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28/6/11

Novena sinfonía de un viejo poeta

Se respalda contra la silla y mira hacia la ventana. El cielo, plagado de nubes, le trae a la memoria aquellas camelias blancas de su juventud. Respira profundamente y el olor a incienso que desprende la vieja biblioteca invade por completo sus pulmones. Baja la vista hacia la mesa y sus ojos se posan sobre la última hoja en blanco que le queda. Coge la pluma y plasmando las mínimas curvaturas de un alfabeto efímero compone un adagio. Aquella hoja en blanco es ahora un campo de batalla cuyo escenario es un piano invertido en el que las teclas negras –sus grafías- luchan por vencer en número a las blancas –el propio papel-. Vencen las negras.



Tras la contienda entre negras y blancas, el viejo poeta da por terminado el último poema de su, también último, poemario. Y, entonces, su mente se nubla y vuelven a aparecer las sombras. En esta ocasión le ha dado tiempo a rubricar lo que ha escrito.


Nadie podrá robarle, esta vez, sus palabras… Salvo, quizás, él mismo. Si el último brote de su locura trae consigo una nueva batalla en la que los bárbaros –esas sombras que nublas su razón- devasten todo cuanto encuentren a su paso…


11/12/09

le bonheur

-¡La felicidad no existe!

-Sí existe. Sólo has de saber enfocarla con la luz adecuada para así poder verla.

-Que no, que no existe. Todo eso no son más que majaderías, cuentos de vieja para niños e incrédulos, fábulas…

-Es que, en realidad, la vida es como una fábula. Y en toda fábula hay dolor, pero también un sinfín de cosas buenas y, sobre todo, de ella: de la felicidad. De ese bien no material tan preciado y esquivo que siempre se esconde y por mucho que nos empecinemos en buscar jamás encontramos, ya que se trata de uno de esos regalos inesperados que llegan de pronto y que, realmente, sólo se materializa cuando podemos compartirlo con alguien más…

-Todo eso que dices no es más que palabrería barata. Al final siempre hay algo que echa a perder todo lo demás, que sale mal, que duele o que se termina.

-Claro, porque en realidad nada dura eternamente. Ni lo bueno ni lo malo. Si así fuera no sabríamos de contrarios. Todo se basa en momentos, en pequeños instantes. Y, en muchas ocasiones, son los momentos de dolor los que traen de la mano a los de la felicidad. Piénsalo.

-Luego, según tú, la felicidad puede medirse en tiempo.

-No, según tú (y si así lo crees oportuno) puede ser, pero su enorme subjetividad nos permite que cada cual la midamos como queramos, en base a lo que creamos y como mejor nos convenga…

-Incluso estoy empezando a pensar que puede ser que lleves algo de razón, pero, a mí, llevarte la contraria me hace feliz.

19/3/09

123, responda otra vez (yo verifico y soy una inepta, usted espera y es una maleducada)

Soy usuaria de Vodafone desde hace casi una década. Al principio (con tarjeta prepago) recargaba mi móvil con bastante asiduidad y creo que nunca he estado más de dos días seguidos con el saldo de mi tarjeta a cero, después (al pasarme a contrato) no ha habido ni un solo mes en que no haya pagado rigurosamente mi factura. Y total… ¿para qué?

Para que una vez nos tangaran 21€ al añadir un nuevo número al Plan Familiar (cuando era un servicio gratuito) o para tener que llamar un sinfín de veces hasta que, por fin, conseguí que me cambiasen la dirección dónde he de recibir mis facturas cuando me mudé.

Lo cierto es que, más tarde o más temprano (con más o menos desesperación, llamadas o visitas a distribuidores oficiales de Vodafone) al final siempre he conseguido solucionar todos y cada uno de los problemas que me han ido surgiendo. Y, por otro lado, si continúo utilizando este operador de telefonía móvil y no otro (de la competencia que cada mes me llaman para ofrecerme una oferta estupenda si me cambio) es porque me conviene por una serie de motivos y circunstancias que no vienen al caso.

Pero con lo que ya no puedo más es con la incompetencia de las responsables de Atención al cliente (123). No sé porque será, pero siempre tengo que llamar más de dos o tres veces por un mismo motivo, porque a la primera nunca doy con alguien con un mínimo de luces al otro lado del teléfono. La última vez ha sido esta tarde:

-Vodafone, buenas tardes. Mi nombre es (uno que ya no recuerdo), ¿en qué puedo ayudarle?

-Hola, buenas tardes. Verás, es que tengo una Blackberry Storm y quería que me informases acerca de las tarifas que hay para poder tener acceso a Internet desde ella…

-Ahá. Le paso con el responsable correspondiente, no cuelgue por favor…

(Musiquita y un par de minutos de espera)

- Vodafone, buenas tardes. Mi nombre es (otro que tampoco recuerdo), ¿en qué puedo ayudarle?

