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4/4/09

Destiny & coffee

-Yo sólo quería un café ¿y ahora resulta que su destino está en mis manos? –dijo la joven con incredulidad-.

-Exacto –le respondió el hombre de la chaqueta de cuadros-. El destino de mi protagonista depende de ti pero, a cambio, al café te invito yo.

De lunes a viernes la vida de Maira era muy monótona. De casa al metro, del metro al trabajo, del trabajo al metro y del metro vuelta a casa. Los fines de semana por fin podía alejarse de ese trabajo que últimamente ya no le aportaba nada y que, poco a poco, estaba logrando que se sintiera más vacía (si eso era posible), pero aún así, rutina y monotonía la acompañaban mientras iba a hacer la compra; cuando leía un nuevo libro en el Parque de los Olmos; en la sesión matinal de teatro de los sábados; en la cafetería dónde desayunaba (siempre un zumo de naranja y una tostada con doble de mantequilla y muy poca mermelada de arándanos)… Incluso el dolor de ese corazón que, si bien ya estaba roto, se le rompió en mil trozos más el día en que su historia con Víctor llegó a su punto y final, también se había acomodado plácidamente a su día a día y ya no es que no pareciera que fuese a remitir, sino que a Maira se le antojaba que era algo que ya la acompañaría de por vida y de casa al metro, del metro al trabajo, del trabajo al metro y del metro vuelta a casa…

Estaba cansada de hacer siempre lo mismo pero, por el contrario, no parecía tener la mínima intención de hacer que eso cambiara. Sin embargo, una primaveral mañana de domingo Maira decidió que su vida iba a cambiar radicalmente aunque de manera progresiva. El primero de los cambios tendría lugar en ese mismo instante y consistiría en caminar doce pasos más.

Esos doce pasos hicieron que la joven no entrase en la cafetería de siempre a pedir su desayuno de costumbre, sino que lo hiciese en otra que estaba situada en la misma acera de la misma calle dónde estaban situados tan el piso de Maira como la que hasta el momento había sido su cafetería de siempre.

Entró decidida y pidió un café con leche al señor que se encontraba tras el mostrador. Acto seguido, se dispuso a sentarse en uno de los taburetes de la barra (cosa que antes no acostumbraba a hacer) y, sintiéndose observada, se giró hacia su derecha para saludar de manera cordial al hombre que no dejaba de mirarla.

Tras devolverle el saludo, el hombre continuaba mirándola aunque no de manera fija, sino que sus ojos (como si de un partido de tenis se tratase) iban de Maira a un puñado de papeles garabateados con la que presumiblemente era su letra y, de dichos papeles, a Maira de nuevo.

-Disculpe, señor… -le dijo Maira-, ¿nos conocemos?

-No, no… no nos conocemos. ¿Verdad que no nos conocemos?

-A mí su cara no me suena, pero… como veo que no deja de mirarme, he pensado que tal vez usted a mi sí o que nos conozcamos y yo no caiga en este momento en quién es usted…

-No, joven. Yo estaría dispuesto a jurar que es la primera vez que la veo. Le pido mil disculpas por mi actitud y mis formas hacia usted, pero lo que me acaba de ocurrir es tan insólito para mí que no he sabido reaccionar de una forma correcta y normal… Si tuviese a bien aceptar mis disculpas y dejarme que me explique…

Maira aceptó de buen grado las disculpas del hombre y, además, también accedió a conocer esa explicación que tanto parecía necesitar darle.

El hombre (que vestía un pantalón marrón de pana, camisa blanca y una chaqueta de cuadros, también de tonos marrones) le contó a Maira que era un escritor (y ella descubrió, tras que éste le dijese su pseudónimo, que había leído dos libros suyos. Dos libros que realmente le habían gustado). Le dijo que tenía por costumbre desayunar en esa cafetería porque el dueño era amigo suyo, así como fiel lector y crítico de sus obras, y que muchos fragmentos de sus libros los había escrito sobre esa barra y sentado en el mismo taburete que ahora ocupaba. Por último le contó que esa mañana, antes de que ella entrase en la cafetería, él había estado trabajando en el desarrollo del personaje que protagonizaría su próxima novela.

En los papales que el hombre tenía delante se narraban los rasgos físicos de una joven que era exactamente igual a Maira. Coincidían los rasgos faciales, el color de los ojos y de su tez, la forma de su corte de pelo, su estatura… hasta el mínimo detalle conducía a la mejor descripción que pudiera hacerse de la chica. Y, por si esto fuera poco, el asombro de Maira superó al que sintió el escritor cuando la vio aparecer en la cafetería, cuando esta continuó leyendo y supo de qué manera había descrito la personalidad de su protagonista…

No sólo coincidían los rasgos físicos de Maira con los del personaje del escritor, sino que su personalidad también aparecía minuciosamente detallada en aquellos papeles.

Maira y el escritor charlaron largo y tendido acerca de aquella casualidad, de ese personaje que él había creado y que ella, sin pretenderlo, interpretaba a la perfección. Y, al final de la conversación, él le dijo que aquello no podía quedarse así y que quería que ella decidiese acerca del destino de su protagonista, que ella tendría que decidir si del personaje que les había unido partiría una historia de amor, un drama o, tal vez, una aventura fantástica de ciencia-ficción…

La joven sólo tenía que elegir algo, una sola cosa, que quisiera que le ocurriese a la chica de la novela y, a partir de ahí, el escritor tejería el resto de la trama, escogería a los demás personajes y le daría forma a la historia, pero Maira sabía cómo se las gastaba ese hombre escribiendo y no quería escoger una tontería que pudiese fastidiar su novela.

Primero pensó que podría encontrarse un boleto de lotería premiado, algo que haría que su vida diese un giro de ciento ochenta grados y algo que a Maira le gustaría que le ocurriese a ella, pero descartó la idea. Después pensó que “la Maira de papel” podría que vivir un amor real, verdadero y eterno, uno de esos que sólo existen en las películas o en los propios libros, pero de verdad y sólo para ella, y también descartó la idea. Al final, puso los pies sobre el suelo de la cafetería (para levantarse y marcharse) y eso le hizo volver a la realidad y decirle al hombre que quería que contase en su libro cómo “su clon” se encontraba una mañana cualquiera con un escritor y la manera en la que ese encuentro había cambiado su vida…

Y una vez dicho eso, la joven le dio un beso en la mejilla al hombre y salió de la cafetería. De camino a casa, una sonrisa nada monótona la acompañaba y, al mismo tiempo, un pensamiento ocupaba su cabeza: ¿le cambiaría a ella la vida aquel encuentro con el escritor?

Lo que Maira no sabe (ni sabrá nunca) es que cinco minutos antes de que ella saliera de la cafetería, a un hombre se le cayó un boleto de lotería premiado justo delante de la puerta pero, por suerte para él, se dio cuenta y lo recogió. Tampoco sabe que un joven moreno, alto y guapo, estuvo a punto de entrar en la cafetería tres minutos antes de que ella saliera, pero no lo hizo porque, por suerte para él, un amigo lo llamó desde el otro lado de la acera y terminó cruzando la calle para reunirse con él. Y no tiene ni remota idea de lo que ese encuentro va a significar realmente en su vida, que ya no volverá a ser la misma…

22/3/09

Alquimia de invierno

El invierno trae el gris de un cielo húmedo y una ciudad hastiada que parece tener la potestad de traspasar las cuatro paredes de su habitación inundando cada uno de sus rincones. El tiempo, por su parte, ejerce de juez y verdugo. Sentimientos sentenciados, lágrimas degolladas y tristeza aniquilada no son ya más que los pocos retazos que quedan de una primavera de dolor en la piel y un corazón que pasa de latir a demasiadas pulsaciones por minuto a estar casi a punto a pararse por completo.

El frio del invierno deja atrás lo cálido de la primavera, congela, aísla y paraliza. Sella las heridas de los meses que le precedieron y solidifica lágrimas creando improvisadas estalactitas de las que resulta más sencillo deshacerse. La nueva estación es la alquimia capaz de devolverle el brillo que, meses atrás, tuviera su mirada. Un brillo que para él no pasa desapercibido durante la primera ocasión en que sus ojos se cruzaron con los de ella. Un brillo que, por desgracia, no afecta de igual modo a su corazón (que continúa congelado, aislado y paralizado).

Mil y una excusas urde su cabeza para no permitirle aceptar que él le hace falta. Trescientas excusas tan sólidas como los muros de un castillo de naipes. Decenas de razones inventadas y centenares de odiosas generalizaciones con invitación directa a mirar hacia el pasado…

Los días continúan pasando y, por tanto, el tiempo vuelve a entrar en escena colocando cada cosa en su lugar y a él (quién poco a poco ha ido tatuándose en su alma) en su vida.

Sus ojos gritan más que las palabras de cualquiera y su sonrisa se dibuja una vez tras otra en los sueños de ella. Sueños de los que él se reconoce como protagonista y ella lo sabe (y no pudiendo esconderlo, se sonroja). Pero a causa de que el miedo es el inquilino de más peso en la maleta de su vida, hay veces en las que ella no llega y otras en las que se obliga a frenar en seco para no pasarse de largo.

De nuevo, regresa la primavera. Esa que (como es sabido) se encarga de descongelar (corazones heridos) y hacer florecer (sentimientos que permanecían dormidos en absoluto estado de hibernación).

Y, con ella… un primer beso (más consentido que robado) a media luz. Una mano en la cintura de ella. Sus labios en su cuello de él. El sonido de dos corazones que, por fin, no laten a contratiempo. Un pasado olvidado. Infinitas páginas en blanco de un diario de vida conjunto que escribir…


Imagen: Gold Country Artists Gallery.

28/2/09

Colors (cc. 118)

Su nueva vida, por llamarla de alguna manera, estaba vacía. A nivel laboral había cumplido todas y cada una de las metas que se había propuesto, así como muchas otras con las que ni siquiera había soñado. Su empresa, esa que él mismo había creado de la nada, despuntaba entre las demás del sector y se afianzaba en el Top 1 tras haber experimentado varias fusiones con otras de menor presupuesto y recursos. Desde la azotea del rascacielos en el que se ubicaban sus oficinas centrales y, también, su despacho, Rafael observaba (con mirada desafiante y siempre por encima del hombro) como las empresas de la competencia, cuyo único e inevitable destino era la quiebra o el cierre, no eran capaces de sostenerle el pulso a la suya.

Al principio, todo eso bastaba para convertir a Rafael en un hombre feliz, radiante, completo y pletórico. Tenía todo cuanto quería y lo que no tenía era, bien porque no le interesaba, bien porque le era desconocido. Pero esa situación pronto cambió.

Al día siguiente de que doña Julia, la que había sido secretaria del abuelo de Rafael durante muchos años y hasta la fecha también suya, se jubilase, llegó a la empresa una joven dicharachera y parlanchina, de pelo negro y ojos enormes y profundos, para ocupar su lugar. El jefe de personal se había encargado de su contratación y Rafael no supo que existía hasta el tercer o cuarto día cuando, tras una reunión, una pregunta que le formuló a uno de los miembros de la junta directiva le llevó a saber de su existencia:

-Oye, Julio… ¿desde cuándo utilizamos folios de color rosa en los dossiers? ¿Es que se nos han terminado los blancos? –preguntó con ironía-.

