noche,
que se pierde,
que nadie escucha.
Una llamada de socorro
en la puerta de un sordo solitario.
Como el eco de ese árbol que cae
cuando no hay nadie cerca,
como una vela que se apaga
porque se acaba su mecha,
cayó al suelo una lámpara,
las cortinas se llenaron de sangre.
Muere la que nunca pretendió ser musa
a manos del que una vez fue poeta...

30/11/08

Ruta de viaje

Un día se fue. Desapareció sin más. No hubo despedidas y ni siquiera le concedió a nadie la posibilidad de hacerle cambiar de parecer. Guardó algo de ropa, algunos recuerdos y sus más esenciales pertenencias en una pequeña maleta que cerró con dolor, decepción, profunda soledad y ese sentimiento de culpabilidad que sólo aparece cuando en realidad no has hecho nada pero, aún así, el resto del mundo parece culparte por algo que esperas poder llegar a descubrir algún día...

No se iba persiguiendo sus sueños, para eso ya era muy tarde (el último tren que conducía a lo que más deseaba había partido hacía muchos meses...) y aunque viajaba ligera de equipaje, a cada paso que daba le pesaba más todo aquello que se llevaba a cuestas, todo aquellos que los kilómetros (al menos de momento) no estaban siendo capaces de dejar atrás.

Tampoco iba en busca del paraje más paradisíaco de la tierra, de la ciudad más bonita o del pueblo más tranquilo. Su destino era la lejanía y lo desconocido. Un lugar dónde no conociese a nadie, dónde no tuviera que sufrir por nadie y nadie fuese a sufrir por ella; dónde no tener que dar la cara por nadie a sabiendas de que jamás nadie la daba por ella y dónde tampoco nadie se fijase en lo que hacía pero, sobre todo, en lo que no hacía o dejaba de hacer... Un lugar dónde no existiesen las mentiras piadosas ni los secretos de los que solo ella era la encargada de ponerles candado y guardar bajo llave. Un lugar lejos de todo y de todos.

Viajaba sola, triste y profundamente cansada, sin fuerza alguna con la que poder dar ánimo a nadie más. Viajaba derrotada tras su última cruzada personal. Vendió todas y cada una de sus armas al mejor postor (quizás incluso al enemigo. Ya ni siquiera lo recordaba, pero en realidad tampoco le importaba), dio un paso atrás en la contienda y se rindió tras la que fue su última batalla. A partir de ahora no volvería a prestar su ayuda en ninguna causa (fuese justa o no, su criterio siempre resultaba ser erróneo) y, mucho menos, a ser soldado raso a las órdenes de nadie. La guerra, para ella, había concluido.

Se iba en busca de su propia libertad (eso acerca de lo que tanto había oído hablar pero que, en realidad, ni quisiera sabía lo que era...); de aire puro y carente de resentimiento, rabia, celos, egoísmo, desconfianza, cinismo e hipocresía.

Era totalmente consciente de que ese lugar no existía y que todo aquello que daba cuerda a su motor interno no eran más que deseos y anhelos utópicos pero, a pesar de ello, seguía caminando porque lo importante (lo realmente importante para ella) no era llegar o no a un destino concreto, sino el camino que estaba recorriendo. Lo realmente importante era el camino que, por fin, se había atrevido a emprender...

A la mañana siguiente se despertó cansada, empapada en sudor frío y lágrimas agridulces y, tras abrir los ojos, se dio cuenta de que todo había sido un sueño. Pero... ¿desde cuándo soñar con una ruta de viaje implica que esa ruta no sea posible de seguir?

21/11/08

El baúl

Aquella noche, en el desván, mi vida dio un giro de ciento ochenta grados. En pocos minutos aprendí a discernir la diferencia entre el bien y el mal, entre la mentira de una vida familiar modélica y la verdad de compartir techo con un monstruo. Y fue precisamente entonces, en el preciso momento en que las evidencias que allí había encontrado hacían caer la venda que durante tantos años había llevado sobre los ojos, cuando tomé mi decisión.