-Hola, buenas tardes. Verás, es que tengo una Blackberry Storm y quería que me informases acerca de las tarifas que hay para poder tener acceso a Internet desde ella…

-Así que… su duda es acerca de acceso a Internet desde el móvil y no desde el ordenador, ¿no es así?

-Sí.

-Pues le han pasado mal. Ahora mismo le paso con un responsable, manténgase a la espera y no cuelgue, por favor…

(Otra vez musiquita y unos ocho minutos de espera)

- Vodafone, buenas tardes. Mi nombre es (no, este tampoco lo recuerdo), ¿en qué puedo ayudarle?

-Hola, buenas tardes. Verás, es que tengo una Blackberry Storm y quería que me informases acerca de las tarifas que hay para poder tener acceso a Internet desde ella…

-¿Su número es el xxx-xxx-xxx?

-Sí, ese es. (Aunque, en realidad, tenía ganas de decirle: no, es otro, el que estoy usando ahora para llamarte es de un móvil que robé esta mañana. ¿Si no llamas desde tu número, desde qué número vas a llamar? ¿Desde el de la vecina? En fin…)

-Manténgase a la espera mientras verifico la información…

(Musiquita y más minutos de espera. Además, he de decir que mientras esperaba los 8 minutos anteriores, accedí con el pc a la web de Vodafone y tenía delante de mí las tarifas de acceso a Internet de mi Blackberry)

-Bien, disculpe por la espera. Le informo de que existen dos tipos de tarifas: una de 12€ que blablabla (abrevio para no hacer este post eterno) y otra de 6€ que blablabla…

-Me dices que con la de 6€ tengo 100 accesos a Internet, pero… ¿dentro de Vodafone Live o de libre navegación?

-No, no… podría navegar tanto dentro como fuera de Vodafone Live, cuentas de correo…

-Ah, estupendo, pues esa es la que quiero.

-Bien, manténgase a la espera mientras verifico la información…

(Más musiquita y más minutos de espera. Y cuando vuelve a hablarme es para decirme que se ha equivocado, que las tarifas que me dijo eran para móviles, no para Blackberry. Se disculpa, me vuelve a decir que me mantenga a la espera mientras verifica la información y yo sigo esperando. Me habla de nuevo (una vez que yo ya me había informado y requeteinformado en la web) y me dice que hay dos tarifas, una de 60€ y otra de 25€. Le digo que mientras esperaba he estado consultando su web y que en ella no dice eso (y le leo lo que pone). Me manda volver a esperar y ella… ¿lo adivináis? Sí… vuelve a verificar la información. Vuelve a hablarme y me pregunta que dónde he visto yo que ponga eso. Le leo la URL completa (con la esperanza de que la teclee y lo vea por sí misma) y me vuelve a dejar en espera…)

-Disculpe por la espera…

-Ahá… (Con voz de resignación y claro principio de “estoy empezando a perder la paciencia”)

-Lo cierto es que no puedo verificar lo que usted me dice. ¿Podría decirme cómo accedió a esa información?

-Ya te lo dije, en la web de Vodafone. Le digo la dirección completa... (vuelvo a decírsela pero ella sigue sin teclearla).

-Es que a mí no me aparecen las tarifas que usted me comenta…

-¿Pero tú has entrado en la dirección que yo te digo? (aquí ya aumenta mi tono de voz…)

-No, pero…

-Pues entra dónde yo te digo. (Y vuelvo a decirle, muy despacito y letra por letra, la URL completa. Y recobro la tranquilidad porque esta vez sí que la escucho teclear a medida que voy hablando…)

-Disculpe, pero yo aquí no veo que ponga lo que usted me dice…

(En este preciso momento, pierdo totalmente la paciencia y los papeles)

-¿Entonces yo qué estoy, loca? ¿Me invento las cosas?

-Yo no digo que usted esté loca ni que se invente las cosas, pero es que aquí no pone eso… y por favor le pido que me hable con respeto porque yo a usted le estoy hablando con respeto…

-Yo le hablo con respeto a una persona que cobra por un trabajo que sabe hacer, no a alguien que no se entera de nada…

-Le repito que me hable con respeto y que aquí no pone nada de lo que usted dice…

-Esta tía es tonta perdida… (Digo mientras miro a mi chico que estaba a mi lado oyendo la conversación y descojonándose de risa…)

-Usted es una maleducada que me está faltando al respeto…

-Y tú eres una inepta…

-Yo a usted no le permito que me falte al respeto.

