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22/12/10

Ya casi...

Ya casi llevo el mismo tiempo fuera de la barriga de mi mamá que dentro. El día 24 (Nochebuena) cumpliré nueve meses y ya tengo seis dientes (el séptimo está a puntito de asomar): cuatro arriba y dos abajo.

Soy un niño muy bueno que, realmente, sólo lloro cuando algo me duele; si me hago daño; creo que me han dejado solito o no me dejan tirar esas bolitas tan brillantes que cuelgan de un árbol que, hace unos días, han metido dentro de mi casa.

Me gustan todas las cosas que el pediatra le dice a mis papis que tengo que comer y también muchas de las cosas que comen los mayores. Solo hay una hay un par de cosas a las que les pongo mala cara: el zumo de frutas para peques y ese potito de farmacia de un día que fuimos de paseo a mamá se le ocurrió comprarme. Hace dos o tres días mi tita me dio un pedacito de una cosa que se llama polvorón y, desde entonces, nada más ver el envoltorio ya los reconozco y pido mi parte.
Mientras como y meriendo o, también, cuando mamá tiene que hacer algunas cosas, me quedo embobado viendo la tele. Mis dibus favoritos son Pocoyo, La Casa de Mickey Mouse, Manny Manitas, Jungla sobre ruedas y Bob esponja (aunque este último me gusta desde que, en casa, descubrimos que mami es capaz de imitar muy bien la voz de Patricio Estrella, que me hace reír muchísimo).

Me encantan los coches. Tanto los de juguete como los de verdad. De juguete tengo varios ya (incluidos esos rojos de la misma marca que el de un señor que corre mucho y se llama Fernando Alonso, que mi abuelo está coleccionándome para cuando sea un poquito más grande), pero mi favorito es uno que me regaló también mi abuelo cuando cumplí los ocho meses: tiene luces, camina en todas direcciones, gira y tiene música. De los de verdad me gustan todos. En el de mi papá hasta tengo una sillita que es solo para mí y que, además, es en la única en la que soy capaz de estarme quieto y sentadito el tiempo que haga falta. También me gusta verlos pasar cuando voy de paseo o, incluso, desde la ventana de casa.

También me gusta mucho la música. A mi manera, bailo suene lo que suene. Como, según dicen, nací el año en el que “La Roja” ganó una cosa Mundial porque un señor que se llama “Iniesta de mi vida” es español, la canción que más y mejor reconozco es el “Waka-Waka” de una tal Shakira que ahora dice que está Loca con su tigre (aunque eso no lo entiendo muy bien porque yo juego todos los días con mi Tigger de peluche y no es para volverse loco…). Pero también me gustan mucho las “Canciones Infantiles” que mi mamá me enseña, las de un tal señor Sanz (que son sus favoritas) y se me da muy bien bailar con la tita la “Danza Kuduro” que a mami tanto le horripila. Y no hablemos del anuncio de “magdalenas La Bella Easo, como las de antes, sin colorantes ni conservantes”…

Estoy empezando a andar, aunque todavía no lo hago solito ya me ayudan agarrándome solo de una de mis manitos.

Y no sé que más contar sobre mi… que tengo muchas ganas de ver a esa señora que dicen que se llama Navidad y que, aunque yo no la he visto, dicen que ha llegado hace días y también, de que venga el señor que viste de rojo y lleva una barba blanca porque me va a traer muchos regalos y creo que tres camellos también, aunque eso es después y no lo he entendido del todo…

Así que nada más: ¡Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo 2.011! (y de parte de mi mamá también)

2/12/09

¿Vamos de compras?

¿Cuántas veces habremos hecho esa pregunta y cuántas la habremos oído? Para algunos la respuesta será siempre un claro , otros correrán a esconderse para que nadie los encuentre y así librarse de sus tan odiadas compras y otros… otros fingimos sonrisa y acatamos con un “venga, vale, sí…”. Y es que hay veces que no te queda más remedio que ir de compras.

A mí, ahora, me toca comprobar en primera persona cuáles son los pros y los contras, lo mejor, lo peor, lo menos bueno y lo menos malo, etc. de un embarazo. Así que dejando a un lado esas pequeñas grandes maravillas que me guardo para mí y prefiero no compartir y, por otro lado, obviando ciertas cosas poco agradables, incómodas y menos buenas, hoy voy a hacer referencia a ese lado tan superficial de todo embarazo que no es otro que las compras.

Es evidente que esa nueva vida que viene en camino va a necesitar un sinfín de cosas con las que has de ir haciéndote poco a poco, pero no lo es menos el hecho de que tu cuerpo cambia y pide a gritos otro tipo de cosas, de tallas, etc. Y son precisamente esas cosas las que, al menos a mí, menos me apetece tener que comprar. ¿Y por qué? Es sencillo: la ropa pre-mamá es horrorosa por definición.

Tú, incauta, vas a esas tiendas (a las que no pienso hacer publicidad) especializadas y no encuentras más que cosas horrendas, extrañas y que convierten a la que se las pone en un anuncio ambulante (tanto de dicha tienda, ya que la marca está por todas partes, como de su estado, porque en todas y cada una de ellas pone mamá o algo similar. Y de los precios ni hablemos).

Y ahí pasa como en la guerra, si te rindes a la primera de cambio pierdes la batalla y te conviertes en mujer-madre-anuncio, pero si por el contrario decides seguir buscando porque tienes fe en que no todo sea así, al final darás (no sin esfuerzo) con ese otro tipo de tiendas en las que tienen ropa “normal”, ropa del tipo de la que acostumbras a utilizar y en la que, además, hay lugar para tu tripa.

Por otro lado (y por suerte) están las otras compras, las que son para el bebé y esas (por experiencia tanto propia y de los que me rodean) le encantan a casi todo el mundo. Nos convierten en seres realmente consumistas.

Y hablando de esas compras, el otro día vi un pijamita en unos grandes almacenes que se convirtió en mi primer y verdadero antojo. Fue amor a primera vista. Y es que… su dibujo se me asemeja total y absolutamente a un charquito de estrellas (y esto, quién realmente me conoce, sabe lo que significa).

pijamita

Por otro lado, al papi (a quién se le cae la baba más que a mí) le pasó algo similar con algo que… bueno… no sé muy bien cómo decirlo, digamos que con algo que atenta un poco contra esos principios de “nosotros, como padres, dejaremos que elija” y contra esa frase que una servidora le dijo a su querido padre: “pues que ni se te ocurra comprarle el chándal del Madrid porque no se lo pienso poner. Y yo tampoco le voy a comprar el del Barça. Esperaremos a que crezca y que elija qué equipo le gusta y si le gusta alguno”. Pero claro, papi no sabía nada de eso y apareció en casa con un mini chándal culé que a mí, sobra decir, que me encantó. Además, me lo dio el sábado y el domingo ganamos, así que yo creo que trae buena suerte… :P

Mini chándal culé

P.D. Y ya para terminar, como el azul celeste es mi color y chándales del Barça he tenido varios, sé que eso no despeja ninguna incógnita y como además alguien me pidió en un comentario que os sacara de dudas, pues… diré que es niño ;)

23/11/09

El abuelo Juan

En realidad, Juan, no es mi abuelo. Físicamente no nos parecemos en nada y tampoco compartimos apellido. Biológicamente, es el abuelo paterno de tu padre, con quién sí comparte apellido aunque no demasiados rasgos físicos. Pero dejando a un lado la biología y entrando en los diferentes grados de afecto, cariño y amor que podemos sentir las personas, él para mí es el abuelo Juan.

