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8/10/09

El Duende del Jardín de los Dulces

-¡Despierta dormilona! –dijo de pronto una voz-.

Ariadna abrió los ojos lentamente, se incorporó y se dio cuenta de que estaba sentada sobre hierba y que a su alrededor había un montón de flores. Tras bostezar pensó que, mientras jugaba, se habría quedado dormida sin darse cuenta en el jardín de la señora Amapola, su vecina.

-¿Ya te has despertado? –dijo de nuevo aquella voz-.

La pequeña miró a su alrededor y tras no ver a nadie, preguntó:

-¿Es usted, señora Amapola?

-¡De ningún modo podría ser una señora y mucho menos una amapola! –dijo un pequeño hombrecillo que, dando un salto, se colocó justo delante de la niña- Mi nombre es Elliot y soy el Duende del Jardín de los Dulces. Encantado de conocerte Ariadna…

-¿Un duende?, ¿Ariadna?, ¿Cómo es que sabes mi nombre?

-¿Por quién me tomas pequeña humana? Sé tu nombre, sé que tienes tres años y también sé que te encantan las galletas de chocolate y que no soportas el agrio sabor de esos caramelos de limón que tanto le gustan a tu hermano Erick, que tiene seis años y el pelo más rizado de lo que yo jamás me podría haber imaginado. Como tú, tiene el flequillo como un cepillo y casi más pecas que las muñecas…

-¿Conoces a Erick?

-¡Por supuesto! Yo conozco a todos los niños y a todas las niñas… Pero dime, ¿he acertado?, ¿son las galletas de chocolate tu dulce preferido?

-Sin lugar a dudas… -respondió Ariadna-.

Y tras decir esas cuatro palabras, en el centro del jardín apareció un árbol enorme. Lo primero en aparecer fue un robusto tronco al que siguieron centenares de ramas, a continuación vinieron las hojas y por último, decenas y decenas de galletas de chocolate.

-Vamos coge una, no seas tímida… -le dijo Elliot a la niña-.

Ariadna siguió el consejo del pequeño duende y cogió una galleta de la única rama a la que, poniéndose de puntillas, alcanzaba. Tras darle varios mordiscos pensó que aquella era la galleta más rica que había comido jamás…

-¡Arriba dormilón, arriba dormilona! –volvió a escuchar Ariadna-.

En esta ocasión, la niña identificó inmediatamente la voz de su madre y tras abrir los ojos supo que estaba en su dormitorio y que todo aquello no había sido más que un sueño. Y lo habría sido de no ser por aquellas migajas de galleta de chocolate que había sobre su almohada.

Ariadna corrió a la habitación de su hermano para contarle que había estado en el Jardín de los Dulces, que había conocido a Elliot y que éste le había dado una galleta, pero Erick ni siquiera le dejó terminar de hablar. Le interrumpió diciendo que estaba muy feo contar mentiras y la echó fuera para, acto seguido, cerrar la puerta.
La niña no entendía nada. ¿Cómo era posible que Erick no conociera a Elliot si él si lo conocía a él? ¿Acaso no era capaz de recordarlo una vez que se despertaba?

La noche siguiente la niña volvió a viajar al Jardín de los Dulces y tras preguntarle al duende qué era lo que pasaba con su hermano, Elliot le respondió lo siguiente:

-Aquí únicamente basta con creer, pequeña, y Erick no cree…

Y así, noche tras noche, la niña continuó yendo al jardín, hablando con el duende y comiendo sus galletas favoritas. Pero una noche, el duende no notó la niña tan alegre como de costumbre y tras preguntarle lo que le ocurría, supo de qué se trataba…

-Estoy triste porque Erick no pueda pedirle su dulce favorito al Gran Árbol –dijo la niña-. Me gustaría poder cambiar y pedirle que en lugar de galletas me diese esos caramelos de limón que tanto le gustan a mi hermano para así poder llevarle uno…

-Puedes hacerlo –dijo el duende-, sólo que no sabemos qué pasará después. Es posible que puedas volver a pedirle galletas como siempre, pero también puede suceder que continúe dándote caramelos de agrio limón o, incluso, que no puedas volver a visitar el jardín.

-No me importa –dijo Ariadna-, yo quiero llevarle uno de sus caramelos favoritos a mi hermano.
A la mañana siguiente Ariadna se despertó y descubrió que bajo su almohada estaba un caramelo de limón. Dando un salto se levantó de la cama y fue hasta el dormitorio de su hermano para dárselo. Tras ver el caramelo, el niño dijo:

-¿Entonces es cierto? ¿No sólo es un sueño? ¿El jardín existe?

-¡Sí! –respondió su hermana- y también Elliot, todo es real… ¿No vas a comértelo?

