3/9/09
La chica del vestido azul - Capítulo I - El paraguas
25/4/09
Ella y él (I)
Noche tras noche, sin que ella lo sepa y una vez que se ha dormido, él las lee una vez tras otra hasta que consigue almacenarlas en lo más hondo y profundo de su ser.
Y una noche cualquiera (supongamos que fue ayer), él decide contarle su pequeño secreto consiguiendo así que ella logre por fin escapar de los temores de veinticuatro horas grises y regalándole (a ella y sólo a ella) un perfecto amanecer teñido de azul.
16/2/09
Una segunda oportunidad (por segunda vez)
Dicha sucesión de imágenes, en el cine, sirve para que el personaje en cuestión pase a mejor vida con un buen sabor de boca y una sonrisa en los labios (en el primero de los casos) o para hacerle cambiar el chip y que a partir de ese momento se empeñe en que su vida sea diferente (en el caso de que dicho personaje sobreviva).
Hay personas que afirman que en la vida real también ocurre, pero yo (y tal vez como una nueva muestra de mis rarezas) soy de las que les llevan la contraria.
Hace diez años sufrí un accidente de moto. Fue a principios del mes de Julio y durante una tarde lluviosa de domingo adornada con algo de neblina. En una curva con poca visibilidad un coche quiso adelantarme y, al venir otro coche de frente, se me echó encima y me tiró a la cuneta. Después se dio a la fuga.
Una moto destrozada (al igual que la ropa que llevaba en ese momento), golpes, cortes, momentánea pérdida de consciencia y un casco que me salvó la vida. Horas más tarde, estando ya en casa llena de vendas, gasas, pomada, betadine y varios puntos de sutura que sellaban heridas, una llamada de teléfono anunciaba el nacimiento de mi perro.
Durante la última década, cada mes de Julio celebramos el cumpleaños de Gastón (a quién siempre se le regala un hueso enorme o una nueva pelota que poder pinchar en escasos segundos), pero también el día en que yo (por suerte) volví a nacer.
Creo firmemente en que, en esta vida, todo pasa por alguna razón, en que todos nacemos con un libro de vida ya escrito que contiene un destino marcado del que nadie puede escapar. Incluso, en alguna ocasión, he llegado a pensar en que esa segunda oportunidad que se me dio tras el accidente de moto expirará el día en que mi perro muera, aunque luego me lo he quitado de la cabeza por lo peliculero que me resulta hasta a mí misma.
Hace pocos días el destino me ha vuelto a dar una nueva oportunidad de seguir adelante con mi vida y mientras los demás van pasando por las fases de susto (tras la noticia), alegría (por saber que estoy bien), excesivos mimos y cuidados hacia mí y, también, búsqueda de culpables y necesidad de que la justicia actúe como debe actuar, a mí no me ocurre lo mismo. Ni siquiera me pasa algo parecido.
Ni tras el accidente de moto ni ahora he visto esa sucesión de diapositivas y, como siempre he pensado, tampoco esa la luz a lo lejos, al final de un supuesto túnel. El único adjetivo que encuentro para mi situación actual es extraño/a. Extraña me siento y extraños encuentro a quienes me rodean. Y la realidad es que no sé el porqué…
Quizás, durante esos minutos de los que no tengo ningún recuerdo claro (al menos por el momento) haya visto pasar mi vida por delante de mis ojos y algo dentro de mí haya hecho ese clic que, como decía antes, en las películas supone el principio del cambio.
Tal vez todo esto no sean más que paranoias mías o las consecuencias de un shock del que todavía no estoy completamente recuperada, pero la sensación que tengo es que ya no soy la misma. Es como si una parte de mi hubiera muerto y yo tuviera que seguir adelante sin ella pero con todas las demás.
Y mientras el resto del mundo sigue pasando de fase en fase y pensando que cuando descanse se me pasará, yo le doy mil vueltas al asunto y no dejo de pensar cuál es esa parte de mí que echo en falta, esa que creo que ya no está.
Tú te ríes y te lo tomas a broma, pero… ¿y si la que ya no está es esa María que te quería? Tal vez sea esa parte la que he perdido por el camino, o tal vez sea esa a la que tú le caías bien; la que compartía secretos con ella; la que me convertía en tu amiga, en la tuya, en la de ella y, también, en la de ellos. Quizás haya perdido la mejor parte de mí o tal vez la que ha muerto es la María borde y arisca.