Recuerdo perfectamente el día que lo conocí: decía tener cien años (y puede que incluso más, ya que no apostaba un real a que alguno no se le hubiera perdido a mitad de camino u olvidado durante algún despiste) y se negaba a darme un beso porque creía firmemente en la idea de que la gente mayor no debería llenar de babas a los jóvenes.

Me contó decenas de anécdotas de años pasados (algunas incluso más de una vez), me hizo reír un sinfín de veces y, cuando llegó la hora de despedirnos, ni siquiera refunfuñó una sola vez por tener que darme un nuevo par de besos. Salí de aquella pequeña y antigua casa con la convicción de haberle caído bien y me hice la fiel promesa de empezar a quererle cada día un poco más desde aquel instante.

Y así lo hice, sin ni siquiera poner empeño ni esforzarme en ello. Porque el abuelo Juan es una de esas personas que entran en tu vida como un elefante en una cacharrería, que te revolucionan las sonrisas y que hacen salir fuera al cariño.

No hace mucho que se enteró de que papá y yo estamos esperándote. Ni te imaginas lo muchísimo que se alegró. En realidad, creo que de todos los que cuentan los días hasta tu llegada es quién más celebró la noticia y se emocionó con ella…

Pero no lo digo porque olvide las cosas y tengamos que repetírselas, sino porque tengo una teoría: yo creo que, al enterarse, ya te imaginó corriendo sin parar y metiéndote en todos los charcos que encontraras a tu paso; llenándote de barro de pies a cabeza sin dejar de reírte a carcajadas y volviendo a casa de su mano para librarte de una buena reprimenda que tan sólo se llevaría él por haberte permitido hacerlo. Y esta teoría no es que me la haya inventado o la haya soñado esta noche, es mucho más… es lo que tu padre, cuando era pequeño, le hizo en más de una ocasión.

El abuelo Juan no es como los demás abuelos, no cumple todos los requisitos para serlo. Mientras tiene ese lado entrañable que te hace quererle, carece de esas manías y rarezas que con los años vamos adquiriendo las personas y nos convierten en… un tanto difíciles de tratar. Podría decirse que tiene todo lo bueno de los abuelos y punto (quizás sea esa parte mala la que se olvidó a mitad de camino).

Aunque… si tuviésemos que adjudicarle algún defecto, creo que todos nos pondríamos de acuerdo a la hora de decidirnos: su obsesión con que va a morir pronto.

Desde que lo conozco lleva diciéndole a tu padre que ya no va a verle más porque es muy mayor y ya se tiene que morir, que tiene más de cien años y que la gente como él ya solo hace que estorbar

Y hace exactamente dos días y dos horas que se salió con la suya.

El abuelo Juan quería dejar de estorbar y ha logrado dejar un hueco muy hondo en todos nosotros. Un hueco que se va haciendo un poco más grande a cada lágrima que vamos dejando salir…

Por un lado, está el consuelo que nos queda al pensar que es lo que él quería y llevaba pidiendo a gritos enmudecidos desde hace ya mucho tiempo, por el otro, también convive el egoísmo de la lástima que nos da que tu padre no pueda cumplir, tras tu llegada, su deseo de inmortalizar en una instantánea a las últimas cuatro últimas generaciones de su familia…

Yo, por mi parte, lloro a escondidas cuando tu padre no mira (por aquello de que, en mi estado, no se me permite el lujo de disgustarme y llorar más de lo mínimamente necesario), porque me queda la pena de saber que no podrás disfrutar del lujo de conocer a tu bisabuelo Juan (y yo, que sí pude hacerlo de la mía durante dieciocho años, sé muy bien lo que eso implica…)

13/10/09

Desde que sé que existes…

… todo es diferente (el mundo, mi vida e incluso yo).
… como más que antes y soy incapaz de dormir una noche entera del tirón.
… lloro el doble y sonrío el triple.
… también sé que te quiero y que moriría y mataría por ti.
… soy infinitamente más feliz que antes pero, a la vez, todo me da muchísimo más miedo.
... Él y Ella desaparecen y dejan de importar, dando paso al nosotros y al TÚ.
… no ha habido una décima de segundo en la que haya estado o me haya sentido sola.
… he dejado de fumar (y visitado más médicos que en toda mi vida).
… realmente he empezado a mirarme el ombligo y a que lo único importante que de mi refleje el espejo sea la tripa.
… me he vuelto incluso más dependiente de tu padre de lo que lo era antes.
… he aprendido a contar en semanas y días (y los segundos se me alargan cada día más).
… mis prioridades han cambiado (también mis miedos, mis guerras, mis preocupaciones y mis pequeñas grandes batallas).
… estoy dispuesta a renunciar al azul celeste por el rosa (si así tú lo dictas).
… adoro que tu padre se dirija a mí en segunda persona del plural.
… no he dejado de hablar de ti pero, a la vez, me ha entrado un extraño bloqueo a la hora de escribir sobre ti (hasta ahora. Parece ser…).
… también sé que tú eres y serás siempre lo mejor que yo vaya a hacer en la vida.

Y es que… desde que sé que existes, lo único importante eres tú y yo no soy más que la cajita (o mejor dicho el cofre) dentro del cual está el mayor de los tesoros (ese que tu padre ha jurado proteger con su vida, igual que yo…).

28/5/09

T de TRI

Érase una vez que se era la historia de un grupo de hombres que, no viniendo del triásico, formaban la mejor de las tribus. Con el más joven y mejor de los tripulantes a la cabeza y sin triunfalismos ni triquiñuelas, han triturado a todo contrincante que se les ha puesto delante.
En su campo no hay trigo que pagar como tributo, pero sí asientos para poder observarles cómodamente desde la tribuna.
No son una tríada, son bastantes más. Tampoco hacen trial, pero hoy por hoy no hay quién triangule mejor que ellos, a pesar de ser los reyes del esférico y no del triángulo.
De insuperables tríceps, no gastan tricornio, jamás se esconden tras las trincheras y atacan sin tridente.
Forman, todos y cada uno de ellos, un equipo trigueño que no llevando trilita en las botas, trilla al adversario (que está que trina). Y es que… ¡no hay quién los trinque!
Lo que este año han hecho, ha sido la trilogía trifásica: primero Copa, luego Liga y después Champions.
Carentes de la tristeza del juego trivial, no viajan en trineo, sino con el TRIPLETE bajo el brazo y, de ellos, se han escrito, se escriben y se escribirán un sinfín de trípticos. Son, los triunfadores del trilítero FCB.