Opté por continuar como hasta ese momento: tomando al señor Ferrer como modelo a imitar. Elegí seguir con la idea de crecer a su imagen y semejanza. Mi modus operandi sería el mismo de siempre. Pasaría el mayor tiempo posible a su lado, compartiría con él charlas de todo tipo, iríamos juntos a los partidos de fútbol y a jugar al baloncesto a la cancha de La Parroquia los sábados por la mañana siempre después de lavar y encerar el coche. La diferencia sólo sería una y mínima: al final del camino yo no me convertiría en una eminencia en el campo del Derecho Penal sino en un ser vil y despiadado, en una mentira con corbatas de seda y maletín de cuero. En definitiva, aprendería a ser el monstruo que él era y cobraría mi venganza…

Si me preguntan si soy culpable del cargo de asesinato en primer grado del que se me acusa, la respuesta será un sí rotundo, es algo que llevo admitiendo desde el principio. Pero también quisiera que, tras relatarles los hechos acaecidos el día de autos, se planteen lo que hay detrás del asesinato que he cometido y que, como a menudo ocurre, impidan que una vez más la historia la cuenten aquellos que cuelgan a los héroes. Han oído bien, he dicho héroes y no estoy loco ni voy a escudarme en trastornos de tipo psiquiátrico para eludir mi condena, es simplemente que en su momento pensé, y lo sigo pensando, que acabar con la vida del señor Ferrer era un acto heroico. Y como tal me sentí. Justo después de acabar con su vida con mis propias manos, fui el valiente guerrero que mata al dragón; el príncipe azul que salva a la princesa y el capitán del ejército de la Justicia del ojo por ojo y diente por diente.

Una vez dicho esto, paso a relatarles mi historia y los motivos que me llevaron a ser culpable de asesinato:

Como les decía al principio, aquella noche y como mandato de mi madre, subí al desván para buscar los adornos navideños que, dadas fechas en las que nos encontrábamos, pronto necesitaríamos para decorar la casa. No tardé en dar con la caja envuelta en celofán azul en la que se encontraban los adornos, ya que no pocas veces había subido a jugar y curiosear por allí. Y ese mismo factor que me hizo dar en poco tiempo con el objeto de mi búsqueda, fue el mismo que hizo que me percatase de la existencia de un extraño baúl que nunca antes había visto.

Le bajé a mi madre los adornos y dado que durante la cena no podía alejar de mis pensamientos el dichoso baúl, la curiosidad pudo más que yo y equipado con la caja de herramientas del difunto, volví al desván una vez que tanto mi madre como él se durmieron.

El baúl, de apariencia recia y antigua, estaba equipado con un enorme candado que me vi obligado a forzar ya que sabía que con la ayuda de don Matías (el ferretero del barrio) podría reponer al día siguiente sin que nadie supiese de mi fechoría.

Pero lo importante de esta historia no es el baúl y mucho menos el candado que lo mantenía cerrado a cal y canto, lo realmente importante es lo que allí dentro había: una larga serie de recortes de prensa amarilleados por el paso de los años, incontables fotografías de niños a los que no había visto en mi vida o a los que no recordaba, una muda completa de ropa para un niño de unos ocho o nueve años, cuatro o cinco juguetes destartalados, un rollo de cuerda, cinta de embalar, bolsas de basura de color negro y tamaño industrial y, por último y escondido en unas de las esquinas, aquella estrella de sheriff que yo mismo había elaborado en clase de plástica y le había regalado al protagonista de todas y cada una de las noticias que aparecían en los recortes de periódico del baúl; aquel al que, como si fuera por arte de magia, ahora recordaba llevando puestas aquellas prendas de niño pequeño; aquel que había sido mi mejor amigo hasta que… hasta que un día desapareció.

Jonás fue el primer amigo que tuve. Teníamos la misma edad y nos conocimos en el colegio. La profesora optó por sentarnos juntos porque como ninguno de los dos teníamos padre, éramos a priori niños conflictivos y lo mejor era tenernos juntos y controlados. Nos hicimos amigos enseguida y jamás nos habíamos peleado hasta que el señor Ferrer entró en nuestras vidas.

