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11/12/09

le bonheur

-¡La felicidad no existe!

-Sí existe. Sólo has de saber enfocarla con la luz adecuada para así poder verla.

-Que no, que no existe. Todo eso no son más que majaderías, cuentos de vieja para niños e incrédulos, fábulas…

-Es que, en realidad, la vida es como una fábula. Y en toda fábula hay dolor, pero también un sinfín de cosas buenas y, sobre todo, de ella: de la felicidad. De ese bien no material tan preciado y esquivo que siempre se esconde y por mucho que nos empecinemos en buscar jamás encontramos, ya que se trata de uno de esos regalos inesperados que llegan de pronto y que, realmente, sólo se materializa cuando podemos compartirlo con alguien más…

-Todo eso que dices no es más que palabrería barata. Al final siempre hay algo que echa a perder todo lo demás, que sale mal, que duele o que se termina.

-Claro, porque en realidad nada dura eternamente. Ni lo bueno ni lo malo. Si así fuera no sabríamos de contrarios. Todo se basa en momentos, en pequeños instantes. Y, en muchas ocasiones, son los momentos de dolor los que traen de la mano a los de la felicidad. Piénsalo.

-Luego, según tú, la felicidad puede medirse en tiempo.

-No, según tú (y si así lo crees oportuno) puede ser, pero su enorme subjetividad nos permite que cada cual la midamos como queramos, en base a lo que creamos y como mejor nos convenga…

-Incluso estoy empezando a pensar que puede ser que lleves algo de razón, pero, a mí, llevarte la contraria me hace feliz.

23/9/08

Una galleta de la fortuna vacía (cc.114)

Relato escrito a medias con Vane.


"La felicidad no sólo se halla en la dicha, sino también en aprender a aceptar", pero ¿en aprender a aceptar qué?, ¿que la suerte y la buena fortuna no le estaban predestinadas?

Almudena apretó el puño con fuerza arrugando aquel estúpido papel y salió del restaurante. Era muy tarde para llamar a alguien pero muy temprano para volver a casa. Comenzó a caminar y sus pies la llevaron al Paseo del Puerto, aquel por el que siempre había soñado que paseaba con Juanjo. Algo que nunca pasó.

Iba pensando en sus cosas y autocompadeciéndose como de costumbre cuando la voz de una mujer llamó su atención:

- "No seas tonta y quítate esas cosas de la cabeza. La respuesta está delante de tus ojos y no eres capaz de verla". Le decía una gitana desde el tenderete que tenía colocado en el paseo.

- "No, tampoco vengas a sentarte junto a mí para que te lea la palma de la mano. ¿Para qué vas a hacerlo si no crees en estas cosas?

Era como si aquella mujer fuera capaz de leerle el pensamiento y por ese motivo las ganas que Almudena sentía por acercarse a aquella desconocida aumentaban.

- "Te repito que no vengas a mí. Sólo eres una chica inteligente que está haciendo el tonto. Tú sola has de quitarte la venda de los ojos y lo harás esta noche. Pronto lo verás..."

Una ráfaga de viento hizo que se levantara la arena de la playa que quedaba tras el paseo, Almudena giró la cabeza para que no se le metiera en los ojos. Cuando la ráfaga pasó y ella volvió a girar la cabeza, la gitana ya no estaba.

Caminó hasta la pequeña muralla que separaba el suelo de arena de la playa de las pequeñas baldosas que adornaban el camino del Paseo y se sentó sobre ella. Pensó en las palabras de la gitana. En la primera galleta de la fortuna que le habían dado en el Restaurante Chino y que había resultado estar vacía. Pensó en que había tenido que cenar sola porque Juanjo la había llamado unos minutos después de que ella hubiera llegado al restaurante para decirle que no podría acompañarla en la cena. Pensó entonces en esas últimamente tan frecuentes reuniones a altas horas de la noche que tenían lugar en las oficinas en las que Juanjo trabajaba. Pensó en todas y cada una de las mentiras que, a pesar de saber que lo eran, no había querido reconocer hasta el momento. Y en último lugar, pensó en la frase impresa dentro de la segunda galleta de la fortuna que había pedido en el restaurante: "La felicidad no sólo se halla en la dicha, sino también en aprender a aceptar".