Imagen de Marca.

6/5/09

Ella y él (II)

Otra noche cualquiera, mientras sentada sobre la cama ella escribe una nueva página de la historia de ambos, él se sienta a horcajadas tras ella, aparta su pelo y, apoyando la barbilla sobre su hombro, comienza a leer. Ella gira la cabeza y lo mira. Acto seguido tapa con sus manos lo que ha escrito.

-¿Qué haces? ¿Por qué lo tapas? –pregunta él con asombro-.
-No… -responde ella- ¿qué haces tú? ¿Por qué lo lees?
-Ya sabes que lo hago. Juraría que no te molestaba…
-Pero no así. Me gusta más cuando lo haces a escondidas, mientras duermo…

Él sonríe y apoya su espalda contra el cabecero de la cama. Ella continúa escribiendo y veinte segundos más tarde se gira y le pregunta:

-¿Te has enfadado?
-No, para nada. Sabes que no puedo enfadarme contigo.
-Entonces… ¿por qué estás tan callado?
-Pensaba…
-¿Y en qué pensabas?
-Pues… en que si yo escribiera un diario, necesitaría marcar todas y cada una de las páginas que hablan de ti…
-¿Y…?
-Pues que no creo que existan tantos marca-páginas en el mundo…

25/4/09

Ella y él (I)

Ella escribe historias que no entienden de razón, historias de esas que carecen de argumentos y porqués, y que plasma con cada una de sus lágrimas, con cada beso que se le escapa y con cada suspiro que derrama. Encierra su alma en un sinfín de páginas cuya única función será afirmar que la suya no pasará a engrosar una eterna lista de relaciones suicidas. Y las guarda, guarda todas y cada una de las páginas que escribe por temor a que puedan perderse. Pero no las esconde, ya que (para ella) son demasiado importantes como para hacer que nadie fuese a encontrarlas jamás.

Noche tras noche, sin que ella lo sepa y una vez que se ha dormido, él las lee una vez tras otra hasta que consigue almacenarlas en lo más hondo y profundo de su ser.

Y una noche cualquiera (supongamos que fue ayer), él decide contarle su pequeño secreto consiguiendo así que ella logre por fin escapar de los temores de veinticuatro horas grises y regalándole (a ella y sólo a ella) un perfecto amanecer teñido de azul.

amanecerteñidodeazul

Y quizás (tal vez y sólo tal vez) a partir de ahora vayan a ser dos las caligrafías que continúen llenando las páginas de una historia que, en realidad, no ha hecho más que empezar…

19/4/09

Qué rápido han pasado…

… los últimos ocho años.
Más de dos mil novecientos días sin ti, echándote de menos, recordándote a diario y llorándote, como mínimo, más de lo estrictamente necesario.

Si tuviera que resumir estos ocho años en una sola frase, lo haría diciendo que nada volvió a ser lo mismo desde que tú te fuiste. Y si me dejasen añadir algo más, diría que me sigue pareciendo injusto y que aunque era algo sabido de antemano y con una muy clara fecha de caducidad marcada, yo sigo aún sin estar preparada para asumirlo.

Todo este tiempo se me antoja demasiado si tengo en cuenta todas y cada una de las cosas que no he podido compartir contigo, todo lo que te has perdido y la enorme cantidad de veces en que en la mesa ha habido una silla vacía a la que inevitablemente dirigir la mirada. Aunque también me parece como si hubiera sido ayer, por lo mucho que sigue doliendo.

Demasiadas lágrimas derramadas sobre la almohada o sobre el hombro de los demás, demasiados días en que el cielo se vistió de luto y, también, demasiados disgustos, penas y amarguras. Demasiado es el vacío que implica tu ausencia…

Es curioso como el tiempo, justo juez que todo lo pone en su sitio y gran experto sanador de heridas, no alcanza a ser más que un burdo placebo para todo lo relacionado contigo. Y más curioso me resulta todavía, el ser incapaz de recordar o el haber logrado olvidar cosas que pasaron hace algo más de un año o incluso simplemente hace varios meses, pero poder recordar con absoluta claridad los últimos días contigo, la última despedida a solas y ese adiós definitivo.

Supongo, aunque en realidad estoy totalmente convencida, que es porque eres una de esas personas imposibles de borrar, pase el tiempo que pase…

31/3/09

Operación Grillo

Hay noches en las que el aburrimiento parece ser la única sentencia posible del juez del tiempo, noches en las que ni siquiera la caja tonta tiene la más mínima intención de entretenerte. Normalmente, yo sufro alguna de esas noches las semanas en que mi chico tiene turno de mañana en el curro y, por lo tanto, se va prontito a dormir (aunque también es cierto que, por otra parte compensa, porque lo tengo para mí toda la tarde los días en que no doy clase…), pero ese no es el tema…

Precisamente anoche parecía ser una de ellas. De hecho lo estaba siendo hasta que se me ocurrió abrir el Messenger (hay noches en las que no está nadie conectado y noches en las que un monigote de color verde te da paso para poder entablar conversación con algunos de tus amigos). La cosa empezó normalita y con un par de charlas distendidas, luego se animó un poco más con la aparición estelar de un buen amigo con el que ya hacía tiempo que no hablaba y, por último, se unió otro buen amigo más.

Y así discurría mi noche, entre parpadeos de color naranja que anunciaban una nueva frase de cada una de las personas con las que hablaba, hasta que, de pronto, la luz proveniente de la lámpara que tengo a la derecha de mi escritorio proyectó la sombra de lo que parecía ser la pata de algún bicho. Lo primero que pensé fue que se trataba de una araña (o más bien arañón), así que no me lo tuve que pensar dos veces para subir los pies a la silla en la que estaba sentada.

Escasos segundos después supe que se trataba de un grillo (que siempre es preferible a una araña pero que a mí me sigue dando mucho repeluco) que comenzó a caminar a mi alrededor, a pararse y frotar sus patas emitiendo ese sonido que les caracteriza, etc. No parecía tener intención de irse y a mí cada vez me estaba dando más grima, con lo cual estaba más pendiente de la ubicación y movimientos del grillo que de lo que me decían mis amigos. Así que, dado que estaba tardando más de lo normal en responderles, opté por hablarles de mi pequeño visitante. Y fue precisamente en ese momento cuando empezó lo verdaderamente divertido de la noche y, también, la que hemos decidido denominar como “Operación Grillo(la cual nunca habría podido haber llevado a cabo sin mis amigos. Uno de ellos me pidió que la documentase para subirla al blog y eso haré en este post…)

Punto 1: reacciones dignas de mencionar de mis amigos tras decirles que tenía un grillo en la habitación.

