Mostrando entradas con la etiqueta En primera persona. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta En primera persona. Mostrar todas las entradas

14/3/11

Sus ojos / mis ojos

Él se ve reflejado en mis ojos, sonríe y juega a tratar de alcanzarse. No es más que un simple juego, como otro cualquiera, exactamente lo mismo que el "cucú" que tanto le entusiasma. Es demasiado pequeño para entender que es el niño de mis ojos.
Yo le devuelvo la sonrisa y, adoptando también el papel de niña pequeña, juego a tratar de descubrir todos y cada uno de los sueños que se anclan en los suyos. Esos ojos llenos de un amor tan puro como incondicional y que están cargados de esas inocencia que un día el mundo también le hará perder a él.

22/2/11

Y pintar el sol siempre de amarillo

Quisiera volver a ser una niña. ¡Sí! Para colorear…

De pequeños siempre pintamos un sol en la mayor parte de nuestros dibujos. Da igual la estación de año e, incluso a veces, el astro rey está presente también cuando dibujamos la noche.

Y siempre, siempre, siempre, lo pintamos de color amarillo. En ocasiones usamos también el naranja o el rojo, porque hace mucho calor…

Cuando crecemos da igual que tengamos una temperatura de cuarenta grados a la sombra, que si nuestro día es negro, nunca lo pintaríamos de ese amarillo radiante. Sería un sol oscuro, incluso más que la luna, casi negro.

Por eso quiero volver a ser pequeña: para dibujar todos y cada uno de mis días con un sol amarillo, muy amarillo.

Aún así, tengo la suerte de tener a mis cinco soles que brillan más que cualquier otra cosa y dan más calor (y cariño).

22/12/10

Ya casi...

Ya casi llevo el mismo tiempo fuera de la barriga de mi mamá que dentro. El día 24 (Nochebuena) cumpliré nueve meses y ya tengo seis dientes (el séptimo está a puntito de asomar): cuatro arriba y dos abajo.

Soy un niño muy bueno que, realmente, sólo lloro cuando algo me duele; si me hago daño; creo que me han dejado solito o no me dejan tirar esas bolitas tan brillantes que cuelgan de un árbol que, hace unos días, han metido dentro de mi casa.

Me gustan todas las cosas que el pediatra le dice a mis papis que tengo que comer y también muchas de las cosas que comen los mayores. Solo hay una hay un par de cosas a las que les pongo mala cara: el zumo de frutas para peques y ese potito de farmacia de un día que fuimos de paseo a mamá se le ocurrió comprarme. Hace dos o tres días mi tita me dio un pedacito de una cosa que se llama polvorón y, desde entonces, nada más ver el envoltorio ya los reconozco y pido mi parte.
Mientras como y meriendo o, también, cuando mamá tiene que hacer algunas cosas, me quedo embobado viendo la tele. Mis dibus favoritos son Pocoyo, La Casa de Mickey Mouse, Manny Manitas, Jungla sobre ruedas y Bob esponja (aunque este último me gusta desde que, en casa, descubrimos que mami es capaz de imitar muy bien la voz de Patricio Estrella, que me hace reír muchísimo).

Me encantan los coches. Tanto los de juguete como los de verdad. De juguete tengo varios ya (incluidos esos rojos de la misma marca que el de un señor que corre mucho y se llama Fernando Alonso, que mi abuelo está coleccionándome para cuando sea un poquito más grande), pero mi favorito es uno que me regaló también mi abuelo cuando cumplí los ocho meses: tiene luces, camina en todas direcciones, gira y tiene música. De los de verdad me gustan todos. En el de mi papá hasta tengo una sillita que es solo para mí y que, además, es en la única en la que soy capaz de estarme quieto y sentadito el tiempo que haga falta. También me gusta verlos pasar cuando voy de paseo o, incluso, desde la ventana de casa.

También me gusta mucho la música. A mi manera, bailo suene lo que suene. Como, según dicen, nací el año en el que “La Roja” ganó una cosa Mundial porque un señor que se llama “Iniesta de mi vida” es español, la canción que más y mejor reconozco es el “Waka-Waka” de una tal Shakira que ahora dice que está Loca con su tigre (aunque eso no lo entiendo muy bien porque yo juego todos los días con mi Tigger de peluche y no es para volverse loco…). Pero también me gustan mucho las “Canciones Infantiles” que mi mamá me enseña, las de un tal señor Sanz (que son sus favoritas) y se me da muy bien bailar con la tita la “Danza Kuduro” que a mami tanto le horripila. Y no hablemos del anuncio de “magdalenas La Bella Easo, como las de antes, sin colorantes ni conservantes”…

Estoy empezando a andar, aunque todavía no lo hago solito ya me ayudan agarrándome solo de una de mis manitos.

Y no sé que más contar sobre mi… que tengo muchas ganas de ver a esa señora que dicen que se llama Navidad y que, aunque yo no la he visto, dicen que ha llegado hace días y también, de que venga el señor que viste de rojo y lleva una barba blanca porque me va a traer muchos regalos y creo que tres camellos también, aunque eso es después y no lo he entendido del todo…

Así que nada más: ¡Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo 2.011! (y de parte de mi mamá también)

17/12/09

A tu ritmo...

Todavía recuerdo a la que fue mi profesora de Pedagogía musical hablando de la importancia de la Música en nuestras vidas y, dentro de ésta, de la importancia del ritmo musical.

Decía que el ritmo es la base de la música, lo que la acota y define. Lo que, en definitiva, la convierte en lo que es y que hace que tenga una forma y unas características determinadas y no otras. Además, continuaba diciendo que el ritmo (así como la música) nos rodea y está presente en todas partes: en nuestra vida diaria, en la naturaleza, en el transcurso del tiempo, en nuestra respiración, en la lluvia, etc.