(Pi piii piiiii. Me cuelga.)

Yo tengo educación hasta que me la hacen perder, eso por un lado, por el otro… aquí os dejo la URL que tantas veces le leí así como una captura de pantalla de la información en cuestión:


Creo que su ineptitud queda patente y, con ella, el motivo por el cual yo perdí la paciencia. Y dicho queda, porque a mí me sirve de desahogo y, también, quizás sirva para algo o alguien más. Y mañana me iré a un distribuidor oficial de Vodafone, porque al menos en el que queda más cerca de mi casa siempre saben solucionarme todas y cada una de mis dudas, problemas, preguntas o peticiones.

28/1/09

Contrato...

Este es un acuerdo entre la señorita _____ maestra y el Consejo de Educación de la Escuela _____ por el cual la señorita _____ acuerda impartir clases durante un periodo de ocho meses a partir del _____ de Septiembre de _____ El consejo de Educación acuerda pagar a la señorita _____ la cantidad de _____ mensuales.

La señorita _____ acuerda:

1.- No casarse. Este contrato queda automáticamente anulado y sin efecto si la maestra se casa.

2.- No andar en compañía de hombres.

3.- Estar en su casa entre las _____:00 de la tarde y las 6:00 de la mañana, a menos que sea atender en función escolar.

4.- No pasearse por las heladerías del centro de la ciudad.

5.- No abandonar la ciudad bajo ningún concepto sin permiso del presidente del Consejo de Delegados.

6.- No fumar cigarrillos. Este contrato quedará automáticamente anulado y sin efecto si se encontrara a la maestra fumando.

7.- No beber cerveza, vino ni whisky. Este contrato quedará automáticamente anulado y sin efecto si se encuentra a la maestra bebiendo cerveza, vino o whisky.

8.- No viajar en coche o automóvil con ningún hombre excepto su hermano o padre.

9.- No vestir ropas de colores brillantes.

10.- No teñirse el pelo.

11.- Usar al menos dos enaguas.

12.- No usar vestidos que queden a más de cinco centímetros por encima de los tobillos.

13.- Mantener limpia el aula.

a) Barrer el suelo al menos una vez al día.

b) Fregar el suelo del aula al menos una vez por semana con agua caliente.

c) Limpiar la pizarra al menos una vez al día.

d) Encender el fuego a las 7:00 de modo que la habitación esté caliente a las 8:00, cuando lleguen los niños.

14.- No usar polvos faciales, no maquillarse ni pintarse los labios.




*(Contrato de 1923 para profesoras en Estados Unidos de América)




¿Cómo os quedáis después de leer esto? Está más que claro que es un tema sobre el que podría hablar largo y tendido, pero también considero que mis palabras, aquí, sobran y que me interesa bastante más saber lo que pensáis vosotros.

Lo que sí diré es que, sin pararme a contarlos, alrededor de diez de estos puntos me incapacitarían como maestra o me impedirían serlo. Por otro lado, las cosas han cambiado mucho (y muchos años han pasado desde que se redactó este contrato). A día de hoy, el matrimonio es una elección; se nos está permitido tener amigos; no tenemos toque de queda en base a la profesión que hemos escogido; las heladerías ya no son centros de perversión; podemos viajar, incluso más allá de las fronteras de nuestro Continente, si así se nos antoja; la Ley Anti-tabaco afecta a todos y todas por igual; en cuanto al vino, la cerveza y el whisky... en ese sentido habría tenido suerte porque yo acostumbro a beber agua, pepsi y, en ocasiones, malibú con piña; podemos coger un taxi, el metro o un autobús, aunque no lo conduzca nuestro padre o nuestro hermano; en lo referido a la ropa de colores brillantes... imagino que en 1923 sólo se fabricaba para Drag queens pero las maestras se empeñaban en utilizarla; siempre he pensado que modificar el color del pelo con tintes es síntoma de posesión demoníaca (y por eso llevo mechas...); lo de las enaguas... bueno, hoy día creo que bastaría con dos pares de leggings; de la limpieza del aula se encarga el personal de mantenimiento y limpieza del Centro Escolar (pero este punto sería "el de menos...") y, por último, lo del maquillaje vuelve a ser, como decía antes, un intento de las maestras de los años 20 por iniciarse en el mundo de las Drag queens.

4/12/08

Mejor que vivir...

A pesar de contar con la buena posición económica que le proporcionaba un trabajo sencillo y altamente remunerado y vivir rodeado de su familia y un buen grupo de amigos, Ramón se sentía vacío. Sabía que había algo que, aún sin saber qué era, faltaba en su vida y que hasta que diera con ello no podría ser feliz. Ramón buscaba sin saber qué, pero con la certeza de que lo reconocería en cuanto lo viese.