L: Pero… ¿un grillo de verdad o de peluche? (no sé yo cómo iba a llegar hasta mi estudio un grillo de peluche, la verdad… Pero supondremos que esa pregunta es fruto de que ya era tarde y que el cambio de hora del domingo continúa pasando factura)

C: ¿Un grillo de los del cri cri? (Esto… ¿cuántas especies más conocerá? Luego trató de arreglarlo diciéndome que la especie del cri cri era criminalmente pecrilosa, que no peligrosa, ojo…)

A: ¿qué brilla? (mmmm… vale sí, las luciérnagas son otra cosa)

Punto 2: tras decirles que yo no podía dormirme sabiendo que un grillo pululaba por la habitación, sus respuestas fueron písalo o cógelo y échalo fuera, algo que yo no estaba dispuesta a hacer por dos claros motivos. El primero es que, como ya he dicho, los grillos me dan repeluco y ni de coña estaba dispuesta a cogerlo y el segundo consiste en que mi madre siempre ha dicho que da mala suerte matar a un grillo o echarlo si entra en casa, que hay que dejar que se marche sólo…

Punto 3: comienza la “Operación Grillo

A2: ponle un vaso encima (buena idea. Y de ahí no podría salir y yo dormiría tranquila, pero… para eso tendría que acercar mi mano demasiado al bicho, así que descartado…)

C: ¿no tienes cerca un vaso o un cubilete? (más de lo mismo que en la opción anterior)

L: da pisotones a su lado y lo vas dirigiendo hacia la salida (claro… y cuando lleguemos al escalón le enseño a dar volteretas…)

A: abre la puerta y déjale a su aire, que igual se va sólo (sí, y pongo un letrero de neón que diga “puerta abierta, pasen a robar”)




Aparto mis ojos de la pantalla del ordenador y sigo mirando al bichejo y, al mismo tiempo, mis ojos buscan por la habitación algo con lo que poder atraparlo.













Doy con ello y lo atrapo con la tapa de una caja de CDs.













Y una vez que el grillo está capturado, coloco un folio debajo para, llegado el momento, poder sacarlo fácilmente del estudio.







Punto 4: y a partir de ahí, el descojone padre…

C: no se esperaba el grillo cri cri un ataque coordinado basado en el uso de la tecnología punta del MSN y del CD.

A: pues ahora nada de dormir, habrá que hacer turnos de vigilancia

C: igual mandó un S.O.S. a grillilandia antes de ser capturado

L: ¿y si cava un túnel para salir?

C: María, quién sabe, igual hemos salvado al mundo y has capturado al primer grillo extraterrestre.

C: de las cosas más sencillas nacen los héroes.

Quizás así contado no tenga mucha gracia (puede que ninguna, ya se sabe que no es lo mismo que tú vivas algo o que otro te lo cuente), pero en el momento nosotros nos partimos (yo desde luego y los demás eso dicen…).

Así que nada, inmortalizado queda. Pongo sólo las iniciales de los protagonistas a no ser que me indiquen lo contrario (el grillo se fastidia, no pienso ponerle el cartelito negro delante de los ojos para que no lo conozcan. Que no hubiera entrado en mi casa sin permiso…) y vuelvo a darle las gracias a C., experto estratega y Alto Mando del ejército encargado de llevar a cabo esta operación, porque sin su colaboración habría sido imposible capturar al enemigo…

5/3/09

72

A veces la miro y no veo en ella más que una niña asustada e indefensa, una niña inocente a la que él le cura un nuevo rasguño de su enésima caída haciendo mil y una travesuras. Hay días en que se despierta entre sollozos a causa de un mal sueño, otras veces hace pucheros en busca de un abrazo, un beso o simplemente para que él le haga carantoñas. Muchas veces ríe sin motivo aparente y otras tantas llora por demasiadas causas injustas.

Ayer fue su cumpleaños pero estaba demasiado enfadada con todos en general y con nadie en concreto como para querer que la felicitásemos y le hiciésemos regalos. Hoy también estaba enfadada, porque nadie se había acordado de su cumpleaños. Ayer, hoy o mañana no importan, dan exactamente igual. Es indiferente que se trate de unos días o de otros, porque siempre los olvida. No sé si vive para olvidar el día anterior o si olvida para vivir un nuevo día...

Podría hablar de ella como si se tratase de un pequeño pez al que día tras día van cambiando de una pecera a otra o, incluso, decir que toda su vida juega al escondite dentro de su cabeza. Hay momentos en los que descubre algún recuerdo y otros en los que no encuentra nada, absolutamente nada.

Esa es su realidad. Reír y llorar sin saber porqué. Decir y desdecirse. Estar perdida dentro de sí misma. Pensar que una extraña le lleva continuamente la contraria. Querernos demasiado, olvidarlo después y darnos el primer beso del día durante cada una de las veinticuatro horas…

Tal vez setenta décadas y dos años más, sean una carga muy pesada para llevar en la maleta de la vida, así que tal vez, y sólo tal vez, simplemente se esté tomando el descanso que precisa para coger fuerzas, volver a ser la misma y, además, recordar que lo es y siempre lo ha sido y lo será.

16/2/09

Una segunda oportunidad (por segunda vez)

Durante los que podrían ser los últimos instantes, una sucesión de imágenes que han formado parte de tu vida comienzan a agolparse en tu cabeza. Personas, lugares, momentos, situaciones, risas, lágrimas y un sinfín de recuerdos que permanecían guardados en el almacén de tu memoria, pasan a convertirse en las diapositivas de un proyector del que tú no eres más que un mero espectador. Así es como, al menos en las películas, nos cuentan que transcurren esos segundos previos a la llegada de la muerte o, cuando menos, en los que más próximos a ella estamos.

Dicha sucesión de imágenes, en el cine, sirve para que el personaje en cuestión pase a mejor vida con un buen sabor de boca y una sonrisa en los labios (en el primero de los casos) o para hacerle cambiar el chip y que a partir de ese momento se empeñe en que su vida sea diferente (en el caso de que dicho personaje sobreviva).

Hay personas que afirman que en la vida real también ocurre, pero yo (y tal vez como una nueva muestra de mis rarezas) soy de las que les llevan la contraria.

Hace diez años sufrí un accidente de moto. Fue a principios del mes de Julio y durante una tarde lluviosa de domingo adornada con algo de neblina. En una curva con poca visibilidad un coche quiso adelantarme y, al venir otro coche de frente, se me echó encima y me tiró a la cuneta. Después se dio a la fuga.