Y no es hasta ahora en que realmente la comprendo y le doy toda la razón.

Porque… el ritmo de mi respiración no se ha cortado a causa de los 3’5 grados de temperatura que había esta mañana en la calle; tampoco al saber que en el Centro de Salud se les había estropeado la calefacción; ni siquiera al notar ese gel tan frio sobre mi tripa. Se cortó al comenzar a escuchar tus latidos; para no perderme ninguno; para no dejar de fijarme en la sonrisa tontorrona de tu padre y en el rubor de sus mejillas…

Y es que mi vida avanza en base al ritmo que marcan todos y cada uno de tus movimientos dentro de mi tripa.

2/12/09

¿Vamos de compras?

¿Cuántas veces habremos hecho esa pregunta y cuántas la habremos oído? Para algunos la respuesta será siempre un claro , otros correrán a esconderse para que nadie los encuentre y así librarse de sus tan odiadas compras y otros… otros fingimos sonrisa y acatamos con un “venga, vale, sí…”. Y es que hay veces que no te queda más remedio que ir de compras.

A mí, ahora, me toca comprobar en primera persona cuáles son los pros y los contras, lo mejor, lo peor, lo menos bueno y lo menos malo, etc. de un embarazo. Así que dejando a un lado esas pequeñas grandes maravillas que me guardo para mí y prefiero no compartir y, por otro lado, obviando ciertas cosas poco agradables, incómodas y menos buenas, hoy voy a hacer referencia a ese lado tan superficial de todo embarazo que no es otro que las compras.

Es evidente que esa nueva vida que viene en camino va a necesitar un sinfín de cosas con las que has de ir haciéndote poco a poco, pero no lo es menos el hecho de que tu cuerpo cambia y pide a gritos otro tipo de cosas, de tallas, etc. Y son precisamente esas cosas las que, al menos a mí, menos me apetece tener que comprar. ¿Y por qué? Es sencillo: la ropa pre-mamá es horrorosa por definición.

Tú, incauta, vas a esas tiendas (a las que no pienso hacer publicidad) especializadas y no encuentras más que cosas horrendas, extrañas y que convierten a la que se las pone en un anuncio ambulante (tanto de dicha tienda, ya que la marca está por todas partes, como de su estado, porque en todas y cada una de ellas pone mamá o algo similar. Y de los precios ni hablemos).

Y ahí pasa como en la guerra, si te rindes a la primera de cambio pierdes la batalla y te conviertes en mujer-madre-anuncio, pero si por el contrario decides seguir buscando porque tienes fe en que no todo sea así, al final darás (no sin esfuerzo) con ese otro tipo de tiendas en las que tienen ropa “normal”, ropa del tipo de la que acostumbras a utilizar y en la que, además, hay lugar para tu tripa.

Por otro lado (y por suerte) están las otras compras, las que son para el bebé y esas (por experiencia tanto propia y de los que me rodean) le encantan a casi todo el mundo. Nos convierten en seres realmente consumistas.

Y hablando de esas compras, el otro día vi un pijamita en unos grandes almacenes que se convirtió en mi primer y verdadero antojo. Fue amor a primera vista. Y es que… su dibujo se me asemeja total y absolutamente a un charquito de estrellas (y esto, quién realmente me conoce, sabe lo que significa).

pijamita

Por otro lado, al papi (a quién se le cae la baba más que a mí) le pasó algo similar con algo que… bueno… no sé muy bien cómo decirlo, digamos que con algo que atenta un poco contra esos principios de “nosotros, como padres, dejaremos que elija” y contra esa frase que una servidora le dijo a su querido padre: “pues que ni se te ocurra comprarle el chándal del Madrid porque no se lo pienso poner. Y yo tampoco le voy a comprar el del Barça. Esperaremos a que crezca y que elija qué equipo le gusta y si le gusta alguno”. Pero claro, papi no sabía nada de eso y apareció en casa con un mini chándal culé que a mí, sobra decir, que me encantó. Además, me lo dio el sábado y el domingo ganamos, así que yo creo que trae buena suerte… :P

Mini chándal culé

P.D. Y ya para terminar, como el azul celeste es mi color y chándales del Barça he tenido varios, sé que eso no despeja ninguna incógnita y como además alguien me pidió en un comentario que os sacara de dudas, pues… diré que es niño ;)

23/11/09

El abuelo Juan

En realidad, Juan, no es mi abuelo. Físicamente no nos parecemos en nada y tampoco compartimos apellido. Biológicamente, es el abuelo paterno de tu padre, con quién sí comparte apellido aunque no demasiados rasgos físicos. Pero dejando a un lado la biología y entrando en los diferentes grados de afecto, cariño y amor que podemos sentir las personas, él para mí es el abuelo Juan.

Recuerdo perfectamente el día que lo conocí: decía tener cien años (y puede que incluso más, ya que no apostaba un real a que alguno no se le hubiera perdido a mitad de camino u olvidado durante algún despiste) y se negaba a darme un beso porque creía firmemente en la idea de que la gente mayor no debería llenar de babas a los jóvenes.

Me contó decenas de anécdotas de años pasados (algunas incluso más de una vez), me hizo reír un sinfín de veces y, cuando llegó la hora de despedirnos, ni siquiera refunfuñó una sola vez por tener que darme un nuevo par de besos. Salí de aquella pequeña y antigua casa con la convicción de haberle caído bien y me hice la fiel promesa de empezar a quererle cada día un poco más desde aquel instante.

Y así lo hice, sin ni siquiera poner empeño ni esforzarme en ello. Porque el abuelo Juan es una de esas personas que entran en tu vida como un elefante en una cacharrería, que te revolucionan las sonrisas y que hacen salir fuera al cariño.