-Esos folios son rosa porque es el dossier de finanzas, los del dossier de marketing y publicidad son verdes, amarillos los de gráficas y estadísticas… Ya sabes, cosas de Elisa… -sonrió-.

-¿Elisa? ¿Quién es Elisa?

-¿Cómo que quién es Elisa? ¿No me dirás que has olvidado el nombre de tu secretaria?

-¿Mi secretaria? Mi secretaria ha sido siempre Julia…

-Sí, siempre… hasta el pasado viernes en que se jubiló. Deberías echarte una siesta, se ve que has dormido poco esta noche… En fin, yo me marcho que tengo que coger un avión. Nos vemos el lunes, Rafael, espero que no me te olvides de mí –espetó con sarcasmo-.

-¿Eh? No, no, claro… ¡hasta el lunes, Julio!

La llegada de Elisa había revolucionado unas oficinas a cuyos ocupantes había transmitido su buen rollo y positividad así como su método de clasificación por colores en folios, carpetas, dossiers, bolígrafos, rotuladores y pegatinas identificativas.

Su tono de voz pausado, su sonrisa perenne y sus buenas maneras hicieron que todos la acogiesen de buen agrado. No tardaron en hacerla sentir como uno más y ella en seguida supo que había encajado, que esta vez esa pieza perdida que ella representaba, había encontrado el puzle al que completar.

Con todos fue así, a excepción de con Rafael, quién primero ni se percató de su existencia y, después, la catalogó como una persona estrambótica que sólo pretendía llamar la atención y ser el centro de todas las miradas.

Un mes después de su llegada, el jefe de personal llamó a Elisa para, con tono apesadumbrado, decirle que no había superado el periodo de prueba. Quince días más tarde, la joven se despedía de los que habían sido sus compañeros durante ese breve periodo de tiempo.

Elisa salía por la misma puerta por la que cuarenta y cinco días atrás había entrado y lo hacía con su maletín rojo y un pañuelo del mismo color sobre la cabeza y anudado en el lado derecho, igual que en su primer día a excepción de por la cantidad de ojos llorosos que, esta vez, había dentro de aquellas oficinas…

Rafael quiso ser una vez más la excepción y no quiso despedirse de ella. Consideraba que aquella muchacha ya le había hecho perder demasiado tiempo con sus velitas, su incienso, sus pañuelos de colores, su buen rollo, sus métodos de clasificación, sus cactus y su larga lista de demás excentricidades.

Tras Elisa, varias aspirantes a ocupar el puesto de secretaria de Rafael pasaron por las oficinas y ninguna pasó la prueba. Para los demás, ninguna era tan simpática, atenta, eficiente y agradable como lo había sido ella. Para Rafael, todas eran demasiado eficaces para su gusto, “demasiado robóticas” –que decía él-.

Una noche, cuando Rafael caminaba hacia su casa tras un largo y productivo día de trabajo en el que había cerrado la fusión con la última de las empresas importantes que todavía quedaban en el sector, la voz de una joven que llamaba a un taxi llamó su atención. Esa joven era Elisa y a pesar de los gritos y aspavientos de Rafael por atraer su atención, esta vez fue ella la que no se percató de la presencia de él.

Rafael, que no estaba seguro de porqué había pretendido que Elisa lo viera, continuó caminando hacia su casa. Una vez dentro, dejó su maletín sobre la mesa del comedor y se dirigió hasta su habitación para coger ropa limpia y, después, darse una ducha.

Al abrir el armario cayó en la cuenta de lo que allí había y se sintió totalmente vacío. Corbatas, camisas y pantalones clasificados en base a su color. Abrió los cajones y encontró más de lo mismo en lo que a bóxers, calcetines y camisetas se refiere. Completamente abatido, se sentó sobre la cama y la imagen de un rostro ocupó su pensamiento. Era el rostro de una mujer joven de cabello negro, ojos grades, profundos y oscuros, tez suave y sonrisa perenne. Era un rostro enmarcado por un flequillo y un pañuelo rojo, con un nudo en el lado derecho. Era el rostro de Elisa.


A Sara, por todo ese universo de pequeñas cosas que le hacen ser lo que es y cómo es, que nos unen y nos acercan...

19/10/08

En pedazos... (cc. 117)

El pastel estaba en el horno, las tazas del desayuno recién lavadas, las alfombras acababan de ser sacudidas y Lucía aún dormía plácidamente en su cuna cuando sonó el timbre. Emma fue a abrir la puerta (pensando que, como cada miércoles, su vecina le traía unas cuantas galletas recién horneadas para la merienda de Julián, quién estaba en el colegio desde hacía más o menos una hora) y, tras hacerlo, se extrañó al verle ahí.

-¿Qué haces aquí a estas horas? ¿Ha pasado algo en la fábrica? Y tus llaves… ¿las has perdido?

Una bofetada la hizo callar. Un puñetazo (el mismo que la hizo caer al suelo) transformó el jarrón de la entrada en un puzle imposible de cincuenta y nueve piezas. La primera patada fracturó dos de sus costillas, las sucesivas la hicieron llegar (rodando) al salón.

El pastel estaba en el horno (en su punto) cuando al último soplo del corazón de Emma no le siguió ninguno más. Agua, lejía, una fregona y un cubo, bastaron para limpiar el suelo que pisaba un ser sin remordimientos ni sentimiento de culpabilidad. Los trozos del jarrón, dentro de una bolsa de Mercadona. Los zapatos sobre la mesita del salón, una cerveza fría en la mano izquierda, el mando del televisor en la derecha y, de fondo, el incesante llanto de Lucía (como enésima petición de ese biberón que no llegaba).

El pastel estaba en el horno (quemado) cuando Julián, acompañado por una vecina, volvió del colegio.

-Papá… -dijo con asombro al verle en casa a esa hora- ¿y mamá?
-No está.
-¿Cuándo va a volver?
-No va a volver, se ha ido.
-¿Y quién va a cuidar de nosotros ahora?
-Yo.
-Pero tú tienes que ir a trabajar y la fábrica…
-En la fábrica ya no hay trabajo. No tengo que volver.
-Pero… mamá…
-¡Déjame ver las noticias y ve a ver porqué llora tu hermana!


13/10/08

Smell... (cc. 116)

Otra vez ese olor extraño golpeaba su nariz y hacía que los latidos de su corazón se elevasen a la enésima potencia paralizando, al mismo tiempo, el resto de su cuerpo. Un extraño nerviosismo se apoderaba de ella como hacía años que no le ocurría y su respiración, notablemente entrecortada, se ahogaba en jadeos imposibles. Mil y un recuerdos de su adolescencia se arremolinaban en su cabeza a medida que el olor se iba acercando más y más a ella.

Apenas tres segundos después, un joven moreno, alto y de ojos claros aparecía en el rellano tras doblar la escalera, pasaba por delante de ella y entraba en el piso de al lado.

[Intercambio de miradas furtivas. Sonrisas a media luz. Pómulos fingidamente sonrojados por parte de ambos]

La primera vez que esa extraña fragancia había invadido las fosas nasales de Sabela para negarse a abandonarlas después, ella no tenía más de quince años y se había enamorado por primera vez. A partir de ese día, su olor la paralizaba y no lograba deshacerse de él con ninguno de los millones de suspiros entre los que callaba pasando total y absolutamente desapercibida para el chico del atrayente olor.

Ahora, muchos años después, ese mismo olor regresaba para hacer tambalear sus sentidos pero lo hacía instalado en otro cuerpo, en otro nombre.

Por suerte, ella también era ahora otra. Ya no era esa niña tonta que suspira por el niño guapo de turno y a pesar de que había jurado no volver a enamorarse de nadie hasta no ser capaz de hacerlo de ella misma, no pasaría nada por darse el capricho de enredarse entre sábanas arrugadas con el portador de ese extraño, a la par que (para ella) poderoso olor.

[Sábanas blancas, arrugadas. El sudor de los dos, entremezclándose, impregnándolo todo. El origen de una fragancia incluso mejor, capaz de borrar de su recuerdo a la primera…]

30/9/08

Una semana después... (cc. 115)

Una semana después de su muerte, una mañana me ocurrió una cosa extraña: hablé con él por teléfono. Y a pesar de que para vosotros lo extraño sea el hablar por teléfono con una persona que ha fallecido, para mí, en ese momento, lo raro y para nada habitual era el simple hecho de hablar con él por teléfono, porque yo era demasiado pequeña para saber lo que era la muerte y, también, para imaginarme que se lo había llevado a él.

Yo tenía un año y medio cuando dejé de verle a diario y los demás me decían que vendría más tarde; dos cuando crucé la calle para abrazarme a un completo desconocido pensando que era él y aproximadamente tres cuando me explicaron lo que era el cielo: ese sitio al que un día tienen que irse las personas mayores como mi bisabuelo y, también, los perros como Nerón.

Como decía, una semana después de que tras llamarle a gritos no me respondiese aquello de “ya voy pequeñita de Dios, tú no subas las escaleras que ahora bajo…” y tras haber esperado bastante tiempo sentada en ese primer escalón dónde siempre le esperaba, imagino que traté de dar con otros medios para dar con él. No sé si fue el primero, pero el más efectivo (o eso creía yo…) resultó ser el teléfono.

Descolgué el auricular, lo acerqué a mi oreja y comencé a llamarle como sólo yo lo hacía hasta que, al otro lado del auricular, volví a escuchar como alguien me llamaba “pequeñita de Dios” como también sólo él hacía…

No recuerdo lo que me dijo y tampoco lo que yo le dije a él, pero tras despedirnos colgué el teléfono con la promesa de que de la misma manera en que cada mañana yo le esperaba sentada en el primer escalón, esperaría a que, cuando él pudiera, me llamara por teléfono.

Corrí a contárselo a mi bisabuela, quién (aunque con lágrimas en los ojos) se alegró tanto o más que yo. Cuando mis abuelos llegaron a casa, también se lo dije. Y a mis padres. Todos tenían la misma reacción: una sonrisa en la boca y lágrimas en los ojos.

Por aquel entonces, yo era demasiado pequeña para buscarle explicación a aquello. Ni siquiera creo que se me pasara por la cabeza el hecho de que él sólo llamara a casa de mi abuela para hablar conmigo. Yo era su “pequeñita de Dios” pero allí también estaban su mujer, su hija, sus nietos… a los que también quería pero con los que, por alguna razón, no quería hablar.

Las que comenzaron siendo llamadas diarias, se fueron alejando cada vez más en el tiempo hasta que dejaron de existir, y dejaron de existir simplemente porque yo crecía y me hacía mayor.

Un día cualquiera, supe que él estaba en el cielo y que ya no iba a volver y años más tarde, muchos años más tarde, me contaron que mi bisabuela me había visto coger el auricular del teléfono para llamar a su marido una y otra vez. Y a pesar de que a ella se le partía él alma presenciando aquello, se tragó las lágrimas y haciendo de tripas corazón, fue hasta el piso de arriba y, haciendo uso del teléfono que allí había, se hizo pasar por él para hablar conmigo. A partir de ese día, se ponía de acuerdo con mi abuela, quién me llamaba con cualquier excusa, para poder subir sin que yo la viera y llevar a cabo esa llamada que a ella tanto le dolía pero que a mí me hacía tan feliz.