Una moto destrozada (al igual que la ropa que llevaba en ese momento), golpes, cortes, momentánea pérdida de consciencia y un casco que me salvó la vida. Horas más tarde, estando ya en casa llena de vendas, gasas, pomada, betadine y varios puntos de sutura que sellaban heridas, una llamada de teléfono anunciaba el nacimiento de mi perro.

Durante la última década, cada mes de Julio celebramos el cumpleaños de Gastón (a quién siempre se le regala un hueso enorme o una nueva pelota que poder pinchar en escasos segundos), pero también el día en que yo (por suerte) volví a nacer.

Creo firmemente en que, en esta vida, todo pasa por alguna razón, en que todos nacemos con un libro de vida ya escrito que contiene un destino marcado del que nadie puede escapar. Incluso, en alguna ocasión, he llegado a pensar en que esa segunda oportunidad que se me dio tras el accidente de moto expirará el día en que mi perro muera, aunque luego me lo he quitado de la cabeza por lo peliculero que me resulta hasta a mí misma.

Hace pocos días el destino me ha vuelto a dar una nueva oportunidad de seguir adelante con mi vida y mientras los demás van pasando por las fases de susto (tras la noticia), alegría (por saber que estoy bien), excesivos mimos y cuidados hacia mí y, también, búsqueda de culpables y necesidad de que la justicia actúe como debe actuar, a mí no me ocurre lo mismo. Ni siquiera me pasa algo parecido.

Ni tras el accidente de moto ni ahora he visto esa sucesión de diapositivas y, como siempre he pensado, tampoco esa la luz a lo lejos, al final de un supuesto túnel. El único adjetivo que encuentro para mi situación actual es extraño/a. Extraña me siento y extraños encuentro a quienes me rodean. Y la realidad es que no sé el porqué…

Quizás, durante esos minutos de los que no tengo ningún recuerdo claro (al menos por el momento) haya visto pasar mi vida por delante de mis ojos y algo dentro de mí haya hecho ese clic que, como decía antes, en las películas supone el principio del cambio.

Tal vez todo esto no sean más que paranoias mías o las consecuencias de un shock del que todavía no estoy completamente recuperada, pero la sensación que tengo es que ya no soy la misma. Es como si una parte de mi hubiera muerto y yo tuviera que seguir adelante sin ella pero con todas las demás.

Y mientras el resto del mundo sigue pasando de fase en fase y pensando que cuando descanse se me pasará, yo le doy mil vueltas al asunto y no dejo de pensar cuál es esa parte de mí que echo en falta, esa que creo que ya no está.

te ríes y te lo tomas a broma, pero… ¿y si la que ya no está es esa María que te quería? Tal vez sea esa parte la que he perdido por el camino, o tal vez sea esa a la que le caías bien; la que compartía secretos con ella; la que me convertía en tu amiga, en la tuya, en la de ella y, también, en la de ellos. Quizás haya perdido la mejor parte de mí o tal vez la que ha muerto es la María borde y arisca.

La verdad es que, por un lado, me da miedo no saberlo pero, por el otro, tengo pánico a descubrirlo. Aunque también es posible que, cómo decís algunos, esto se me pase cuando descanse algunos días más o que, simplemente, lo que ha cambiado sea algo mucho menos importante y transcendente. A lo mejor mi película favorita ha dejado de serlo (esta tarde volveré a verla para saberlo, porque anoche vi por segunda vez Brokeback Mountain y no me gustó nada, cuando la primera vez que la vi me encantó…); o ya no me guste el malibú con piña; quizás el azul celeste deje de ser mi color; tal vez me den arcadas la próxima vez que mi madre haga lasaña; o… ¡quién sabe!, a lo mejor deja de gustarme escribir (y entonces dejo de daros por saco con este blog y con todos y cada uno de mis escritos en papel).

Sé que es absurdo pensar en eso y que el tiempo (que siempre es muy sabio) lo dirá, pero es muy frustrante simplemente tener que descansar y esperar, esperar y descansar (algo que precisamente no estoy haciendo ahora y que mi cuerpo empieza a pedir a gritos)...

Tiene gracia (si te gusta el humor negro) que hace quince días pensara en que este post, por ser el número 100, debería ser especial y que haya terminado escribiendo precisamente esto...

Sé que tengo varias cosas pendientes pero, al igual que a mí os toca esperar (a que pueda ponerme a hacerlo) y descansar (de mí unos días, que eso seguro que no le viene mal a nadie).

22/1/09

Al... chico de la estrella de seis puntas

El día que nos conocimos y te diste cuenta de cómo miraba embobada tus ojos, me dijiste que lo realmente raro no era que fuesen uno de cada color, sino que tu hermano gemelo también los tuviese así, sólo que a la inversa. Cuando nos conocimos, lo único que hiciste fue tomarme el pelo. No te llamas como decías, eres hijo único y, al final de la noche, se te cayó la lentilla de tanto que nos reímos… El día que nos conocimos fue un sábado que acabó en domingo, una tarde que acabó amaneciendo.

La segunda vez que te vi empecé a pensar en la posibilidad de que todo aquello fuese algo más que un magistral intento de utilizar toda tu artillería pesada a la hora de agradarme, que era mucho más que una simple pose.

A la tercera (va la vencida) asumí que eras un loco divertido, un gran fabricante de sonrisas ajenas. Mucho más que un humorista sin nariz de payaso.

La cuarta vez que te vi pensé que sería la última y en la quinta, en la quinta tuve la certeza de que habías venido para quedarte. Y te quedaste…

Odio que seas capaz de arquear las cejas (y yo no), que puedas doblar la lengua (y yo no) y que tus chistes siempre tengan gracia (y los míos no). Odio que siempre te empeñes en ser mi pareja jugando al Trivial, que ganemos y, después, me llames marisabidilla. Odio que sepas más que yo de fútbol y que, como quién no quiere la cosa, almacenes en tu cabeza un sinfín de datos que yo tardaría meses en memorizar. Odio que te encante cabrearme, detesto sobremanera que lo hagas adrede y que, después, no pares de hacerme cosquillas hasta que te perdono. Odio que seas la única persona que jamás me dice gracias o lo siento y el que siempre esté dispuesto a dar la cara por los demás. Odio que me conozcas mejor de lo que yo llegaré a conocerme jamás. En definitiva, odio que seas tan perfecto y que tengas la certeza de que, por muchas cosas que odie de ti, a ti nunca podría llegar a odiarte.