La verdad es que, por un lado, me da miedo no saberlo pero, por el otro, tengo pánico a descubrirlo. Aunque también es posible que, cómo decís algunos, esto se me pase cuando descanse algunos días más o que, simplemente, lo que ha cambiado sea algo mucho menos importante y transcendente. A lo mejor mi película favorita ha dejado de serlo (esta tarde volveré a verla para saberlo, porque anoche vi por segunda vez Brokeback Mountain y no me gustó nada, cuando la primera vez que la vi me encantó…); o ya no me guste el malibú con piña; quizás el azul celeste deje de ser mi color; tal vez me den arcadas la próxima vez que mi madre haga lasaña; o… ¡quién sabe!, a lo mejor deja de gustarme escribir (y entonces dejo de daros por saco con este blog y con todos y cada uno de mis escritos en papel).
Sé que es absurdo pensar en eso y que el tiempo (que siempre es muy sabio) lo dirá, pero es muy frustrante simplemente tener que descansar y esperar, esperar y descansar (algo que precisamente no estoy haciendo ahora y que mi cuerpo empieza a pedir a gritos)...
Tiene gracia (si te gusta el humor negro) que hace quince días pensara en que este post, por ser el número 100, debería ser especial y que haya terminado escribiendo precisamente esto...
Sé que tengo varias cosas pendientes pero, al igual que a mí os toca esperar (a que pueda ponerme a hacerlo) y descansar (de mí unos días, que eso seguro que no le viene mal a nadie).
22/1/09
Al... chico de la estrella de seis puntas
El día que nos conocimos y te diste cuenta de cómo miraba embobada tus ojos, me dijiste que lo realmente raro no era que fuesen uno de cada color, sino que tu hermano gemelo también los tuviese así, sólo que a la inversa. Cuando nos conocimos, lo único que hiciste fue tomarme el pelo. No te llamas como decías, eres hijo único y, al final de la noche, se te cayó la lentilla de tanto que nos reímos… El día que nos conocimos fue un sábado que acabó en domingo, una tarde que acabó amaneciendo. La segunda vez que te vi empecé a pensar en la posibilidad de que todo aquello fuese algo más que un magistral intento de utilizar toda tu artillería pesada a la hora de agradarme, que era mucho más que una simple pose.
A la tercera (va la vencida) asumí que eras un loco divertido, un gran fabricante de sonrisas ajenas. Mucho más que un humorista sin nariz de payaso.
La cuarta vez que te vi pensé que sería la última y en la quinta, en la quinta tuve la certeza de que habías venido para quedarte. Y te quedaste…
Odio que seas capaz de arquear las cejas (y yo no), que puedas doblar la lengua (y yo no) y que tus chistes siempre tengan gracia (y los míos no). Odio que siempre te empeñes en ser mi pareja jugando al Trivial, que ganemos y, después, me llames marisabidilla. Odio que sepas más que yo de fútbol y que, como quién no quiere la cosa, almacenes en tu cabeza un sinfín de datos que yo tardaría meses en memorizar. Odio que te encante cabrearme, detesto sobremanera que lo hagas adrede y que, después, no pares de hacerme cosquillas hasta que te perdono. Odio que seas la única persona que jamás me dice gracias o lo siento y el que siempre esté dispuesto a dar la cara por los demás. Odio que me conozcas mejor de lo que yo llegaré a conocerme jamás. En definitiva, odio que seas tan perfecto y que tengas la certeza de que, por muchas cosas que odie de ti, a ti nunca podría llegar a odiarte.
Me chiflan tus locuras, tus ocurrencias y tus vaciles. Me encantan tus bromas (cuando se las haces a otro…), tus sorpresas y tus zumos de colores imposibles, también me encanta que siempre me guardes las chuches y los caramelos de color azul. Adoro nuestras confesiones, nuestras discusiones estúpidas y nuestros secretos fingidos. Tus ideas descabelladas, tus escapadas a las tres de la mañana para comprar helados, tus discursos filosóficos y tus monólogos eternos en los que siempre te pierdes y te olvidas de qué estabas hablando al principio.