Sacó el papel arrugado del bolsillo de su abrigo, lo estiró y volvió a leer la frase que contenía una vez más. En ese momento lo vio claro.

Caminó hasta la orilla y, con toda la fuerza de la que disponía, arrojó el papel al mar, porque aunque no se había dado cuenta hasta ese momento, no necesitaba una segunda galleta de la fortuna, la primera, aún estando vacía, lo decía todo. Vacía, así es como estaba su vida. Vacía de todo cuanto se merecía, aunque llena de cosas que tan sólo le permitían vivir a medias, sentir a medias y, en definitiva, ser feliz a medias.

Ese giro de ciento ochenta grados que su vida llevaba meses pidiendo a gritos, acababa de comenzar. Lo había hecho desde el momento en que Almudena le había dado la espalda al mar y, sonriendo, emprendía el camino de vuelta a casa…

Apenas cinco pasos después, su teléfono móvil comenzaba a sonar y con él, una nueva mentira implícita tras los nueve números del móvil de Juanjo. En ese momento, hubiera sido fácil deshacer el giro que había decidido darle a su vida pero, contra todo pronóstico, lo que Almudena hizo fue girarse para lanzar el móvil también al mar y seguir el camino que esa noche había decidido emprender.

Y entonces, simplemente, sonrió…






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27/4/08

ADN (cc. 102)

Es difícil ver un gato negro en una habitación oscura, especialmente cuando el gato no está. Lo mismo le pasaba a ella, una inspectora forense con más de diez años de servicio a sus espaldas, cuando a la dichosa -e incluso más veterana que ella- impresora le daba por hacer de las suyas y dejaba, a modo de incómodos obsequios, pequeños pegotes de tinta en los resultados de los análisis que María –que así se llamaba- esperaba.

Dada la incompetencia de su forzada compañera de trabajo, María estaba repitiendo los análisis de sangre del caso que ahora tenía entre manos, cuando recibió la llamada de su compañero:

-¿Si?

-¿Has comprobado ya los análisis de los restos de sangre?

-Estoy a punto de obtener los resultados, Hell. ¿Cómo va por allí?

-Bien, María. Oye… ¿estás segura que el muerto estaba bien muerto?

-¡Claro! –afirmó ella dando una sonora carcajada– ¿Por qué no habría de estarlo? ¿Ocurre algo, Hell?

-Ocurre que aquí no hay ningún muerto, ¿sabes?

-…

-¿María?

-¿No podrían habérselo llevado? –logró decir por fin, pues lo que estaba viendo la había hecho enmudecer durante varios segundos- Quizá el asesino aprovechara la ausencia de personal.

-No hay ningún rastro por el suelo. Ni de ser arrastrado ni de pisadas de nadie. Esto no será una broma de los chicos del forense, ¿no?

-Los del forense no han llegado aún, Hell. Acabo de hablar con ellos –dijo mientras, ansiosa, esperaba a que saliesen por tercera vez los resultados-.

-Joder… ¿Cómo llevas los resultados?

La inspectora forense volvió a enmudecer, aquello no era posible… Lo que tenía delante de sus ojos no podía ser real…

-¿María? –dijo su compañero, que parecía impacientarse y demasiado, tras no recibir respuesta alguna-.

-…

-¿¡Maríaaa!?

-Hay algo extraño en los análisis –fue capaz de decir, aunque sin saber muy bien cómo continuar si no quería que Hell la tomase por una loca-. Algo

-¿Algo…?

-Su código de ADN es muy extraño, Hell –espetó de pronto María- ¿Estás aún ahí? –preguntó con suma preocupación-.

-Sí, María.

-Pues sal lo más rápido posible. Esto no me gusta nada.

-¿Pero qué ocurre?

-¡Que salgas de ahí, joder!