No hace mucho que se enteró de que papá y yo estamos esperándote. Ni te imaginas lo muchísimo que se alegró. En realidad, creo que de todos los que cuentan los días hasta tu llegada es quién más celebró la noticia y se emocionó con ella…

Pero no lo digo porque olvide las cosas y tengamos que repetírselas, sino porque tengo una teoría: yo creo que, al enterarse, ya te imaginó corriendo sin parar y metiéndote en todos los charcos que encontraras a tu paso; llenándote de barro de pies a cabeza sin dejar de reírte a carcajadas y volviendo a casa de su mano para librarte de una buena reprimenda que tan sólo se llevaría él por haberte permitido hacerlo. Y esta teoría no es que me la haya inventado o la haya soñado esta noche, es mucho más… es lo que tu padre, cuando era pequeño, le hizo en más de una ocasión.

El abuelo Juan no es como los demás abuelos, no cumple todos los requisitos para serlo. Mientras tiene ese lado entrañable que te hace quererle, carece de esas manías y rarezas que con los años vamos adquiriendo las personas y nos convierten en… un tanto difíciles de tratar. Podría decirse que tiene todo lo bueno de los abuelos y punto (quizás sea esa parte mala la que se olvidó a mitad de camino).

Aunque… si tuviésemos que adjudicarle algún defecto, creo que todos nos pondríamos de acuerdo a la hora de decidirnos: su obsesión con que va a morir pronto.

Desde que lo conozco lleva diciéndole a tu padre que ya no va a verle más porque es muy mayor y ya se tiene que morir, que tiene más de cien años y que la gente como él ya solo hace que estorbar

Y hace exactamente dos días y dos horas que se salió con la suya.

El abuelo Juan quería dejar de estorbar y ha logrado dejar un hueco muy hondo en todos nosotros. Un hueco que se va haciendo un poco más grande a cada lágrima que vamos dejando salir…

Por un lado, está el consuelo que nos queda al pensar que es lo que él quería y llevaba pidiendo a gritos enmudecidos desde hace ya mucho tiempo, por el otro, también convive el egoísmo de la lástima que nos da que tu padre no pueda cumplir, tras tu llegada, su deseo de inmortalizar en una instantánea a las últimas cuatro últimas generaciones de su familia…

Yo, por mi parte, lloro a escondidas cuando tu padre no mira (por aquello de que, en mi estado, no se me permite el lujo de disgustarme y llorar más de lo mínimamente necesario), porque me queda la pena de saber que no podrás disfrutar del lujo de conocer a tu bisabuelo Juan (y yo, que sí pude hacerlo de la mía durante dieciocho años, sé muy bien lo que eso implica…)

19/11/09

Ahora, déjame que...

Ahora que nos hemos quedado TÚ y yo solos, déjame que te explique que aquella gota de agua fría que se derramó antes sobre mi tripa, no era otra cosa que una lágrima que se me escapó sin darme cuenta, resbalando por mi mejilla y yendo a parar a ti…

Ahora que nadie nos mira, déjame que vuelva a llorar de nuevo. No lo haré por pena ni miedo, tampoco será por ese nerviosismo que se apodera de mi cada vez que ese señor de la bata blanca tiene algo nuevo que contarnos. Lloraré como desahogo, para sacar fuera toda esa tensión que me paraliza cada vez que cabe la posibilidad de que algo vaya a no estar bien.

Ahora que no hay nadie más, déjame darte las gracias: por no dejar de crecer día tras día, por moverte (y moverte tanto) y, también, por dejarnos verte y escuchar cómo late tu corazón sin ponérnoslo demasiado complicado.

Ahora que yo he decidido tumbarme mientras tú prefieres no dejar de moverte (impidiéndome que duerma la siesta), déjame que sonría mientras me acaricio la tripa por enésima (aunque jamás última) vez en el día…

13/10/09

Desde que sé que existes…

… todo es diferente (el mundo, mi vida e incluso yo).
… como más que antes y soy incapaz de dormir una noche entera del tirón.
… lloro el doble y sonrío el triple.
… también sé que te quiero y que moriría y mataría por ti.
… soy infinitamente más feliz que antes pero, a la vez, todo me da muchísimo más miedo.
... Él y Ella desaparecen y dejan de importar, dando paso al nosotros y al TÚ.
… no ha habido una décima de segundo en la que haya estado o me haya sentido sola.
… he dejado de fumar (y visitado más médicos que en toda mi vida).
… realmente he empezado a mirarme el ombligo y a que lo único importante que de mi refleje el espejo sea la tripa.
… me he vuelto incluso más dependiente de tu padre de lo que lo era antes.
… he aprendido a contar en semanas y días (y los segundos se me alargan cada día más).
… mis prioridades han cambiado (también mis miedos, mis guerras, mis preocupaciones y mis pequeñas grandes batallas).
… estoy dispuesta a renunciar al azul celeste por el rosa (si así tú lo dictas).
… adoro que tu padre se dirija a mí en segunda persona del plural.
… no he dejado de hablar de ti pero, a la vez, me ha entrado un extraño bloqueo a la hora de escribir sobre ti (hasta ahora. Parece ser…).
… también sé que tú eres y serás siempre lo mejor que yo vaya a hacer en la vida.

Y es que… desde que sé que existes, lo único importante eres tú y yo no soy más que la cajita (o mejor dicho el cofre) dentro del cual está el mayor de los tesoros (ese que tu padre ha jurado proteger con su vida, igual que yo…).

11/8/09

De... ¿vuelta?

Una vez escuché una frase que decía algo así como… “siempre que te vayas sin dar explicaciones, podrás volver del mismo modo”. No, en realidad jamás he oído algo ni remotamente parecido, lo que sí oí una vez fue “me iré sin que nadie me eche para así volver sin que nadie me llame”.