Me chiflan tus locuras, tus ocurrencias y tus vaciles. Me encantan tus bromas (cuando se las haces a otro…), tus sorpresas y tus zumos de colores imposibles, también me encanta que siempre me guardes las chuches y los caramelos de color azul. Adoro nuestras confesiones, nuestras discusiones estúpidas y nuestros secretos fingidos. Tus ideas descabelladas, tus escapadas a las tres de la mañana para comprar helados, tus discursos filosóficos y tus monólogos eternos en los que siempre te pierdes y te olvidas de qué estabas hablando al principio.

Envidio tu forma de ser, tu positividad y tu valentía. Tu manera de afrontar los problemas y que siempre seas capaz de encontrar la parte buena de todo y de todos.

Pero, por encima de todo eso está el hecho de que te quiero demasiado, y anoche (a causa del miedo que me daba que pudiese ir mal) realmente he sido consciente de lo mucho que pintas en mi vida, de la falta que me haces (que nos haces…) y de que preferiría morirme mil veces antes de hacer uso de nuestro papel y quedarme con Pol si algo te pasara (pero eso no quiere decir que vaya a darte mi Vaio y mi Blackberry, porque una cosa es que estuviera muy asustada y otra muy distinta que me haya vuelto idiota…).

Y ahora que te he visto, me quedo más tranquila porque ni llevando uno de esos pijamas azules desgastados llegas a estar feo, porque tu tableta de chocolate y tu tattoo siguen intactos y en su sitio, porque a pesar de todo no has perdido la sonrisa y porque mientras tú sigas haciendo bromas y metiéndote conmigo, yo sabré que todo marcha bien…

Por último, el miedo que he pasado en las últimas horas me lleva a contarte algo que no sabes, y es el hecho de que siempre te he mentido, porque tú sí ocupas uno de los diez peldaños (y no precisamente uno de los últimos).

Ponte bueno (más de lo que ya estás) pronto para venirte con nosotros como siempre, porque sin ti los cafés de media tarde no saben igual y a los malibús con piña no hay quién los derrame sobre abrigos que no te hayan sido formalmente presentados.

Ah, y no lo olvides: que la estrella de seis puntas tiene su significado y su sentido, del que nosotros formamos parte pero que sin ti deja de existir.

7/1/09

Porqués y más porqués...

En esta vida todo, absolutamente todo, tiene su porqué, pero no siempre somos capaces de dar con él, no siempre nos damos cuenta de que ha estado ahí, delante de nuestras narices, y no lo hemos sabido ver…

Si bien es cierto que es bastante complicado dar con los nuestros, la cosa empeora cuando se refiere a los porqués de los demás, de las personas que nos rodean. Por otro lado, puede suceder (como me ha pasado a mí) que presenciemos el instante preciso en el que alguien da con uno de los suyos y (como si se tratase de esa sucesión de fichas de dominó que, estratégicamente colocadas, caen de una en una, por orden y siguiendo a la anterior) que, de pronto, hallemos respuesta a uno de los nuestros.

A mi padre siempre le han encantado los relojes de pulsera. Tiene un montón y sus ojos de casi cincuenta años brillan como los de un niño que todavía cree en la magia de los Reyes Magos cuando, tras deshacerse del envoltorio, descubre que su regalo es un nuevo reloj. Y a mí me ocurre exactamente lo mismo con los bolsos, me gustan creo que demasiado y ya he perdido la cuenta de los que tengo.

Ayer, durante la sobremesa de la comida de Reyes y mientras tomábamos café, la conversación fue variando y pasando de un tema a otro. Hubo un momento en el que se centró en el reloj nuevo de mi padre y en el hecho de que tenía demasiados. Creo que fue mi abuela la que le dijo que eran muchos relojes para tan sólo dos muñecas en las que poder ponérselos (creo que no cayó en la cuenta de que sólo se los pone en la izquierda…). Mi padre, después de quedarse pensativo durante unos segundos, le dijo que creía que su “obsesión” por los relojes venía de cuando era un niño, de cuando su abuelo lo llevó a una feria de muestras. Ese día le compró su primer reloj propio (el que había usado hasta ese momento había pertenecido a su abuelo y se lo había regalado hacía tiempo…) y, a partir de ahí, comenzó a interesarse por ellos y a que le gustase mirarlos en los escaparates, tener varios e ir cambiando de uno a otro dependiendo del momento, la situación, etc.

Yo (que hasta ese momento había permanecido en silencio y como mera espectadora de la conversación al tiempo que daba buena cuenta de un café sobre el que ponía todas mis esperanzas de que me hiciese dejar de bostezar a causa de lo poco que había dormido esa noche), tras escucharle, salté cual resorte y dije que, era posible que la mía (mi obsesión por los bolsos) viniese de la misma persona, del abuelo de mi padre. Nuestros ojos se cruzaron y, en ese momento, se produjo una de “nuestras conexiones”, una de esas que sólo tengo con él y porque somos muy parecidos y, al mismo tiempo, muy diferentes. Supe que él me entendía y que abalaba mi teoría.

He hablado varias veces de mi bisabuelo (tanto en este blog como en los dos anteriores) y siempre he dicho que es la persona que más huella me ha dejado en menos tiempo. Diré de nuevo que nos dejó cuando yo era muy pequeña pero que su recuerdo sigue intacto y es alimentado por las historias que los demás me cuentan sobre él.

Una de esas historias (que yo habré escuchado una decena de veces) hace referencia al hecho de que, durante sus últimos días de vida y cuando estaba ya muy enfermo, no dejaba de repetir que él sería quién me regalaría mi primer bolso de verdad, no uno de esos de juguete. Opina mi madre que eso lo decía como una especie de juramento a sí mismo, como algo que debería cumplir porque así lo había prometido y, de paso, como algo a lo que agarrarse logrando que su vida se alargase lo máximo posible.

¿Es tan descabellado pensar que, de manera inconsciente, me gusten tanto los bolsos porque siempre he sabido de la existencia de esa historia?, ¿qué es algo así como materializar uno de los recuerdos que tengo de él?, ¿será, en realidad, algo patológico que me lleva a tener más y más porque sé que siempre me faltara ese primero que él no pudo regalarme? Mi padre y yo tenemos nuestra propia teoría, el resto del mundo puede pensar lo que quiera…

P.D. Mientras escribía este post, me ha dado por pensar que me gusta tanto el azul celeste porque, cuando era pequeña, me encantaba dormir en casa de mis abuelos, en la habitación que había pertenecido a mi padre cuando era un niño y que era de ese color… o eso o que, a lo mejor (y lo más probable) ya se me está empezando a ir la pinza con este asunto…

2/1/09

Lo 1º del año:

Lía

Se llama Lía y hoy, 2 de Enero de 2.009, cumple cuatro años. Su madre siempre fue mi prima favorita, pero ahora ella le ha quitado el puesto. En el colegio, le han enseñado a escribir su nombre y a hacer perfectamente el número uno, pero juntas hemos logrado dominar al dos y al tres en apenas dos tardes. Ayer, como primera tarea del año, nos propusimos lograr que Lía aprendiese el número cuatro porque, a partir de hoy, lo iba a necesitar y… ¡lo logramos!