-Es que… no me atrevo, nunca me he atrevido. He ido muchas veces al Jardín de los Dulces y cada vez he cogido un caramelo, pero nunca he sido capaz de quitarle el envoltorio y comérmelo. Siempre me he despertado antes de poder hacerlo…

-¿Y si has estado porqué me llamaste mentirosa cuando te lo conté?

-Porque estaba convencido de que sólo era un sueño y tenía miedo de que si lo ibas contando por ahí te llamasen loca –dijo el niño con los ojos llenos de lágrimas-.

-Sólo te lo quería decir a ti y porque Elliot me dijo que también te conocía… ¿Es que no vas a comerte el caramelo o qué? He renunciado a una galleta de chocolate por traértelo, así que espero que este sí que te lo comas…

El niño se comió el caramelo que su hermana le había traído y muchos más, ya que a partir de esa noche ambos continuaron yendo al Jardín de los Dulces para que el Gran Árbol les diese cada noche uno de sus dulces favoritos.

Y es que… gracias a su hermana pequeña, Erick por fin fue capaz de creer en que la magia está ante los ojos de quién sea capaz de creer y sepa dónde mirar…

29/10/08

El castaño más triste del mundo

Pinceladas de Otoño (1)


Érase una vez que se era, el castaño más triste del mundo. O, cuando menos, así pensaba él de sí mismo. Cuando no medía más de un par de palmos, unas recias manos lo arrancaron sin escrúpulos ni miramientos del bosque en el que había nacido y en el que vivía junto a sus hermanas y hermanos, para depositarlo a orillas de una carretera comarcal.

Él, que había nacido libre, tenía ahora un dueño que, a cambio de su fruto, se encargaba de sus cuidados. Jamás lo trató mal, pero el castaño echaba de menos el trinar de los pájaros durante el día (sustituido ahora por el sonido de motores, cláxones y demás), así como el ulular del viejo búho por las noches (y es que, por más que lo intentaba, no conseguía encontrar nada agradable en el estridente maullido del gato sarnoso y callejero que, día tras día, se afanaba en limar sus afiladas uñas en su tronco).

Y a pesar de que su amo parecía estar contento con las castañas que de él nacían, el triste castaño se sentía tremendamente culpable porque éstas pinchaban una vez tras otra las inocentes manos de los niños que por allí pasaban, así como los curiosos hocicos de visitantes ocasionales.

Por si no fuera poca su tristeza, todo empeoró el día en que una anciana golondrina le trajo noticias del bosque en el que había nacido. Según contaba la parlanchina ave que a ella le habían contado, pocos días atrás, todos sus hermanos y hermanas habían estado regalando a todo el que se les acercara castañas asadas y calentitas.

A pesar de que al principio no creyó las palabras de la golondrina, tras pensarlo detenidamente llegó a la conclusión de que podía ser cierto y que él… simplemente era un inútil porque no sabía cómo hacerlo.

Tras aquella visita, la tristeza el castaño aumentó notablemente y cuando antes tan sólo aprovechaba para llorar cuando podía camuflar sus lágrimas con las gotas de lluvia de los días grises, ahora lloraba día y noche, estuviese nublado o hiciese sol.

Lo que nunca supo el castaño más triste del mundo es que aquellas castañas asadas y calentitas provenían de sus hermanos y hermanas, a causa del devastador incendio que arrasó el bosque en el que él había nacido. Incendio del que, esas recias manos que un día lo eligieron para trasplantarlo, lo habían salvado.

Y colorín colorado,
el cuento del castaño más triste del mundo,
aquí se ha terminado.


Hacía mucho tiempo que no publicaba (lo que no implica que no continúe escribiéndolos) un Cuento Infantil, pero hoy… he querido permitirme el lujo de hacerlo, simplemente porque acabo de volver del cole, de aprender muchísimas cosas de dieciocho personajillos de cinco años.


En este mundo, tenemos que estudiar de todo y aprender de todo (lo que queramos ser o hacer o lo que tengamos que ser o hacer porque no nos queda otro remedio). Hasta las profes tenemos que ir al “cole de profes” pero, sin embargo, a ser niño no se aprende, nadie te enseña. La infancia no es una asignatura que se imparta en colegios, institutos o facultades. ¿Os lo habíais planteado alguna vez?


17/9/08

¿Dónde están los gatitos) (cc. 113) Segunda parte

Cuando llegué al salón, Elsa continuaba chillando. En pijama, despeinada y con el pelo revuelto. Blanquita (que no chillaba porque no es una niña histérica sino una gata y los gatos maúllan) parecía nerviosa, daba vueltas y más vueltas dentro del cesto de mimbre. Al poco rato apareció la abuela Juana también en camisón y con el pelo más enmarañado que el de Elsa. Con las prisas, se había puesto la bata de casa del revés y aunque en el pie derecho se había calzado la zapatilla del izquierdo, en el izquierdo traía una sandalia…

-¡Los han secuestrado! ¡Los han secuestrado! ¡Han secuestrado a los gatitos! –empezó a repetir Elsa una y otra vez-.