Envidio tu forma de ser, tu positividad y tu valentía. Tu manera de afrontar los problemas y que siempre seas capaz de encontrar la parte buena de todo y de todos.
Pero, por encima de todo eso está el hecho de que te quiero demasiado, y anoche (a causa del miedo que me daba que pudiese ir mal) realmente he sido consciente de lo mucho que pintas en mi vida, de la falta que me haces (que nos haces…) y de que preferiría morirme mil veces antes de hacer uso de nuestro papel y quedarme con Pol si algo te pasara (pero eso no quiere decir que vaya a darte mi Vaio y mi Blackberry, porque una cosa es que estuviera muy asustada y otra muy distinta que me haya vuelto idiota…).
Y ahora que te he visto, me quedo más tranquila porque ni llevando uno de esos pijamas azules desgastados llegas a estar feo, porque tu tableta de chocolate y tu tattoo siguen intactos y en su sitio, porque a pesar de todo no has perdido la sonrisa y porque mientras tú sigas haciendo bromas y metiéndote conmigo, yo sabré que todo marcha bien…
Por último, el miedo que he pasado en las últimas horas me lleva a contarte algo que no sabes, y es el hecho de que siempre te he mentido, porque tú sí ocupas uno de los diez peldaños (y no precisamente uno de los últimos).
Ponte bueno (más de lo que ya estás) pronto para venirte con nosotros como siempre, porque sin ti los cafés de media tarde no saben igual y a los malibús con piña no hay quién los derrame sobre abrigos que no te hayan sido formalmente presentados.
Ah, y no lo olvides: que la estrella de seis puntas tiene su significado y su sentido, del que nosotros formamos parte pero que sin ti deja de existir.
7/1/09
Porqués y más porqués...
Si bien es cierto que es bastante complicado dar con los nuestros, la cosa empeora cuando se refiere a los porqués de los demás, de las personas que nos rodean. Por otro lado, puede suceder (como me ha pasado a mí) que presenciemos el instante preciso en el que alguien da con uno de los suyos y (como si se tratase de esa sucesión de fichas de dominó que, estratégicamente colocadas, caen de una en una, por orden y siguiendo a la anterior) que, de pronto, hallemos respuesta a uno de los nuestros.
A mi padre siempre le han encantado los relojes de pulsera. Tiene un montón y sus ojos de casi cincuenta años brillan como los de un niño que todavía cree en la magia de los Reyes Magos cuando, tras deshacerse del envoltorio, descubre que su regalo es un nuevo reloj. Y a mí me ocurre exactamente lo mismo con los bolsos, me gustan creo que demasiado y ya he perdido la cuenta de los que tengo.
Ayer, durante la sobremesa de la comida de Reyes y mientras tomábamos café, la conversación fue variando y pasando de un tema a otro. Hubo un momento en el que se centró en el reloj nuevo de mi padre y en el hecho de que tenía demasiados. Creo que fue mi abuela la que le dijo que eran muchos relojes para tan sólo dos muñecas en las que poder ponérselos (creo que no cayó en la cuenta de que sólo se los pone en la izquierda…). Mi padre, después de quedarse pensativo durante unos segundos, le dijo que creía que su “obsesión” por los relojes venía de cuando era un niño, de cuando su abuelo lo llevó a una feria de muestras. Ese día le compró su primer reloj propio (el que había usado hasta ese momento había pertenecido a su abuelo y se lo había regalado hacía tiempo…) y, a partir de ahí, comenzó a interesarse por ellos y a que le gustase mirarlos en los escaparates, tener varios e ir cambiando de uno a otro dependiendo del momento, la situación, etc.
Yo (que hasta ese momento había permanecido en silencio y como mera espectadora de la conversación al tiempo que daba buena cuenta de un café sobre el que ponía todas mis esperanzas de que me hiciese dejar de bostezar a causa de lo poco que había dormido esa noche), tras escucharle, salté cual resorte y dije que, era posible que la mía (mi obsesión por los bolsos) viniese de la misma persona, del abuelo de mi padre. Nuestros ojos se cruzaron y, en ese momento, se produjo una de “nuestras conexiones”, una de esas que sólo tengo con él y porque somos muy parecidos y, al mismo tiempo, muy diferentes. Supe que él me entendía y que abalaba mi teoría.
