-Exacto –le respondió el hombre de la chaqueta de cuadros-. El destino de mi protagonista depende de ti pero, a cambio, al café te invito yo.
De lunes a viernes la vida de Maira era muy monótona. De casa al metro, del metro al trabajo, del trabajo al metro y del metro vuelta a casa. Los fines de semana por fin podía alejarse de ese trabajo que últimamente ya no le aportaba nada y que, poco a poco, estaba logrando que se sintiera más vacía (si eso era posible), pero aún así, rutina y monotonía la acompañaban mientras iba a hacer la compra; cuando leía un nuevo libro en el Parque de los Olmos; en la sesión matinal de teatro de los sábados; en la cafetería dónde desayunaba (siempre un zumo de naranja y una tostada con doble de mantequilla y muy poca mermelada de arándanos)… Incluso el dolor de ese corazón que, si bien ya estaba roto, se le rompió en mil trozos más el día en que su historia con Víctor llegó a su punto y final, también se había acomodado plácidamente a su día a día y ya no es que no pareciera que fuese a remitir, sino que a Maira se le antojaba que era algo que ya la acompañaría de por vida y de casa al metro, del metro al trabajo, del trabajo al metro y del metro vuelta a casa…
Estaba cansada de hacer siempre lo mismo pero, por el contrario, no parecía tener la mínima intención de hacer que eso cambiara. Sin embargo, una primaveral mañana de domingo Maira decidió que su vida iba a cambiar radicalmente aunque de manera progresiva. El primero de los cambios tendría lugar en ese mismo instante y consistiría en caminar doce pasos más.
Esos doce pasos hicieron que la joven no entrase en la cafetería de siempre a pedir su desayuno de costumbre, sino que lo hiciese en otra que estaba situada en la misma acera de la misma calle dónde estaban situados tan el piso de Maira como la que hasta el momento había sido su cafetería de siempre.
Entró decidida y pidió un café con leche al señor que se encontraba tras el mostrador. Acto seguido, se dispuso a sentarse en uno de los taburetes de la barra (cosa que antes no acostumbraba a hacer) y, sintiéndose observada, se giró hacia su derecha para saludar de manera cordial al hombre que no dejaba de mirarla.
Tras devolverle el saludo, el hombre continuaba mirándola aunque no de manera fija, sino que sus ojos (como si de un partido de tenis se tratase) iban de Maira a un puñado de papeles garabateados con la que presumiblemente era su letra y, de dichos papeles, a Maira de nuevo.
-Disculpe, señor… -le dijo Maira-, ¿nos conocemos?
-No, no… no nos conocemos. ¿Verdad que no nos conocemos?
-A mí su cara no me suena, pero… como veo que no deja de mirarme, he pensado que tal vez usted a mi sí o que nos conozcamos y yo no caiga en este momento en quién es usted…
-No, joven. Yo estaría dispuesto a jurar que es la primera vez que la veo. Le pido mil disculpas por mi actitud y mis formas hacia usted, pero lo que me acaba de ocurrir es tan insólito para mí que no he sabido reaccionar de una forma correcta y normal… Si tuviese a bien aceptar mis disculpas y dejarme que me explique…
Maira aceptó de buen grado las disculpas del hombre y, además, también accedió a conocer esa explicación que tanto parecía necesitar darle.
El hombre (que vestía un pantalón marrón de pana, camisa blanca y una chaqueta de cuadros, también de tonos marrones) le contó a Maira que era un escritor (y ella descubrió, tras que éste le dijese su pseudónimo, que había leído dos libros suyos. Dos libros que realmente le habían gustado). Le dijo que tenía por costumbre desayunar en esa cafetería porque el dueño era amigo suyo, así como fiel lector y crítico de sus obras, y que muchos fragmentos de sus libros los había escrito sobre esa barra y sentado en el mismo taburete que ahora ocupaba. Por último le contó que esa mañana, antes de que ella entrase en la cafetería, él había estado trabajando en el desarrollo del personaje que protagonizaría su próxima novela.
En los papales que el hombre tenía delante se narraban los rasgos físicos de una joven que era exactamente igual a Maira. Coincidían los rasgos faciales, el color de los ojos y de su tez, la forma de su corte de pelo, su estatura… hasta el mínimo detalle conducía a la mejor descripción que pudiera hacerse de la chica. Y, por si esto fuera poco, el asombro de Maira superó al que sintió el escritor cuando la vio aparecer en la cafetería, cuando esta continuó leyendo y supo de qué manera había descrito la personalidad de su protagonista…
No sólo coincidían los rasgos físicos de Maira con los del personaje del escritor, sino que su personalidad también aparecía minuciosamente detallada en aquellos papeles.
Maira y el escritor charlaron largo y tendido acerca de aquella casualidad, de ese personaje que él había creado y que ella, sin pretenderlo, interpretaba a la perfección. Y, al final de la conversación, él le dijo que aquello no podía quedarse así y que quería que ella decidiese acerca del destino de su protagonista, que ella tendría que decidir si del personaje que les había unido partiría una historia de amor, un drama o, tal vez, una aventura fantástica de ciencia-ficción…
La joven sólo tenía que elegir algo, una sola cosa, que quisiera que le ocurriese a la chica de la novela y, a partir de ahí, el escritor tejería el resto de la trama, escogería a los demás personajes y le daría forma a la historia, pero Maira sabía cómo se las gastaba ese hombre escribiendo y no quería escoger una tontería que pudiese fastidiar su novela.
Primero pensó que podría encontrarse un boleto de lotería premiado, algo que haría que su vida diese un giro de ciento ochenta grados y algo que a Maira le gustaría que le ocurriese a ella, pero descartó la idea. Después pensó que “la Maira de papel” podría que vivir un amor real, verdadero y eterno, uno de esos que sólo existen en las películas o en los propios libros, pero de verdad y sólo para ella, y también descartó la idea. Al final, puso los pies sobre el suelo de la cafetería (para levantarse y marcharse) y eso le hizo volver a la realidad y decirle al hombre que quería que contase en su libro cómo “su clon” se encontraba una mañana cualquiera con un escritor y la manera en la que ese encuentro había cambiado su vida…
Y una vez dicho eso, la joven le dio un beso en la mejilla al hombre y salió de la cafetería. De camino a casa, una sonrisa nada monótona la acompañaba y, al mismo tiempo, un pensamiento ocupaba su cabeza: ¿le cambiaría a ella la vida aquel encuentro con el escritor?
Lo que Maira no sabe (ni sabrá nunca) es que cinco minutos antes de que ella saliera de la cafetería, a un hombre se le cayó un boleto de lotería premiado justo delante de la puerta pero, por suerte para él, se dio cuenta y lo recogió. Tampoco sabe que un joven moreno, alto y guapo, estuvo a punto de entrar en la cafetería tres minutos antes de que ella saliera, pero no lo hizo porque, por suerte para él, un amigo lo llamó desde el otro lado de la acera y terminó cruzando la calle para reunirse con él. Y no tiene ni remota idea de lo que ese encuentro va a significar realmente en su vida, que ya no volverá a ser la misma…


Si de mí dependiera, rebobinaría, como poco hasta esta mañana, y volvería con algunas flores