21/11/08

El baúl

Aquella noche, en el desván, mi vida dio un giro de ciento ochenta grados. En pocos minutos aprendí a discernir la diferencia entre el bien y el mal, entre la mentira de una vida familiar modélica y la verdad de compartir techo con un monstruo. Y fue precisamente entonces, en el preciso momento en que las evidencias que allí había encontrado hacían caer la venda que durante tantos años había llevado sobre los ojos, cuando tomé mi decisión.

Opté por continuar como hasta ese momento: tomando al señor Ferrer como modelo a imitar. Elegí seguir con la idea de crecer a su imagen y semejanza. Mi modus operandi sería el mismo de siempre. Pasaría el mayor tiempo posible a su lado, compartiría con él charlas de todo tipo, iríamos juntos a los partidos de fútbol y a jugar al baloncesto a la cancha de La Parroquia los sábados por la mañana siempre después de lavar y encerar el coche. La diferencia sólo sería una y mínima: al final del camino yo no me convertiría en una eminencia en el campo del Derecho Penal sino en un ser vil y despiadado, en una mentira con corbatas de seda y maletín de cuero. En definitiva, aprendería a ser el monstruo que él era y cobraría mi venganza…

Si me preguntan si soy culpable del cargo de asesinato en primer grado del que se me acusa, la respuesta será un sí rotundo, es algo que llevo admitiendo desde el principio. Pero también quisiera que, tras relatarles los hechos acaecidos el día de autos, se planteen lo que hay detrás del asesinato que he cometido y que, como a menudo ocurre, impidan que una vez más la historia la cuenten aquellos que cuelgan a los héroes. Han oído bien, he dicho héroes y no estoy loco ni voy a escudarme en trastornos de tipo psiquiátrico para eludir mi condena, es simplemente que en su momento pensé, y lo sigo pensando, que acabar con la vida del señor Ferrer era un acto heroico. Y como tal me sentí. Justo después de acabar con su vida con mis propias manos, fui el valiente guerrero que mata al dragón; el príncipe azul que salva a la princesa y el capitán del ejército de la Justicia del ojo por ojo y diente por diente.

Una vez dicho esto, paso a relatarles mi historia y los motivos que me llevaron a ser culpable de asesinato:

Como les decía al principio, aquella noche y como mandato de mi madre, subí al desván para buscar los adornos navideños que, dadas fechas en las que nos encontrábamos, pronto necesitaríamos para decorar la casa. No tardé en dar con la caja envuelta en celofán azul en la que se encontraban los adornos, ya que no pocas veces había subido a jugar y curiosear por allí. Y ese mismo factor que me hizo dar en poco tiempo con el objeto de mi búsqueda, fue el mismo que hizo que me percatase de la existencia de un extraño baúl que nunca antes había visto.

Le bajé a mi madre los adornos y dado que durante la cena no podía alejar de mis pensamientos el dichoso baúl, la curiosidad pudo más que yo y equipado con la caja de herramientas del difunto, volví al desván una vez que tanto mi madre como él se durmieron.

El baúl, de apariencia recia y antigua, estaba equipado con un enorme candado que me vi obligado a forzar ya que sabía que con la ayuda de don Matías (el ferretero del barrio) podría reponer al día siguiente sin que nadie supiese de mi fechoría.

Pero lo importante de esta historia no es el baúl y mucho menos el candado que lo mantenía cerrado a cal y canto, lo realmente importante es lo que allí dentro había: una larga serie de recortes de prensa amarilleados por el paso de los años, incontables fotografías de niños a los que no había visto en mi vida o a los que no recordaba, una muda completa de ropa para un niño de unos ocho o nueve años, cuatro o cinco juguetes destartalados, un rollo de cuerda, cinta de embalar, bolsas de basura de color negro y tamaño industrial y, por último y escondido en unas de las esquinas, aquella estrella de sheriff que yo mismo había elaborado en clase de plástica y le había regalado al protagonista de todas y cada una de las noticias que aparecían en los recortes de periódico del baúl; aquel al que, como si fuera por arte de magia, ahora recordaba llevando puestas aquellas prendas de niño pequeño; aquel que había sido mi mejor amigo hasta que… hasta que un día desapareció.