He hablado varias veces de mi bisabuelo (tanto en este blog como en los dos anteriores) y siempre he dicho que es la persona que más huella me ha dejado en menos tiempo. Diré de nuevo que nos dejó cuando yo era muy pequeña pero que su recuerdo sigue intacto y es alimentado por las historias que los demás me cuentan sobre él.
Una de esas historias (que yo habré escuchado una decena de veces) hace referencia al hecho de que, durante sus últimos días de vida y cuando estaba ya muy enfermo, no dejaba de repetir que él sería quién me regalaría mi primer bolso de verdad, no uno de esos de juguete. Opina mi madre que eso lo decía como una especie de juramento a sí mismo, como algo que debería cumplir porque así lo había prometido y, de paso, como algo a lo que agarrarse logrando que su vida se alargase lo máximo posible.
¿Es tan descabellado pensar que, de manera inconsciente, me gusten tanto los bolsos porque siempre he sabido de la existencia de esa historia?, ¿qué es algo así como materializar uno de los recuerdos que tengo de él?, ¿será, en realidad, algo patológico que me lleva a tener más y más porque sé que siempre me faltara ese primero que él no pudo regalarme? Mi padre y yo tenemos nuestra propia teoría, el resto del mundo puede pensar lo que quiera…
P.D. Mientras escribía este post, me ha dado por pensar que me gusta tanto el azul celeste porque, cuando era pequeña, me encantaba dormir en casa de mis abuelos, en la habitación que había pertenecido a mi padre cuando era un niño y que era de ese color… o eso o que, a lo mejor (y lo más probable) ya se me está empezando a ir la pinza con este asunto…
30/12/08
One year ago...
La segunda mitad del 2.007 fue devastadora. Una larga serie de acontecimientos tanto personales como familiares creaban a mí alrededor una especie de remolino del que no conseguía poder salir. Sabía que el objetivo de tal remolino no era otro que hacerme caer una vez tras otra e irme enterrando en un pozo de cuyo fondo sería realmente difícil salir. En todo momento tenía presente la premisa de que lo importante no era el hecho de caer, sino de ser capaz de levantarse tras cada nueva caída, pero cuando recibes un golpe tras otro sin que apenas te dé tiempo de recuperarte del anterior… no es fácil hacerlo.
Estando así las cosas, un cambio de chip era algo necesario y aunque es cierto que me rendí y dejé el blog anterior porque no veía posible el poder tener esos paseos que recordar y, después, narrar, en aquel momento veía más factible el gerundio (del aprendiendo) que el infinitivo (del recordar).
Y así fue como nació este blog, como mi primer pasito hacia adelante en el empinado camino que tenía ante mí. Hoy por hoy, no me arrepiento del cambio y, además, creo que mi elección fue más que acertada.
Una de las primeras cosas que estudié en la Facultad fue que todo aprendizaje ha de ser multidireccional: para que alguien aprenda ha de haber un maestro que enseñe y, a su vez, un determinado número de alumnos de los que el maestro pueda aprender también. Y, si bien es cierto que este blog ha ido creciendo a lo largo de los días y que nunca me han faltado maestros (sino que han ido aumentando en número) de los que poder aprender, también lo es el hecho de que la alumna (uséase: yo) quiere seguir aprendiendo.
Y, para cerrar este post, simplemente un par de cosas:
La primera de ellas es que, hace un año, Pedro tenía razón, y la segunda, que este año lo único que le voy a pedir a los Reyes Magos es salud (tanto para mí como para todas y cada una de las personas que comparten apellido conmigo; para las que quiero y para las que eso de seguir aprendiendo sería imposible sin ellas), porque todo lo demás se consigue arrimando tu hombro a los de quienes te rodean o escarbando dentro de uno mismo.
¡Feliz año nuevo para todos! (como suele decirse) y (cómo siempre digo yo) que lo mejor del 2.008 sea lo peor del 2.009, que con eso nos irá mejor que bien a todos.