Con el paso de los años, cada vez le he ido dando más valor a ese “pequeño engaño” y, hoy por hoy, considero que es lo más bonito (y probablemente también lo más duro) que alguien ha hecho por mí en toda mi vida…

Veinticuatro años después de su muerte, una mañana me ocurrió una cosa extraña: volví a verle. Ya no tenía que conformarme con esas imágenes fijas que compartimos en las fotografías de mi primer cumpleaños que tanto he desgastado de mirarlas una y otra vez, ahora paseábamos de la mano, nos reíamos de mis tratadas y yo me abrazaba con todas mis fuerzas a sus piernas.

Y a pesar de que nunca he podido volver a escucharle llamándome “pequeñita de Dios”, una semana después de mi cumpleaños, recibí el mejor de los regalos: mi abuelo, después de recorrerse media Coruña y parte del extranjero, consiguió que le reparasen, restaurasen y pasasen a DVD la primera de doce películas en formato Súper 8. Película en la que, entre otras muchas cosas, hay escenas de mi pasado que mi memoria había olvidado pero que en pocos días memorizaré de principio a fin para no volver a olvidar jamás…





Para leer más historias con el mismo principio, visita: El CuentaCuentos.


23/9/08

Una galleta de la fortuna vacía (cc.114)

Relato escrito a medias con Vane.


"La felicidad no sólo se halla en la dicha, sino también en aprender a aceptar", pero ¿en aprender a aceptar qué?, ¿que la suerte y la buena fortuna no le estaban predestinadas?

Almudena apretó el puño con fuerza arrugando aquel estúpido papel y salió del restaurante. Era muy tarde para llamar a alguien pero muy temprano para volver a casa. Comenzó a caminar y sus pies la llevaron al Paseo del Puerto, aquel por el que siempre había soñado que paseaba con Juanjo. Algo que nunca pasó.

Iba pensando en sus cosas y autocompadeciéndose como de costumbre cuando la voz de una mujer llamó su atención:

- "No seas tonta y quítate esas cosas de la cabeza. La respuesta está delante de tus ojos y no eres capaz de verla". Le decía una gitana desde el tenderete que tenía colocado en el paseo.

- "No, tampoco vengas a sentarte junto a mí para que te lea la palma de la mano. ¿Para qué vas a hacerlo si no crees en estas cosas?

Era como si aquella mujer fuera capaz de leerle el pensamiento y por ese motivo las ganas que Almudena sentía por acercarse a aquella desconocida aumentaban.

- "Te repito que no vengas a mí. Sólo eres una chica inteligente que está haciendo el tonto. Tú sola has de quitarte la venda de los ojos y lo harás esta noche. Pronto lo verás..."

Una ráfaga de viento hizo que se levantara la arena de la playa que quedaba tras el paseo, Almudena giró la cabeza para que no se le metiera en los ojos. Cuando la ráfaga pasó y ella volvió a girar la cabeza, la gitana ya no estaba.

Caminó hasta la pequeña muralla que separaba el suelo de arena de la playa de las pequeñas baldosas que adornaban el camino del Paseo y se sentó sobre ella. Pensó en las palabras de la gitana. En la primera galleta de la fortuna que le habían dado en el Restaurante Chino y que había resultado estar vacía. Pensó en que había tenido que cenar sola porque Juanjo la había llamado unos minutos después de que ella hubiera llegado al restaurante para decirle que no podría acompañarla en la cena. Pensó entonces en esas últimamente tan frecuentes reuniones a altas horas de la noche que tenían lugar en las oficinas en las que Juanjo trabajaba. Pensó en todas y cada una de las mentiras que, a pesar de saber que lo eran, no había querido reconocer hasta el momento. Y en último lugar, pensó en la frase impresa dentro de la segunda galleta de la fortuna que había pedido en el restaurante: "La felicidad no sólo se halla en la dicha, sino también en aprender a aceptar".

Sacó el papel arrugado del bolsillo de su abrigo, lo estiró y volvió a leer la frase que contenía una vez más. En ese momento lo vio claro.

Caminó hasta la orilla y, con toda la fuerza de la que disponía, arrojó el papel al mar, porque aunque no se había dado cuenta hasta ese momento, no necesitaba una segunda galleta de la fortuna, la primera, aún estando vacía, lo decía todo. Vacía, así es como estaba su vida. Vacía de todo cuanto se merecía, aunque llena de cosas que tan sólo le permitían vivir a medias, sentir a medias y, en definitiva, ser feliz a medias.

Ese giro de ciento ochenta grados que su vida llevaba meses pidiendo a gritos, acababa de comenzar. Lo había hecho desde el momento en que Almudena le había dado la espalda al mar y, sonriendo, emprendía el camino de vuelta a casa…

Apenas cinco pasos después, su teléfono móvil comenzaba a sonar y con él, una nueva mentira implícita tras los nueve números del móvil de Juanjo. En ese momento, hubiera sido fácil deshacer el giro que había decidido darle a su vida pero, contra todo pronóstico, lo que Almudena hizo fue girarse para lanzar el móvil también al mar y seguir el camino que esa noche había decidido emprender.

Y entonces, simplemente, sonrió…






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17/9/08

¿Dónde están los gatitos) (cc. 113) Segunda parte

Cuando llegué al salón, Elsa continuaba chillando. En pijama, despeinada y con el pelo revuelto. Blanquita (que no chillaba porque no es una niña histérica sino una gata y los gatos maúllan) parecía nerviosa, daba vueltas y más vueltas dentro del cesto de mimbre. Al poco rato apareció la abuela Juana también en camisón y con el pelo más enmarañado que el de Elsa. Con las prisas, se había puesto la bata de casa del revés y aunque en el pie derecho se había calzado la zapatilla del izquierdo, en el izquierdo traía una sandalia…

-¡Los han secuestrado! ¡Los han secuestrado! ¡Han secuestrado a los gatitos! –empezó a repetir Elsa una y otra vez-.

La abuela (como buena persona mayor que es) trató de tranquilizarnos y nos organizó para que buscásemos a los gatitos por la casa, el patio y el garaje. Decía que como eran “recién llegados” estarían husmeando por la casa como habíamos hecho Elsa y yo el primer verano que pasamos en la casa de la abuela.

A mí me tocó ir a buscarlos en el garaje. Busqué por todos los rincones y los llamé a los tres por sus nombres, pero parecía que allí no estaban. Cuando ya iba a volver a la casa, se me ocurrió mirar también dentro del coche viejo y estropeado que allí estada (papá siempre dice que hay que llevar un gato en el coche y a lo mejor los hijitos de Blanquita se habían prestado voluntarios para estar dentro del coche viejo. Pobrecillos… ellos no saben que ese coche era del abuelo Nicolás y que después de que se fuera al cielo con mi mamá y el papá de Elsa, nadie más lo conducía…).

Cuando volví a la casa, Elsa estaba sentada en el sillón grande y tenía el teléfono encima de sus rodillas. Cuando le pregunté que qué hacía y que porqué no estaba buscando a los gatitos, me dijo que estaba esperando la llamada de los secuestradores (¿no os había dicho ya que es un poco tonta? Los señores desconocidos con los que no hay que hablar son los que secuestran a los niños y piden rescates, pero los gatos desconocidos –como cualquier otro tipo de gato- no saben llamar por teléfono ni pedir rescates…)

En ese momento apareció la abuela, que había estado escuchando nuestra conversación, y volvió a poner calma. Nos llevó a la cocina y nos preparó una taza de cacao a cada uno. Nos dijo que no creía que se tratase de un secuestro, estaba segura de que los tres pequeñuelos estarían escondidos en cualquier recoveco de la casa y que tarde o temprano saldrían para reunirse de nuevo con su mamá o para pedirnos leche a nosotros…

A lo largo del día, la abuela continuó con sus quehaceres diarios pero Elsa y yo decidimos convertirnos en detectives y buscar pistas…

Poco faltaba para la hora de comer y yo ya estaba muy cansado de buscar mucho y no encontrar nada de nada, cuando Elsa me llamó gritando.

-¡Daniel! ¡Ven! ¡Lo he encontrado! ¡Ya sé quién ha sido! ¡Corre!

Cuando llegué a dónde ella estaba, su dedo apuntaba hacia el suelo y en el suelo había una caca de vaca pisada (sí, ya sé que no es correcto hablar de caca y pis, pero por lo menos no he dicho “mierda”, que es lo que realmente era aquello…). Miré a Elsa y volví a mirar al suelo. No me lo podía creer… ¿realmente creía Elsa que el secuestrador de los gatitos era una vaca? Empecé a reírme de ella y de su hallazgo y Elsa (como hace siempre que me rio de una de sus bobadas) se fue llorando a contárselo a la abuela.

Entonces empecé a pensar en sí debería contarles eso que yo sabía y ellas no. Y es que… desde el primer momento, yo pensaba que Blanquita se había comido a sus hijitos. No es que piense que la gata de la abuela sea un monstruo, pero… el año pasado, mi amigo Cosme (el que se comía los mocos en pre-escolar y chupaba el pegamento en primero de primaria) me invitó a su casa para enseñarme las crías que habían tenido la pareja de hámsters que sus tíos le habían regalado por su cumpleaños. Cuando llegamos al trastero dónde estaban (porque a su mamá le daban mucho asco y no se los dejaba tener dentro de casa), casi nos morimos del susto al ver que de las crías sólo quedaban pedacitos. El padre de Cosme nos explicó que, a veces, el padre se los come. No porque sea malo o porque esté loco, son cosas que hacen algunos hámsters…

Entonces, si el hámster de Cosme se había comido a sus hijitos, era posible que Blanquita también lo hubiera hecho.

Al ratito volvieron Elsa y la abuela quién, al ver la pista que Elsa había creído encontrar, se puso de color blanco y se le mojaron los ojos.

-Abuela… ¿tú también piensas que una vaca ha secuestrado a los gatitos de Blanquita? –le pregunté-.

-¿Qué dices? ¡No seas idiota! –me dijo Elsa-. Yo no pienso que una vaca los haya secuestrado, ¡yo pienso que ha sido don Bernardo!

No me miré en un espejo, pero creo que al escuchar ese nombre, yo también me puse blanco como la abuela.

Don Bernardo es el señor que fabrica leche para todo el pueblo (bueno, la fabrican sus vacas, pero él es el que la vende porque las vacas no tienen bolsillos ni carteras para llevar los euros). Es un señor muy serio, que grita mucho y que siempre está enfadado. A don Bernardo no le gustan los niños y ningún animal que no sean sus apestosas vacas.