Jonás fue el primer amigo que tuve. Teníamos la misma edad y nos conocimos en el colegio. La profesora optó por sentarnos juntos porque como ninguno de los dos teníamos padre, éramos a priori niños conflictivos y lo mejor era tenernos juntos y controlados. Nos hicimos amigos enseguida y jamás nos habíamos peleado hasta que el señor Ferrer entró en nuestras vidas.

Una noche en la que yo me había quedado a dormir en casa de Jonás, los dos escuchamos cómo su madre le contaba a una vecina que mi madre, por fin, tenía una cita con un apuesto abogado. Recuerdo que en ese momento Jonás se alegró mucho frente a la posibilidad de que yo pudiese tener un papá que, como todo lo demás, compartir con él. Yo me asusté bastante y no pude pegar ojo en toda la noche. Temía que, como en los cuentos, fuese malvado y se portase mal conmigo cuando mi madre no mirara…

Cuando conocí al señor Ferrer, cambié de modo de pensar. Era un hombre bueno, tanto conmigo como con mi madre y a pesar de que a él también le trataba como a mí, a Jonás no le gustaba y evitaba venir a casa si sabía que él iba a estar. Mi madre me dijo un día que eso podía deberse a que Jonás sentía celos y me aconsejó que no le diese mayor importancia, que ya se le pasaría…

Nunca se le pasó. Estaba cada vez más raro y ya no tenía ganas de jugar como antes, ni siquiera en su casa. A pesar de todo, continuaba siendo mi mejor amigo y eso jamás cambiaría. Yo seguía yendo a su casa, intentaba que me contase lo que le pasaba e inventaba mil juegos a los que le pudiera apetecer jugar, pero no obtenía más que negativas por su parte.

Fue esa actitud suya lo que me llevó a hacer la estrella de sheriff en el colegio y regalársela. Ese día logré que Jonás sonriera y los dos jugamos a polis y cacos. Prometió que no se la quitaría nunca y así lo hizo. Incluso, y a pesar de las broncas de su madre, se la ponía en el pijama.

Exactamente una semana después de haberle regalado la estrella, Jonás desapareció. Pensamos que se habría perdido (porque era muy despistado) y le buscamos por todas partes; creímos que le habrían secuestrado y su madre se quedó sentada a esperar una llamada de rescate. Todo el barrio se movilizó para dar con él, pero fue inútil. No volvimos a verle más.

Más o menos un año después de su desaparición, el señor Ferrer le pidió a mi madre que se casara con él y nos mudamos a la residencia actual de mi familia. Decía que aquel ya no era un barrio seguro y que temía que lo de Jonás pudiese repetirse conmigo o con cualquiera de mis amigos y no quería que volviésemos a pasar por algo parecido.

Como les decía, tras ver el contenido del baúl recordé a Jonás y tras recordar nuestra amistad, recordé su desaparición y al pensar nuevamente en su desaparición y ver todo lo que tenía ante mis ojos, simplemente até cabos.

Sé que ahora me estarán tachando de malpensado y, para rebatirles, podría mostrarles algunas de las fotos que encontré en ese baúl para que fuesen conscientes de la naturaleza de las mismas pero, y desoyendo todo consejo de mi abogado, he decidido que no les sean mostradas las caras de niños que ahora están a salvo de un monstruo como era mi padrastro y mucho menos, que se ponga en la palestra la memoria de mi amigo Jonás. Me basto, y confío en que a ustedes les baste, con que tanto mi abogado como el de la acusación asientan ante mis palabras.

Ahora que menciono a la acusación, me gustaría hacer referencia a ese adjetivo que tanto utiliza para referirse a este caso. Dicho adjetivo no es otro que “premeditado”. Por supuesto que fue premeditado, la noche que encontré el baúl decidí que le mataría, pero también que debería esperar.

¿Qué porqué esperar? Porque si él había sido el hombre que había interrumpido la infancia de un niño para, después, acabar con su vida, yo no quería que a mí se me juzgara como al niño que acabó con la vida de un hombre. Por eso esperé, para cumplir la mayoría de edad.

Y con esto he terminado. Ya les he contado todo lo que les tenía que contar. Ahora, señores y señoras del jurado, en sus manos está decidir y en mi conciencia la tranquilidad de saber que no lo harán acerca de la culpabilidad o la inocencia de un asesino pederasta, sino sobre las de un hombre que ha terminado con la vida de un villano.