¡Hasta el año que viene maestros y maestras del aprendiendo! ;)
28/11/08
Ella y Yo
Ella es de Ciencias y yo de Letras. Ella es la artista de la familia. Dibuja, pinta y, además, se le da bien la música, pero sus dotes para la redacción escasean. Yo soy la que escribe. No sé pintar y mucho menos dibujar (hasta lo dicen los peques del cole...), para la música también soy negada. Siempre gana cuando jugamos al SingStar de la PlayStation.
Lleva tatuada una clave de sol, porque es mucho más valiente que yo y no le dan miedo las agujas. Yo me mareo cuando me hacen análisis de sangre.
Yo soy de Septiembre y del Otoño. Ella de Junio y del Verano.
Ella se empeña en librarse de los rizos de su pelo y yo en definir las ondas de los míos.
Yo me parezco a mi padre y ella a mi madre.
Ella es la pequeña y yo la mayor.
Somos, en definitiva, como el día y la noche. Pero todo lo que nos hace diferentes, también nos une. A las cien veces que hemos discutido les han seguido ciento una reconciliaciones.
Un día (allá por Junio de 2.006), y usando una frase de Jara, dije que "encontré escenarios de colores y sentimientos en blanco y negro" cuando ella nació, ahora... estoy escribiendo desde su estudio y utilizo su ordenador. Tanto el morado como los demás colores de sus cosas me rodean, pero hasta que
Realmente soy conciente de que no tengo paciencia ni capacidad para soportar muchas cosas, que a la mínima me estoy ahogando en un vaso de agua, pero si hay algo que realmente puede conmigo es verla mal a ella. Y es que... por cada una de las lágrimas que le he visto derramar, yo he llenado una botella de un litro con las mías...
26/11/08
Premio A.A.V.E.C.M.A.
Imagino que, a estas alturas, todos sabéis de la existencia de los Premios de los Blogs (o Premios a los Blogs. Realmente no sé cómo se denominan…), bien porque os hayan sido otorgados algunos o bien porque hayáis visto que otros blogueros los hayan recibido. Yo misma (aunque parezca imposible) tengo alguno…
Está claro que a nadie le amarga un dulce, que si escribimos en un Blog es porque queremos que se nos lea y que recibir visitas, comentarios y también premios, nos sirve de empujón para darle forma a un nuevo post al día siguiente.
Las visitas y los comentarios son fáciles de devolver o corresponder, pero el tema de los premios es un poco más complejo. Hasta la fecha, los que yo he visto delimitan el número de blogs o blogueros a los que se les puede conceder. Supongamos que dicho límite está en el número cinco, si a mí sólo me gustasen cinco blogs, sólo visitaría, comentaría y seguiría a esos cinco, pero no es el caso (creo que ni el mío ni el de muchos…).
Por esta razón he decidido crear el Premio A.A.V.E.C.M.A. (siglas que, por si alguien se ha levantado despistado hoy, diré que corresponden a Aprendiendo A Ver El Cielo Más Azul).
¿En qué consiste? En primer lugar he de decir que es un premio que únicamente es susceptible de ser recibido; que no tiene límite ni fecha de caducidad; que se basa en criterios de muy diversa índole y que… a pesar de ser un poco cutre (que lo sé, pero al olmo no se le pueden pedir peras…), está hecho desde el cariño, la admiración y ¿por qué no decirlo? También desde la más sana de las envidias.
Es un premio a la calidad literaria, humana, artística… y al esfuerzo. Al altruismo de compartir palabras, historias, vivencias, opiniones y sentimientos con todo aquel que quiera leerlos.
Es un premio tanto objetivo (sobran y saltan a la vista los motivos) como subjetivo (se basa única y exclusivamente en mi criterio personal, en tratar de alabar de algún modo eso que realmente me gusta dentro del ámbito bloguero).
Y, también, es un premio a la paciencia, al respeto, al compromiso y a la constancia de aquellos que después de la primera vez siguen viniendo por aquí. Es mi forma de agradecer los empujoncitos, las críticas constructivas, los halagos y también el peloteo (jajaja, si no lo digo reviento) de quienes hacen posible que este pequeño espacio en la Blogosfera sea para mí lo que es, siga creciendo y continúe avanzando, tratando de mejorar y… en definitiva, que su creadora continúe aprendiendo lo mucho que todavía le falta por aprender.