La abuela (como buena persona mayor que es) trató de tranquilizarnos y nos organizó para que buscásemos a los gatitos por la casa, el patio y el garaje. Decía que como eran “recién llegados” estarían husmeando por la casa como habíamos hecho Elsa y yo el primer verano que pasamos en la casa de la abuela.

A mí me tocó ir a buscarlos en el garaje. Busqué por todos los rincones y los llamé a los tres por sus nombres, pero parecía que allí no estaban. Cuando ya iba a volver a la casa, se me ocurrió mirar también dentro del coche viejo y estropeado que allí estada (papá siempre dice que hay que llevar un gato en el coche y a lo mejor los hijitos de Blanquita se habían prestado voluntarios para estar dentro del coche viejo. Pobrecillos… ellos no saben que ese coche era del abuelo Nicolás y que después de que se fuera al cielo con mi mamá y el papá de Elsa, nadie más lo conducía…).

Cuando volví a la casa, Elsa estaba sentada en el sillón grande y tenía el teléfono encima de sus rodillas. Cuando le pregunté que qué hacía y que porqué no estaba buscando a los gatitos, me dijo que estaba esperando la llamada de los secuestradores (¿no os había dicho ya que es un poco tonta? Los señores desconocidos con los que no hay que hablar son los que secuestran a los niños y piden rescates, pero los gatos desconocidos –como cualquier otro tipo de gato- no saben llamar por teléfono ni pedir rescates…)

En ese momento apareció la abuela, que había estado escuchando nuestra conversación, y volvió a poner calma. Nos llevó a la cocina y nos preparó una taza de cacao a cada uno. Nos dijo que no creía que se tratase de un secuestro, estaba segura de que los tres pequeñuelos estarían escondidos en cualquier recoveco de la casa y que tarde o temprano saldrían para reunirse de nuevo con su mamá o para pedirnos leche a nosotros…

A lo largo del día, la abuela continuó con sus quehaceres diarios pero Elsa y yo decidimos convertirnos en detectives y buscar pistas…

Poco faltaba para la hora de comer y yo ya estaba muy cansado de buscar mucho y no encontrar nada de nada, cuando Elsa me llamó gritando.

-¡Daniel! ¡Ven! ¡Lo he encontrado! ¡Ya sé quién ha sido! ¡Corre!

Cuando llegué a dónde ella estaba, su dedo apuntaba hacia el suelo y en el suelo había una caca de vaca pisada (sí, ya sé que no es correcto hablar de caca y pis, pero por lo menos no he dicho “mierda”, que es lo que realmente era aquello…). Miré a Elsa y volví a mirar al suelo. No me lo podía creer… ¿realmente creía Elsa que el secuestrador de los gatitos era una vaca? Empecé a reírme de ella y de su hallazgo y Elsa (como hace siempre que me rio de una de sus bobadas) se fue llorando a contárselo a la abuela.

Entonces empecé a pensar en sí debería contarles eso que yo sabía y ellas no. Y es que… desde el primer momento, yo pensaba que Blanquita se había comido a sus hijitos. No es que piense que la gata de la abuela sea un monstruo, pero… el año pasado, mi amigo Cosme (el que se comía los mocos en pre-escolar y chupaba el pegamento en primero de primaria) me invitó a su casa para enseñarme las crías que habían tenido la pareja de hámsters que sus tíos le habían regalado por su cumpleaños. Cuando llegamos al trastero dónde estaban (porque a su mamá le daban mucho asco y no se los dejaba tener dentro de casa), casi nos morimos del susto al ver que de las crías sólo quedaban pedacitos. El padre de Cosme nos explicó que, a veces, el padre se los come. No porque sea malo o porque esté loco, son cosas que hacen algunos hámsters…

Entonces, si el hámster de Cosme se había comido a sus hijitos, era posible que Blanquita también lo hubiera hecho.

Al ratito volvieron Elsa y la abuela quién, al ver la pista que Elsa había creído encontrar, se puso de color blanco y se le mojaron los ojos.

-Abuela… ¿tú también piensas que una vaca ha secuestrado a los gatitos de Blanquita? –le pregunté-.

-¿Qué dices? ¡No seas idiota! –me dijo Elsa-. Yo no pienso que una vaca los haya secuestrado, ¡yo pienso que ha sido don Bernardo!

No me miré en un espejo, pero creo que al escuchar ese nombre, yo también me puse blanco como la abuela.

Don Bernardo es el señor que fabrica leche para todo el pueblo (bueno, la fabrican sus vacas, pero él es el que la vende porque las vacas no tienen bolsillos ni carteras para llevar los euros). Es un señor muy serio, que grita mucho y que siempre está enfadado. A don Bernardo no le gustan los niños y ningún animal que no sean sus apestosas vacas.