Aunque en realidad… la evidente ausencia de letras en este Blog en ningún momento fue algo premeditado, pero aún así, imagino que toca dar explicaciones (y no por nada, sino porque quiero): si nos remontamos a lo último que escribí, tendremos que ir atrás en tres páginas del calendario y situarnos a finales del mes de Mayo...

Los últimos días del mes de Mayo tocó celebrar y festejar victorias, triunfos, copas y tripletes; después llego el mes de Junio con sus exámenes finales (y ya seas alumno o profesora, toca hacer el último esfuerzo); tras las clases y los exámenes llegaron las vacaciones (con la correspondiente visita a las Trillizas incluida) y, a partir de ahí, pues supongo que vino algo así como una abstinencia bloguera por elección propia y para descontaminarme un poco (que lo venía necesitando).

Entre ayer y hoy he estado leyendo comentarios y e-mails (cuyo plazo de respuesta no sé si ya habrá expirado o no…) y hace unos minutos he decidido ponerme a escribir un post que, al menos, interrumpa el punto y final que se me antoja llevaba marcando el anterior, porque lo cierto es que si hay algo que no he mirado son las estadísticas, y ya no sé si queda alguien que continúe pasándose por aquí o que quiera seguir haciéndolo. Aunque eso supongo que es lo de menos, la pregunta es si yo quiero continuar escribiendo…

Por último (y en respuesta a esos e-mails y comentarios cuyo plazo de respuesta desconozco si sigue abierto), simplemente diré que es posible que esté mejor y más feliz que nunca, aunque también más asustada. Y es que yo no sabía que la felicidad daba tanto miedo, pero es ahora cuando toca ser valiente y lo estoy intentando…

25/4/09

Ella y él (I)

Ella escribe historias que no entienden de razón, historias de esas que carecen de argumentos y porqués, y que plasma con cada una de sus lágrimas, con cada beso que se le escapa y con cada suspiro que derrama. Encierra su alma en un sinfín de páginas cuya única función será afirmar que la suya no pasará a engrosar una eterna lista de relaciones suicidas. Y las guarda, guarda todas y cada una de las páginas que escribe por temor a que puedan perderse. Pero no las esconde, ya que (para ella) son demasiado importantes como para hacer que nadie fuese a encontrarlas jamás.

Noche tras noche, sin que ella lo sepa y una vez que se ha dormido, él las lee una vez tras otra hasta que consigue almacenarlas en lo más hondo y profundo de su ser.

Y una noche cualquiera (supongamos que fue ayer), él decide contarle su pequeño secreto consiguiendo así que ella logre por fin escapar de los temores de veinticuatro horas grises y regalándole (a ella y sólo a ella) un perfecto amanecer teñido de azul.

amanecerteñidodeazul

Y quizás (tal vez y sólo tal vez) a partir de ahora vayan a ser dos las caligrafías que continúen llenando las páginas de una historia que, en realidad, no ha hecho más que empezar…

19/4/09

Qué rápido han pasado…

… los últimos ocho años.
Más de dos mil novecientos días sin ti, echándote de menos, recordándote a diario y llorándote, como mínimo, más de lo estrictamente necesario.

Si tuviera que resumir estos ocho años en una sola frase, lo haría diciendo que nada volvió a ser lo mismo desde que tú te fuiste. Y si me dejasen añadir algo más, diría que me sigue pareciendo injusto y que aunque era algo sabido de antemano y con una muy clara fecha de caducidad marcada, yo sigo aún sin estar preparada para asumirlo.

Todo este tiempo se me antoja demasiado si tengo en cuenta todas y cada una de las cosas que no he podido compartir contigo, todo lo que te has perdido y la enorme cantidad de veces en que en la mesa ha habido una silla vacía a la que inevitablemente dirigir la mirada. Aunque también me parece como si hubiera sido ayer, por lo mucho que sigue doliendo.

Demasiadas lágrimas derramadas sobre la almohada o sobre el hombro de los demás, demasiados días en que el cielo se vistió de luto y, también, demasiados disgustos, penas y amarguras. Demasiado es el vacío que implica tu ausencia…

Es curioso como el tiempo, justo juez que todo lo pone en su sitio y gran experto sanador de heridas, no alcanza a ser más que un burdo placebo para todo lo relacionado contigo. Y más curioso me resulta todavía, el ser incapaz de recordar o el haber logrado olvidar cosas que pasaron hace algo más de un año o incluso simplemente hace varios meses, pero poder recordar con absoluta claridad los últimos días contigo, la última despedida a solas y ese adiós definitivo.

Supongo, aunque en realidad estoy totalmente convencida, que es porque eres una de esas personas imposibles de borrar, pase el tiempo que pase…

31/3/09

Operación Grillo

Hay noches en las que el aburrimiento parece ser la única sentencia posible del juez del tiempo, noches en las que ni siquiera la caja tonta tiene la más mínima intención de entretenerte. Normalmente, yo sufro alguna de esas noches las semanas en que mi chico tiene turno de mañana en el curro y, por lo tanto, se va prontito a dormir (aunque también es cierto que, por otra parte compensa, porque lo tengo para mí toda la tarde los días en que no doy clase…), pero ese no es el tema…

Precisamente anoche parecía ser una de ellas. De hecho lo estaba siendo hasta que se me ocurrió abrir el Messenger (hay noches en las que no está nadie conectado y noches en las que un monigote de color verde te da paso para poder entablar conversación con algunos de tus amigos). La cosa empezó normalita y con un par de charlas distendidas, luego se animó un poco más con la aparición estelar de un buen amigo con el que ya hacía tiempo que no hablaba y, por último, se unió otro buen amigo más.