Un verano (cuando Elsa y yo no éramos más que unos niños, no como ahora que ya tenemos siete años y somos casi adultos), nos cruzamos con él en el camino que lleva al río. Llevaba un saco marrón en una de sus manos y, dentro del saco, algo que no dejaba de moverse y gruñir. Nosotros pensábamos que sería algún monstruo salvaje o algo parecido, pero la abuela nos explicó lo que era en realidad: don Bernardo cogía a los gatos callejeros, los metía en sacos y los tiraba al río. Nos pareció algo horrible pero, al mismo tiempo, nos quedamos tranquilos porque Blanquita no era una gata callejera (tenía casa, nombre y un collar con una plaquita en la que lo ponía).
Ahora, sin embargo, nos dábamos cuenta de lo horrible que era aquello. Elsa y yo nos abrazamos a la abuela y nos pusimos a llorar pensando en que Blanquito, Negrito y Manchitas, estarían ahogados en el fondo del río en ese momento.

Entonces, llegó Carlitos (que es el nieto más pequeño de don Bernardo y que también se come los mocos como hacía Cosme). Traía una caja que dejó en el suelo para preguntarnos lo que había pasado. Cuando se lo estaba empezando a contar, la caja que había dejado en el suelo empezó a moverse y, de pronto, Negrito salió de dentro de ella. Elsa corrió a abrazarlo y, también, a sacar a Blanquito y a Manchitas, que también estaban dentro. Yo, por mi parte, me acerqué para darle un buen puñetazo a Carlitos. Y se lo iba a dar, si no fuera porque la abuela me cogió del brazo y me dijo que debíamos dejar que se explicara.

Carlitos nos contó que sabía lo que su abuelo hacía con los gatos callejeros. Era algo que siempre le había dado mucha pena y que, aunque lo había intentado, jamás había podido evitar. El día anterior, la abuela lo había invitado a merendar y, al ver a los gatitos, pensó en lo que su abuelo les haría si se los encontraba. Así que Carlitos se fue a casa a prepararlo todo para que los hijitos de Blanquita dejasen de ser callejeros.

Hizo tres collares (uno verde, otro rojo y otro azul) y en cada uno de ellos escribió los nombres de los gatitos. Cuando ya los había terminado y se los iba a llevar a la abuela Juana para que se los pusiera, pensó en qué pasaría si no era suficiente con poner sólo los nombres. Así que además de eso, escribió que eran hijos de Blanquita y que pertenecían a la señora Juana, que vivía en el número ocho de la Calle de los Crisantemos. Tardó más de lo que esperaba en hacerlo, terminando cuando ya era de noche, así que entró en la casa por la ventana del cuarto de baño (esa que la abuela siempre se olvida de cerrar), cogió a los gatitos y se los llevó a su casa para ponerles los collares. Iba a devolverlos a su lugar cuando se encontró con nosotros llorando y abrazados a la abuelita...

Como Carlitos decía la verdad, porque los gatitos llevaban los collares (que eran un poco cutres y estaban llenos de faltas de ortografía), en lugar de darle un puñetazo, le abracé. La abuela le dijo que esa tarde también estaba invitado a merendar y Elsa (que no deja de ser muy tonta, porque ya bastaba con mi abrazo y la merienda de la abuela) le dio un beso.

Y todo terminó sin que Blanquita se hubiera comido a sus cachorros; sin que los hubiese secuestrado una vaca o sin que el señor Bernardo los hubiese tirado al rio, pero sí con una buena merendola en casa de la abuela.

15/9/08

¿Dónde están los gatitos? (cc. 113) Primera parte

Todo comenzó cuando Blanquita se comió a sus cachorros (y cuando digo todo, me refiero a esta historia, no al origen del mundo que, como bien nos explicó el curso pasado la señorita Pérez, empieza con Adán y Eva, quién se come una manzana que le sienta mal, muy mal, y entonces en lugar de un bebé tiene un homo sapiens. En esa misma época, unos gemelos criados por una loba porque su mamá los abandona -por lo mucho que se pelean- fundan Roma y, después de fundarla, se siguen peleando hasta que uno muere, que es también cuando desaparecen los dinosaurios y luego ya... durante seis días -porque el séptimo había que descansar- fuimos llegando las personas e inventamos la rueda y el fuego y, un poco más tarde, el resto del mundo).

Bueno, como decía, esta historia empieza cuando Blanquita se come a sus cachorros o, mejor dicho, cuando yo creo que se los ha comido y entonces Elsa y yo nos convertimos en detectives. Pero como no sabéis quién es Blanquita y no nos conocéis ni a Elsa ni a mí porque no veraneáis en el pueblo de la abuela Juana, nos voy a presentar.

Yo me llamo Daniel y tengo siete años. Vivo en Madrid con papá y Laura, pero todos los veranos los paso con la abuela Juana, en su pueblo. Elsa también tiene siete años, pero ella vive en Oviedo, aunque no todo el tiempo. Los tres meses de verano también los pasa con la abuela Juana. Ella vive con su mamá y con Pedro, que es mi tío. Y Laura, también es tía de Elsa. Esta parte, siempre es la más difícil de explicar, porque al principio nadie la entiende. En el cole, cada año nos mandan hacer una redacción sobre nuestras familias y tanto Elsa como yo tenemos que explicarles bien las nuestras, porque no son como las de los demás...

Elsa y yo somos hermanos, pero no del todo. Cuando yo nací, mi mamá se murió. La abuela siempre me cuenta que mamá le hizo prometer a papá que si había complicaciones (ella ya sabía que las iba a haber...) durante el parto, él les diría a los médicos que me salvasen a mí y aunque fue una decisión muy dura, así lo hizo. El papá de Elsa también se murió, pero ella (aunque no se acuerde) sí pudo conocerlo. Ocurrió cuando ella tenía dos años. Un conductor borracho chocó contra el coche de su papá y los médicos no pudieron salvarlo. Un día Elsa le preguntó a la abuela que si su mamá les habría pedido a los médicos que salvasen al coche y no a su papá. ¡Mira que es tonta! No sabe que a los coches sólo pueden salvarlos los mecánicos y los señores que conducen las grúas.

Unos años más tarde de que yo naciera, papá conoció a Laura y, también, unos años después del accidente de coche del papá de Elsa, su mamá conoció a Pedro. Laura y Pedro sí que son hermanos del todo y, además, su mamá es nuestra abuela Juana, por eso podemos ir de vacaciones a su pueblo y pasar los veranos juntos. Y como nosotros no somos hermanos del todo (de sangre, que dice la abuela), el verano que viene nos haremos novios y al siguiente nos casaremos. Pero de esto no digáis nada porque todavía no se lo he contado a Elsa.

Ahora que ya nos conocéis a nosotros, sólo me queda presentaros a Blanquita, que es la gata de la abuela Juana. Se llama así porque es de color blanco. Tiene los ojos azules y unas uñas muy largas, aunque no tanto como su pelo. Blanquita es muy buena y cada año corre a saludarnos cuando llegamos al pueblo. La abuela dice que es una entrometida, pero lo que pasa es que le tiene envidia porque corre más que ella y siempre es la primera en poder darnos un beso.

Pues bien, este verano, tanto Elsa como yo nos asustamos mucho porque Blanquita no fue la primera en salir a saludarnos. La primera en darme la bienvenida a mí fue la abuela Juana, que me contó que la gata estaba a punto de parir y por eso no había podido salir. Yo pensé que eso de parir era algo malo, porque mi prima Lucía (que ya tiene catorce años como los pavos, aunque yo no sé qué pavos serán porque en su casa sólo hay peces de colores, pero todos dicen que está en esa edad de los pavos) siempre se enfada con su amiga Lorena porque dice que la pone a parir a sus espaldas. Luego me di cuenta de que las gatas no paren igual que las niñas de catorce años, porque Blanquita tuvo tres gatitos y no fue por la espalda. Además, si la amiga de Lucía hubiese tenido Lorenitas y Lorenitos, mi prima me lo habría contado o yo los habría visto... Luego, cuando llegó Elsa, fui yo el que corrió a darle la noticia y a explicarle muy bien todas las cosas.

Los primeros días en el pueblo los dedicamos a contarnos anécdotas y, como siempre, las mejores y más divertidas fueron las de la abuela, porque hay cosas que en las ciudades no pasan jamás. Apenas salimos de casa hasta que Blanquita tuvo a sus hijitos. Hacíamos turnos para acariciarla y darle leche, hasta que cuatro días después de que hubiésemos llegado, nacieron.

Nada más verlos (tras haber superado el shock de saber cómo nacían los gatitos y el asco que nos dio verlo), la abuela nos dejó que les pusiésemos nombre. Blanquito, Negrito y Manchitas, fueron los nombres que decidimos ponerles (ya os imaginaréis los porqués...).

Una semana después de que hubiesen nacido, Elsa se levantó de madrugada y fue a la cocina para tomarse un vaso de leche. De vuelta a su habitación, decidió hacerles una visita a Blanquita y sus gatitos. Una vez que estuvo frente al cesto de mimbre acolchado en el que descansaban los cuatro, Elsa gritó de tal manera que Blanquita se despertó dando un salto, y la abuela y yo también...



CONTINUARÁ...




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9/9/08

People always leave but sometimes they come back (cc. 112)

“Quizás si hubiera sabido aquello no me levantaba” pensaba Gonzalo al tiempo que, tras haberse metido de nuevo en la cama, volvía a taparse hasta las orejas (quizás por ese tendencia que tenemos los cobardes de creer que, dentro de la cama y tapados lo más posible, todo da menos miedo) para, tal vez, tratar de borrar lo sucedido aquella mañana o, cuando menos, tras dormir un par de horas más, fingir que nada de aquello había pasado…

El despertador sonaba a las 08:30 de la mañana (una hora como cualquier otra, aunque demasiado tarde para ir a trabajar y demasiado temprano para no tener que hacerlo) y Gonzalo, siguiendo la rutina de cada día, lo apagaba de un manotazo para, acto seguido, tardar un par de minutos en desperezarse, calzarse las zapatillas y dirigirse a la cocina para calentar un café de sobre en el microondas.

Aquella rutina a la que era sumamente fiel, marcaba que durante el tiempo que el microondas tardaba en pitar indicando que el café ya estaba listo, Gonzalo había de dirigirse a la ventana de la cocina, subir la persiana, mirar por la ventana y que lo primero que su retina captase del exterior de aquellas cuatro paredes en las que vivía fuese, en el mejor de los casos, a la vecina del quinto C del edificio de enfrente siguiendo aquel curso de Pilates al que se había aficionado en las últimas semanas o, en el peor de los casos, al del quinto D ajustándose por enésima vez aquel peluquín que a Gonzalo se le antojaba como el premio que ese hombre había obtenido por haber atropellado al gato de la inquilina del tercero C de su mismo edificio. Gato que había desaparecido hacía ya unos tres meses y por el cual no dejaba de preguntar su centenaria dueña. Sin embargo, aquella mañana no vio ni a la vecina con la que soñaba alrededor de tres veces por semana ni al hombre del peluquín, y tampoco le dio tiempo a ver el vaho con que la lluvia había adornado su ventana, un estallido proveniente del microondas se lo impidió.