Hasta que el alcohol entró a formar parte de su día a día, su vida se basaba en la monotonía y la rutina. Tras el falso sentimiento de bienestar que le produjo la primera borrachera, entre las siguientes Ramón intercalaba la monotonía de su trabajo, la rutina de comidas, cenas y reuniones con familia y amigos y el tiempo preciso para que los que lo conocían de siempre no descubriesen que se veía (a escondidas) con su nuevo amigo el alcohol.

Una noche (y tras haber asistido a una cena de empresa en la que sólo bebió agua), escogió un nuevo bar en el que encontrarse con su recién estrenado compañero nocturno. Después de haberse pasado tres horas vaciando el contenido de un sinfín de vasos de tubo, Ramón volvía a casa cuando se encontró con una joven sorprendentemente amable y cariñosa que parecía estar dispuesta a pasar la noche con él...

La jaqueca que Ramón tenía a la mañana siguiente era la peor de cuantas había sufrido (que no habían sido pocas...) y la resaca que parecía no tener ganas de desaparecer, le impedía recordar con claridad lo sucedido unas horas antes.

Ocho horas después y tras haber cumplido con su jornada laboral, regresaba a casa cuando se cruzó con una chica alta, rubia y delgada que lo saludaba guiñándole un ojo. Y de no haber sido porque verla le bastó “para recordar”, habría pensando que el guiño iba dirigido a otro.

Subió a casa a toda prisa y se apresuró en acercarse al balcón para verla. Parecía ser una joven muy vital y amable que ofrecía su mejor sonrisa a todo aquel que la saludaba. Continuó mirándola hasta que dobló la esquina de la calle y la perdió de vista. Y lo mismo al día siguiente, y al otro, y al otro...

Ahora Ramón vivía para verla y, a su vez, anotar en una pequeña libreta todas las innumerables sensaciones que aquella joven (cuyo nombre no sabía o no recordaba) le producía. Sensaciones que nunca antes había experimentado.

A la pequeña libreta le siguieron tres más, hasta que una noche decidió revisar todo cuanto llevaba escrito y comenzó a “pasarlo a limpio” utilizando para ello una arcaica máquina de escribir y el papel de la mejor calidad del que disponían en la librería de su calle.

Ramón leía y releía todo aquello una vez tras otra hasta que cayó en la cuenta de que todos aquellos papeles se habían convertido en un poemario, a su juicio, bastante bueno. Entonces, pensó en acercase a la joven desconocida y ofrecérselo como obsequio. Pero... ¿y si lo rechazaba? ¿y si se burlaba de él y de sus sentimientos? Era un riesgo que Ramón estaba dispuesto a correr...

Salió a la calle y esperó durante varios minutos a que ella llegara. Estaba nervioso y le sudaban las manos, pero en el preciso momento en que la joven pasaba por su lado y le regalaba un nuevo guiño, Ramón aunó toda la valentía de la que disponía y la invitó a salir esa misma noche. La joven le respondió que esa noche tenía un compromiso pero que le encantaría salir con él a la noche siguiente.

El recién estrenado poeta volvió a casa sintiéndose más feliz que en toda su vida. Se esmeró en adecentar su mejor traje y envolver en papel celofán el poemario, pero continuaba estando nervioso... Trató de dormir pero fue inútil, así que como no era capaz de conciliar el sueño, salió a dar un paseo.

Empezó a escuchar gritos e insultos que provenían del portal de un edificio cercano al suyo, se acercó para ver qué sucedía y vio a la joven desconocida salir a toda prisa. “No sabe que soy yo” -pensó- “ha salido tan rápido que no le ha dado tiempo a verme”.

-¿Es qué no te da vergüenza? Si tu pobre madre se entera la matas del disgusto...

-¿Qué ha pasado don Anselmo? -le dijo Ramón al panadero del barrio, que era quien gritaba y daba manotazos a su sobrino-.

-¿Qué ha pasado? El desvergonzado de mi sobrino, que no tiene nada mejor que hacer que magrearse con una fulana.

-¿Una fulana...?

-Sí, Ramón sí... una de esas prostitutas que deambulan desde hace un par de meses por el barrio. ¿No la has visto salir? Corría como alma que lleva el diablo, la muy descarada...

Ramón se marchó sin dar respuesta alguna a las palabras del panadero. Una vez en su casa, se disponía a romper el poemario en mil pedazos cuando, de pronto, lo pensó mejor y cambió de idea.

Salió al balcón y se sentó a esperarla durante horas. Cuando la vio aparecer, con un silbido llamó su atención y con un gesto frío la hizo subir.