Y así discurría mi noche, entre parpadeos de color naranja que anunciaban una nueva frase de cada una de las personas con las que hablaba, hasta que, de pronto, la luz proveniente de la lámpara que tengo a la derecha de mi escritorio proyectó la sombra de lo que parecía ser la pata de algún bicho. Lo primero que pensé fue que se trataba de una araña (o más bien arañón), así que no me lo tuve que pensar dos veces para subir los pies a la silla en la que estaba sentada.

Escasos segundos después supe que se trataba de un grillo (que siempre es preferible a una araña pero que a mí me sigue dando mucho repeluco) que comenzó a caminar a mi alrededor, a pararse y frotar sus patas emitiendo ese sonido que les caracteriza, etc. No parecía tener intención de irse y a mí cada vez me estaba dando más grima, con lo cual estaba más pendiente de la ubicación y movimientos del grillo que de lo que me decían mis amigos. Así que, dado que estaba tardando más de lo normal en responderles, opté por hablarles de mi pequeño visitante. Y fue precisamente en ese momento cuando empezó lo verdaderamente divertido de la noche y, también, la que hemos decidido denominar como “Operación Grillo(la cual nunca habría podido haber llevado a cabo sin mis amigos. Uno de ellos me pidió que la documentase para subirla al blog y eso haré en este post…)

Punto 1: reacciones dignas de mencionar de mis amigos tras decirles que tenía un grillo en la habitación.

L: Pero… ¿un grillo de verdad o de peluche? (no sé yo cómo iba a llegar hasta mi estudio un grillo de peluche, la verdad… Pero supondremos que esa pregunta es fruto de que ya era tarde y que el cambio de hora del domingo continúa pasando factura)

C: ¿Un grillo de los del cri cri? (Esto… ¿cuántas especies más conocerá? Luego trató de arreglarlo diciéndome que la especie del cri cri era criminalmente pecrilosa, que no peligrosa, ojo…)

A: ¿qué brilla? (mmmm… vale sí, las luciérnagas son otra cosa)

Punto 2: tras decirles que yo no podía dormirme sabiendo que un grillo pululaba por la habitación, sus respuestas fueron písalo o cógelo y échalo fuera, algo que yo no estaba dispuesta a hacer por dos claros motivos. El primero es que, como ya he dicho, los grillos me dan repeluco y ni de coña estaba dispuesta a cogerlo y el segundo consiste en que mi madre siempre ha dicho que da mala suerte matar a un grillo o echarlo si entra en casa, que hay que dejar que se marche sólo…

Punto 3: comienza la “Operación Grillo

A2: ponle un vaso encima (buena idea. Y de ahí no podría salir y yo dormiría tranquila, pero… para eso tendría que acercar mi mano demasiado al bicho, así que descartado…)

C: ¿no tienes cerca un vaso o un cubilete? (más de lo mismo que en la opción anterior)

L: da pisotones a su lado y lo vas dirigiendo hacia la salida (claro… y cuando lleguemos al escalón le enseño a dar volteretas…)

A: abre la puerta y déjale a su aire, que igual se va sólo (sí, y pongo un letrero de neón que diga “puerta abierta, pasen a robar”)




Aparto mis ojos de la pantalla del ordenador y sigo mirando al bichejo y, al mismo tiempo, mis ojos buscan por la habitación algo con lo que poder atraparlo.













Doy con ello y lo atrapo con la tapa de una caja de CDs.













Y una vez que el grillo está capturado, coloco un folio debajo para, llegado el momento, poder sacarlo fácilmente del estudio.







Punto 4: y a partir de ahí, el descojone padre…

C: no se esperaba el grillo cri cri un ataque coordinado basado en el uso de la tecnología punta del MSN y del CD.

A: pues ahora nada de dormir, habrá que hacer turnos de vigilancia

C: igual mandó un S.O.S. a grillilandia antes de ser capturado

L: ¿y si cava un túnel para salir?

C: María, quién sabe, igual hemos salvado al mundo y has capturado al primer grillo extraterrestre.

C: de las cosas más sencillas nacen los héroes.

Quizás así contado no tenga mucha gracia (puede que ninguna, ya se sabe que no es lo mismo que tú vivas algo o que otro te lo cuente), pero en el momento nosotros nos partimos (yo desde luego y los demás eso dicen…).

Así que nada, inmortalizado queda. Pongo sólo las iniciales de los protagonistas a no ser que me indiquen lo contrario (el grillo se fastidia, no pienso ponerle el cartelito negro delante de los ojos para que no lo conozcan. Que no hubiera entrado en mi casa sin permiso…) y vuelvo a darle las gracias a C., experto estratega y Alto Mando del ejército encargado de llevar a cabo esta operación, porque sin su colaboración habría sido imposible capturar al enemigo…

19/3/09

123, responda otra vez (yo verifico y soy una inepta, usted espera y es una maleducada)

Soy usuaria de Vodafone desde hace casi una década. Al principio (con tarjeta prepago) recargaba mi móvil con bastante asiduidad y creo que nunca he estado más de dos días seguidos con el saldo de mi tarjeta a cero, después (al pasarme a contrato) no ha habido ni un solo mes en que no haya pagado rigurosamente mi factura. Y total… ¿para qué?

Para que una vez nos tangaran 21€ al añadir un nuevo número al Plan Familiar (cuando era un servicio gratuito) o para tener que llamar un sinfín de veces hasta que, por fin, conseguí que me cambiasen la dirección dónde he de recibir mis facturas cuando me mudé.

Lo cierto es que, más tarde o más temprano (con más o menos desesperación, llamadas o visitas a distribuidores oficiales de Vodafone) al final siempre he conseguido solucionar todos y cada uno de los problemas que me han ido surgiendo. Y, por otro lado, si continúo utilizando este operador de telefonía móvil y no otro (de la competencia que cada mes me llaman para ofrecerme una oferta estupenda si me cambio) es porque me conviene por una serie de motivos y circunstancias que no vienen al caso.