Durante el último mes, casi hemos pasado más ratos juntas que en todo el año y, durante la última semana, nos hemos hecho “más favoritas” si cabe. Hemos coloreado dibujos de Pocoyo y de Princesas de Disney; pegado la nariz a la tele viendo el Disney Channel y PlayHouse Disney; merendado; jugado a mil cosas (aunque es un poco tramposilla, las cosas como son…); reído a carcajada limpia; hecho mil cosquillas (aunque parezca increíble, ella tiene más que yo…) y, también, hemos llorado un poquito (pero muy, muy poquito…).

Dice que cuando sea una niña grande va a ser escribidora de cuentos y yo le he contestado que en cuanto consigamos que escriba su primera carta a los Reyes Magos, después… podrá escribir lo que se le antoje, porque imaginación, creatividad y capacidad inventiva le sobran. Aunque para eso vamos a esperar, como mínimo, hasta el año que viene, porque el haber llegado hasta el número cuatro nos tiene agotadas…

Aún así, hemos hecho un pacto juntas: yo escribiré una carta a los Reyes Magos, de parte de las dos, para decirles que lo único que vamos a pedirles este año es que la mamá de Lía se ponga buena prontito, salga del hospital y pase el día de Reyes con ella.

¡Felices cuatro añitos mi peke-bruja
y que se nos cumpla muy pronto nuestro deseo!

22/12/08

21/12/08

Una Iglesia tan fría como grande. Una ceremonia oficiada por un sacerdote de ochenta y tres años aquejado de Alzheimer, desorientado, que se pierde y cuyos libros no le brindan respuesta a lo que precisa para poder continuar. Silencios incómodos. Miradas cómplices. Los que esperan desesperan. Bromas a media voz. Nerviosismo e incertidumbre ante lo que pueda haber tras una puerta que chirría y se abre un sinfín de veces para dar paso a quienes no entienden la puntualidad como un requisito indispensable. Transcurren veinte minutos y, por fin, llega la brújula del perdido sacerdote. Una de esas religiosas a las que no les está permitido oficiar misa, guía al párroco y todo sigue su curso. Nuevas miradas cómplices. Pies y manos se congelan. Ojos que empiezan a inundarse. Todo marcha bien, nadie incomoda a nadie. Sermón que reconoce los cincuenta años de unión de quienes renuevan sus votos. Intercambio de alianzas. Indicaciones susurradas por los padrinos. Un beso es el sello y, al primero, le siguen todos los demás. Abrazos. Fotografías que inmortalizarán lo sucedido. Arroz. ¡Vivan los novios! Más fotografías. Más besos. Más abrazos.

Un sol de mediodía que decide sumarse a la celebración. El tiempo acompaña: entremeses, vermut y refrescos al aire libre. Charla distendida. Presentaciones de rigor de quienes todavía no se conocen. Una mañana de primavera en pleno mes de diciembre. Al calor de una familia se suma el de los amigos cuya presencia ni la más espesa nieve pudo impedir.

*El banquete


El banquete va a dar comienzo. Entran los invitados. Los protagonistas han de esperar hasta el final. Suena la marcha nupcial. Un par de manos entrelazadas cortan el primer trozo de la tarta nupcial. Brindis de Bohemia y Oro. Aplausos. ¡Vivan los novios! Sentimientos a flor de piel. Torrente de lágrimas. Más fotografías. Más besos. Más abrazos.

*La tarta


En el lavabo de señoras, numerosos ojos de mapache que hacer desaparecer [¡Madre mía que estropicio! ¿No se suponía que esta máscara de pestañas era water proff?]

El convite comienza. La charla distendida continúa. Bromas, risas y complicidad. Guiño de ojos, pulgares hacia arriba, toda está bien, realmente bien. Diversos paseos alrededor de las mesas. [“¡Qué guapas estáis niñas! Gracias por todo”. “Gracias a vosotros por venir…”]. Más risas. A alguno hasta se le da por cantar. ¡Vivan los novios! ¡Qué se besen! ¡Vivan los padrinos! Aplausos, risas y alguna nueva lágrima que quiere salir.

*Los novios


Después de que suene un vals, la música no para. [¡Madre mía, niña… aquí baila hasta el apuntador! Unos con otras, otros con unas y mi chico con todas. “Alto y guapo es el mozo, pero no hace falta que lo jure: no sabe bailar…”]. Detalles para los invitados. Palabras de cariño. Gestos de afecto. Palmadas en la espalda. Ahora toca disfrutar y relajarse porque todo ha salido bien. Somos los que estuvimos y estuvimos los que realmente teníamos que estar…

Al final: un padrino (mi padre) que se derrumba para decirle a sus hijas lo orgulloso que está de ellas y de cómo han sabido estar; una novia (mi abuela) que abraza a sus dos nietas a la vez y que las besa y vuelve a besar porque, a pesar de todos los besos que ha dado y recibido a lo largo del día, así lo necesita; un novio (mi abuelo) realmente emocionado y una madrina (mi madre) contenta, feliz, pero que no logra dejar de emocionarse y parar de llorar…

Y todo por ellos, por mis abuelos, por ese par de incansables jardineros que a lo largo de cincuenta años de vida en común han llenado el árbol de nuestras vidas de infinitas ramas de amor, ternura, afecto, comprensión, sabiduría,… ¡Por estos cincuenta años y por los que vengan!

15/12/08

Un nuevo diciembre sin ti...

Ayer volví a leer la que posiblemente sea la primera carta que escribí. Era para ti y en ella aunaba todas las fiestas y celebraciones del mes con el día de tu cumpleaños y, como postdata, te deseaba un Feliz Diciembre.

Era una carta larga en extensión pero breve en contenido, ya que un máximo de cuatro o cinco palabras ocupaban cada línea. Estaba escrita en letra grande (posiblemente demasiado grande) y la caligrafía estaba muy cuidada. Imagino que, a la hora de ponerme a escribirla, en ningún momento olvidé las palabras de aquella monjita que fue la profesora que me enseñó a escribir: “tienes que pensar que cada palabra es un pequeño camino por el que han de caminar las hormiguitas. Has de unir cada letra a la anterior para que ninguna se pierda y, a su vez, separar unas palabras de las otras para que unos caminitos no se confundan (ni entremezclen) con los otros”.