Nada más entrar por la puerta, le dio un golpe en la cabeza con una espantosa figura de mármol (regalo de su madre cuando se independizó) y la joven perdió el conocimiento. La ató, amordazó y sentó en un sillón.

Ramón se sentía ahora más vacío que nunca, mucho peor que antes de haber intimado tanto con ella como con el alcohol.

Sentía que aquel montón de poemas que tenía entre sus manos era lo mejor que había hecho en la vida, pero ahora que había descubierto que su musa no era más que una prostituta que le había vendido su cuerpo a cambio de un determinado número de billetes que la resaca de aquella noche no le había dejado recordar, todo había acabado...

Esperó, sentado en una silla y con los poemas entre sus manos, a que la joven se despertase y una vez que recobró el conocimiento le dijo: “Mejor que vivir es inmortalizar estas palabras con nuestra muerte”.

Un grito desesperado
en medio de la noche,
que se pierde,
que nadie escucha.
Una llamada de socorro
en la puerta de un sordo solitario.
Como el eco de ese árbol que cae
cuando no hay nadie cerca,
como una vela que se apaga
porque se acaba su mecha,
cayó al suelo una lámpara,
las cortinas se llenaron de sangre.
Muere la que nunca pretendió ser musa
a manos del que una vez fue poeta...

30/11/08

Ruta de viaje

Un día se fue. Desapareció sin más. No hubo despedidas y ni siquiera le concedió a nadie la posibilidad de hacerle cambiar de parecer. Guardó algo de ropa, algunos recuerdos y sus más esenciales pertenencias en una pequeña maleta que cerró con dolor, decepción, profunda soledad y ese sentimiento de culpabilidad que sólo aparece cuando en realidad no has hecho nada pero, aún así, el resto del mundo parece culparte por algo que esperas poder llegar a descubrir algún día...

No se iba persiguiendo sus sueños, para eso ya era muy tarde (el último tren que conducía a lo que más deseaba había partido hacía muchos meses...) y aunque viajaba ligera de equipaje, a cada paso que daba le pesaba más todo aquello que se llevaba a cuestas, todo aquellos que los kilómetros (al menos de momento) no estaban siendo capaces de dejar atrás.

Tampoco iba en busca del paraje más paradisíaco de la tierra, de la ciudad más bonita o del pueblo más tranquilo. Su destino era la lejanía y lo desconocido. Un lugar dónde no conociese a nadie, dónde no tuviera que sufrir por nadie y nadie fuese a sufrir por ella; dónde no tener que dar la cara por nadie a sabiendas de que jamás nadie la daba por ella y dónde tampoco nadie se fijase en lo que hacía pero, sobre todo, en lo que no hacía o dejaba de hacer... Un lugar dónde no existiesen las mentiras piadosas ni los secretos de los que solo ella era la encargada de ponerles candado y guardar bajo llave. Un lugar lejos de todo y de todos.

Viajaba sola, triste y profundamente cansada, sin fuerza alguna con la que poder dar ánimo a nadie más. Viajaba derrotada tras su última cruzada personal. Vendió todas y cada una de sus armas al mejor postor (quizás incluso al enemigo. Ya ni siquiera lo recordaba, pero en realidad tampoco le importaba), dio un paso atrás en la contienda y se rindió tras la que fue su última batalla. A partir de ahora no volvería a prestar su ayuda en ninguna causa (fuese justa o no, su criterio siempre resultaba ser erróneo) y, mucho menos, a ser soldado raso a las órdenes de nadie. La guerra, para ella, había concluido.

Se iba en busca de su propia libertad (eso acerca de lo que tanto había oído hablar pero que, en realidad, ni quisiera sabía lo que era...); de aire puro y carente de resentimiento, rabia, celos, egoísmo, desconfianza, cinismo e hipocresía.

Era totalmente consciente de que ese lugar no existía y que todo aquello que daba cuerda a su motor interno no eran más que deseos y anhelos utópicos pero, a pesar de ello, seguía caminando porque lo importante (lo realmente importante para ella) no era llegar o no a un destino concreto, sino el camino que estaba recorriendo. Lo realmente importante era el camino que, por fin, se había atrevido a emprender...

A la mañana siguiente se despertó cansada, empapada en sudor frío y lágrimas agridulces y, tras abrir los ojos, se dio cuenta de que todo había sido un sueño. Pero... ¿desde cuándo soñar con una ruta de viaje implica que esa ruta no sea posible de seguir?