Pero con lo que ya no puedo más es con la incompetencia de las responsables de Atención al cliente (123). No sé porque será, pero siempre tengo que llamar más de dos o tres veces por un mismo motivo, porque a la primera nunca doy con alguien con un mínimo de luces al otro lado del teléfono. La última vez ha sido esta tarde:

-Vodafone, buenas tardes. Mi nombre es (uno que ya no recuerdo), ¿en qué puedo ayudarle?

-Hola, buenas tardes. Verás, es que tengo una Blackberry Storm y quería que me informases acerca de las tarifas que hay para poder tener acceso a Internet desde ella…

-Ahá. Le paso con el responsable correspondiente, no cuelgue por favor…

(Musiquita y un par de minutos de espera)

- Vodafone, buenas tardes. Mi nombre es (otro que tampoco recuerdo), ¿en qué puedo ayudarle?

-Hola, buenas tardes. Verás, es que tengo una Blackberry Storm y quería que me informases acerca de las tarifas que hay para poder tener acceso a Internet desde ella…

-Así que… su duda es acerca de acceso a Internet desde el móvil y no desde el ordenador, ¿no es así?

-Sí.

-Pues le han pasado mal. Ahora mismo le paso con un responsable, manténgase a la espera y no cuelgue, por favor…

(Otra vez musiquita y unos ocho minutos de espera)

- Vodafone, buenas tardes. Mi nombre es (no, este tampoco lo recuerdo), ¿en qué puedo ayudarle?

-Hola, buenas tardes. Verás, es que tengo una Blackberry Storm y quería que me informases acerca de las tarifas que hay para poder tener acceso a Internet desde ella…

-¿Su número es el xxx-xxx-xxx?

-Sí, ese es. (Aunque, en realidad, tenía ganas de decirle: no, es otro, el que estoy usando ahora para llamarte es de un móvil que robé esta mañana. ¿Si no llamas desde tu número, desde qué número vas a llamar? ¿Desde el de la vecina? En fin…)

-Manténgase a la espera mientras verifico la información…

(Musiquita y más minutos de espera. Además, he de decir que mientras esperaba los 8 minutos anteriores, accedí con el pc a la web de Vodafone y tenía delante de mí las tarifas de acceso a Internet de mi Blackberry)

-Bien, disculpe por la espera. Le informo de que existen dos tipos de tarifas: una de 12€ que blablabla (abrevio para no hacer este post eterno) y otra de 6€ que blablabla…

-Me dices que con la de 6€ tengo 100 accesos a Internet, pero… ¿dentro de Vodafone Live o de libre navegación?

-No, no… podría navegar tanto dentro como fuera de Vodafone Live, cuentas de correo…

-Ah, estupendo, pues esa es la que quiero.

-Bien, manténgase a la espera mientras verifico la información…

(Más musiquita y más minutos de espera. Y cuando vuelve a hablarme es para decirme que se ha equivocado, que las tarifas que me dijo eran para móviles, no para Blackberry. Se disculpa, me vuelve a decir que me mantenga a la espera mientras verifica la información y yo sigo esperando. Me habla de nuevo (una vez que yo ya me había informado y requeteinformado en la web) y me dice que hay dos tarifas, una de 60€ y otra de 25€. Le digo que mientras esperaba he estado consultando su web y que en ella no dice eso (y le leo lo que pone). Me manda volver a esperar y ella… ¿lo adivináis? Sí… vuelve a verificar la información. Vuelve a hablarme y me pregunta que dónde he visto yo que ponga eso. Le leo la URL completa (con la esperanza de que la teclee y lo vea por sí misma) y me vuelve a dejar en espera…)

-Disculpe por la espera…

-Ahá… (Con voz de resignación y claro principio de “estoy empezando a perder la paciencia”)

-Lo cierto es que no puedo verificar lo que usted me dice. ¿Podría decirme cómo accedió a esa información?

-Ya te lo dije, en la web de Vodafone. Le digo la dirección completa... (vuelvo a decírsela pero ella sigue sin teclearla).

-Es que a mí no me aparecen las tarifas que usted me comenta…

-¿Pero tú has entrado en la dirección que yo te digo? (aquí ya aumenta mi tono de voz…)

-No, pero…

-Pues entra dónde yo te digo. (Y vuelvo a decirle, muy despacito y letra por letra, la URL completa. Y recobro la tranquilidad porque esta vez sí que la escucho teclear a medida que voy hablando…)

-Disculpe, pero yo aquí no veo que ponga lo que usted me dice…

(En este preciso momento, pierdo totalmente la paciencia y los papeles)

-¿Entonces yo qué estoy, loca? ¿Me invento las cosas?

-Yo no digo que usted esté loca ni que se invente las cosas, pero es que aquí no pone eso… y por favor le pido que me hable con respeto porque yo a usted le estoy hablando con respeto…

-Yo le hablo con respeto a una persona que cobra por un trabajo que sabe hacer, no a alguien que no se entera de nada…

-Le repito que me hable con respeto y que aquí no pone nada de lo que usted dice…

-Esta tía es tonta perdida… (Digo mientras miro a mi chico que estaba a mi lado oyendo la conversación y descojonándose de risa…)

-Usted es una maleducada que me está faltando al respeto…

-Y tú eres una inepta…

-Yo a usted no le permito que me falte al respeto.

(Pi piii piiiii. Me cuelga.)

Yo tengo educación hasta que me la hacen perder, eso por un lado, por el otro… aquí os dejo la URL que tantas veces le leí así como una captura de pantalla de la información en cuestión:


Creo que su ineptitud queda patente y, con ella, el motivo por el cual yo perdí la paciencia. Y dicho queda, porque a mí me sirve de desahogo y, también, quizás sirva para algo o alguien más. Y mañana me iré a un distribuidor oficial de Vodafone, porque al menos en el que queda más cerca de mi casa siempre saben solucionarme todas y cada una de mis dudas, problemas, preguntas o peticiones.