“(bis)Abuela”, “te quiero” y “besos” resultaban ser los caminitos más importantes y por ello esas palabras estaban remarcadas en colores y destacaban por encima de las demás. Además, corazones de un sinfín de colores y la marca de mis labios tintados con el carmín de tu hija, decoraban el papel…

Ahora, unos veinte años después, todo es diferente. Y lo es sólo porque tú ya no estás. Y si estoy escribiendo esto ahora es porque no puedo estar contigo, porque no vas a leer esta carta. Y es que… ayer (como el día en que te di la carta) tampoco llovía (dentro de casa) y, a pesar de ello, pequeñas gotitas mojaron el papel. Y aunque ninguna de las dos lo admitamos, sobre la caligrafía y los dibujos de una niña pequeña en su día cayeron las lágrimas de su bisabuela y ahora caen las de la mujer en la que se ha convertido esa niña.

Y es que ese tiempo (que todo lo cura), del mismo modo que no pudo sanarte a ti, tampoco hace posible que deje de llorarte, de echarte en falta y de creer ciegamente en que, si tú siguieses aquí, todo sería muy distinto. Y la única explicación que encuentro para que esto sea así, es que hay personas que son más fuertes que el tiempo, que viven y perduran en la memoria y en los sentimientos de las personas que tanto les han querido y se niegan a dejar de hacerlo.

Pero tampoco te voy a mentir, porque con el paso de los años todo se hace más llevadero (cómo tú decías: “aquí nadie es indispensable”). Ya no recibo esa bofetada que sentía en la cara cada vez que entraba en tu casa y tu olor me recordaba que te habías ido y también he dejado de girarme creyendo que es tu voz la que me habla cada vez que el viento me juega una mala pasada inventando un susurro. También he dejado de subir a tu habitación (cuando ya no puedo más y necesito huir del mundo) para llorar, desahogarme a gusto y volver a coger fuerzas para seguir adelante. Aunque esto último quizás sea porque un par de camas gemelas y un armario empotrado enorme ocupen ahora tu espacio. Un espacio que ahora recibe cortésmente a las visitas…

Pero aún así, si cuando era una niña pensaba que mi padre era el rey de la primera quincena de diciembre (porque en ella se sitúa la fecha de su cumpleaños) y tú la reina de la segunda, ahora pienso que es en este mes cuando más me faltas, y no porque sea tu cumpleaños, sino por la cantidad de reuniones, cenas, comidas, etc. familiares en las que no ocupas tu silla en la cabecera de la mesa.

A pesar de que durante los últimos siete años ha sido así, este se me antoja más duro y difícil de llevar. Este en el que la etiqueta y el protocolo tratan de ganarle terreno a los sentimientos y el cariño; este en el que en las reuniones familiares seremos demasiados; este en el que las flores no son una ofrenda a tu recuerdo, sino un premio a cincuenta años de unión y un plagio a un primer ramo de novia; este en el que, en definitiva, me siento sola al echarte de menos ya que los demás están más pendientes de unas Bodas de Oro que ni de lejos tienes más relevancia que los noventa y dos diciembres que hace que naciste.

Porque… digan lo que digan y piensen como piensen (y yo haya escrito lo que haya escrito para una bandeja que, posiblemente, cuesta más que mi alma), tú eres la raíz y la base de todo.

Y contigo en la memoria, me vestiré como la ocasión requiere y junto con los zapatos de tacón, las alhajas y el maquillaje, me echaré a cuestas el disfraz del cinismo y la hipocresía (porque la ocasión también así lo requiere), sacaré la sonrisa de las fiestas y afrontaré el día. Porque, a fin de cuentas, no es más que un día que no tendrá el poder de perdurar en una memoria que ocupas tú y no me hará más daño del que ni un solo día ha dejado de hacerme tu falta…

P.D. Feliz Diciembre otra vez, (bis)abuela, te quiero, muchos besos

13/12/08

Hasta en las pupilas...

Hasta las pupilas...


... de dónde nacen lágrimas pero también sonrisas...



Y ya veremos que pasa hoy, porque al enemigo siempre hay que temerle, porque un día David pudo con Goliat y además, porque no se puede vender la piel del oso antes de cazarlo.

Pero, de todos modos... no estaría de más cobrarse la vendetta de tener que hacerles el paseillo la temporada pasada, ¿no? ;P

28/11/08

Ella y Yo

A ella le encanta el morado, color que predomina en su ropa y objetos personales, y dice que el azul celeste es un color de bebé. Yo nunca me vestiría de morado. No me gusta, no va conmigo...

Su pesonaje de Disney favorito es Campanilla. Cuando yo era una niña y vi por primera vez Peter Pan la odié, pensaba que era mala porque hacía sufrir a la pobre Wendy...

Su cantante favorito es David Bustamante y varias veces me ha arrastrado a sus conciertos y firmas de discos. También ella ha venido conmigo a los de Alejandro Sanz y todavía me acuerdo de cuando no tenía más de tres añitos y chapurreaba los estribillos de sus canciones, que terminaba por aprenderse de memoria, porque yo las ponía todo el día.

Ella es de Ciencias y yo de Letras. Ella es la artista de la familia. Dibuja, pinta y, además, se le da bien la música, pero sus dotes para la redacción escasean. Yo soy la que escribe. No sé pintar y mucho menos dibujar (hasta lo dicen los peques del cole...), para la música también soy negada. Siempre gana cuando jugamos al SingStar de la PlayStation.

Lleva tatuada una clave de sol, porque es mucho más valiente que yo y no le dan miedo las agujas. Yo me mareo cuando me hacen análisis de sangre.

Yo soy de Septiembre y del Otoño. Ella de Junio y del Verano.

Ella se empeña en librarse de los rizos de su pelo y yo en definir las ondas de los míos.

Yo me parezco a mi padre y ella a mi madre.

Ella es la pequeña y yo la mayor.

Somos, en definitiva, como el día y la noche. Pero todo lo que nos hace diferentes, también nos une. A las cien veces que hemos discutido les han seguido ciento una reconciliaciones.

Un día (allá por Junio de 2.006), y usando una frase de Jara, dije que "encontré escenarios de colores y sentimientos en blanco y negro" cuando ella nació, ahora... estoy escribiendo desde su estudio y utilizo su ordenador. Tanto el morado como los demás colores de sus cosas me rodean, pero hasta que vuelva a sonar mi teléfono móvil y la voz de mi padre me tranquilice diciéndome que todo está bien y vuelven a casa del hospital, mis sentimientos continuarán siendo en blanco y negro volvió a sonar mi teléfono móvil y la voz de mi padre me tranquilizó diciéndome que todo estaba bien y que volvían a casa del Hospital, mis sentimientos continuaron siendo en blanco y negro...

Realmente soy conciente de que no tengo paciencia ni capacidad para soportar muchas cosas, que a la mínima me estoy ahogando en un vaso de agua, pero si hay algo que realmente puede conmigo es verla mal a ella. Y es que... por cada una de las lágrimas que le he visto derramar, yo he llenado una botella de un litro con las mías...

Quienes somos nunca deja de cambiar,
mientras que lo que somos nunca cambia...