Un verano (cuando Elsa y yo no éramos más que unos niños, no como ahora que ya tenemos siete años y somos casi adultos), nos cruzamos con él en el camino que lleva al río. Llevaba un saco marrón en una de sus manos y, dentro del saco, algo que no dejaba de moverse y gruñir. Nosotros pensábamos que sería algún monstruo salvaje o algo parecido, pero la abuela nos explicó lo que era en realidad: don Bernardo cogía a los gatos callejeros, los metía en sacos y los tiraba al río. Nos pareció algo horrible pero, al mismo tiempo, nos quedamos tranquilos porque Blanquita no era una gata callejera (tenía casa, nombre y un collar con una plaquita en la que lo ponía).
Ahora, sin embargo, nos dábamos cuenta de lo horrible que era aquello. Elsa y yo nos abrazamos a la abuela y nos pusimos a llorar pensando en que Blanquito, Negrito y Manchitas, estarían ahogados en el fondo del río en ese momento.

Entonces, llegó Carlitos (que es el nieto más pequeño de don Bernardo y que también se come los mocos como hacía Cosme). Traía una caja que dejó en el suelo para preguntarnos lo que había pasado. Cuando se lo estaba empezando a contar, la caja que había dejado en el suelo empezó a moverse y, de pronto, Negrito salió de dentro de ella. Elsa corrió a abrazarlo y, también, a sacar a Blanquito y a Manchitas, que también estaban dentro. Yo, por mi parte, me acerqué para darle un buen puñetazo a Carlitos. Y se lo iba a dar, si no fuera porque la abuela me cogió del brazo y me dijo que debíamos dejar que se explicara.

Carlitos nos contó que sabía lo que su abuelo hacía con los gatos callejeros. Era algo que siempre le había dado mucha pena y que, aunque lo había intentado, jamás había podido evitar. El día anterior, la abuela lo había invitado a merendar y, al ver a los gatitos, pensó en lo que su abuelo les haría si se los encontraba. Así que Carlitos se fue a casa a prepararlo todo para que los hijitos de Blanquita dejasen de ser callejeros.

Hizo tres collares (uno verde, otro rojo y otro azul) y en cada uno de ellos escribió los nombres de los gatitos. Cuando ya los había terminado y se los iba a llevar a la abuela Juana para que se los pusiera, pensó en qué pasaría si no era suficiente con poner sólo los nombres. Así que además de eso, escribió que eran hijos de Blanquita y que pertenecían a la señora Juana, que vivía en el número ocho de la Calle de los Crisantemos. Tardó más de lo que esperaba en hacerlo, terminando cuando ya era de noche, así que entró en la casa por la ventana del cuarto de baño (esa que la abuela siempre se olvida de cerrar), cogió a los gatitos y se los llevó a su casa para ponerles los collares. Iba a devolverlos a su lugar cuando se encontró con nosotros llorando y abrazados a la abuelita...

Como Carlitos decía la verdad, porque los gatitos llevaban los collares (que eran un poco cutres y estaban llenos de faltas de ortografía), en lugar de darle un puñetazo, le abracé. La abuela le dijo que esa tarde también estaba invitado a merendar y Elsa (que no deja de ser muy tonta, porque ya bastaba con mi abrazo y la merienda de la abuela) le dio un beso.

Y todo terminó sin que Blanquita se hubiera comido a sus cachorros; sin que los hubiese secuestrado una vaca o sin que el señor Bernardo los hubiese tirado al rio, pero sí con una buena merendola en casa de la abuela.

15/9/08

¿Dónde están los gatitos? (cc. 113) Primera parte

Todo comenzó cuando Blanquita se comió a sus cachorros (y cuando digo todo, me refiero a esta historia, no al origen del mundo que, como bien nos explicó el curso pasado la señorita Pérez, empieza con Adán y Eva, quién se come una manzana que le sienta mal, muy mal, y entonces en lugar de un bebé tiene un homo sapiens. En esa misma época, unos gemelos criados por una loba porque su mamá los abandona -por lo mucho que se pelean- fundan Roma y, después de fundarla, se siguen peleando hasta que uno muere, que es también cuando desaparecen los dinosaurios y luego ya... durante seis días -porque el séptimo había que descansar- fuimos llegando las personas e inventamos la rueda y el fuego y, un poco más tarde, el resto del mundo).

Bueno, como decía, esta historia empieza cuando Blanquita se come a sus cachorros o, mejor dicho, cuando yo creo que se los ha comido y entonces Elsa y yo nos convertimos en detectives. Pero como no sabéis quién es Blanquita y no nos conocéis ni a Elsa ni a mí porque no veraneáis en el pueblo de la abuela Juana, nos voy a presentar.