Después de esa orden a voz en grito, María oyó lo que le pareció el sonido de un golpe seco. Tras ello, no volvió a escuchar nada más al otro lado del teléfono. Se cansó de repetir el nombre de su compañero una vez tras otra pero sin que éste le respondiera.

Al tiempo que el peculiar zumbido de la destartalada impresora le indicaba que, por cuarta vez, los resultados ya habían salido de la misma y una lágrima resbalaba por su mejilla, María llamó para enviar refuerzos a la dirección en la que Hell se encontraba...


*Como en todo, siempre hay varias versiones y esta historia tiene una mejor. Deja que
Hell te la cuente...


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30/3/08

Miedos (cc. 98)

"Supo que había sentido miedo cuando miró hacia atrás sin que ninguna causa lo justificara." Se quedó anclada en la baldosa de cuadritos de la calle Silencio N: 7. Le temblaba el cuerpo y el corazón le iba tan deprisa que temía que en cualquier momento explotara.

Abrió los ojos al máximo y observó cada rincón cuando sus pies le permitieron moverse. “No pasa nada Noa" se dijo una y otra vez "date la vuelta, tres pasos más y llegarás a casa" pensaba.
Cuando quiso retroceder y continuar su camino salieron de la nada miles de mariposas azules dibujando en el aire un hada con nombre propio que tomó vida en el cuerpo de una niña con una sonrisa en el rostro.

Ambas chiquillas se miraron a la vez que se iban acercando la una a la otra muy despacio.

Noa no podía creer lo que veía. Por un lado sentía miedo y por otro ansiaba saber si existía magia detrás de aquello.

Cuando apenas quedaban unos centímetros entre ellas un telón transparente bajó del cielo separándolas.

- ¿Cómo has hecho eso? - preguntó Noa aún más sorprendida.

- Yo no hice nada, pensé que habías sido tú.

- ¿Y todas esas mariposas?

- No sé de qué hablas.

- He visto como aparecías de la nada, con un montón de mariposas. Al principio parecías un hada y luego... luego tú.

Esto es muy raro.- pensó Noa. - ¿Cómo te llamas?

- Soy Lena.

- Yo soy Noa.

Se quedaron en silencio observando el telón mágico que había aparecido de la nada. Pasaban sus manos por él como queriendo encontrar alguna puerta que las dejara estar juntas o las llevara a un lugar.

- ¿Por qué estaremos aquí? –dijo Lena al tiempo que se rascaba la nuca y en su cara se dibujaba una mueca-.

- Es como un sueño. ¿Crees en la magia?

- Yo sólo creo en la bronca que me echará mi madre si no vuelvo pronto a casa.

- Será mejor que te vayas entonces.

- ¡Que lista! ¿No ves que no podemos salir de aquí? Hay otro telón por detrás de cada una. No hay salida.

- Esto ya no tiene mucha gracia.

- Parece que no.

- Si estamos aquí es por algo. Has aparecido por arte de magia como el telón...

-¡Ey! yo ya estaba aquí, eres tú la que has aparecido de la nada.

- ¿A dónde ibas?

- A casa. Vivo al otro lado de la calle.

- Yo también, pero en la otra dirección - dijo señalando hacia el sur.

- ¿Por qué te diste la vuelta?

- No lo sé. De repente miré hacia atrás, a veces lo hago, entonces es cuando sucedió todo esto.

Noa no sabía qué hacer. Se quedo mirando el cielo esperando que algo nuevo saliera de allí mismo.

- Cada vez está más azul.

-Sí, - dijo Noa sin saber a qué contestaba. Miró a Lena y comprobó que ella también miraba el cielo.

- ¿Tienes miedo?

- Un poco.

Tras la respuesta de Noa, Lena vio como el telón que la niña tenía a su espalda avanzaba hacia ellas unos cuantos centímetros. “¡Tengo mucho miedo!” –gritó Lena al tiempo que se giraba y veía como el que estaba a su espalda también avanzaba y lo hacía más que el otro.

- ¿Has visto eso?