Una vez dicho todo esto, sólo me queda añadir un par de cosas: la primera es que, por favor, no os sintáis obligados a incluir el premio (o más bien su imagen) en vuestros blogs. Que lo haga el que quiera y el que no, pues no… (no os voy a negar que me haría ilusión verlo por alguna sidebar, pero… también soy consciente de que muy precioso no es que me haya quedado y tampoco quiero fastidiaros el diseño del blog). Y la segunda (sí, ya sé que estaréis pensando “mira la petarda esta… tanto rollo macabeo y no dice a quién o a qué Blogs le da el puñetero premio de las narices”. A eso voy…) es que he decidido no incluir en este post los links a los “Blogs premiados” porque, como dije, no tiene fecha de caducidad y es muy posible que mañana o dentro de un mes, me tope con un nuevo blog al que querer concedérselo. Así pues, me iré pasando por los blogs y dejando un comentario con un link a este post, ¿vale? ¿Todo claro?
P.D. El mal tiempo que adorna a mi ciudad hace que mi conexión a Internet sea peor que pésima y que aparezca y desaparezca cuando le place. Así que, aunque trataré de hacerlo lo antes posible, tenedme paciencia porque tengo que ir de uno en uno…
Un besazo y muchas gracias, porque el verdadero premio no es recibirlo sino tener la posibilidad de crearlo porque haya una larga lista de Blogs a los que querer dárselo.
13/11/08
UnTuristaEnTuPelo...
3/11/08
Una mañana de domingo
Mientras colocaba la prensa del día [junto a sus respectivos suplementos y añadidos] por riguroso orden establecido: en la primera fila los diarios, en la segunda la prensa deportiva y, un poco más al fondo, la prensa extranjera, veía a través de la cristalera del escaparate cómo los adolescentes más remolones volvían a sus casas dibujando una carretera poblada de curvas sobre el improvisado lienzo en que se había convertido la acera.
Un nuevo camión de reparto le trajo el olor del pan recién horneado y, tras el primer sorbo de café [doble, bien cargado, con poca leche y mucho azúcar] la necesidad por darle sucesivas caladas al primer cigarrillo del día.
Salió a la puerta y el frio de esa mañana de abrigo obligado se introdujo en sus huesos. Un escalofrío recorrió su espalda al tiempo que, del bolsillo derecho, sacaba un mechero y encendía el ansiado y lento veneno. El humo que invadía sus pulmones se le antojaba como el placebo perfecto para curar sueño, frio, oscuridad y silencio.
Tras apagar la colilla, levantó la mirada y pudo presenciar como los primeros rayos del Sol derrocaban a la despótica alba que a regañadientes abandonaba su trono. El azabache del cielo dio paso a un gris cada vez más leve, y éste a un azul que poco a poco se iba afianzando y dando color celeste al cielo, su color.
Apenas había nubes cuando una melodía la sacó del estado de ensimismamiento en el que estaba. Sacó su teléfono móvil del bolsillo izquierdo de su abrigo y tras desplegar la tapa del mismo, la melodía cesó dando paso a una voz conocida, agradable y cálida. Escasos minutos de conversación bastaron.
Iba a volver a entrar cuando un suspiro la hizo volver a mirar al cielo. En él, una única nube se convertía en cómplice de ese momento. En su cabeza, volvía a sonar la misma melodía: Flor de Luna.
Y tal vez tan sólo fueran imaginaciones suyas, consecuencia de que todavía estuviese adormilada o, tal vez, delirios de una boba enamorada, pero… aquella nube [al menos para ella] tenía forma de guitarra. De esa única guitarra que basta para suene esa misma melodía.

26/9/08
Lo que es INJUSTO y lo que NO lo es
A priori, resulta algo sencillo de llevar a cabo, pero la cosa se complica cuanto tu naturaleza te invita al pesimismo, a la desconfianza y a ser capaz de ahogarte en media gota de agua.
Incluso hay días, como el de hoy por ejemplo, en los que resulta complicado encontrar nubes en el cielo. Días en los que todo parece ir bien…
Es entonces cuando te paras a pensar y te das cuenta de que llevas una semana refunfuñando y protestando por hacerte mayor, porque veintiséis años ya no son veinticinco y ahora ya sí que estás más cerca de la treintena que de la veintena. Y a pesar de que no quieres cumplir años, te duele cuando ves que dos personas se han olvidado de tu día y luego, simplemente te molesta que se hayan acordado un día tarde.
