A un afamado relojero invidente le es encargada la elaboración de un reloj que colgará de una de las paredes de la Estación de tren de Nueva Orleans. Estando el reloj ya terminado y colocado en la Estación de tren, el día en que termina la Guerra viene al mundo un bebé con un mecanismo biológico interno igual al del reloj. El pequeño nace viejo (con arrugas, cataratas, artritis y demás apariencia y limitaciones físicas propias de la vejez) y, año tras año, irá rejuveneciendo y pasando por las distintas etapas de la vida de una persona.
A grandes rasgos esta sería la sinopsis de El curioso caso de Benjamin Button, la hoy considerada como la gran perdedora en la ceremonia de los Oscars de anoche. [por cierto, ¿habrá alguien a quién no se le inundasen los ojos de lágrimas (por muy levemente que fuese) cuando los padres y la hermana de Heath Ledger subieron a recoger el Oscar por su papel de Joker en Batman. El caballero oscuro?]
La historia de Benjamin Button y la del reloj de la Estación de tren de Nueva Orleans, tanto de manera conjunta (ya que están estrechamente relacionadas) como por separado, pasan a engrosar mi lista personal de esas historias que, una vez que las conoces, te hacen pensar, meditar, darle vueltas a lo que cuentan y plantearte muchas cosas…
Por un lado, y basándome en la parte romántica del asunto, sí… llegado el momento yo también estaría dispuesta a cuidar al niño en el que fueses a convertirte si a ti no te importasen mis arrugas y, por otro lado, está ese reloj invertido que aunque no vaya a devolvernos lo perdido en el pasado, quizás si pinte mucho en determinados momentos de nuestra vida…
Ir a ver la película supuso mi primera salida de casa por placer tras un plazo de tiempo que, aunque corto, a mí se me antojó eterno. Y ahora, a toro pasado (que suele decirse), no puedo evitar pensar en que el reloj que marca el ritmo del libro de vida en el que está escrito mi destino, haya invertido su mecanismo durante un breve tiempo. Quizás para darme una lección, tal vez para hacer que me plantee ciertas cosas de otro modo o muy probablemente no sean más que imaginaciones mías y, en realidad, lo de hoy no es ese supuesto clic que hace que las agujas de mi reloj de vida vuelvan a avanzar hacia delante y con normalidad.
Y quizás, en breve, para mí el tiempo vuelva a retroceder por el pánico que tengo a lo que pueda pasar el miércoles y a lo que venga a raíz de ello, pero mi realidad es que el jueves empiezo como Profesora de gallego y que quiero que tanto el haber recibido hoy la noticia como el hecho en sí sean esos clics que, tal vez sin darme cuenta, yo estaba pidiendo a gritos teniendo la garganta muda.
Y que todo va a ir bien, porque así tiene que ser. Que ninguna de las dos semerece que no sea así y que tanto a ti como a mí ya nos toca que nos vaya bien, muy bien, realmente bien…