Dicho estallido, hizo que el joven se apresurara en abrir la puerta del aparato, del que comenzó a salir una pequeña aunque considerable cantidad de humo. Se había estropeado, no había la menor duda. Ni siquiera se molestó en comprobar el estado de la taza ni en sacarla del interior. Se dirigió al cuarto de baño y abrió el grifo de la ducha en la que se metió tras desprenderse del bóxer de curioso, a la par que indescriptible, estampado que llevaba y de la camiseta de color azul marino en la que rezaba “Beach boys, good berberechos”.

Pocos segundos tardó en comprobar que de la ducha sólo salía agua caliente y muchos menos en salir de ella de un salto para no terminar escaldado.

“Primero el microondas, luego la ducha… ¿qué más me va a pasar hoy?” se decía a sí mismo justo cuando una de las bombillas que daban luz al espejo del cuarto de baño, y a la que sólo dedicó una fugaz mirada, estallaba en mil pequeños pedazos.

“¡Por hoy es suficiente! Me vuelvo a la cama…” sentenció en voz alta a pesar de estar sólo, como si pretendiera que todos y cada uno de los objetivos inanimados que allí había se diesen por enterados.

Poco a poco, el sueño volvía a apoderarse de Gonzalo y los ojos se le iban cerrando. Cuando ya estaban a punto de cerrarse por completo, volvió a abrirlos de par en par. Quizás había sido un mero producto de su imaginación, pero por un instante le pareció ver que los leves destellos de las estrellitas fluorescentes pegadas en el techo de su dormitorio (recuerdo, por el momento imborrable, de su ex novia) dibujaban el contorno de algunas letras, incluso tal vez palabras… Frunció en entrecejo, guiñó un ojo, luego el otro… pero nada, no logró ver nada.

Tres segundos más tarde, Gonzalo salía de la cama de un salto y corría al cuarto de baño. Tras encender la luz del techo comprobó que no era un producto de su imaginación, realmente había algo escrito en el espejo. Algo que una mirada fugaz simplemente le había permitido intuir pero que ahora leía con claridad: “…they come back”.

Corrió a la cocina y dirigió la vista a la ventana. Los primeros rayos de sol de la mañana ya habían comenzado a hacer desaparecer el vaho de la misma, pero en ella todavía se podía leer: “… but sometimes…”. Gonzalo estaba perplejo, aquello claramente había sido escrito sobre el vaho de la ventana por alguien que presumiblemente había utilizado uno de sus dedos para hacerlo, ¡pero él vivía en un quinto! ¿Cómo era aquello posible?

De pronto, vio como la taza (su taza preferida, la que siempre utilizaba para el desayuno) que habría jurado que seguía dentro del microondas, reposaba boca abajo sobre el fregadero. Dirigió la vista hacia el microondas (del que ya no salía humo) y un escalofrío lo recorrió de arriba abajo al ver que era la taza de Arnau la que estaba en su interior. Con pena y lágrimas en los ojos, la cogió con ambas manos y leyó una vez tras otra aquellas tres palabras que el que había sido su mejor amigo y compañero de piso había hecho que le grabasen en ella: “People always leave…”.

Entonces, simplemente comenzó a unir palabras: a lo grabado en la taza, habría de seguirle lo escrito en la ventana de la cocina y, a su vez, a esto último habría de seguirle lo escrito en el espejo del cuarto de baño: “People always leave but sometimes they come back”.

Gonzalo, con la taza de Arnau todavía entre sus manos, se sentó en una de las sillas de la cocina y comenzó a mirar en todas las direcciones.

A pesar de haber tenido que ser él mismo quien reconociera su cadáver en el depósito, tenía la sensación de que su amigo había vuelto de aquel desafortunado viaje…

“¡Esto va a ser divertido…!” pensaba Arnau, quien sentado sobre la encimera de la cocina, se reía de la cara de susto que su amigo Gonzalo tenía en ese momento…

Continuará… (o no… eso de mí no depende)




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28/8/08

Si pudiera rebobinar... (cc. 111)

Si de mí dependiera, rebobinaría, como poco hasta esta mañana, y volvería con algunas flores para regalarte. Iría a la misma floristería y trataría de hacerme con una reproducción lo más exacta posible de aquel ramo de flores a las que mi amigo olvidó que yo tenía alergia simplemente porque tras compartir sus sábanas conmigo, hizo caso omiso del mundo para hacer una de esas cosas que se suponen de pareja, de novios o, tal vez y únicamente, como broche de oro para una noche de sexo que no volvería a repetirse. Entonces no sabíamos que pasaría después… Esas flores te recordarían a las primeras y volveríamos a reírnos como la otra vez y aunque quizás no resultase tan gracioso –porque tú ya sabrías que el rojo de mis ojos no es de emoción sino porque estoy a punto de comenzar con una larga serie de estornudos que durará varios minutos-, esta vez sería yo la que podría decirte que lo que realmente importa no es lo bueno o lo malo que te pase, sino junto a quién te pase.

Rebobinaría para no levantarme de mal humor. Me metería de nuevo en la cama y saldría de ella por el lado opuesto y también pisaría primero con el otro pie. Me esforzaría porque la primera imagen que tu retina captase de mí estuviese adornada con una sonrisa (que ni siquiera tendría que forzar si tan sólo me dijera a mí misma que era para ti y sólo para ti) a la que seguiría otra tuya –como respuesta- y a partir de ahí, el resto del día sería mejor (para los dos). Y al bajarme del coche no cometería el error de irme sin darte un beso y diciéndote solamente un hasta luego. No tendría que haberme bastado el saber que tras las siete horas y media de mi jornada laboral, volverías a buscarme y que entonces, todos tus besos serían para mí. En ese instante olvidé el miedo a perderte y tuve confianza ciega en ese juramento de para siempre que pactamos hace algunas noches y que tu boca rubricó alrededor de mi ombligo.

También haría retroceder el tiempo hasta esa noche, quisiera poder cambiarla a tu antojo y hacer eternos algunos momentos. De esa noche, por ejemplo, eliminaría mis cosquillas, para ser capaz de estarme quieta mientras tu boca cuenta todos y cada uno de mis lunares.

Y de ser capaz de hacerlo, seguiría rebobinando sin cesar. Reviviría el momento en que nos conocimos, el de aquel codazo y también el de nuestro primer beso (aunque ese está grabado a fuego en mi memoria. Y es que nunca antes nadie me había pedido permiso para besarme…).

Rebobinaría para restar mis miedos a los tuyos y que te dieses cuenta de que el resultado es negativo; para convertir en eternos algunos días, pasar otros a cámara rápida y con algunos, simplemente fingir que no han existido; alargaría para ti el mes de Septiembre y nuestros domingos durarían cuarenta y ocho horas (cómo mínimo).

En realidad, por ti rebobinaría toda mi vida, llegando incluso a borrar las líneas que el tiempo ha ido dibujando en las palmas de mis manos. Las dejaría en blanco para que tú, como único dueño de mi destino, las dibujes y modeles a tu antojo.

Pero como no depende de mí, únicamente puedo darte la respuesta que esperas de mí y decirte que estoy lista para emprender ese viaje contigo; que ni voy a pedirte tiempo para hacer el equipaje, porque no me hace falta y que lo único que preciso es tu piel como mapa de ese mundo para el que tus besos me han hecho renacer…

Y aunque no pueda rebobinar el tiempo, sí me gustaría poder detenerlo y ser yo la que, durante una única noche, cuente tus lunares…





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19/8/08

Lo importante es participar... ¡y un cuerno! (cc. 110)

“Lo importante es participar” es una de las mayores falacias que, a lo largo de los siglos, se hayan podido inventar. Si lo realmente importante no fuese ganar, no existirían las competiciones ni los concursos, únicamente habría “participaciones”. Si bastase con participar, no se jugarían las finales y tampoco tendríamos constancia de la existencia de medallas de oro, plata y bronce para primeros, segundos y terceros clasificados. Es más, si no hubiese ganadores, vencedores y primeros puestos, ¿el mundo del Deporte haría llegado a dónde está y sería lo que hoy día es? Para mí la respuesta está clara y es un no.

Si lo importante fuese participar, todos estarían (o estaríamos) a un mismo nivel y no habría diferentes divisiones; rankings; clasificaciones; etc. La realidad es que nadie se acuerda de cuartos puestos, diplomas olímpicos o subcampeones. Sabemos, por ejemplo, el número de Copas de Europa, Ligas, Copas del Rey y demás títulos, que a lo largo de su historia ha conseguido el equipo de fútbol del que somos forofos o seguidores, pero… ¿sabemos el de subcampeonatos? Yo, desde luego que no…

Pero esto no sólo ocurre en las que podríamos denominar “grandes esferas del deporte” (y sobre las que podría continuar hablando durante horas y más horas, acerca de cifras millonarias a la par que desorbitadas; cláusulas; traspasos; horas de entrenamiento; tongos y demás perrerías; etc.), a pequeña escala, se me antoja aún peor.

Remontémonos a años atrás (a la infancia de esas que hoy se han convertido en figuras del deporte) o, simplemente, pensemos en los que hoy son niños. No tengo ni la menor duda de que hay niños que, desde muy pequeños, tienen el sueño de llegar a convertirse en estrellas del fútbol, el tenis, la natación, la gimnasia rítmica, el judo o cualquier deporte que se os pueda ocurrir. A ellos no les importa o, al menos, están dispuestos a sacrificarse por aquello que persiguen y que parece haber nacido con ellos. Pero… ¿y cuando no es así?

Existen padres, por ejemplo, que siendo seguidores de un determinado equipo de fútbol y, tal vez, no habiendo podido ver cumplido su deseo de jugar en él, encuentran en sus descendientes el filón que precisaban y no descansan hasta ver a sus pequeños enfundados con la equipación correspondiente y entrenando en los campos de las categorías inferiores de ese equipo por el cual, semana tras semana, celebran goles y triunfos.

También existen madres, por poner otro ejemplo, que inscriben a ese niño gordito que prefería estar leyendo un cuento; jugando a la Play Station o comiendo un bocadillo de Nocilla, en el deporte que sea. A ellas no las mueve el afán de que sus hijos ganen nada y muy poco les importan los colores en que vayan enfundados, lo realmente importante para ellas es como ir enfundadas ellas mismas. Estas madres, encuentran en el equipo de fútbol regional o en la competición de baloncesto del barrio, el escenario perfecto para encontrarse con otras madres y lucir modelito. Acudir a un campo de arena con tacones de aguja o a un pabellón con las mejores joyas y complementos y “dejarse ver” es el único premio que persiguen.

¿Y qué ocurre con los vástagos de estos padres y madres? En el mejor de los casos, se aburren y, cómo se suele decir coloquialmente, “calientan banquillo”. Pero no siempre es así. Normalmente, éstos que no sienten ningún tipo de pasión por el “juego” en el que se les obliga a participar, tampoco tienen actitud y aptitudes para el mismo y, en el peor de los casos, incluso llegan a jugar un par de minutos y, en ocasiones, hasta pueden provocar que su equipo pierda el partido.