Parece ser que la cuestión es protestar por cualquier cosa, ¿no? Las personas somos así, no hay vuelta de hoja. Que nos quejamos por vicio es una realidad de la que no nos damos cuenta porque estamos demasiado ocupados fijándonos en todo eso que no nos gusta o nos gusta menos que otras cosas o, por el contrario, en la que caemos cuando ocurre algo que nos hace abrir los ojos y despertar.
Exactamente eso es lo que me ha pasado hoy a mí: que la realidad me ha hecho despertar, y ahora me siento tremendamente culpable por ser capaz de quejarme por tonterías en lugar de pararme a pensar y ver que las cosas sólo son tan malas como uno quiera verlas (siempre podrían ser peor pero… serán mejor si uno intenta que así sea…); que no todo es blanco o negro y que todo, absolutamente todo, tiene una importancia relativa: la que nosotros le demos.
Me siento culpable por no haberme dado cuenta a tiempo de que lo importante no es que alguien se acuerde o se olvide del día de tu cumpleaños, lo importante es que esas personas estén a tu lado y que lo sigan estando; por quejarme al tener que esperar una hora en la cola de Urgencias, si cuando lo importante es que me dijesen que el dolor que sentía venía provocado por una neuralgia y no por la muela del juicio como yo pensaba; por levantarme con dolor cuando, en realidad, la culpa la tengo yo por no poner el despertador antes y tomarme la medicación que me han recetado a la hora que la tengo que tomar, y un largo etc. más.
En definitiva, me siento culpable por quejarme por lo que me pasa en lugar de reflexionar y pensar que es una tontería, que hay mil cosas peores, más graves y que dolerán mucho más.
Y es precisamente ese sentimiento de culpabilidad el que me hace volver a quejarme una vez más, pero esta vez de lo que realmente es injusto. Cumplir veintiséis años; que sólo dos de tus seres queridos se olviden de tu cumpleaños; tener una simple neuralgia; que las condiciones que te ofrece el banco no sean las que tú querrías o que, por ejemplo, se te caiga un libro enorme sobre un pie llevando sandalias, no son injusticias. Son cosas que pasan (y que si pasan es porque seguimos vivos), sin más…
Lo realmente injusto es que tú tengas que estar ingresado en el hospital y que, como mínimo, vayas a pasarte ahí los próximos quince días. Injusto es que en tu diagnóstico aparezca la palabra tumor. Injusto es que, a tus dos años y medio, el cáncer haya decidido convertirse en tu compañero de juegos. Y sé que “injusticia” es una palabra muy difícil de pronunciar para ti, pero “quimioterapia” todavía lo es más para todos nosotros.
¿Pero sabes una cosa? De la misma manera que los mayores nos quejamos por todo y somos egoístas, aunque luego tengamos eso que llaman “sentimiento de culpabilidad”, también somos cobardes. A mí hoy se me caen las lágrimas pensando en que palabras como tumor, cáncer y quimioterapia tengan que ver contigo. Y se me caen precisamente por eso: porque soy muy cobarde. Pero… del mismo modo en que tú eres capaz de tirarte de cabeza por el tobogán sin que te de miedo, aunque yo tenga pánico, también sé que vas a poder con esto, porque tú eres muy valiente.
21/8/08
Y me desperté pensando en tí...
Y pensando, pensando... acabó entrándome el pánico. Un pánico irracional a perderte, a pensar en la posibilidad de seguir sin tí.
He caído en la cuenta de lo mucho que he cambiado (o me has cambiado) con el paso del tiempo. El cambio me gusta, mentiría si dijese lo contrario, pero tiene una pega: que sólo tiene sentido a tu lado. Porque sólo tú podrías haber logrado que yo realmente me sienta como la princesa de los cuentos en los que nunca creí. Tal vez (y sólo tal vez) la prueba de que mi príncipe azul sí existe, se encuentre en un minúsculo lunar también de color azul (porque es azul) que tan sólo es perceptible entre sábanas arrugadas.