17/3/09

¿Por qué y desde cuándo? En 65 palabras

Por qué te quiero en 65 palabras
Desde cuando te quiero en 65 palabras

Este post nace a raíz de un post de Laura que leí hace unos días. Desde que vi ese video le he estado dando vueltas al asunto y este es el resultado (65 + 65). Me ha costado resumirlo tanto, pero... podéis contarlas si no os fiáis, jejeje.

5/3/09

72

A veces la miro y no veo en ella más que una niña asustada e indefensa, una niña inocente a la que él le cura un nuevo rasguño de su enésima caída haciendo mil y una travesuras. Hay días en que se despierta entre sollozos a causa de un mal sueño, otras veces hace pucheros en busca de un abrazo, un beso o simplemente para que él le haga carantoñas. Muchas veces ríe sin motivo aparente y otras tantas llora por demasiadas causas injustas.

Ayer fue su cumpleaños pero estaba demasiado enfadada con todos en general y con nadie en concreto como para querer que la felicitásemos y le hiciésemos regalos. Hoy también estaba enfadada, porque nadie se había acordado de su cumpleaños. Ayer, hoy o mañana no importan, dan exactamente igual. Es indiferente que se trate de unos días o de otros, porque siempre los olvida. No sé si vive para olvidar el día anterior o si olvida para vivir un nuevo día...

Podría hablar de ella como si se tratase de un pequeño pez al que día tras día van cambiando de una pecera a otra o, incluso, decir que toda su vida juega al escondite dentro de su cabeza. Hay momentos en los que descubre algún recuerdo y otros en los que no encuentra nada, absolutamente nada.

Esa es su realidad. Reír y llorar sin saber porqué. Decir y desdecirse. Estar perdida dentro de sí misma. Pensar que una extraña le lleva continuamente la contraria. Querernos demasiado, olvidarlo después y darnos el primer beso del día durante cada una de las veinticuatro horas…

Tal vez setenta décadas y dos años más, sean una carga muy pesada para llevar en la maleta de la vida, así que tal vez, y sólo tal vez, simplemente se esté tomando el descanso que precisa para coger fuerzas, volver a ser la misma y, además, recordar que lo es y siempre lo ha sido y lo será.

23/2/09

El reloj

A un afamado relojero invidente le es encargada la elaboración de un reloj que colgará de una de las paredes de la Estación de tren de Nueva Orleans.
Durante el proceso de fabricación de dicho reloj el relojero recibe la noticia de que su hijo es una de las bajas que ha causado la Primera Guerra Mundial. Tras conocer tal fatídico suceso, decide invertir el mecanismo interno del reloj para que el tiempo, en lugar de avanzar, retroceda como poético intento de que su hijo le sea devuelto con vida y no dentro de una caja de pino.

Estando el reloj ya terminado y colocado en la Estación de tren, el día en que termina la Guerra viene al mundo un bebé con un mecanismo biológico interno igual al del reloj. El pequeño nace viejo (con arrugas, cataratas, artritis y demás apariencia y limitaciones físicas propias de la vejez) y, año tras año, irá rejuveneciendo y pasando por las distintas etapas de la vida de una persona.

A grandes rasgos esta sería la sinopsis de El curioso caso de Benjamin Button, la hoy considerada como la gran perdedora en la ceremonia de los Oscars de anoche. [por cierto, ¿habrá alguien a quién no se le inundasen los ojos de lágrimas (por muy levemente que fuese) cuando los padres y la hermana de Heath Ledger subieron a recoger el Oscar por su papel de Joker en Batman. El caballero oscuro?]


La historia de Benjamin Button y la del reloj de la Estación de tren de Nueva Orleans, tanto de manera conjunta (ya que están estrechamente relacionadas) como por separado, pasan a engrosar mi lista personal de esas historias que, una vez que las conoces, te hacen pensar, meditar, darle vueltas a lo que cuentan y plantearte muchas cosas…

Por un lado, y basándome en la parte romántica del asunto, sí… llegado el momento yo también estaría dispuesta a cuidar al niño en el que fueses a convertirte si a ti no te importasen mis arrugas y, por otro lado, está ese reloj invertido que aunque no vaya a devolvernos lo perdido en el pasado, quizás si pinte mucho en determinados momentos de nuestra vida…

Ir a ver la película supuso mi primera salida de casa por placer tras un plazo de tiempo que, aunque corto, a mí se me antojó eterno. Y ahora, a toro pasado (que suele decirse), no puedo evitar pensar en que el reloj que marca el ritmo del libro de vida en el que está escrito mi destino, haya invertido su mecanismo durante un breve tiempo. Quizás para darme una lección, tal vez para hacer que me plantee ciertas cosas de otro modo o muy probablemente no sean más que imaginaciones mías y, en realidad, lo de hoy no es ese supuesto clic que hace que las agujas de mi reloj de vida vuelvan a avanzar hacia delante y con normalidad.

Y quizás, en breve, para mí el tiempo vuelva a retroceder por el pánico que tengo a lo que pueda pasar el miércoles y a lo que venga a raíz de ello, pero mi realidad es que el jueves empiezo como Profesora de gallego y que quiero que tanto el haber recibido hoy la noticia como el hecho en sí sean esos clics que, tal vez sin darme cuenta, yo estaba pidiendo a gritos teniendo la garganta muda.