¿Y cuándo es así? Cuando eso ocurre, “lo importante es participar” es el mejor placebo que a padres y madres se les ocurre. Un placebo que, como cualquier otro, no sirve para nada. No elimina el sentimiento de decepción que el niño siente y tampoco hace que desparezcan las miradas de rabia y cabreo de los demás niños…

Yendo un poco más lejos y sin generalizar tanto, me atrevería a decir que para los padres de Lin Miaoke y Yang Peiyi, lo importante era que sus hijas participasen en la Ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Pekín. La primera, era esa niña tan mona y de vestido rojo que enterneció a más de uno cantando la “Oda a la madre patria” en dicha ceremonia. O eso pensábamos todos, porque en realidad tan sólo movía la boca. En realidad, la voz que se escuchaba pertenecía a Yang, quien estaba demasiado gordita y poseía unos dientes insuficientemente alineados como para aparecer en ella.

¿Qué va a pasar con estas dos niñas digamos… cuándo empiece el colegio? La primera será la guapa y mona que no sabe cantar. Y esto no es algo grave porque, por suerte, no todos los niños saben cantar o cantan bien. Sin embargo, la segunda será esa niña de la que poco importa que sepa cantar y además lo haga tan bien, porque de ella simplemente se sabrá que como era fea (cualidad total y absolutamente subjetiva) no dejaron que todo el mundo la viese con el vestido rojo aquel ocho de Agosto de 2.008…

Y ya para terminar, dejando a un lado el mundo del deporte, hablando en primera persona y dándole una pincelada de humor a este escrito (que no es un cuento, ni una historia, ni un relato,… sino una crítica pura y dura), sólo me queda decir que… si lo realmente importante fuese participar, se tendía en cuenta la cantidad de veces que yo he participado yendo a los exámenes de esa asignatura que me falta para acabar la carrera. ¿O no…? En fin, que este placebo me lo auto-regalo, porque según dicen: “el que no se consuela es porque no quiere”…





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11/8/08

El hoy, el ayer y el mañana (cc. 109)

El hoy:

Me gusta contar las palabras y hacerlas bailar para ti. Darles forma, color, movimiento y completa cordura dentro de un todo capaz de lograr que emocionen tus cinco sentidos. Pintar los signos de interrogación de verde esperanza y decorar cada te quiero que sale de mi boca con decenas de admiraciones de color rojo. De ese rojo que es bombeado por todas y cada una de mis venas y que, casualmente o no, es el mismo que cómodamente se instala en tus labios cada vez que te beso. Las comas, del color de la arena de la Playa del Cabo (sobre la que tanto te gusta sentarte a descansar y remover una vez tras otra con los pies); los puntos suspensivos, de ese indefinible tono de rosa del sofá del salón y los puntos y aparte, del blanco brillante de las sábanas de raso en las que sólo podemos perdernos tú y yo…

El ayer:

Me gustaba contar las palabras y hacerlas bailar para ti. Realmente, sólo me sentía libre cuando tenía a mi disposición esa paleta de colores con la que dar luz a mis sentimientos. Y tú me entendías tan bien… Hasta que llegó el día en que tus palabras y las mías decidieron escoger diferentes destinos para ir de vacaciones. Ambas viajaron a cientos de kilómetros de distancia y, cuando volvieron, parecía como si lo hubiesen hecho a planetas distintos, porque ya no se entendían entre ellas. Jeroglíficos lucharon por llegar a un punto común con una especie de dialecto zulú logrando el mismo resultado que quien vehemente se enfada y empuja a una pared…

El mañana:

Me gustaría (poder volver a) contar las palabras y hacerlas bailar para ti. Del mismo modo en que lo hacía antes (porque jamás he sabido hacerlo mejor) y que ojalá pudiera volver a hacer…


Y ahora somos como dos extraños que se van sin más…
Yo sigo estando enamorado y tú sigues sin saber si lo has estado…




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1/8/08

Lo que la lluvia no pudo evitar (cc. 108)

En el patio caen las pinzas de la ropa de algún Dios menor que, confortablemente instalado y poseedor de aquello sin lo que algunos ya no son capaces de sobrevivir, se apodera de las tristes vidas de buena parte de los cuerpos sin alma de la barriada.

En el suelo, junto a un sinfín de vidrios rotos, jeringuillas, condones (y lo que en su momento les servía de envoltorio) y pequeñas papelinas, Mauro reposa exhausto. En su rostro se dibuja una sonrisa burlona que bien podría ser la última y que desentona en relación a todo lo que hay a su alrededor. En contraposición a esa mueca de felicidad perdida, las gotas de lluvia terminan por diluir el mermado porcentaje de sangre que, a borbotones, fluye por su antebrazo izquierdo para caer sobre un charco de vómito y orines.

En el bar de la esquina parpadean, bajo la atenta mirada de Claudio, las luces de una fortuna esquiva. Cerezas, cerezas y limón serán la combinación perdedora de la última moneda que le queda. Apesadumbrado, vuelve hacia la barra para dar buena cuenta del par de tragos que todavía le restan a la enésima jarra de cerveza del día. Al ir a sentarse sobre uno de los taburetes, da un traspié y cae de bruces al suelo. Sufre, entonces, la humillación de las risotadas de sus falsos amigos de borrachera y la frustración de haberse derramado por encima la última dosis de alcohol que podrá permitirse en mucho tiempo.

Dos calles más abajo, los piropos obscenos y las miradas concupiscibles de un grupo de obreros que van con retraso en su cometido, a Ángela le resbalan del mismo modo que el sinfín de gotas de lluvia que caen sobre su dolorida piel y los girones que quedan de lo que unas horas antes había sido su ropa. El agua que la empapa parece haberse erigido como un improvisado compinche encargado de eliminar todo rastro de la vergüenza y el dolor que hace posible que esa tarde vuelva a casa con un billete del mismo color que la sangre que brota de su labio inferior y que desciende hacia sus tobillos desde el interior de sus muslos.

En el tercero izquierda de un bloque sin ascensor, la enfermedad que Carmela lleva arrastrando durante los últimos cuatro años; un marido con cirrosis e incapaz de despegarse de la botella; un hijo drogadicto y una hija prostituta como única capaz de dar de comer a la familia, han podido más que ella. En esa justa medida de pequeñas dosis, los fármacos recetados por su médico de cabecera no han logrado hacer que se sobreponga a todo lo que la rodea, sin embargo… las doce grajeas que contienen cada una de las tres láminas de su caja de pastillas, han hecho posible que deje se sentir y padecer de una vez por todas.

Lo que la lluvia no pudo evitar



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15/7/08

Juego Musical (cc. 107)

Desde hace ya tiempo, tal vez demasiado, lo único que les une a ambos es un somier taciturno que utilizan por turnos.

Él, trabaja de noche. Es camarero en uno de los bares más de moda, en los últimos años, de la ciudad. Dicho bar cierra sus puertas a las cinco de la mañana pero él jamás llega a casa antes de una hora después de haber echado el cierre.

Ella, duerme de noche. Lleva años atrapada en el turno de mañana de unos grandes almacenes y la posibilidad de que esto cambie ni siquiera existe.

Los dos llegan cansados a casa, con la diferencia de que cuando ella llega no hay nadie esperándola y, simplemente, se va temprano a la cama. Por el contrario, cuando él llega, ella hace tiempo que se ha levantado; ha arreglado la casa y preparado el desayuno.

Ha dormido toda la noche y aunque no tiene sueno, le espera medio desnuda para volver a la cama, aunque esta vez… no para dormir.

Él llega a casa pensando también en la cama. Lo único que quiere es dormir. Y ella… ella ha de conformarse con dar buena cuenta de un par de magdalenas y mojar sus ganas de sexo en una taza de café recién hecho para, después, darse una ducha, vestirse con el uniforme de rigor e irse a trabajar.

Y así, día tras día, sus vidas se convierten en prisioneras de la monotonía y ansían que, tal vez el azar, esa historia de final desconocido, venga a liberarlas.

Una noche cualquiera y aunque no de la mejor manera posible, por fin conocerán el final de esa historia:

A causa de una redada en el bar en el que trabaja, él vuelve a casa más temprano de lo habitualmente establecido. Camina sólo por varias calles en las que el silencio es su única compañía. Tras cruzar a cuatro metros del paso de cebra más próximo y, a causa del inexistente tráfico, con el semáforo en rojo, llega a la calle en la que vive. El silencio sigue siendo el único valiente capaz de caminar a su lado.

Unos veinte pasos después, no logra reprimir que una especie de sollozo se escape de su garganta. El silencio también le ha abandonado y ahora está sólo frente a una de las peores visiones que jamás habría podido imaginar.

Lo que cinco pasos atrás no le había parecido más que una pareja de novios besándose, se ha materializado ahora en que ella, su mujer, es quien se está comiendo a besos con otro.

A la mañana siguiente, en el telediario, hablan de él:

Dos drogadictos, en plena ansiedad, roban y matan a un hombre mientras su mujer es testigo desde el portal de su casa…



Bajo el marco de El CuentaCuentos y una propuesta de Sara, esta historia nace a partir de una (a mi criterio bastante conocida) canción. ¿Podrías decir de qué canción se trata?

7/7/08

La nota (cc. 106)

La interrogación sin punto sólo sería una curva peligrosa hacia la izquierda en la carretera de la verdad acerca de la cual ella estaba completamente segura.

Ella trabaja en una librería y un día cualquiera su jefe, junto con la lista de “novedades” del momento, le dice que esa misma tarde vendrán a recoger una serie de libros (concretamente cuatro) que alguien ha pedido por encargo también otro día cualquiera. Dichos libros, despiertan su curiosidad y unas dos horas después de haberse quedado sola, decide liberarlos de la bolsa de cartón en la que reposan y conocer, cuando menos, sus títulos.

Los cuatro inquilinos de aquella bolsa de cartón, a priori, por separado no le habrían sorprendido demasiado, ya que todos y cada uno de ellos habían pasado por sus manos con anterioridad, pero juntos… juntos ya era otra cosa. El primero, el último libro que ella había leído; el segundo, el próximo libro que estaba decidida a leerse tras dar buena cuenta del que ahora ocupaba sus ratos de lectura; el tercero, precisamente ese: el que ahora leía y el cuarto, su libro favorito de la infancia.

Una vez saciada la curiosidad acerca de los títulos, ahora la verdadera incógnita era la persona que había efectuado tal encargo. “Será un completo desconocido” –pensaba- “pero tiene un gusto literario mejor que bueno”. Y una sonrisa se le dibujaba en el rostro…

Los minutos pasaban lentamente (y quizás también varias horas) cuando él entró en la librería.

-¡Hola! ¡Buenas tardes!

-¡Buenas tardes!

-Vengo a por unos libros que he pedido, pero antes, si no te importa, voy al fondo a echarles un vistazo a las revistas de informática.

-¡Claro, claro!

“¿Él? ¿Él era quién había pedido los cuatro libros? No podía ser cierto…” –pensaba para sí la dependienta mientras el chico ojeaba las revistas-. “Pues de hoy no pasa” –se dijo al tiempo que escribía rápidamente unas cuantas letras sobre una pequeña hoja de papel que, de manera estratégica, colocó entre el primero y el segundo de los libros. Letras que contenían un nombre propio al cual seguía un signo de interrogación final al que le faltaba (también de manera estratégica, porque en realidad era una pregunta a medias ya que ella estaba completamente convencida de la respuesta) el punto.