Y no sé lo que pensarán ustedes, pero yo siempre he creído que a los que matan a los villanos se les llama héroes…

12 comentarios:

Marie Augustine. dijo...

excelente tu blog, me encanto encontrarlo :)

carlos dijo...

Parecía estar en la Sala,escuchando al reo su declaración,pudiendo sentir la mirada atenta del jurado en sus palabras,e ir desvelando sus rostros ese lado humano de la ciega justicia.
Un gran relato,fluido y muy bien narrado,que refleja un situación de muy interesante debate en torno a la justicia,juez o jurado? Mató a una alimaña,pero dice nuestra Constitución que hasta ellas tienen los derechos que éstas no dan a sus victimas.Estoy en contra de la pena de muerte pero.... ¿Y quién no lo ha pensado?
Un abrazote!

Oski dijo...

No puedo seguir tu ritmo...no puedo, no puedo.

Tienes una inspiración últimamente que me sobrepasa y me hace soltar aplausos a diestro y siniestro.

Héroe o villano, asesino o justiciero, hete aquí el famoso dilema. La verdad que eres especialista en relatos denuncia social, de estos que tanto nos gusta leer y que te dejan pensando por largo tiempo...

Me ha recordado mucho esto a la película Mistyc River, no sé si la habrás visto. No te contaré el final por si acaso la respuesta es no pero nos da una bonita lección de lo que puede suceder cuando uno decide tomarse la justicia por su mano.

Y volviendo al relato. ¿Escritora o aficionada?

Yo diría ESCRITORA.

Un abrazo pequeña.

camaleona dijo...

Maravilloso cuento que me plantea una duda que nunca consigo resolver... ¿justicia o justiciero?
Me ha encantado, gracias.

MARIO ALONSO dijo...

Uy, qué peligroso es esto, María... planteas un problema moral que puede hacer saltar chispas.

Si me paro a pensarlo fríamente, terminaré diciendo que nada justifica un asesinato, que nadie tiene el derecho sobre la vida de nadie, que vivimos en una sociead civilizada... bla, bla, bla... pero me pongo en mil casos diferentes, me meto en la piel de las víctimas o de sus padres, madres, hermanos, hijos, amigos... y creo que yo hubiera hecho lo mismo que el protagonista de tu historia.

No lo llamaría acto heroico, pero lo llamaría comprensible reacción humana.

Hay cosas que escapan a toda ley, a toda lógica o a toda norma.

Besitos, María.

Sara dijo...

Muy, muy bueno. Me has dejado con la boca abierta, de verdad.
Estoy un poco celosa y todo, te ha quedado sensacional.
Es largo, pero se lee rápido porque parece que se desenvuelve sola la historia. El personaje se define solo, sin descripciones. La historia es interesante, lleva el punto justo de intriga, de drama y de ironía.
Y la elección del narrador en primera persona es magistral.

Pues eso, que felicidades ;)

Eterna dijo...

Hay puertas que nunca se sabe si debían abrirse o no.

XiViRiFlÁuTiC dijo...

Cada vez escribes textos mas largos y mas bonitos. Muy bueno :D saludos!!

LUISA M. dijo...

Muy buen relato, María. Lo leí con avidez hasta el final (y eso que es bastante largo). Siempre hay que tener en cuenta los motivos y las circunstancias antes de juzgar a alguien por lo que hizo... Da para pensar bastante este dilema que se plantea.
Besos.

Rock Mantic dijo...

Héroe o no..es perfectamente genial.:):)me encantó.. hacía tiempo que un texto de un blog no me enganchaba de tal forma hasta el último párrafo.:)
y sí, el gatito dichoso me llevó su hora con los 60 minutos enteros.

un beso:)

Edgar León dijo...

Acabo de descubrir tu blog con esta entrada y me has transportado a la humanización de un asesino. ¿O no es justo considerarlo asesinato? realmente no sé, sólo decirte que me encantó encontrar tu blog. Por cierto el cielo, cuanto más azul, mejor.
Un saludo y me hago tu seguidor.

VaNe dijo...

Siendo miembrA (xD) del jurado y en este caso, yo votaría INOCENTE aún sabiendo que es culpable. No deja de ser un héroe que libra al mundo de basura. Yo dormiría más tranquila si me enterase de que el vive en mi calle que si supiera que quién vive es un "presunto pederasta reinsertado!

Es lo que hay..