Una noche en la que yo me había quedado a dormir en casa de Jonás, los dos escuchamos cómo su madre le contaba a una vecina que mi madre, por fin, tenía una cita con un apuesto abogado. Recuerdo que en ese momento Jonás se alegró mucho frente a la posibilidad de que yo pudiese tener un papá que, como todo lo demás, compartir con él. Yo me asusté bastante y no pude pegar ojo en toda la noche. Temía que, como en los cuentos, fuese malvado y se portase mal conmigo cuando mi madre no mirara…

Cuando conocí al señor Ferrer, cambié de modo de pensar. Era un hombre bueno, tanto conmigo como con mi madre y a pesar de que a él también le trataba como a mí, a Jonás no le gustaba y evitaba venir a casa si sabía que él iba a estar. Mi madre me dijo un día que eso podía deberse a que Jonás sentía celos y me aconsejó que no le diese mayor importancia, que ya se le pasaría…

Nunca se le pasó. Estaba cada vez más raro y ya no tenía ganas de jugar como antes, ni siquiera en su casa. A pesar de todo, continuaba siendo mi mejor amigo y eso jamás cambiaría. Yo seguía yendo a su casa, intentaba que me contase lo que le pasaba e inventaba mil juegos a los que le pudiera apetecer jugar, pero no obtenía más que negativas por su parte.

Fue esa actitud suya lo que me llevó a hacer la estrella de sheriff en el colegio y regalársela. Ese día logré que Jonás sonriera y los dos jugamos a polis y cacos. Prometió que no se la quitaría nunca y así lo hizo. Incluso, y a pesar de las broncas de su madre, se la ponía en el pijama.

Exactamente una semana después de haberle regalado la estrella, Jonás desapareció. Pensamos que se habría perdido (porque era muy despistado) y le buscamos por todas partes; creímos que le habrían secuestrado y su madre se quedó sentada a esperar una llamada de rescate. Todo el barrio se movilizó para dar con él, pero fue inútil. No volvimos a verle más.

Más o menos un año después de su desaparición, el señor Ferrer le pidió a mi madre que se casara con él y nos mudamos a la residencia actual de mi familia. Decía que aquel ya no era un barrio seguro y que temía que lo de Jonás pudiese repetirse conmigo o con cualquiera de mis amigos y no quería que volviésemos a pasar por algo parecido.

Como les decía, tras ver el contenido del baúl recordé a Jonás y tras recordar nuestra amistad, recordé su desaparición y al pensar nuevamente en su desaparición y ver todo lo que tenía ante mis ojos, simplemente até cabos.

Sé que ahora me estarán tachando de malpensado y, para rebatirles, podría mostrarles algunas de las fotos que encontré en ese baúl para que fuesen conscientes de la naturaleza de las mismas pero, y desoyendo todo consejo de mi abogado, he decidido que no les sean mostradas las caras de niños que ahora están a salvo de un monstruo como era mi padrastro y mucho menos, que se ponga en la palestra la memoria de mi amigo Jonás. Me basto, y confío en que a ustedes les baste, con que tanto mi abogado como el de la acusación asientan ante mis palabras.

Ahora que menciono a la acusación, me gustaría hacer referencia a ese adjetivo que tanto utiliza para referirse a este caso. Dicho adjetivo no es otro que “premeditado”. Por supuesto que fue premeditado, la noche que encontré el baúl decidí que le mataría, pero también que debería esperar.

¿Qué porqué esperar? Porque si él había sido el hombre que había interrumpido la infancia de un niño para, después, acabar con su vida, yo no quería que a mí se me juzgara como al niño que acabó con la vida de un hombre. Por eso esperé, para cumplir la mayoría de edad.

Y con esto he terminado. Ya les he contado todo lo que les tenía que contar. Ahora, señores y señoras del jurado, en sus manos está decidir y en mi conciencia la tranquilidad de saber que no lo harán acerca de la culpabilidad o la inocencia de un asesino pederasta, sino sobre las de un hombre que ha terminado con la vida de un villano.

Y no sé lo que pensarán ustedes, pero yo siempre he creído que a los que matan a los villanos se les llama héroes…

17/11/08

Hasta llegar a enloquecer

Era una de esas tardes de Sábado en las que las que, como ya hacía mucho tiempo que no teníamos, cambiábamos la sobremesa por un par de cafés [vieneses, bien calentitos y con mucha espuma, en esa pequeña cafetería que tanto te gusta [quiero pensar que porque yo te la descubrí] y en la que siempre nos toca tener que esperar antes de poder entrar porque las pocas mesas que tiene están ocupadas] y algunos euros de gangas dudosas en el mercadillo.