-¿Cómo sabes mi nombre? Juraría que no se lo di a tu jefe cuando hice el pedido…
-¿Entonces eres tú?
-Bueno, imagino que habrá más que se llamen así, pero vamos que yo soy uno de ellos –respondió sonriendo y sacando la lengua-. Pero… ¿y tú como lo sabes?
-No estaba segura pero tu cara me sonaba (vaya, al final había pronunciado la mítica frase que mil veces se habría prometido que no le diría cuando reuniese el valor suficiente como para preguntarle si era él o no…). Tú y yo estudiamos juntos en el colegio de La Piedad. La clase de la señorita Cuetos, ¿te acuerdas?
-¿Cuetos? Jajaja, no… por suerte a mí nunca me dio clase esa bruja, yo estaba en la clase de don Lucas. En realidad creo que tú y yo compartimos clase más adelante. La profesora era, creo recordar, la mujer del director.
-¿Entonces tú y yo fuimos juntos a la excursión de fin de curso?, ¿estás seguro?
- Jajaja, tampoco… tú si fuiste pero mis notas no eran tan buenas cómo las tuyas y yo me quedé en casita. Por suerte para mí, veo que sólo recuerdas mi cara y no mis malos resultados académicos –volvió a sonreír, sacando la lengua de nuevo, como lo haría un niño pequeño-.
-Es que creía que eras tú y he estado a punto de decírtelo en varias de las ocasiones en las que vienes a por el periódico, pero… como por un lado no estaba segura y por el otro no terminaba de salirme tu nombre…
-Pues me alegro de que me lo hayas dicho. La verdad es que tú también me sonabas a mí, pero pensaba que de cruzarnos por la calle o algo de eso. Jamás se me hubiera ocurrido pensar en el cole. Pufff… es que han pasado tela de años, ¿eh?
-Ya te digo…
Y ambos se quedaron mirándose el uno al otro. Ella, se alegraba de no haber metido la pata y é, por su parte, la miraba moviendo su cabeza de arriba abajo en señal de asentimiento y sin que la sonrisa se apartase ni un instante de sus labios.
-Pero… -dijo ella para romper de una vez ese silencio que estaba empezando a resultarle incómodo- ¿a qué tú no sabes cómo me llamo yo?
-Laura Matos Gutiérrez –dijo con total seguridad-. Lo que pasa es que antes no tenías el pelo así, por eso me ha costado reconocerte…
-¡Jajaja! Ni tú eras tan alto, no te fastidia…
-Jajajaja. Ya, ya… eso también es cierto. ¡Oye! –dijo de pronto-.
-Dime…
-Tengo que irme…
-Ok, ok… ahora mismo te hago la cuenta.
-No. Cóbrame sólo la revista, que es para mi hermano, a por los libros volveré mañana o pasado y ya con más calma me dices lo que piensas de ellos, ¿ok?
-¿Lo que pienso de ellos?
-¿Crees que no me había fijado en lo que leías cuando entraba aquí?
-Ya, pero y…
-¡Shhhhh! No quieras saber más de la cuenta. Tú te has ayudado de un papelito para hablar conmigo, ¿no? Pues yo, que ya te digo que no soy tan listo como tú, he necesitado de cuatro libros… -dijo guiñándole un ojo al tiempo que dejaba tres euros sobre el mostrador y se marchaba calle abajo-.

*Unas veces, la realidad supera la ficción y otras, simplemente, la primera sirve de inspiración para crear la segunda...




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1/7/08

Ella (cc. 105)

-Ella tiene la piel del color de la tierra mojada… -dijo Ismael al tiempo que apoyaba la cabeza sobre el frio cristal y su mirada se perdía en la inmensidad de un horizonte que jamás volvería a ver-.

-¿Qué sabrás tú de la tierra si tus pies no han ido nunca más allá de la ciudad? –replicó Charlie sin levantar la vista del tarro de cristal en el que torturaba a una pequeña lagartija que había encontrado unas horas antes en la estación-.

-Y sus ojos… -continuó divagando, absorto en sus pensamientos, el muchacho- te invitan a perderte en la inmensidad del mar más azul que puedas imaginar…
-¡Tú nunca has visto el mar!

-Y su pelo, es tan suave… A simple vista parece algodón de azúcar con sabor a chocolate.

-¿Qué pretendes? ¿Tratas de averiguar la cantidad de pamplinas que eres capaz de decir?

-Y su olor, todavía puedo percibirlo –continuó Ismael haciendo caso omiso de las palabras de su hermano-, es cómo si lo llevase incrustado en la nariz y ni nada ni nadie pudiese borrarlo.

-¿Tampoco el aliento pestilente de la señorita Simonds? –rió Charlie, quien continuaba sin dar tregua ni respiro al indefenso reptil-.

-Si hubieses podido conocerla, te habría conquistado a ti también.

-Claro, claro, claro…

-Hablo en serio Charlie, ella es la persona más maravillosa que he conocido en toda mi vida. Algún día…

-¿Algún día?, ¿algún día… qué?

-Algún día… cambiarás de opinión. Ya lo verás…

-¡No! –gritó el muchacho-. No voy a cambiar de opinión porque nunca voy a conocerla, nunca, ¿me oyes? Nunca voy a conocerla porque tú tampoco volverás a verla jamás.

Ismael contemplaba con tristeza a su hermano pequeño sin dar crédito a lo que acaba de escuchar. A cada segundo que pasaba se sentía más y más mareado y, ahora, una extraña y nauseabunda sensación se había apoderado de la boca de su estómago. Las fuerzas le flaqueaban y estaba empezando a ver borroso.

Por su parte, Charlie, que tal vez esperaba que sus palabras tuviesen algún tipo de réplica por parte de su hermano y, así, tener la posibilidad de continuar chillándole, levantó (por primera vez en decenas de minutos) la mirada del frasco de cristal que sostenía con ambas manos y dijo:

-¿Es que no vas a decir nada?

-Ella no tiene la culpa de nada, Charlie –logró decir, no sin esfuerzo, Ismael-.

-Ella, ella, ella… ¿es qué no sabes decir otra cosa?, ¿no eres capaz de hablar de algo que no sea ella? Es que… ¿acaso no tiene nombre?

-¿Realmente te importa cómo se llama? –le preguntó su hermano mayor con un mínimamente perceptible hilo de voz, quien apenas lograba ya mantener los ojos abiertos y articular palabra de manera coherente-.

-¡No! –volvió a chillar-. ¡Por supuesto que no me importa! No es más que una negra de mierda. Por su culpa estamos en este maldito tren. Por su culpa nos vamos a una ciudad dónde no conocemos a nadie, no tenemos amigos y… -Charlie no pudo continuar hablando. Sabía que si lo hacía era muy posible que se echara a llorar y no estaba dispuesto a ello-.

-Ella no tiene la culpa de nada… –dijo Ismael reuniendo todas las fuerzas de las que ya apenas disponía y perdiendo el conocimiento sobre el asiento que ocupaba-.

Mientras tanto, en el vagón contiguo, el señor y la señora Kilpatrick daban buena cuenta de generosas tazas de chocolate caliente y pequeñas pastas de mantequilla. Ambos, desconocedores de lo que ocurría en el vagón en el que viajaban sus dos hijos, estaban satisfechos y se alegraban de la decisión que habían tomado.

Esa chica era del todo inaceptable para su primogénito. Carecía de buen apellido y cuantioso poder adquisitivo y, además, el tono oscuro de su piel mancharía de manera notoria a los futuros portadores de un apellido como el suyo.

Charlie oyó como algo caía al suelo y rodaba, pero no le echó cuenta hasta que ese algo chocó contra uno de sus recién estrenados zapatos. Al agacharse para ver de qué se trataba vio cómo el brazo izquierdo de su hermano colgada del asiento. Su mano, entreabierta y, en el suelo, el frasco de treinta cápsulas para las migrañas de su madre que habían comprado esa mañana en la botica. Frasco ahora vacío.


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23/6/08

La vida: un gran reloj de arena (cc. 104)

-“Un reloj de arena vacío… ¡qué extraño!” -pensó Aitana para sí- y, justo cuando se disponía a tirarlo al saco de basura que había estado llenando desde hacía más de tres horas junto con su abuela, un grito histérico le hizo dar un brinco y volverse para ver qué ocurría:

-¡No! ¡Eso no lo tires!

-¿Esto? –dijo al tiempo que alzaba el vacío utensilio que, tiempo atrás, parecía haber servido para medir el tiempo- Pero si ni siquiera funciona. No tiene arena. ¿Para qué lo quieres guardar?

-Lo que ven tus ojos no es más que un trasto inútil del que debería deshacerme, pero en él los míos se topan con uno de los recuerdos más bonitos que mi viejo corazón alberga –dijo la anciana al tiempo que se le inundaban los ojos de lágrimas-.

A pesar de que parecía que su abuela estuviese a punto de echarse a llorar, los ojos de Aitana se abrieron sobremanera y una sonrisilla pícara se dibujó en su rostro. De sus palabras había deducido que detrás de ese reloj de arena de escondía una historia. Una historia antigua y presumiblemente maravillosa. A fin de cuentas, una de esas muchas historias que su abuela solía contarle y que a ella tanto le gustaba escuchar.

-¿Ah sí? ¿Y por qué no me cuentas su historia? –dijo la niña utilizando ese tono de voz al que sabía a ciencia cierta que sucumbiría. Porque siempre lo hacía, incluso cuando le pedía que, para jugar, le dejase ponerse uno de los varios tesoros en forma de collares, pulseras y broches que la abuela guardaba en un antiguo joyero de caoba y mármol. Cualquiera de ellos, a excepción de los anillos y sortijas, claro, dado que éstos le iban demasiado grandes y ambas no dudaban de que los perdería-.

La anciana camufló convenientemente un ferviente deseo de rememorar tiempos pasados tras un gesto de resignación que le mostró a la niña. De la mano, para que ninguna de las dos pudiese tropezar y caer por las escaleras, ambas bajaron hasta el primer piso de la casa. Mientras su abuela servía dos generosos vasos de fría limonada y colocaba cuidadosamente unas cuantas pastas sobre un platillo de postre, Aitana –quien no había soltado de su mano el que parecía ser el protagonista de la historia que su abuela le contaría esa tarde- cogió un enorme cojín y lo depositó en el suelo, justo delante de la mecedora.

Cuando la abuela tejía, bordaba, veía la televisión o le contaba cuentos e historias que ella misma había vivido, siempre se sentaba en esa mecedora. La niña, desde que no era más que un bebé, se había acostumbrado a su hipnótico vaivén y, hoy por hoy, le resultaba casi impensable pensar en la posibilidad de que la vieja mecedora no estuviese presente durante uno de los mágicos discursos de la anciana mujer.