- Sí. Cuando tú dijiste que tenías un poco de “eso”, el tuyo también se te acercó, pero sólo un poquito…

- Entonces… ¿por “eso” estamos aquí?

- Creo que sí, porque antes de verte a ti yo lo sentí un poco. A veces, voy caminando y miro hacia atrás. Lo hago sin motivo, pero justo después me entra mie…

- ¡Calla! No lo digas… -interrumpió Noa- A mí también me pasa, -continuó hablando-, sólo que nunca me había encontrado con nadie de esta manera…

- Yo tampoco. Será porque nos pasó a la vez…

- Sí, supongo que sí…

Ambas continuaban mirando a su alrededor en todas direcciones; al telón que las separaba a la una de la otra y también a los que las aislaban del resto del mundo; al suelo y al cielo, que parecía volverse más azul por momentos. De pronto, tuvieron una sensación muy extraña, miraron hacia el frente y se percataron de que la mano derecha de cada una se encontraba justo delante de la de la otra. Habrían jurado que se estaban tocando, de no ser por aquel extraño telón que las separaba.

- ¿Tú también lo notas, verdad?

- Sí, te noto a ti.

- Y… ¿me lo he imaginado o mi telón también se aleja?

- No, no te lo has imaginado. ¿Sabes? Creo que juntas somos más valientes, ¿no te parece?

- Noa… ¿tú confías en mí?

- Ehhh… casi no te conozco, pero creo que sí…

- ¡Genial! –dijo Lena al tiempo que sonreía- Porque ahora ya podemos ser amigas y todo será más fácil…

Noa asintió y ambas continuaron hablando al tiempo que la una veía alejarse el telón que la otra tenía a su espalda y viceversa.

- ¡Mira Lena, esa es mi casa! –dijo Noa separando la mano que, con el mágico telón de por medio, la unía a su nueva amiga- El telón ha retrocedido tanto que ya puedo verla, ¿tú puedes ver la tuya?

Al no recibir respuesta alguna, la niña se giró de nuevo y fue entonces cuando se percató de que había separado su mano de la de Lena, quién todavía continuaba con la suya en la misma posición. Se dio cuenta entonces de que, al hacerlo, la había dejado sola y, como consecuencia, su telón, en lugar de haberse alejado, estaba ahora más cerca de ella que nunca.

Entonces, Noa comenzó a hablarle a Lena. Le dijo que tenía que estar tranquila, porque ahora las dos sabían que estando juntas nada podría pasarles; que continuase confiando en ella, porque de hacerlo, ambas podrían salir de allí; que no llorase, porque sino los nubarrones que tenía en sus ojos aparecerían también sobre el cielo y entonces se mojarían, llegarían constipadas a casa y sus madres les echarían una buena reprimenda…

- Gírate ahora y dime si ya puedes ver tu casa. No temas, no voy a apartar mi mano de la tuya.

- Sí, ya puedo verla –dijo Lena-. Pero… si nos soltamos…

- Vamos a probar una cosa, ¿vale? Vamos a caminar muy despacito hacia atrás sin dejar de mirarnos. No bajes tu mano, si ves que mi telón se me acerca, corre hacia mí y yo haré lo mismo.

Y ambas comenzaron a separarse, poco a poco, la una de la otra, pero sin dejar de mirarse y hablarse. Para su sorpresa, a cada paso que se alejaban, los telones retrocedían más y más.

- ¡Espera! –dijo de pronto Lena- ahora vamos a dar tres pasos con los ojos cerrados, a ver qué pasa…-.

Y así lo hicieron. Después de eso, giraron poco a poco hasta darse la espalda. Continuaron caminando hacia sus respectivas casas. Apenas unos cuantos pasos después:

- ¡Mira! ¡Gírate! –le gritó Noa a su amiga, que ya se encontraba a varios metros de ella-.

-¡Ya no está! ¡Ya no está! ¡Ya no está!

De manera instintiva, corrieron a abrazarse. El telón que las había mantenido separadas ya no estaba y tampoco los otros dos. Todo había terminado. Juntas lo habían logrado.