9/11/08

Partitura en MI sostenido

Sábanas de un blanco impoluto y las cinco líneas que, de manera imaginaria, se te antoja que forme mi cuerpo, configuran ese pentagrama sobre el cual dibujas melodías imposibles en noches en las que los silencios se olvidan y los gemidos pasan a ser una necesidad; bajo la tenue luz de algunas velas y con el vaho acumulado en los cristales de las ventanas como único testigo.

Primero tus dedos, después tu boca y más tarde tu lengua, colocan blancas, negras y corcheas a tu antojo. Silencios que frenan de manera estratégica y, bemoles y sostenidos que aumentan y disminuyen el ritmo de mi respiración.

Como si de una horda de bárbaros se tratase, ellos [primero tus dedos, después tu boca y más tarde tu lengua] incendian y devastan cada región de mi cuerpo. Sin detenerse ante límites ni fronteras. Sin pagar tributo alguno.

Yo, simplemente, me convierto en ese piano que sólo tú sabes afinar. Mi cuerpo se divide en una interminable sucesión de teclas que pulsas a tu elección dando origen a una partitura en la que el Mi es siempre sostenido.

Cuando la música termina, pequeñas gotas de agua que resbalan por los cristales de las ventanas [como ese público que, tras conceder el aplauso, abandona el cine o el teatro], comienzan a bajar también por tu espada.

Y tras un afónico te quiero, me duermo [mientras tú me abrazas y me acaricias el pelo] sobre el calor de un cuerpo junto al que en las frías noches de invierno siempre es verano y tras haber formado parte de esa banda sonora que precisa toda historia de amor que se precie de serlo...


2/11/08

Un viernes de Septiembre

Se conocieron un viernes de Septiembre. Ella comenzaba su primer turno de trabajo en un pub al que él había ido para celebrar aprobados raspados de última convocatoria. Lo bonita que a él dijo parecerle su sonrisa dio lugar a conversaciones eternas; la oscuridad que todo lo inundaba, a que la acompañara a casa; el frio que ya comenzaba, a que gentilmente le prestara su chaqueta y lo bien que decía que le olía el pelo propició que le robara el primer beso.

Se despidieron con la promesa de verse la noche siguiente [en el mismo lugar y a la misma hora] y esa misma noche [estando cada uno tumbado sobre su cama], ella sonreía recordando las mil y una cosas de las que habían hablado mientras que él, también sonreía, pero al recordar un culo y un par de tetas de cuya propietaria había olvidado el nombre.

Veinticuatro horas más tarde, a ella le bastó con percatarse de cómo él metía tripa cuando ella aparecía y sacaba pecho [cual pavo real en celo] cuando se alejaba, para decidir que entre ellos todo había terminado incluso antes de empezar.


27/10/08

Gemelos y diferentes

Una tarde cualquiera, Raúl llena casillas vacías de un crucigrama en el salón de su casa. A su lado, en el tresillo, sus hijas Paula y Andrea [esas que a pesar de haber nacido el mismo día no se parecen en absolutamente nada] ven la televisión. Suena el teléfono y Paula lo coge mientras Andrea pulsa el botón de mute del mando a distancia [una de esas pocas tareas en las que son capaces de cooperar].

-Papá, es para ti –dice Paula- Llaman del Hospital.

Raúl atiende la llamada y su semblante cambia. Su rostro palidece y tan sólo atina a decir un escueto “está bien, iré ahora mismo…”.

-¿Qué ha pasado?, ¿qué querían? –pregunta Andrea-.

-Nada, no te preocupes. Ha habido un accidente y es para que vaya a donar sangre…

La sangre que circula por las venas de Raúl y que lo convierte en donante universal, es la misma sangre que salvó la vida de la madre de sus hijas durante el parto; la que dio nuevas fuerzas a la abuela tras la quimioterapia; etc.

-¿Y por qué tienes esa cara? ¿Conoces a la persona que ha tenido el accidente? ¿O es que de repente te da miedo que te saquen sangre? –ironiza Andrea sin ser muy consciente de lo que realmente está diciendo-.

-Es vuestro tío Manuel. Él es quién ha tenido el accidente…

-¿Y vas a darle tu sangre? Después de todo el daño que te ha hecho, que nos ha hecho… ¿vas a darle tu sangre? –increpa Paula-.

-Tengo que hacerlo…

-No papá, no tienes que hacerlo… -dice Andrea-.

-¡Es mi hermano! ¡Sí tengo que hacerlo!

-Él no lo haría por ti. Lo sabes, ¿verdad?

-Lo sé, pero él y yo no somos iguales…

En efecto, Raúl y Manuel no eran iguales, nunca lo habían sido [a pesar de que ellos también eran gemelos]. Y esas diferencias que les separaban y que convertían [por decirlo de algún modo] a uno en el gemelo bueno y a otro en el malo, también estaban presentes en las hijas de Raúl.