Después de que hubiesen dado buena cuenta del plato de pastas y, también, tras un par de sorbos de limonada, la mujer –bajo la atenta mirada de la niña- comenzó a hablar:

Cómo ya sabes, tu abuelo y yo nos conocimos una calurosa tarde de agosto en la verbena de un pequeño pueblo que distaba dos kilómetros de en el que yo vivía. En aquel entonces las cosas no eran como ahora y cuando una joven de mi edad –acababa de cumplir los dieciséis años- bailaba más de dos veces seguidas con el mismo joven y salía a pasear con él, eso –para las gentes de los pueblos- quería decir que ya eran novios. Así pues, tras bailar con él en las fiestas patronales y que me invitase a varios helados y algún que otro refresco, cuando el verano tocó a su fin ya éramos novios formales.

Con la llegada del otoño yo empecé a trabajar como ayudante de la modista del pueblo a cambio de unas cuantas monedas y tejidos con los que, tras aprender, podría hacerme los vestidos y prendas que quisiera. Tu abuelo, por su parte, se iba cada día con su tío –un hombre tan acaudalado como tacaño- a recorrer tanto nuestro pueblo como los colindantes vendiendo una larga lista de productos de uso diario, los cuales se fabricaban en varias fábricas que pertenecían a su suegro.

En aquellos días era muy difícil que alguien del pueblo llevase consigo un reloj y no porque muchos no dispusiesen del dinero suficiente como para adquirir uno, sino porque la inmensa mayoría de los habitantes del pueblo eran reacios a que una exacta y precisa maquinaria marcase el ritmo de sus vidas. Preferían que la luz del sol, la partida y llegada de los barcos al muelle, el tren… lo hiciese.

Siendo así las cosas y aunque los más jóvenes no estábamos muy de acuerdo con aquello, nadie osaba desafiar la sabiduría de sus mayores e ir por la vida presumiendo de que un reloj decoraba una de sus muñecas.

Por esta razón, una tarde tu abuelo me regaló ese reloj de arena que ahora tienes entre tus pequeñas manos. Yo terminaba de ayudar a la modista bastante rato antes de que él llegase de su “ruta de reparto”.

“Cuando llegues a casa” –me dijo- “no tendrás más que voltear tres veces el reloj. Una vez que lo hayas hecho, sabrás que yo llegaré enseguida a buscarte”.

-¿Y la arena se te gastó de darle tantas veces la vuelta, abuelita? –espetó Aitana con el ceño fruncido-.

-¡Jajaja! No pequeña, deja que continúe…

La niña, ávida por saber porqué el reloj no tenía arena, asintió.

Apenas un año después de que tu abuelo me lo regalase, pidió formalmente mi mano y nos casamos. Una noche, le vi con él entre las manos y le pregunté que qué hacía. Me respondió que ahora todo su tiempo era para mí, para compartirlo conmigo y que ya no necesitaría darle más veces la vuelta al reloj. Así que, aunque no recuerdo muy bien cómo, le vació la arena que contenía y volvió a colocarlo en el lugar que le correspondía…

El brillo que desprendían los ojos de la anciana mientras hablaba, se desvanecían ahora por sus mejillas en forma de lágrimas. Aitana, al ver llorar a su abuela, se levantó del cojín que ocupaba y la abrazó con fuerza.

-Es una historia muy bonita, abuelita. No te pongas triste. No me gusta verte llorar…

-No te preocupes cariño, es sólo que me entristece pensar que tu abuelo estuviera tan equivocado cuando lo vació.

-¿Equivocado? ¿Por qué dices eso? –dijo la niña al tiempo que soltaba sus brazos del cuello de su abuela y se sentaba sobre su regazo mirándola con desconcierto-.

-Pues porque desde que tu abuelo nos dejó, me hubiese gustado poder seguir dándole vueltas al reloj para contar el tiempo que me separaba de volver a estar a su lado. Desde que falleció, es como si yo estuviese dentro de un reloj en el que la arena no deja de caer sobre mí hundiéndome cada día un poco más…

Aitana miraba con tristeza a su abuela mientras ésta se enjuagaba las lágrimas en un pequeño pañuelo bordado y tras un silencio que a las dos se les antojó eterno, dijo:

-Pero… ¿sabes, abuelita?

-Dime pequeña…

-Puede ser que tú vivas dentro de un reloj de arena que sí que tiene arena, pero… para eso estamos mamá, papá, Nicolás y yo: para darle la vuelta a cada momento y hacer que te sientas mejor…

Las palabras de su nieta hicieron que a la anciana le fuese imposible contener el llanto y derramando lágrimas dulces, se abrazó a la niña con todas sus fuerzas...



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9/6/08

Las memorias de Sonia. Capítulo I (cc. 103)

En mi vida me han llamado de muchas maneras. A lo largo de los años, podría decir que pasé de ser Nonia, dicho así por primera vez por mi hermano Alberto, tres años mayor que yo y quien, cuando yo llegué al mundo pronunciaba todas o casi todas las consonantes como si fuesen enes; a que se confundiesen y me llamasen Sofía en lugar de Sonia a, por último, ser la señorita Pérez (en el mejor de los casos) o a simplemente (y en la mayor parte de las ocasiones) ser “la chica nueva, esa del pelo rizado y las gafas turquesa”.

A lo largo de mi infancia y adolescencia, mis amigos (tanto los que lo eran como los que no parecían serlo tanto como decían) sí que me llamaban Sonia, algo que llegaba a resultar todo un logro para no tratarse más que de mi nombre de pila, pero (y es que siempre hay algún pero) acompañado siempre según la época y las circunstancias, de apelativos que a ellos les resultaban bastante jocosos.

Haciendo memoria, creo recordar que el último de ellos fue “Sonia, la poeta pesimista” y tal cosa se les ocurrió simple y llanamente por el mero hecho de que las navidades pasadas (concretamente en Nochevieja) cuando faltaban pocos minutos para que comenzase el Año Nuevo dije algo así como… “Quedan tres minutos y medio para ahogar el silencio”.

Lo único que con aquella metáfora pretendía era, además de conseguir que lo último que saliese de mi boca en el año que ya terminaba fuese algo profundo y con cierto sentimiento, que precisamente lo último que mis oídos tuviesen que escuchar no fuese el típico “nena, no te pongas muy lejos, que lo primero que quiero hacer después de las uvas es comerte la boca” que mi amigo Nicolás decía año tras año a la chica con la que estaba y que casualmente nunca era la misma durante dos años. Y bueno, en cierto modo podría decirse que lo conseguí. Entre risas y mofas hacia mi persona y la frasecita que en mala hora se me ocurrió, llegó el Año Nuevo. Aunque claro, junto con el “Feliz Año Nuevo” de rigor, también llegó un “Rebe, ven pa’cá que te meta mano como primer acto del año” que fue lo primero que escuchamos y, como no podía ser de otro modo, de boca de Nicolás.

Desde muy pequeña me gustó el teatro. La primera vez que logré subirme a un escenario fue en quinto curso y como la “pirata número 16” en aquella adaptación de “La isla del tesoro” que hacían los de sexto. Todavía recuerdo mi texto de cabo a rabo y es que… no es para menos, aquel “Cuando al día siguiente subí a cubierta, el aspecto de la isla había cambiado por completo” que decía como mi primera y única frase durante la que también sería mi única aparición en escena, ya que justo después se me merendaba un cocodrilo, me sirvió además de para interpretar mi primer papel en una obra de teatro, para que mis amigos me llamasen “la John Silver” durante una buena temporada.

Aunque también es cierto que esa anécdota, por denominarla de alguna manera, no sería la peor. La peor y la que me hizo jurarme a mí misma que mi corta carrera en el mundo de la interpretación había, además de tocado fondo, llegado a su fin, llegaría unos cuantos años más tarde y estando ya en la Universidad. Allí, me uní a un grupo de teatro bastante conocido por la zona y durante el estreno de una obra que prometía mucho y en la cual yo ejercía de maestra de ceremonias, un presupuesto demasiado escaso así como las prisas y las manazas de unos cuantos chapuzas, hicieron que una servidora se ganase el título de “la gafe”. Y es que… mirándolo de manera objetiva, no era para menos: el teatro completamente a oscuras; se enciende un gran foco; yo salgo a escena y, tras colocarme justo debajo del gran foco digo aquello de… “La historia que les voy a contar tiene un principio –como todas-, pero aún no tiene un final” y que acto seguido se desplomasen los cortinajes y gran parte del decorado.

Mirándolo por el lado positivo, cuando en la Facultad, el Campus y la Residencia comenzaron a llamarme “la gafe”, los había que hasta tenían miedo de acercarse a mí y, por lo tanto, dejaron de pedirme los apuntes. Las largas colas en la cafetería, los empujones para subir al autobús y las aglomeraciones en los ascensores dejaron de existir para mí después de aquel día. Y, por si fuera poco, también dejaron de llamarme “la pija de los 365 pares de zapatos (uno para cada día de año)”, como convinieron en apodarme tras otra desafortunada frase que salió de mi boca.

En esa ocasión, llevaba algo así como unas tres semanas sin dormir preparando el examen final que tenía lugar aquel día y, presa de una mezcla de nerviosismo y agotamiento, salí de mi habitación en la Residencia Universitaria y tras asomarme a la puerta principal, le dije a un chico que había allí sentado algo así como… “Perdona, ¿tienes hora? El autobús está a punto de llegar y no sé de qué color ponerme los zapatos”.

No tengo ni idea de porqué dije aquello. Había mirado el reloj antes de salir de la habitación y como me había pasado las últimas semanas enclaustrada allí dentro viendo tanto la lluvia como el sol a través de la ventana, lo único que quería saber era la pinta que tenía el cielo aquella mañana para tratar de aventurar si llovería o no para, en definitiva, ponerme sandalias o no, pero… los traicioneros nervios me jugaron una mala pasada…

Lo cierto es que he tenido una larga lista de motes, la mayor parte de ellos en mi época como estudiante y si bien es cierto que algunos (como el de “la olvidadiza” o “la despistada”) me los he ganado a pulso.

Ahora me ha venido a la memoria aquella ocasión en la que se me dio por meterme en un grupo de música y, tras haber escuchado nuestra primera maqueta unas veinte veces, hasta que Xavi no dijo aquello de… “La próxima vez que ponga la cinta descubrirá que a la mitad de la misma hay cinco minutos en blanco. Ya veréis como sí, tened fe en ella…” no me di cuenta de que era la única que no se había percatado de que faltaba una canción por incluir.

Si ha habido ocasiones en las que me han llamado “la cerebro de grillo” no quiero pensar en lo que se les habría podido ocurrir si hubieran descubierto que yo conocía el nombre de la persona a la que se le había olvidado poner su nombre en el examen al que correspondía la única matrícula de honor que don Luis Mouro había concedido a lo largo de sus más de treinta años como docente. Si hasta yo misma me olvido de firmar con mi nombre…

En fin, que eso de que “cualquier tiempo pasado fue mejor” conmigo no va y que pensándolo bien… eso de ser “la nueva” tiene sus ventajas (de ti se espera que hagas un sinfín de preguntas y si te equivocas y haces algo mal tienes excusa, porque para eso eres “la nueva”).

De momento, así están las cosas, veremos qué pasa cuando sea otra “la nueva” y también, dependiendo de cómo pinten los acontecimientos, me pensaré lo de cambiarme de gafas o de peinado…



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