Un día me preguntaste qué era lo que me gustaba de tí y yo te enumeré la larga lista de típicos y tópicos extrictamente necesarios e imprescindibles, pero no te hablé de esas pequeñas cosas que marcan la diferencia y que te convierten en lo que eres y significas para mí.
No te dije nada de las cadenas que cada día inventas para que me aten a tí en contradicción con las alas que me brindas para ser libre; tampoco que creo que el cincuenta por ciento de las cosas que tenemos en común es tanto o más importante que el cincuenta por ciento restante, ese cincuenta por ciento que nos hace diferentes y, en lugar de alejarnos, simplemente nos da aire para respirar.
Me encanta, después de mucho insistir, haberte prestado un libro y que ahora me apures para que termine el que tengo a medias y te lo preste. A tí, que no te gusta leer (¿o era que no te gustaba? Ya no lo tengo tan claro...). Y es genial que, ni por asomo, tengamos el mismo gusto musical y al subirme en tu coche me digas que tengo tres segundos para adivinar la canción que vas a poner; que a mi me sobre uno y medio para saber que es "Completamente loca"; que me dejes subir el volumen y cantarla a voz en grito mientras tú arrancas y sonríes...
No sabes que me gusta presenciar, como mera espectadora, las locuras que se os ocurren a mi hermana y a tí; que no recuerdes ninguno de los nombres de ese árbol genealógico que mi madre se esmera en explicarte mientras Noe y yo hacemos bromas acerca de alguno de esos miembros de mi familia; que vayas con mi padre a los partidos de fútbol; que soluciones cada dos por tres los problemas de mi abuelo con el TDT; que escuches con total y absoluta paciencia cada charla interminable de mi abuela y, además, a pesar de que te diga que me fastidia, me enternece que el perro te haga más caso a tí que a mí...
Pero también es cierto que detesto creer que contigo existe el "para siempre" porque al creerlo me da miedo que realmente sea cierto y pueda perderte.
Lo bueno es que ese miedo y ese pánico que ahora siento, desaparecerán (al menos momentáneamente y hasta la próxima vez que vuelva a aparecer) cuando escuche el motor del coche y te vea llegar porque, aunque tampoco te lo he dicho, también me gusta que las semanas impares vengas a buscarme al trabajo y que las pares, me lleves a pasear. Y esta semana es par...
16/7/08
Una calurosa tarde de verano cualquiera
Lo sé. Sé que resulta contradictorio salir a tomar el aire para, de paso, llenarte los pulmones con la mierda del tabaco, pero… ¡es lo que hay!
Y tú te sientas a fumar, y el solecito te acompaña, y la brisa te acaricia la cara y… lo escasamente idílica que pudiese parecerte la estampa, desaparece de un plumazo:
-Disculpe, ¿podría prestarme un mechero? –te dice un crio de no más de 14 años, con suma educación y aire demasiado ceremonioso (para mi gusto, claro…)-.
-¡Claro! Ten… -le respondo yo al tiempo que levanto la mano izquierda y le acerco mi Clipper azul celeste-.
-Muchas gracias, señora –dice al tiempo que se saca un cigarro del bolsillo-.
-¡Oye! Cómo me llames señora te quito el mechero… -le espeto desdibujando la amable sonrisa que ya le había prestado-.
-Jajaja, vale, vale… Si sólo era por educación… ¡Muchas gracias, guapa! –y me guiña un ojo-.
Extiende su mano, me devuelve el Clipper y se aleja calle abajo. Y yo, por mi parte, me quedo refunfuñando para mí: “¡¿pero qué educación ni qué ocho cuartos?! ¿Señora?, ¿a mí?, si sólo tengo 25 años… Será mocoso el crío, primero me llama señora y después me guiña un ojo, además… ¿qué hace fumando tan joven?”.
Tiro la colilla al suelo, la piso y entro de nuevo en la tienda pensando que yo empecé a fumar más o menos a su edad y que, después de todo, eso de “¿qué hace fumando tan joven?” es un comentario más típico de una señora que de alguien de mi edad…
Pero… yo sólo lo pensé porque él me llamó señora. Que no lo hubiese hecho… (sí, no hay duda de que, para algunas cosas, yo todavía sigo siendo una cría. ¡Y menos mal!).