6/10/08

El pueblo


Cuando eran niñas solían pasar alrededor de quince días en el pueblo de los abuelos de una de ellas, ahora, algo más de una década después, han vuelto a ir. Una pequeña escapada para alejarse del resto del mundo les ha hecho recordar, entre sonrisas, mil y una travesuras. Pero, tras las risas, un profundo sentimiento de nostalgia se ha apoderado de ambas...

La abuela Aurora (ambas la llamaron siempre así) ya no está para hacerles torrijas de canela y bocadillos de chocolate para merendar, y tampoco el abuelo Nicolás. Los años no lo han tratado bien: no contentos con separarle de la mujer de la que se enamoró día tras día desde que la vio por primera vez, también han querido que la olvide, tanto a ella como a todos y cada uno de los que le rodean, a sus recuerdos. Su vida entera es ahora un misterio para él. Una vida que ya no recuerda haber vivido, un pasado transformado en una mísera hoja en blanco. Una mirada perdida que parece estar buscando todo aquello que una vez fue a través de la ventana de la residencia de ancianos.

Tampoco Yako las advertirá con sus insistentes ladridos. Lo único que queda del pueblo es la situación geográfica exacta en la que ha estado siempre, todo lo demás ha cambiado.

En el centro de la Plaza del Ayuntamiento, dónde antes estaba aquella fuente a la que tantas veces arrojaron a Julito (el hijo del panadero), hay ahora una estatua demasiado moderna y carente de significado. Los pequeños senderos por los que caminaban para ir a recoger moras han sido asfaltados y en el monte de castaños han construído una urbanización con aproximadamente una treintena de chalets adosados. Ya nada es lo que era, ni siquiera la gente... ¿a dónde se han ido todas y cada una de esas personas mayores que les regalaban dulces y les contaban historias? Apenas quedan ya y, las que quedan, tampoco podrían continuar haciéndolo.

En la casa de la señora Pilar, la mujer que vivía en la casa de enfrente (esa acerca de la que ambas bromeaban diciendo que debía tener trescientos años como mínimo a juzgar por la cantidad de arrugas con la que el paso del tiempo la había agasajado y a la que temían más que al hombre del saco porque, la una asustaba a la otra diciendo que tenía que ser una bruja por la edad, la vestimenta y el sinfín de gatos con los que compartía su casa), vive ahora una singular pareja de recién casados. Y digo singular porque a lo largo de veinticuatro horas son capaces de pelearse a voz en grito; tirar piedras contra las ventanas de su propia casa porque uno de ellos no deja que el otro entre; salir por una de las ventanas porque el otro se ha ido llevándose todas las llaves y, después, compartir esa pasión (que supuestamente les une) con todos y cada uno de los vecinos. A media tarde, dentro del coche y con las puertas de éste abiertas de par en par.

El señor Ramón, el vecino de la derecha, tampoco es como diez años atrás. Se ha vuelto todavía más gruñón y ahora vive sólo tras haber echado a su mujer fuera de casa porque pensaba que le engañaba con el hermano del cura. Todos en el pueblo saben que eso no es cierto y aseguran que ahora que los dos se han jubilado, el señor Ramón ya no necesita a su mujer como esclava para que limpie, alimente a los animales que ya no tienen, etc. y que por eso la ha echado, porque realmente nunca la quiso cerca.

En cuanto a los vecinos de la casa de la izquierda, su familia ha crecido mucho en los últimos diez años y dónde antes vivían cinco personas ahora viven doce y otra que está en camino. Las dos recuerdan haber entrado varias veces en esa casa y, precisamente por eso, se les antoja imposible que tanta gente pueda vivir ahí...

Pero, a pesar de todo, el alma de todo lo que vivieron cuando eran pequeñas sigue viva. Continúa estando en su memoria y... en el tronco del árbol en el que tantas horas les costó tallar sus nombres (así como también los de los niños de los que, en ese momento, creían estar enamoradas); en el desván de los abuelos (dentro de esa caja en la que tantos recuerdos -sin que lo supiesen- fue almacenando para ellas la abuela Aurora); tras uno de los ladrillos del hórreo del señor Jacinto (en el que sigue escondido ese secreto que jamás contarán) y en tantas y tantas cosas que, la próxima vez, tardarán mucho menos tiempo en volver a visitar...

7 comentarios:

carlos dijo...

Un entrañable paseo que representa bien el in(e)vitable paso no ya del tiempo,sino de la velocidad de la sociedad que apenas da tregua a una breve parada siquiera en el hoy,porque el ayer ya queda atrás.
Cada vez que retornamos a el pareciera que las piedras hablaran entre sí,que los secretos del lugar salieran de sus escondites,creando un paisaje mágico durante nuestra presencia.
Un abrazo!

Oski dijo...

Bueno antes de decir lo que me ha parecido este relatillo tengo que comentarte una pequeña falta de ortografía que he encontrado, por el texto, he leído "juvilado" con v. Sé que en gallego a veces es todo al revés que en castellano así que es comprensible.

Y bueno quitando ese pequeño detalle sólo decirte que me ha gustado como has retratado el avance del pueblo, de sus gentes, de sus casas.

Nada permanece inalterable a ese virus llamado tiempo, todo cambia, se transforma, se desfigura y deja paso a la melancolía, al echar de menos aquello que un día fue...

Cuantas veces me habré sentido así...

Un abrazo enorme.

Aïcha dijo...

un guiño al pasado de los pueblos donde pasabamos los veranos y donde siempre se respira paz. Sin duda la mano del hombre llega a todos sitios pero hay lugares que siempren serán de la naturaleza ^^^
me ha encantando Maria. un beso

мαяια dijo...

Gracias a los tres por vuestros comentarios y... canijo, mil gracias a ti por la corrección. No tengo excusa porque podría haberlo mirado (en el ordenador desde el que escribí y pubiqué no tiene word), pero ni se me pasó por la cabeza el hacerlo, ni me paré a pensar si en gallego era de una manera y en castellano de otra...

Bueno, tú ya sabes que esa es mi asignatura pendiente y en lío en el que me encuentro constantemente. Para la próxima vez no lo olvidaré! ;)

Un besiño a los tres!!!

Jara dijo...

el tiempo pasa, la vida cambia pero lo que queda en el recuerdo es tan intacto que da la sensación de que sigue..


esa alma tan querida a las que todos nos acojemos alguna vez.

besotes neni!!




pd: creo que si existe otra alternativa, la que la lógica no acepta, pero bueno... que se le va a hacer.

Noa dijo...

María, me ha encantado tu blog, gracias por abrirme las puertas a él con tu visita.

Vendré a menudo para leerte y volver a tener esa sensación tan extraña de reconocerme en muchos de tus relatos.

Con este he recordado lo que sentí hace poco al volver a mi aldea después de muchos años, y sin mis abuelos...me costó mucho ir de nuevo allí, y no me gustó lo que encontré...en fin...

Enhorabuena por tu blog, es genial.

Un beso!

VaNe dijo...

:'(

Si pero la abuela Aurora siempre fue más mía que tuya einnn :P

Gracias capulla!! me ha encantado.



:******************