Por ello, al mismo tiempo que Andrea sujeta la mano de su padre mientras la enfermera le extrae la sangre, Paula impide que su padre salve la vida de su tío abriéndose las venas y perdiendo la suficiente cantidad de sangre como para necesitar también ella una transfusión.

Una semana más tarde:

-¿Te das cuenta de que has estado a punto de suicidarte?

-No, no quería suicidarme. Sólo quería quitarle al tío Manuel la posibilidad de volver a hacernos daño, de que la próxima vez sí acabase él con nuestras vidas. Lo hice por ti, por Andrea y por la memoria de mamá, que si no está con nosotros es por él.

-Podías haber muerto, Paula…

-Era un riesgo que tenía que correr. Andrea es mi hermana y aunque somos muy diferentes, yo por ella también haría cualquier cosa…

24/10/08

Llueve sobre mojado…

... y lo hace una vez tras otra, aunque no de manera continuada. Llueve y luego escampa durante el tiempo justo para que puedas desprenderte del paraguas y las botas, salgas a la calle y entonces, sólo entonces, vuelve a llover otra vez. [Y el problema es que ya no soy esa niña a la que le encantaba chapotear sobre los charcos]
Estoy cansada de tener que nadar contra corriente y no sé durante cuánto tiempo más podré seguir haciéndolo. La barca [esa para la que el mundo se olvidó de darme remos] se hundió hace ya tiempo y el mar [que logra hacer mella en todo navío] es más fuerte que yo.

Y cuando por fin tenía claro mi camino [ese que a pesar de no estar delimitado por baldosas amarillas y ser complicado, creía que con esfuerzo sí podría seguir], cambia la dirección del viento y todo se vuelve más complicado. No quedan llanuras ni mesetas, todo es cuesta arriba. [No, ya sé que todo no, pero ahora mismo no puedo verlo de otra manera…]

Siento que vivo una vida que no es la mía, que no es la que yo elegí al cumplir la mayoría de edad, que no es esa que me hacía tan feliz. [*Feliz. Dice la canción que “la felicidad es un maquillaje de sonrisa amable” y a mí no me gusta demasiado maquillarme. A lo mejor es por eso…]

Recuerdo que me encantada ir al teatro [pero hace demasiado tiempo que no voy], ahora, sin embargo, he de conformarme con ser una de las actrices de reparto de una tragicomedia barata en la que algunos parecen ser capaces de colocarse una sonriente careta y, simplemente, seguir el guión. A mí me ha tocado representar sólo la parte dramática de la historia y se han olvidado de darme mi careta [tal vez porque lloro demasiado].

El tiempo [gran juez, aunque no siempre justo] me ha enseñado que enfadarme es como darme de cabezazos contra las paredes de una nave abandonada: lo único que consigo es que me duela la cabeza [nadie va a escucharme nunca realmente y… tampoco voy a tener la suerte de derribar sus muros y que éstos me sepulten].

Sólo sé que cuando más tranquilidad y sosiego necesito, aparecen más problemas; que cuando preciso silencio, hasta en mi cabeza se organizan tanganas, disputas y altercados y que, en ocasiones, las Leyes de Murphy realmente pueden llegar a cumplirse.

Por suerte, sé que no estoy sola y que tampoco lo estaré el día de la gran representación teatral y, también por suerte, sé que habrá quién me entienda si fallo, cuando todo [absolutamente todo] haya pasado. Pero continúa siendo injusto…

6/10/08

El pueblo


Cuando eran niñas solían pasar alrededor de quince días en el pueblo de los abuelos de una de ellas, ahora, algo más de una década después, han vuelto a ir. Una pequeña escapada para alejarse del resto del mundo les ha hecho recordar, entre sonrisas, mil y una travesuras. Pero, tras las risas, un profundo sentimiento de nostalgia se ha apoderado de ambas...

La abuela Aurora (ambas la llamaron siempre así) ya no está para hacerles torrijas de canela y bocadillos de chocolate para merendar, y tampoco el abuelo Nicolás. Los años no lo han tratado bien: no contentos con separarle de la mujer de la que se enamoró día tras día desde que la vio por primera vez, también han querido que la olvide, tanto a ella como a todos y cada uno de los que le rodean, a sus recuerdos. Su vida entera es ahora un misterio para él. Una vida que ya no recuerda haber vivido, un pasado transformado en una mísera hoja en blanco. Una mirada perdida que parece estar buscando todo aquello que una vez fue a través de la ventana de la residencia de ancianos.

Tampoco Yako las advertirá con sus insistentes ladridos. Lo único que queda del pueblo es la situación geográfica exacta en la que ha estado siempre, todo lo demás ha cambiado.