Yo me llamo Daniel y tengo siete años. Vivo en Madrid con papá y Laura, pero todos los veranos los paso con la abuela Juana, en su pueblo. Elsa también tiene siete años, pero ella vive en Oviedo, aunque no todo el tiempo. Los tres meses de verano también los pasa con la abuela Juana. Ella vive con su mamá y con Pedro, que es mi tío. Y Laura, también es tía de Elsa. Esta parte, siempre es la más difícil de explicar, porque al principio nadie la entiende. En el cole, cada año nos mandan hacer una redacción sobre nuestras familias y tanto Elsa como yo tenemos que explicarles bien las nuestras, porque no son como las de los demás...

Elsa y yo somos hermanos, pero no del todo. Cuando yo nací, mi mamá se murió. La abuela siempre me cuenta que mamá le hizo prometer a papá que si había complicaciones (ella ya sabía que las iba a haber...) durante el parto, él les diría a los médicos que me salvasen a mí y aunque fue una decisión muy dura, así lo hizo. El papá de Elsa también se murió, pero ella (aunque no se acuerde) sí pudo conocerlo. Ocurrió cuando ella tenía dos años. Un conductor borracho chocó contra el coche de su papá y los médicos no pudieron salvarlo. Un día Elsa le preguntó a la abuela que si su mamá les habría pedido a los médicos que salvasen al coche y no a su papá. ¡Mira que es tonta! No sabe que a los coches sólo pueden salvarlos los mecánicos y los señores que conducen las grúas.

Unos años más tarde de que yo naciera, papá conoció a Laura y, también, unos años después del accidente de coche del papá de Elsa, su mamá conoció a Pedro. Laura y Pedro sí que son hermanos del todo y, además, su mamá es nuestra abuela Juana, por eso podemos ir de vacaciones a su pueblo y pasar los veranos juntos. Y como nosotros no somos hermanos del todo (de sangre, que dice la abuela), el verano que viene nos haremos novios y al siguiente nos casaremos. Pero de esto no digáis nada porque todavía no se lo he contado a Elsa.

Ahora que ya nos conocéis a nosotros, sólo me queda presentaros a Blanquita, que es la gata de la abuela Juana. Se llama así porque es de color blanco. Tiene los ojos azules y unas uñas muy largas, aunque no tanto como su pelo. Blanquita es muy buena y cada año corre a saludarnos cuando llegamos al pueblo. La abuela dice que es una entrometida, pero lo que pasa es que le tiene envidia porque corre más que ella y siempre es la primera en poder darnos un beso.

Pues bien, este verano, tanto Elsa como yo nos asustamos mucho porque Blanquita no fue la primera en salir a saludarnos. La primera en darme la bienvenida a mí fue la abuela Juana, que me contó que la gata estaba a punto de parir y por eso no había podido salir. Yo pensé que eso de parir era algo malo, porque mi prima Lucía (que ya tiene catorce años como los pavos, aunque yo no sé qué pavos serán porque en su casa sólo hay peces de colores, pero todos dicen que está en esa edad de los pavos) siempre se enfada con su amiga Lorena porque dice que la pone a parir a sus espaldas. Luego me di cuenta de que las gatas no paren igual que las niñas de catorce años, porque Blanquita tuvo tres gatitos y no fue por la espalda. Además, si la amiga de Lucía hubiese tenido Lorenitas y Lorenitos, mi prima me lo habría contado o yo los habría visto... Luego, cuando llegó Elsa, fui yo el que corrió a darle la noticia y a explicarle muy bien todas las cosas.

Los primeros días en el pueblo los dedicamos a contarnos anécdotas y, como siempre, las mejores y más divertidas fueron las de la abuela, porque hay cosas que en las ciudades no pasan jamás. Apenas salimos de casa hasta que Blanquita tuvo a sus hijitos. Hacíamos turnos para acariciarla y darle leche, hasta que cuatro días después de que hubiésemos llegado, nacieron.

Nada más verlos (tras haber superado el shock de saber cómo nacían los gatitos y el asco que nos dio verlo), la abuela nos dejó que les pusiésemos nombre. Blanquito, Negrito y Manchitas, fueron los nombres que decidimos ponerles (ya os imaginaréis los porqués...).

Una semana después de que hubiesen nacido, Elsa se levantó de madrugada y fue a la cocina para tomarse un vaso de leche. De vuelta a su habitación, decidió hacerles una visita a Blanquita y sus gatitos. Una vez que estuvo frente al cesto de mimbre acolchado en el que descansaban los cuatro, Elsa gritó de tal manera que Blanquita se despertó dando un salto, y la abuela y yo también...



CONTINUARÁ...




Para leer más historias con el mismo principio, visita: El CuentaCuentos.