- Tengo que volver a casa –dijo Noa-, ¿te parece que mañana juguemos juntas?

- Claro –respondió Lena-, que para eso también somos amigas…



*Historia escrita a cuatro manos: dos de ellas de una servidora y las otras dos... aparecen cuando Se Abre El Telón
.



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21/1/08

La vida te lleva por caminos raros (cc. 91)


“Se truncó la noche en áspera y feliz, en oscura y con destellos (yo creo que por las farolas). Hacía mucho frío y estaba asustado. Noté como el suelo desaparecía bajo mis pies, al menos en la forma en que siempre lo había conocido. Seguí caminando y todo se volvió resbaladizo, como si, sin saber de qué manera, me viese abocado a deslizarme por un tobogán al que nunca pretendí subirme.

Un sonido ensordecedor apareció y una especia de rocas empezaron a caer sobre mi cabeza, después empezó a llover y las gotas escocían en mis ojos (yo creo que eso era lo que llaman lluvia ácida). El frio aumentaba por momentos y el mundo parecía estarse inundando, no de agua, sino de algo mucho más amargo. Empecé a luchar para no ahogarme, todo fue muy rápido, cuando creí que no resistiría más, todo se desbordó y me vi cayendo al vacío, cerré los ojos esperando el inevitable impacto, pero ante mi sorpresa reboté sobre una especie de cama mullida. Tuve la impresión de que, en décimas de segundo y sin que yo me hubiera percatado, todo se hubiera secado (creo que es lo que llaman cambio climático). Abrí los ojos y la hierba que me rodeada era ahora mucho más alta, oscura y casi punzante.

Unos gritos despertaron mi atención, eran estridentes. Noté como la hierba empezaba a moverse y unos monstruos salían de entre ella y se dirigían hacia mí a toda velocidad. Volví a cerrar los ojos, rezando para que no me pasara nada y un ligero terremoto dio una pequeña sacudida. Los monstruos huyeron y los temblores se hicieron más fuertes (creo que por lo que llaman réplicas), intenté agarrarme pero no lo conseguí y salí disparado, esta vez mi caída no fue tan suave.

Todo lo que me rodeaba había vuelto a cambiar, ahora me encontraba sobre una especie de terreno escarpado. Frente a mí, una alta montaña rocosa que tendría que escalar. Me dispuse a emprender el camino para, escasos minutos después, ser nuevamente azotado por una fuerza desconocida que me alejaba de allí para traerme de vuelta a casa”.

Todos los allí presentes escucharon ensimismados la historia que Hugo acababa de contar y, aquella pasó a ser la mayor aventura jamás vivida en la comarca…

***

-¡Oski, es la última vez que vengo de picnic contigo! ¡Menudo desastre!

-¡La culpa es tuya por traer al perro! ¡Me ha tirado el vaso, el muy…!

-Es un perro, ¿qué quieres? Además, así al menos no te has roto ninguna muela tratando de masticar ese bizcocho tan duro que has hecho…

-¡El bizcocho no estaba duro, María! Si no lo hubieras dejado destapado, no se hubiera llenado de hormigas.

-¿De hormigas? ¡Sólo era una hormiga!

-Pues para sólo ser una, menuda has armado, lo has tirado todo por los aires.

-¡No te jode! ¿Serás capaz de decirme que te hace gracia que los bichos pululen por algo que vas a comerte después?

-Tanta como que tu perro tenga pulgas… -dijo Oski mientras se rascaba por todos lados-.

-Esta ha sido una mala idea, ¿nos volvemos a casa?

***
Los dos chicos abandonaron la escena rascándose. Mientras tanto, en el hormiguero, un grupo de hormigas se había reunido para escuchar la historia de Hugo, una hormiga soldado que no hacía más que inventar historias, por lo que ninguno le creyó.

Nadie preguntó jamás de dónde salieron las migas de bizcocho que alimentaron durante todo el invierno al hormiguero.




*Historia escrita a cuatro manos, dos de ellas las encontraréis aquí, acerca de las otras dos... Oski tiene la respuesta.



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