En el centro de la Plaza del Ayuntamiento, dónde antes estaba aquella fuente a la que tantas veces arrojaron a Julito (el hijo del panadero), hay ahora una estatua demasiado moderna y carente de significado. Los pequeños senderos por los que caminaban para ir a recoger moras han sido asfaltados y en el monte de castaños han construído una urbanización con aproximadamente una treintena de chalets adosados. Ya nada es lo que era, ni siquiera la gente... ¿a dónde se han ido todas y cada una de esas personas mayores que les regalaban dulces y les contaban historias? Apenas quedan ya y, las que quedan, tampoco podrían continuar haciéndolo.

En la casa de la señora Pilar, la mujer que vivía en la casa de enfrente (esa acerca de la que ambas bromeaban diciendo que debía tener trescientos años como mínimo a juzgar por la cantidad de arrugas con la que el paso del tiempo la había agasajado y a la que temían más que al hombre del saco porque, la una asustaba a la otra diciendo que tenía que ser una bruja por la edad, la vestimenta y el sinfín de gatos con los que compartía su casa), vive ahora una singular pareja de recién casados. Y digo singular porque a lo largo de veinticuatro horas son capaces de pelearse a voz en grito; tirar piedras contra las ventanas de su propia casa porque uno de ellos no deja que el otro entre; salir por una de las ventanas porque el otro se ha ido llevándose todas las llaves y, después, compartir esa pasión (que supuestamente les une) con todos y cada uno de los vecinos. A media tarde, dentro del coche y con las puertas de éste abiertas de par en par.

El señor Ramón, el vecino de la derecha, tampoco es como diez años atrás. Se ha vuelto todavía más gruñón y ahora vive sólo tras haber echado a su mujer fuera de casa porque pensaba que le engañaba con el hermano del cura. Todos en el pueblo saben que eso no es cierto y aseguran que ahora que los dos se han jubilado, el señor Ramón ya no necesita a su mujer como esclava para que limpie, alimente a los animales que ya no tienen, etc. y que por eso la ha echado, porque realmente nunca la quiso cerca.

En cuanto a los vecinos de la casa de la izquierda, su familia ha crecido mucho en los últimos diez años y dónde antes vivían cinco personas ahora viven doce y otra que está en camino. Las dos recuerdan haber entrado varias veces en esa casa y, precisamente por eso, se les antoja imposible que tanta gente pueda vivir ahí...

Pero, a pesar de todo, el alma de todo lo que vivieron cuando eran pequeñas sigue viva. Continúa estando en su memoria y... en el tronco del árbol en el que tantas horas les costó tallar sus nombres (así como también los de los niños de los que, en ese momento, creían estar enamoradas); en el desván de los abuelos (dentro de esa caja en la que tantos recuerdos -sin que lo supiesen- fue almacenando para ellas la abuela Aurora); tras uno de los ladrillos del hórreo del señor Jacinto (en el que sigue escondido ese secreto que jamás contarán) y en tantas y tantas cosas que, la próxima vez, tardarán mucho menos tiempo en volver a visitar...

2/10/08

En apenas tres segundos...

… dejaste de existir. Pasaste a ser lo imposible dentro de un mínimo porcentaje de posibilidades.

… te fuiste con la levedad de un estornudo para convertirte en el anhelo que contiene un suspiro.

… se rompió tu fragilidad, mínima como la inocente excusa de un niño con ojos de no haber roto nunca un plato en su primera trastada.

… desapareciste cual brizna de polvo frente al bufido de un gato.

… se diluyó tu existencia, de la misma manera en que lo hace una gota de lluvia al caer sobre el mar.

Y a sabiendas de que ya no estás, apura el penúltimo cigarro de la noche sin que le preocupe el echarte el humo.

Y una nueva punzada de ese dolor que aún tardará varios días en remitir vuelve a recordarle que no estás.

Y, sentada frente a la ventana, osa mirar a los ojos de la desafiante Luna y siente pena por ella porque piensa que, en el fondo, se parecen. Por un lado, el silencio de la noche atestigua que no queda nadie despierto y, por el otro, las nubes han logrado tapar todas y cada una de las estrellas. Están solas.

Y a pesar de que sabe que en ese instante habrá miles y millones de personas mirando la Luna, por primera vez en varios días es consciente de que ella lo hace sola, completamente sola.

Y el frio de una de las primeras noches del otoño consigue erizarle la piel. Da una última calada al cigarro, lo apaga y se va a la cama. Mañana será otro día y quedará uno menos para poder volver a soñarte, para comenzar a esperarte de nuevo…