25/4/08

El libro mágico de Jùlia (Reto del Día del Libro)

Érase una vez que se era, una pequeña niña que todavía no había cumplido su primer año de vida. Jùlia, que así se llamaba, se pasaba el día sonriendo y contagiando su risa a quienes la rodeaban. También era muy lista, ¡vaya que sí lo era!, se había aprendido todas y cada una de las palabras que habían salido de las bocas de sus padres, sus hermanos, sus abuelos, sus titos y sus primos. Lo malo, es que no sabía cómo hacerlas salir.

La niña, miraba con suma atención la boca de quién le hablaba y trataba de almacenar en su cabecita la serie de movimientos que ésta realizaba. No siempre lo conseguía, pero aún cuando sí lo lograba, llegaba la hora de reproducirlo y de su boca no salían más que balbuceos y gorgojeos.

Se sentía frustrada cada vez que quería pedirle a Sergi, su hermano de cinco años, que le dejase hacer un puzle con él y no lo conseguía. “Sergi, ¿me dejas hacer el puzle contigo? No romperé ninguna pieza ni lo desarmaré cuando esté casi acabado”, así es como su madre le había dicho a Joan, su hermano de tres años, que se lo tenía que pedir a Sergi. Sin embargo, cuando ella se lo pedía, lo único que éste escuchaba era un “atatatatata tataaaata” y, como era lógico, no le hacía ni caso.

Sabía lo que había que decir cuando sus hermanos se peleaban e incluso, aquella vez, podría haber avisado a mamá de que Joan se había caído del tobogán, pero no conseguía poder hacerlo.
Una mañana, estando mamá y ella solas en casa (porque papá estaba trabajando y los niños en el colegio), Jùlia descubrió algo nuevo:

Normalmente, siempre era Sergi el que descubría cosas geniales (como aquel perrito tan pequeño que apareció en el jardín y al que papá le llamó “topo” o aquellos lápices que pintaban tanto y tan bien que ni la lavadora los podía borrar), pero esta vez había sido ella.

Mientras mamá hacía esos macarrones con tomate que tanto les gustaban a sus hermanos, había dejado a Jùlia en su pequeño mundo que era sólo para ella y de nadie más: una pequeña manta de cuadritos de colores sobre el suelo del salón con muchos de sus juguetes encima.

Sobre la manta estaban “Pipo”, el conejo verde; “Dada”, la tortuga morada; la pelota que siempre se escapaba y no quería jugar con ella; “María”, su muñeca favorita porque era muy blandita y olía a vainilla (regalo de aquella a quienes Sergi y Joan llamaban “tita María” y a quién Jùlia sólo había visto durante una semana y hacía ya mucho tiempo); incluso había un coche de Joan sobre la manta esa mañana, juguete que le habría quitado de haberse enterado…

Tras la cuarta vez en que la pelota decidiera escaparse de la manta, Jùlia desechó la idea de salir a buscarla (porque el suelo estaba muy frio) y tampoco lloraría para que mamá viniera, porque siempre se asustaba mucho. Así que, moviendo su pequeña cabecita de izquierda a derecha a lo largo y ancho de sus dominios, descubrió algo que jamás había visto antes (ni siquiera fuera de su mantita).

Gateó hasta “aquello” para descubrir de qué se trataba. Cuando ya estuvo muy cerca, sin necesidad de tocarlo supo lo que era: ¡una de esas cosas que, cuando Sergi y Joan estaban metidos en sus camas, mamá y papá miraban mientras no dejaban de mover la boca! Sí, no había duda de que era eso, pero… ¿y cómo se llamaba? Jùlia lo sabía, tenía que saberlo, porque cada noche escuchaba su nombre de boca de sus hermanos, pero ahora no era capaz de recordarlo. ¿Lilo? ¿Mimo? No, eso no era… ¡Libro! Eso sí…

Y se alegró enormemente porque, aunque no sabía muy bien porqué, a ella nunca le dejaban tocarlos. Tal vez fuese porque una vez se le rompiera un pedacito de esas cosas tan finitas y delgaditas que había dentro de esas otras que eran un poco más gruesas. “Si fuesen todas así” –pensaba Jùlia- “no se romperían tan fácilmente”.

Siguió gateando hasta conseguir sentarse justo al lado del libro (tarea más que complicada teniendo en cuenta el peso del pañal que también tenía que transportar) y lo cogió entre sus manos. “¡Qué feo es!" –pensó nada más abrirlo-. No tenía dibujitos de animales ni de niños como otros que había visto. En realidad, por no tener, no tenía nada de nada…

Cuando ya estaba a punto de desechar la idea de jugar con el libro, como anteriormente había hecho con otros juguetes, algo le hizo cambiar de idea:

Al colocar la palma de su mano izquierda sobre una de esas cosas tan finitas y que se rompían tan fácilmente, se vio a sí misma (como si de un espejo se tratase) reflejada en el libro. Estaba jugando con el puzle favorito de Sergi y ya casi estaba a punto de terminarlo del todo, ¡con lo difícil que era!