Me gusta ir contigo al mercadillo. Y no porque nunca me dejes pagar a mí, sino por lo mucho que me haces reír cuando criticas y te burlas de todo lo que se te antoja. Eres como ese niño que todo lo toca, pero en lugar de para que te lo compre, para asegurarme que tú no lo comprarías jamás y, si es preciso, pasas a enumerarme tu larga serie de disparatados motivos.

Mientras yo curioseaba los puestos, tú improvisabas el robarme besos que resultaban ser la coartada perfecta para rehuir charlas interminables con esas vecinas cotillas que tanto te incomodan.

Y fue tras uno de esos besos, durante los breves instantes en los que yo me quedo abrazada a tu cuello mientras tú tratas de hacer que me sonroje con lo que me susurras al oído, cuando le vi:

Mis ojos se cruzaron con los suyos y, por primera vez en muchísimo tiempo, fui capaz de aguantarle la mirada hasta que él no pudo más y la apartó. Creo que hacía más de un año que no le veía y aunque estaba muy cambiado, en el fondo seguía siendo el mismo de siempre [de no ser porque ese aire descuidado suyo de siempre, a mí ahora me resultaba incluso grotesco].

Nos conocimos en el colegio y hasta el instituto compartimos pupitre el uno al lado del otro [porque así lo establecían las iniciales de nuestros primeros apellidos y el riguroso orden alfabético]. Con el paso de los años nos hicimos inseparables. Compañeros, confidentes y, sobre todo, amigos. Muchas veces he pensado en qué habría pasado si no nos hubiesen sentado juntos el primer día de clase o si el apellido de alguno de los “recién llegados” hubiese estado entre los nuestros. ¿Quién hubiera estado dispuesto a plagiar mi letra tan bien y a intercambiar conmigo los exámenes de Física y Química para completarme las preguntas de formulación? ¿Quién te habría ayudado a ti con las declinaciones y la gramática y el vocabulario de Inglés?

Fueron precisamente esas asignaturas que se nos daban tal mal a cada uno, las que hicieron que nos separásemos y tomásemos caminos distintos. Quién nos lo iba a decir a nosotros… que hasta bromeábamos diciendo que, de haber nacido un siglo atrás y dada la adoración que tu madre sentía por mi abuela y la buena posición de tu padre, el nuestro hubiera sido uno de esos matrimonios de conveniencia…

Aunque, en realidad y sin darnos cuenta [ahora lo sé], empezamos a separarnos mucho antes. Dicen [y es cierto] que las mujeres maduramos antes que los hombres. Así que imagino que mientras tú seguías jugando en los recreativos, yo empezaba a jugar a querer ser mayor memorizando los datos del DNI de la [amiga de la prima de la conocida de una amiga] que, teniendo la edad oportuna, más se me pareciera.

Ahí empezó. Mientras que por semana y durante los días en que teníamos Educación Física te pedía tu chaqueta cuando salíamos al pabellón, con la estúpida excusa de que me había olvidado la mía y tú me la prestabas porque, en realidad, la habías llevado porque sabías que yo te la pediría, y yo me pasaba el resto del día oliendo a ti [y suspirando porque olía a ti] y con tu colonia impregnada en mi ropa, los fines de semana [por tu culpa, porque no querías salir de fiesta con los demás…] me fijaba en los mayores y empezaba a dejar que me hicieran sufrir porque era tan tonta que no me daba cuenta [o que no quería admitir] que me había enamorado de ti.

Y tú [y eso también lo supe después, mucho después…] también te habías enamorado de mí y por eso no querías salir los fines de semana con los de clase, porque no querías dejar que yo te hiciera sufrir, porque eras tan tonto como yo y no te dabas cuenta de que yo estaba loca por ti.

En realidad, no duró más de unos segundos, pero que se me antojaron eternos a causa de la cantidad de imágenes del pasado que se agolpaban en mi cabeza, y mentiría si dijera que no me gustó volver a verle y recordar todo aquello pero, nada comparado con lo que me gusta que me beses en el cuello exactamente del mismo modo en que empezaste a hacerlo justo cuando todas y cada una de esas imágenes desaparecieron de mi cabeza.




Y luego, al subirnos en el coche, una vez más vuelves a decirme que tengo tres segundos para adivinar la canción que vas a poner; a mí me sigue sobrando uno y medio para saber que es “Hasta llegar a enloquecer”; subes el volumen y yo la canto a voz en grito mientras tú arrancas y sonríes…