Y que todo va a ir bien, porque así tiene que ser. Que ninguna de las dos semerece que no sea así y que tanto a ti como a mí ya nos toca que nos vaya bien, muy bien, realmente bien…

16/2/09

Una segunda oportunidad (por segunda vez)

Durante los que podrían ser los últimos instantes, una sucesión de imágenes que han formado parte de tu vida comienzan a agolparse en tu cabeza. Personas, lugares, momentos, situaciones, risas, lágrimas y un sinfín de recuerdos que permanecían guardados en el almacén de tu memoria, pasan a convertirse en las diapositivas de un proyector del que tú no eres más que un mero espectador. Así es como, al menos en las películas, nos cuentan que transcurren esos segundos previos a la llegada de la muerte o, cuando menos, en los que más próximos a ella estamos.

Dicha sucesión de imágenes, en el cine, sirve para que el personaje en cuestión pase a mejor vida con un buen sabor de boca y una sonrisa en los labios (en el primero de los casos) o para hacerle cambiar el chip y que a partir de ese momento se empeñe en que su vida sea diferente (en el caso de que dicho personaje sobreviva).

Hay personas que afirman que en la vida real también ocurre, pero yo (y tal vez como una nueva muestra de mis rarezas) soy de las que les llevan la contraria.

Hace diez años sufrí un accidente de moto. Fue a principios del mes de Julio y durante una tarde lluviosa de domingo adornada con algo de neblina. En una curva con poca visibilidad un coche quiso adelantarme y, al venir otro coche de frente, se me echó encima y me tiró a la cuneta. Después se dio a la fuga.

Una moto destrozada (al igual que la ropa que llevaba en ese momento), golpes, cortes, momentánea pérdida de consciencia y un casco que me salvó la vida. Horas más tarde, estando ya en casa llena de vendas, gasas, pomada, betadine y varios puntos de sutura que sellaban heridas, una llamada de teléfono anunciaba el nacimiento de mi perro.

Durante la última década, cada mes de Julio celebramos el cumpleaños de Gastón (a quién siempre se le regala un hueso enorme o una nueva pelota que poder pinchar en escasos segundos), pero también el día en que yo (por suerte) volví a nacer.

Creo firmemente en que, en esta vida, todo pasa por alguna razón, en que todos nacemos con un libro de vida ya escrito que contiene un destino marcado del que nadie puede escapar. Incluso, en alguna ocasión, he llegado a pensar en que esa segunda oportunidad que se me dio tras el accidente de moto expirará el día en que mi perro muera, aunque luego me lo he quitado de la cabeza por lo peliculero que me resulta hasta a mí misma.

Hace pocos días el destino me ha vuelto a dar una nueva oportunidad de seguir adelante con mi vida y mientras los demás van pasando por las fases de susto (tras la noticia), alegría (por saber que estoy bien), excesivos mimos y cuidados hacia mí y, también, búsqueda de culpables y necesidad de que la justicia actúe como debe actuar, a mí no me ocurre lo mismo. Ni siquiera me pasa algo parecido.

Ni tras el accidente de moto ni ahora he visto esa sucesión de diapositivas y, como siempre he pensado, tampoco esa la luz a lo lejos, al final de un supuesto túnel. El único adjetivo que encuentro para mi situación actual es extraño/a. Extraña me siento y extraños encuentro a quienes me rodean. Y la realidad es que no sé el porqué…

Quizás, durante esos minutos de los que no tengo ningún recuerdo claro (al menos por el momento) haya visto pasar mi vida por delante de mis ojos y algo dentro de mí haya hecho ese clic que, como decía antes, en las películas supone el principio del cambio.

Tal vez todo esto no sean más que paranoias mías o las consecuencias de un shock del que todavía no estoy completamente recuperada, pero la sensación que tengo es que ya no soy la misma. Es como si una parte de mi hubiera muerto y yo tuviera que seguir adelante sin ella pero con todas las demás.

Y mientras el resto del mundo sigue pasando de fase en fase y pensando que cuando descanse se me pasará, yo le doy mil vueltas al asunto y no dejo de pensar cuál es esa parte de mí que echo en falta, esa que creo que ya no está.

te ríes y te lo tomas a broma, pero… ¿y si la que ya no está es esa María que te quería? Tal vez sea esa parte la que he perdido por el camino, o tal vez sea esa a la que le caías bien; la que compartía secretos con ella; la que me convertía en tu amiga, en la tuya, en la de ella y, también, en la de ellos. Quizás haya perdido la mejor parte de mí o tal vez la que ha muerto es la María borde y arisca.

La verdad es que, por un lado, me da miedo no saberlo pero, por el otro, tengo pánico a descubrirlo. Aunque también es posible que, cómo decís algunos, esto se me pase cuando descanse algunos días más o que, simplemente, lo que ha cambiado sea algo mucho menos importante y transcendente. A lo mejor mi película favorita ha dejado de serlo (esta tarde volveré a verla para saberlo, porque anoche vi por segunda vez Brokeback Mountain y no me gustó nada, cuando la primera vez que la vi me encantó…); o ya no me guste el malibú con piña; quizás el azul celeste deje de ser mi color; tal vez me den arcadas la próxima vez que mi madre haga lasaña; o… ¡quién sabe!, a lo mejor deja de gustarme escribir (y entonces dejo de daros por saco con este blog y con todos y cada uno de mis escritos en papel).

Sé que es absurdo pensar en eso y que el tiempo (que siempre es muy sabio) lo dirá, pero es muy frustrante simplemente tener que descansar y esperar, esperar y descansar (algo que precisamente no estoy haciendo ahora y que mi cuerpo empieza a pedir a gritos)...

Tiene gracia (si te gusta el humor negro) que hace quince días pensara en que este post, por ser el número 100, debería ser especial y que haya terminado escribiendo precisamente esto...

Sé que tengo varias cosas pendientes pero, al igual que a mí os toca esperar (a que pueda ponerme a hacerlo) y descansar (de mí unos días, que eso seguro que no le viene mal a nadie).