Entonces, pensó en llorar para que mamá viniera y así poder enseñárselo, pero le entró miedo. Si su hermano mayor se enteraba, se enfadaría mucho con ella, así que rápidamente pasó varias páginas (aunque no sabía que se llamaban así). Al hacerlo, volvió a verse, pero esta vez tirándose por el tobogán mientras Joan aplaudía su hazaña. “¡Qué raro! –pensó- “Siempre es al revés”. Y la pequeña Jùlia continuó pasando páginas y más páginas, descubriendo que dentro de aquel libro ella era la protagonista, la princesa, la más valiente, la más lista… y que podía hacer todo cuanto quisiera…

Desde la cocina llegaba ya el olor de los macarrones con tomate que mamá estaba cocinando y el estómago de Jùlia comenzó a hacer ruiditos…

Casi todos los días, su tripita hacía ruidos de esos y la niña pensaba que le pasaba lo mismo que ella: que hablaba sin que nadie supiese lo que decía.

Entonces sintió hambre y recordó la tarta de chocolate que todos menos ella, porque era muy pequeña, habían comido un día en el que a Sergi le cantaban una canción muy rara y le daban muchos regalos. Y pensó que tal vez, dentro de su libro, ella también podría comer tarta de chocolate…

Unos dos minutos después, Jùlia escuchó el ruido del coche de papá y, justo después, a Sergi y a Joan gritando en el jardín. Cuando los tres entraron en la casa, se la encontraron así:


Porque la magia está en los niños pero, también, en las páginas de muchos libros…

*A mi sobrina Jùlia, que el próximo martes cumplirá su primer añito (y es que… el 29/04/07 en España no sólo nació una princesita, que conste en acta…).

30/3/08

Miedos (cc. 98)

"Supo que había sentido miedo cuando miró hacia atrás sin que ninguna causa lo justificara." Se quedó anclada en la baldosa de cuadritos de la calle Silencio N: 7. Le temblaba el cuerpo y el corazón le iba tan deprisa que temía que en cualquier momento explotara.

Abrió los ojos al máximo y observó cada rincón cuando sus pies le permitieron moverse. “No pasa nada Noa" se dijo una y otra vez "date la vuelta, tres pasos más y llegarás a casa" pensaba.
Cuando quiso retroceder y continuar su camino salieron de la nada miles de mariposas azules dibujando en el aire un hada con nombre propio que tomó vida en el cuerpo de una niña con una sonrisa en el rostro.

Ambas chiquillas se miraron a la vez que se iban acercando la una a la otra muy despacio.

Noa no podía creer lo que veía. Por un lado sentía miedo y por otro ansiaba saber si existía magia detrás de aquello.

Cuando apenas quedaban unos centímetros entre ellas un telón transparente bajó del cielo separándolas.

- ¿Cómo has hecho eso? - preguntó Noa aún más sorprendida.

- Yo no hice nada, pensé que habías sido tú.

- ¿Y todas esas mariposas?

- No sé de qué hablas.

- He visto como aparecías de la nada, con un montón de mariposas. Al principio parecías un hada y luego... luego tú.

Esto es muy raro.- pensó Noa. - ¿Cómo te llamas?

- Soy Lena.

- Yo soy Noa.

Se quedaron en silencio observando el telón mágico que había aparecido de la nada. Pasaban sus manos por él como queriendo encontrar alguna puerta que las dejara estar juntas o las llevara a un lugar.

- ¿Por qué estaremos aquí? –dijo Lena al tiempo que se rascaba la nuca y en su cara se dibujaba una mueca-.

- Es como un sueño. ¿Crees en la magia?

- Yo sólo creo en la bronca que me echará mi madre si no vuelvo pronto a casa.

- Será mejor que te vayas entonces.

- ¡Que lista! ¿No ves que no podemos salir de aquí? Hay otro telón por detrás de cada una. No hay salida.

- Esto ya no tiene mucha gracia.

- Parece que no.

- Si estamos aquí es por algo. Has aparecido por arte de magia como el telón...

-¡Ey! yo ya estaba aquí, eres tú la que has aparecido de la nada.

- ¿A dónde ibas?

- A casa. Vivo al otro lado de la calle.

- Yo también, pero en la otra dirección - dijo señalando hacia el sur.

- ¿Por qué te diste la vuelta?

- No lo sé. De repente miré hacia atrás, a veces lo hago, entonces es cuando sucedió todo esto.

Noa no sabía qué hacer. Se quedo mirando el cielo esperando que algo nuevo saliera de allí mismo.

- Cada vez está más azul.

-Sí, - dijo Noa sin saber a qué contestaba. Miró a Lena y comprobó que ella también miraba el cielo.

- ¿Tienes miedo?

- Un poco.

Tras la respuesta de Noa, Lena vio como el telón que la niña tenía a su espalda avanzaba hacia ellas unos cuantos centímetros. “¡Tengo mucho miedo!” –gritó Lena al tiempo que se giraba y veía como el que estaba a su espalda también avanzaba y lo hacía más que el otro.

- ¿Has visto eso?

- Sí. Cuando tú dijiste que tenías un poco de “eso”, el tuyo también se te acercó, pero sólo un poquito…

- Entonces… ¿por “eso” estamos aquí?

- Creo que sí, porque antes de verte a ti yo lo sentí un poco. A veces, voy caminando y miro hacia atrás. Lo hago sin motivo, pero justo después me entra mie…

- ¡Calla! No lo digas… -interrumpió Noa- A mí también me pasa, -continuó hablando-, sólo que nunca me había encontrado con nadie de esta manera…

- Yo tampoco. Será porque nos pasó a la vez…

- Sí, supongo que sí…

Ambas continuaban mirando a su alrededor en todas direcciones; al telón que las separaba a la una de la otra y también a los que las aislaban del resto del mundo; al suelo y al cielo, que parecía volverse más azul por momentos. De pronto, tuvieron una sensación muy extraña, miraron hacia el frente y se percataron de que la mano derecha de cada una se encontraba justo delante de la de la otra. Habrían jurado que se estaban tocando, de no ser por aquel extraño telón que las separaba.

- ¿Tú también lo notas, verdad?

- Sí, te noto a ti.

- Y… ¿me lo he imaginado o mi telón también se aleja?

- No, no te lo has imaginado. ¿Sabes? Creo que juntas somos más valientes, ¿no te parece?

- Noa… ¿tú confías en mí?

- Ehhh… casi no te conozco, pero creo que sí…

- ¡Genial! –dijo Lena al tiempo que sonreía- Porque ahora ya podemos ser amigas y todo será más fácil…

Noa asintió y ambas continuaron hablando al tiempo que la una veía alejarse el telón que la otra tenía a su espalda y viceversa.

- ¡Mira Lena, esa es mi casa! –dijo Noa separando la mano que, con el mágico telón de por medio, la unía a su nueva amiga- El telón ha retrocedido tanto que ya puedo verla, ¿tú puedes ver la tuya?

Al no recibir respuesta alguna, la niña se giró de nuevo y fue entonces cuando se percató de que había separado su mano de la de Lena, quién todavía continuaba con la suya en la misma posición. Se dio cuenta entonces de que, al hacerlo, la había dejado sola y, como consecuencia, su telón, en lugar de haberse alejado, estaba ahora más cerca de ella que nunca.

Entonces, Noa comenzó a hablarle a Lena. Le dijo que tenía que estar tranquila, porque ahora las dos sabían que estando juntas nada podría pasarles; que continuase confiando en ella, porque de hacerlo, ambas podrían salir de allí; que no llorase, porque sino los nubarrones que tenía en sus ojos aparecerían también sobre el cielo y entonces se mojarían, llegarían constipadas a casa y sus madres les echarían una buena reprimenda…

- Gírate ahora y dime si ya puedes ver tu casa. No temas, no voy a apartar mi mano de la tuya.

- Sí, ya puedo verla –dijo Lena-. Pero… si nos soltamos…

- Vamos a probar una cosa, ¿vale? Vamos a caminar muy despacito hacia atrás sin dejar de mirarnos. No bajes tu mano, si ves que mi telón se me acerca, corre hacia mí y yo haré lo mismo.

Y ambas comenzaron a separarse, poco a poco, la una de la otra, pero sin dejar de mirarse y hablarse. Para su sorpresa, a cada paso que se alejaban, los telones retrocedían más y más.

- ¡Espera! –dijo de pronto Lena- ahora vamos a dar tres pasos con los ojos cerrados, a ver qué pasa…-.

Y así lo hicieron. Después de eso, giraron poco a poco hasta darse la espalda. Continuaron caminando hacia sus respectivas casas. Apenas unos cuantos pasos después:

- ¡Mira! ¡Gírate! –le gritó Noa a su amiga, que ya se encontraba a varios metros de ella-.

-¡Ya no está! ¡Ya no está! ¡Ya no está!

De manera instintiva, corrieron a abrazarse. El telón que las había mantenido separadas ya no estaba y tampoco los otros dos. Todo había terminado. Juntas lo habían logrado.



- Tengo que volver a casa –dijo Noa-, ¿te parece que mañana juguemos juntas?

- Claro –respondió Lena-, que para eso también somos amigas…



*Historia escrita a cuatro manos: dos de ellas de una servidora y las otras dos... aparecen cuando Se Abre El Telón
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